Un legislador del Parlamento noruego y varios diputados del Partido Republicano estadounidense acaban de presentar la postulación del presidente Donald Trump para el Premio Nobel de la Paz 2021 por “su papel en el acuerdo de paz entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos” [1].

Por: Alejandro Iturbe

Puede parecer una broma que alguien como Trump sea objeto de esta postulación. Pero no lo es y, menos aún, si se considera que, en el pasado, varios presidentes estadounidenses ya recibieron este premio y también lo hicieron diversas personalidades políticas muy poco “pacíficas”

La historia del Premio Nobel

Alfred Nobel (1833-1896) fue el químico sueco que inventó la dinamita y ganó una fortuna con ese invento. En su testamento (dicen que arrepentido por el uso bélico de su invención) ordenó que los rendimientos de ese capital fuese usados para premiar a “aquellos que, en el año anterior, hubiesen conferido mayor beneficio a la humanidad”.

En 1901, la Fundación Nobel que administra esos bienes creó el premio que lleva su nombre. Esas mismas comisiones de intelectuales y científicos pasaron a elegir a los vencedores en los rubros Física, Química, Medicina y Fisiología, Literatura, y de la Paz. En 1969, por decisión de la fundación se incorporó el de Economía.

Los de Física, Química y Economía, actualmente son concedidos por la Real Academia de las Ciencias de Suecia; el de Medicina y Fisiología lo otorga el Instituto Karolinska, y el de Literatura es definido por la Academia Sueca. Por su parte, el Premio Nobel de la Paz es concedido en la vecina Noruega por un comité de cinco miembros designados por el Parlamento de ese país.

Además del prestigio internacional que lo acompaña, el ganador de un Nobel recibe el equivalente a 1.100.000 dólares. Si el premio es compartido entre dos o más personas o instituciones, esa cantidad se reparte en partes iguales.

Los premios científicos

Los criterios para otorgar los premios en las áreas científicas han sido los más objetivos y tienden a responder a lo que los respectivos jurados consideran aportes significativos en el área respectiva. Por ejemplo, Albert Einstein recibió el galardón de Física en 1922, “por sus contribuciones a la física teórica”.

Puede objetarse el hecho de que la abrumadora mayoría de los premios fue otorgada a científicos de países imperialistas (EEUU, Japón, Australia, Europa de conjunto) o que residen e investigan en algunos de esos países. Solo en muy contadas ocasiones los premios fueron para científicos que investigaban y/o residían otros países y regiones fuera de los mencionados.

En Medicina y Fisiología eso solo ocurrió con Bernardo Houssey (1947, Argentina); Max Teller (1951, África del Sur); Sydney Brenner (2002, África del Sur) y Tu Youyou (2015, China). En Física se repite este cuadro, con las excepciones de algunos premios otorgados, de modo individual o compartido, a físicos de la ex Unión Soviética (1958, 1962, 1963 y 1968) y al paquistaní Abdus Salam, en 1979. En Química, solo dos premiados escapan de aquella regla: el argentino Luis Federico Leloir (1970) y el mexicano Mario Molina (1995).

En esta realidad existe, por supuesto, algún grado de discriminación. Pero esencialmente nos parece que refleja el control de la producción científica y tecnológica que mantienen los países imperialistas, con poco o ningún espacio para las otras naciones. Cuando, a pesar de la falta de financiación y de apoyo estatal, algún científico de estos países se destaca notoriamente, muchas veces los países imperialistas lo “importan” para que investigue en ellos.

Literatura y Economía

Los premios de Literatura son otorgados con criterios mucho más subjetivos. Lo recibieron figuras indiscutidas por su importancia y trascendencia, y también escritores prácticamente desconocidos. Una subjetividad que no estuvo, muchas veces, exenta de intenciones políticas.

Al mismo tiempo, en este rubro se reitera la visión imperialista y europeísta del mundo. Son muy pocos los premios otorgados a los autores que no fueran de este origen. Por ejemplo, solo lo recibieron seis latinoamericanos, y solo uno en lengua portuguesa: José Saramago.

Por su parte, la concesión del premio de Economía ya tiene un contenido claramente político, que ha seguido la propuesta y las preocupaciones imperialistas del momento en este campo. Por ejemplo, en 1976 fue premiado el estadounidense Milton Friedman, creador de la llamada “Escuela de Chicago” y principal teórico de la ofensiva contra los salarios y las conquistas obreras, que el imperialismo y las burguesías nacionales lanzaron después del fin del boom económico de posguerra.

Posteriormente, frente a dos ciclos de crisis económica internacional, en un giro de péndulo, recibieron el premio los economistas neokeynesianos[2] Joseph Stiglitz (2001) y Paul Krugman (2008), ambos estadounidenses.

La preocupación por la explosiva situación mundial que crea la decadencia irreversible del capitalismo imperialista se expresó, de modo más agudo, en el premio de 2019 otorgado de forma compartida a Michel Kremer (EEUU), Esther Duflo (Francia) y Ahijiot Banerjee (India) por su “abordaje experimental para aliviar la pobreza global”.

Paz, ¿qué paz?

Volvamos ahora a la postulación de la candidatura de Trump para 2021. El Nobel de la Paz es, sin dudas, el más “político” de los premios. En muchas ocasiones es otorgado con una visión claramente imperialista de lo que significa “paz”. En otras, busca “desmontar bombas” de la lucha de clases a nivel internacional y premia a quienes ayudan a ello.

En el primer caso, han recibido el premio figuras muy poco pacíficas como el germano-estadounidense Henry Kissinger (1973), principal asesor del presidente Richard Nixon en su escalada en la guerra de Vietnam; los asesinos sionistas israelíes Menahem Begin (1978) y Shimon Peres (1994), las erróneamente llamadas Fuerzas de Paz de la ONU (los cascos azules), en 1988 (los mismos que, pocos años después, actuarían como tropa de ocupación imperialista en Haití), y el colombiano Juan Manuel Santos, en 2016.

Sobre aquellos que ayudaron (o por lo menos intentaron) a “desmontar bombas” de la lucha de clases podemos mencionar al líder sindical polaco Lech Walesa (1983); al sudafricano Nelson Mandela (1993), y al dirigente palestino Yasser Arafat (1994).

En algunos casos, esta línea de “calmar las aguas” avanzó un paso más hacia figuras que generaban gran simpatía por su papel en circunstancias muy difíciles, como el líder negro Martin Luther King (1964), en medio de la lucha por los derechos civiles; al activista católico argentino por los derechos humanos Adolfo Pérez Esquivel (1980), en años de una sangrienta dictadura en el país, y la líder indígena guatemalteca Rigoberta Menchú (1992).

Dijimos que la postulación de Trump, una figura beligerante, machista y xenófoba, puede parecer una broma (de mal gusto). Pero no lo es. Entre otras cosas porque ya tres presidentes estadounidenses lo recibieron. El primero fue Theodore “Teddy” Roosevelt (1906), el mismo que creó la tesis del big stick, el “gran garrote”, que Estados Unidos tendría el derecho de aplicar a los pueblos de su autoproclamado “patio trasero” latinoamericano.

Es cierto que, además, a diferencia de muchos antecesores en ese cargo, Trump no inició ninguna guerra internacional e intenta sacar definitivamente a Estados Unidos del conflicto en Afganistán. Sin embargo, Trump tiene “vocación bélica”: en 2017 amenazó con atacar a Corea del Norte; siempre amenaza con invadir Venezuela, y en la guerra siria interviene tangencialmente.

Si no ha avanzado más en sus intenciones no ha sido por “pacifismo” sino porque “la vida lo ha obligado a frenarse” (léase la lucha de clases y la situación política mundial). A falta de guerras clásicas, Trump despunta su “vocación” en la guerra tecnológico-comercial que inició con China y, en nivel nacional es el “comandante” de la guerra contra la población negra y los inmigrantes.

No creemos que Donald Trump reciba este premio. Incluso es muy posible que ni siquiera supere la etapa en que la lista de postulados es reducida a un número menor de candidatos. En las actuales condiciones políticas del mundo, eso sería visto como una provocación.

Seguramente, los proimperialistas miembros del comité noruego que lo otorga desearían tener nuevamente un presidente estadounidense como Barack Obama, una figura mucho más “vendible”, al que ya premiaron en 2009 “por sus esfuerzos por la paz mundial”. Fue una total hipocresía: Obama ostenta el récord de mantener a su país en guerra internacional (Afganistán) y, en nivel nacional, fue el presidente que más inmigrantes expulsó de Estados Unidos en la historia.

Para el comité que elige el Premio Nobel de la Paz, como vimos, esto no es un obstáculo. Sin embargo, en el contexto internacional actual, premiar a Trump ya sería un exceso.

Notas:

[1] https://www.baenegocios.com/mundo/Nominan-a-Donald-Trump-para-el-Nobel-de-la-Paz-2021-20200909-0003.html

[2] Se refiere a aquellos que retoman la visión del economista británico John Maynard Keynes (1883-1946), figura clave del armado económico internacional de la Segunda Posguerra. Keynes postula la necesidad de una intervención activa del Estado burgués y de organismos internacionales para corregir los profundos desequilibrios que crea el libre mercado puro y así evitar los periódicos ciclos de crisis.