La industria patina, el empleo se desacelera y las cuentas externas tienen déficit récord. Pero, los bancos continúan ganando.

Una combinación envuelve  desaceleración de la economía, inflación, deterioro de las cuentas externas y la caída en el ritmo da creación de empleos, se une a la crisis que se arrastra en la industria, para trazar un panorama sombrío para la economía brasileña. Muestran, incluso, los efectos de una política económica que, además de presentar claras señales de agotamiento y dejar al país cada vez más dependiente, continúa privilegiando al sistema financiero.

Industria y empleo

A pesar de la serie de excepciones y beneficios, concedidos por el gobierno de Dilma, la crisis en que la industria brasileña patina desde el año pasado, parece lejos de terminar. En el 2012, la producción del sector, cerró con una caída del 2.6%. En este año, a pesar de la relativa y errática recuperación, los resultados no son muy alentadores. En junio último, por ejemplo, hubo un crecimiento del 1.9%, siendo que en mayo había registrado un -1.8%, en un movimiento que, el propio IEDI (Instituto de Estudios para el Desarrollo Industrial) clasificó de “vaivén”.

Tal recuperación, tan alardeada por el gobierno, no es generalizada, pero puntal en los sectores en que el gobierno concentra beneficios, como la excepción del IPI (Impuesto sobre Productos Industrializados), y con, cada vez, menos capacidad de propagarse. Eso porque los pronósticos sobre la evolución de la economía inhiben las inversiones. Al mismo tiempo, la inflación derrumba el consumo. En el acumulado de los primeros seis meses del 2013, la producción de los bienes semi y no-durables, cayó el 0.6% lo que, según el análisis del IEDI, «refleja la caída de la renta real derivada de la inflación«.

Desaceleración y reducción de la producción industrial, disminución del consumo y freno en las inversiones, ya se reflejan en el nivel del empleo, hasta aquí uno de los únicos indicadores que resistían a los demás. La investigación mensual del IBGE (Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas), sin embargo, registró una elevación del desempleo en junio. La tasa, levantada en las seis regiones metropolitanas, marcó un 6%, contra el 5.8% de mayo.

A pesar de que la diferencia sea, aparentemente, pequeña, ese índice es el mayor desde abril del 2012 y, el principal, e indica una caída en la creación de nuevos empleos y el fin de la sucesiva reducción en los índices de desempleo.

Rumbo de las cuentas externas

En medio a ese escenario, el país, incluso, registró el peor déficit comercial de la historia. Según el Ministerio de Desarrollo, Industria y Comercio Exterior, la balanza comercial (diferencia entre las exportaciones e importaciones), de esos siete meses del 2013, registró un déficit de 4.9 mil millones de dólares. Un récord absoluto desde que esa encuesta comenzó a ser realizada, en 1993. Refleja la reducción en las exportaciones, del 1,5%, en relación al 2012, al mismo tiempo en que las importaciones aumentaron un 10%, en un resultado en que el gobierno acredita al petróleo, cuyo comercio, sólo tuvo saldo negativo de 15 mil millones de dólares.

Sin embargo, no fue sólo la dependencia del petróleo lo que forzó ese resultado. La crisis internacional y la caída en las exportaciones de commodities, provocaron una disminución en las ventas de café en un 25%, hierro y acero de 55%, y hierro fundido de 49%. En julio, incluso ya había sido divulgado el déficit, también récord, en las cuentas externas, de 43 mil millones de dólares, un índice 73% mayor que en el 2012. Las cuentas externas, o cuenta de transacciones corrientes, contabilizan, además de la balanza comercial, gastos por viajes internacionales y remesas de ganancias al exterior.

Además de haber sido el mayor déficit de la historia, fue la primera vez, desde el 2010, que ese camino no fue cubierto por las llamadas «inversiones productivas». O sea, mientras el país estuviese teniendo déficits en las cuentas externas (en la cuenta de lo que entra y sale en la venta y compra de productos, viajes y remesas, el país ya estaba en rojo), lo que venía en la forma de inversiones internacionales en fábricas y producción, compensaba esa pérdida. En el primer semestre del año, sin embargo, hubo un «perjuicio» de 6 mil millones de dólares, que sólo fue compensado por la entrada de inversiones especulativas. O sea, el país está cada vez más dependiente del mercado externo.

Los bancos continúan ganando

Ajenos a todo eso, los bancos continúan divulgando ganancias billonarias. Los tres mayores bancos privados del país ganaron R$ 14 mil millones (US$ 6,072 mil millones) en ese semestre, casi el 2% más que en el 2012. Sólo el Itaú tuvo ganancias de R$ 7 mil millones (US$ 3,036 mil millones), valor que, según información del portal UOL, sería mayor que el PBI de 33 países. En el mismo período, esos tres bancos despidieron a 6 mil empleados. Además de los intereses, que continúan siendo agobiantes y la economía en mano de obra, los bancos ganan con tasas cada vez más extorsivas, que compensan en mucho la pequeña reducción en los intereses del último período.

Es una situación que empeora aún más las condiciones de las familias, cada vez más agobiadas en deudas. Según Investigación Nacional de Endeudamiento e Impagos del Consumidor (PEIC), de la Confederación Nacional del Comercio de Bienes, Servicios y Turismo, el 65.2% de las familias brasileñas están endeudadas. De ese porcentaje, el 14% declaran estar «muy endeudados» y el 7.4% ya no tienen más esperanzas de honrar sus deudas.

La política económica en jaque

Ese cuadro muestra que se profundiza el agotamiento de la actual política económica. La industria, que serviría para compensar la desaceleración de los servicios, patina a pesar de las excepciones fiscales. Las cuentas externas se deterioran rápidamente al sabor de la crisis financiera internacional. Después de sucesivas rebajas en la expectativa del PBI, en el 2013, se da como cierto que él, difícilmente, supere el 2% este año y el 2.6% (bien optimista) en el año que viene. En caso que se confirme, Dilma terminará el mandato como el gobierno con la menor tasa de crecimiento anual de los últimos 20 años.

Una recesión, evidentemente, no sería novedad para los trabajadores brasileños y a la población en general. El nuevo hecho es que eso se dibuja en medio de la mayor ola de protestas de la historia del país. Una nueva situación, en la correlación de fuerzas, que puede imponer un cambio, de hecho, en la actual política económica y, además, una nueva salida a la crisis, haciendo que los trabajadores no paguen más por ella.

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Traducción Laura Sánchez