El libro “Revolución Africana, una antología del pensamiento marxista”, organizado por Jones Manoel, busca presentar a importantes revolucionarios y dirigentes del movimiento de liberación nacional de África ligados al movimiento panafricanista como siendo socialistas y marxistas.

Por: Américo Gomes

En este artículo queremos contraponernos a esta tesis, discutiendo que, a pesar de las muchas proximidades que pueden ser establecidas entre el panafricanismo y el marxismo (especialmente en lo que se refiere a cómo los socialistas revolucionario encaran el combate al racismo y la llamada “cuestión africana”), hay importantes diferencias, particularmente en temas esenciales, como la independencia de clase y la estrategia necesaria para la construcción de una sociedad libre del racismo y cualesquiera otras formas de opresión.

Diferencias que no pueden ser tratadas de forma liviana, incluso porque el propio panafricanismo no es un “bloque” homogéneo, habiéndose ramificado en distintas vertientes desde que surgió en la huella de las luchas antiimperialistas en el continente africano, en la primera mitad del siglo XX, y comenzó a ganar el mundo a través de pensadores negros como el norteamericano W.E. B. Du Bois (1868-1963) y el jamaiquino Marcus Garvey (1887-1940).

Con el correr del siglo, versiones o corrientes del panafricanismo también se mezclaron con otras ideologías y prácticas políticas en el interior del movimiento negro, varias de ellas reformistas o nacionalistas, pero también socialistas de diferentes matices. La cuestión central de nuestra polémica con Jones Manoel, no obstante, es el hecho de que el autor tiene un objetivo muy definido: reescribir la historia, poniendo un signo igual entre panafricanismo y estalinismo (presentado como la verdadera expresión del marxismo-leninismo).

¿Al servicio de qué está la aproximación del panafricanismo y el marxismo?

En primer lugar, hay diferencias entre los dirigentes que son relacionados en el libro, tanto desde el punto de vista teórico como político. Pero, también, desde el punto de vista práctico y concreto. Por ejemplo, Kwame Nkrumah (1909-1972), primer ministro de Ghana entre 1957 y 1960, y presidente del país de 1960 a 1966, fue uno de los fundadores del panafricanismo y tuvo una formación socialista, así como el agrónomo y teórico marxista Amílcar Cabral (Guinea Bissau, 1924-1973).

No obstante, son ejemplos bastante diferentes de las formaciones directamente estalinistas del angoleño Agostinho Neto (1922-1979) –que dirigió el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) en la lucha por la independencia y presidió el país entre 1975 y 1979–, el mozambiqueño Samora Machel (1933-1986) –líder del Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO) y presidente del país en 1986–, y, aún más, de Thomas Sankara (1949-1987) –capitán del ejército y paracaidista, que fue el primer presidente de Burkina Faso–.

Vale destacar, también, la ausencia de algunos importantes panafricanistas, como el periodista y escritor natural de Trinidad Tobago, Georg Padmore (1903-1959), principalmente porque él era el que tenía la formación marxista más sólida. Una ausencia probablemente causada por el hecho de que Padmore rompió con el estalinismo en 1933, exactamente por criticar la política de la burocracia soviética en relación con la lucha por la descolonización en África.

Además, es un equívoco poner un signo igual entre el panafricanismo y el marxismo-leninismo, pues entre ellos existen diferencias políticas y programáticas. Existen, con certeza, puntos de contacto, pero la distancia entre las dos corrientes de pensamiento es bastante considerable.

Cuando neoestalinistas, como Jones Manoel y algunos intelectuales, intentan demostrar lo contrario, crean una amalgama de distintos objetivos, que se combinan y complementan: a) confundir a los trabajadores y trabajadoras, de manera general, y a los jóvenes negros y negras, en particular, ocultando la política traidora que el estalinismo tuvo para la lucha de los pueblos africanos por la libertad; b) dar respaldo a la política de conciliación de clases con las llamadas burguesías “progresistas”, adoptada en el período de descolonización, en la construcción de gobiernos policlasistas; y, c) desviar al proletariado y sectores más explotados de la sociedad de sus tareas centrales en la lucha contra el racismo y la opresión, que es construir la unidad y la independencia de nuestra clase y construir gobiernos de la clase trabajadora.

Una posición similar a la defendida por Abdias Nascimento en su obra, que correctamente combate la creencia en el mito de la democracia racial, pero, de manera general, defiende que el panafricanismo “es la teoría y la práctica de un África unida, libre de la hegemonía europea” o de la “unidad esencial del mundo africano” en una alianza concreta y progresista, como declaró, cuando era senador por el Partido Democrático Laborista, en un pronunciamiento hecho el 5 de junio de 1997.

Policlasismo: el punto de encuentro entre el panafricanismo y el identitarismo

Sin duda, es muy importante combatir las posiciones identitarias, que defienden un liberalismo posmoderno, a través de una falsa radicalidad, con ideas esencialistas de identidad que defienden una hipercentralidad epistemológica teórica, ontológica, en lo que se refiere a la propia esencia, y su política en la cuestión racial para, en última instancia, también defender un Estado racial policlasista, como los Estados negros, en el África.

No reivindican el materialismo histórico dialéctico y su interrelación entre raza y clase. De este modo, la nacionalidad es definida por la construcción de la identidad racial y por el racismo, lo que saca totalmente el elemento de la lucha de clases interna como elemento fundamental en la historia y el desarrollo de estas naciones.

Pero es igualmente importante demostrar que las posiciones panafricanistas también son policlasistas, descartan la centralidad de la clase obrera como sujeto social de la revolución y, consecuentemente, no defienden, en su programa, la dictadura del proletariado.

Marxismo y panafricanismo: proximidades tácticas y diferencias estratégicas

Ciertamente, hay puntos de contacto y confluencias entre el marxismo y el panafricanismo, como la condena al racismo y la esclavitud negra; la necesidad de liberar a África del colonialismo imperialista y construir autogobiernos africanos en las naciones africanas, con gobiernos negros.

Pero, para los marxistas, estos gobiernos deberían ser constituidos por miembros de la clase trabajadora negra, en la expresión concreta de la dictadura del proletariado. Por su parte, los panafricanistas, al trabajar el concepto de una comunidad propia, pannegra, sintetizada en la noción “una raza, un pueblo”, no utilizan el criterio de delimitación de clase y, así, diluyen las diferencias y la propia lucha de clases.

Estas elaboraciones se reflejaron en los Congreso Panafricanos, que definieron las directrices del movimiento organizado. El primero de ellos, con William (W.E.B.) Du Bois como su principal dirigente, ocurrió en París, en 1919, con apoyo de Georges Clemenceau, presidente del gobierno francés, uno de los impulsores de la guerra civil contra la naciente República Soviética.

Sus deliberaciones fueron progresivas en el sentido de oponerse al racismo y levantar la reivindicación por la autodeterminación de las colonias. Pero sus deliberaciones se pautaban por exigencias a la Sociedad de las Naciones, la ONU de la época. Un ejemplo de las consecuencias de esto fue la defensa de que las antiguas colonias alemanas fueses puestas bajo tutela internacional, en un proceso supervisado por las grandes potencias, con el objetivo de crear el “mundo negro civilizado”. Otro ejemplo fue la defensa de la autonomía de las colonias británicas, en el marco de la Commonwealth (Comunidad Británica de las Naciones).

En otras palabras, los panafricanistas subordinaban la lucha anticolonial a la aprobación de los países imperialistas, una orientación general que siguió hasta el IV Congreso.

De manera general, los panafricanistas creen que las ideas marxistas son unilaterales con relación a la clases y con relación a la concepción materialista, pues, en su visión, los procesos de independencia deberían buscar satisfacer, también, aspectos morales, culturales y personales, defendiendo que, de manera general, hay alguna forma de unidad o de propósito común entre los pueblos del África y de la Diáspora Africana. Muchos suscribían también la política de no violencia de Gandhi.

Debates teóricos sobe el “socialismo africano”

Amílcar Cabral, Nkrumah y Frantz Fanon (1925-1961) –psiquiatra y teórico marxista, originario de Martinica, que actuó en la Revolución Argelina– fueron, sin duda, valientes dirigentes nacionalistas negros, que defendieron las ideas panafricanas y buscaron una ligazón con el marxismo teniendo importantes diferencias conceptuales con este.

Una de las principales diferencias giraba en torno a las teorías que crearon sobre el “socialismo africano” o “socialismo con valores africanos”, que sería igualitarista y humanista, partiendo, según ellos, de las características concretas determinadas por la revolución negra en el continente, pero que desembocaba en la propuesta de construir gobiernos “policlasistas” tras la independencia colonial, no proponiendo nunca en sus países auténticas dictaduras del proletariado.

Fanon, no obstante, jerarquizó, de manera correcta, la lucha antiimperialista, entendiendo el racismo como algo característico de las sociedades coloniales y como parte esencial del proceso de dominación entre pueblos conquistadores y conquistados. En Los condenados de la Tierra (1961, por ejemplo, expresó esas posiciones, rechazando las negociaciones y los compromisos y acuerdos asumidos entre las metrópolis europeas y los movimientos nacionales africanos para controlar el proceso de liberación, afirmando que estas no pasaban de “falsas descolonizaciones”).

Pero, Fanon también defendía la “nacionalización del marxismo” (similar al que, para él, fue hecho por los chinos y por los vietnamitas), a partir de las cuestiones concretas africanas, defendiendo que la revolución en este continente no pasaría por los proletarios sino, sí, por la acción revolucionaria de los campesinos y del lumpenproletariado, los únicos que, de hecho, no tenían nada que perder a no ser sus cadenas, creyendo que la clase obrera, incluso en los países coloniales del continente africano, constituían una elite privilegiada.

Al mismo tiempo, Fanon daba una peso importante a la pequeña burguesía, defendiendo que esta podría cumplir un papel de vanguardia consciente, formando un partido nacionalista revolucionario que llevaría a cabo la descolonización.

El autor, incluso, defendía que no habría otra salida, a pesar de alertar sobre el posible “aburguesamiento de esta camada social” y que esta formaría una nueva elite burguesa, subdesarrollada, neocolonial, sin capacidad o deseo de construir una nación soberana y socialista. Como consecuencia, como todos los demás panafricanistas, presentaba como objetivo inmediato para los países africanos la constitución de gobiernos policlasistas, de frente popular.

Aún en lo que se refiere a Fanon, vale destacar que él, correctamente, pautaba la necesidad de la violencia revolucionaria para llevar a cabo los procesos revolucionarios y conquistar la independencia nacional en África. En este sentido, se diferenciaba de la teoría de “coexistencia pacífica” defendida por la burocracia soviética en la pos Segunda Guerra Mundial, siendo extremadamente progresivo, particularmente frente a la posición de la dirección del Partido Comunista Francés, que se negaba, inicialmente, a reconocer el derecho de lucha por la independencia de Argelia, condenando los ataques del Frente Nacional de Liberación e, incluso, dando plenos poderes, en marzo de 1956, al gobierno del primer ministro de Francia, Guy Mollet, para continuar la guerra.

Amílcar Cabral también intentó crear una teoría revolucionaria de liberación basada en lo que sería la experiencia concreta africana, basada en una “diversificación y actualización del marxismo”, como escribió en El arma de la teoría (1966). Su punto de partida era reivindicar que el verdadero motor de la historia eran las fuerzas productivas, pero que la principal contradicción de los pueblos periféricos se manifestaba en sus relaciones con el imperialismo.

Sin embargo, en este proceso, el dirigente de Guinea Bissau daba un papel de protagonismo a los campesinos y trabajadores urbanos, pero bajo la dirección de los miembros de la pequeña burguesía, proponiendo a ellos el “suicidio de clase”, en defensa de los intereses de los dominados. En Liberación nacional y cultura (1970), Cabral también defiende que las culturas populares africanas serían las verdaderas depositarias de la resistencia política contra el opresor y, por lo tanto, cumplirían un papel fundamental en el proceso libertador. Pero, para eso, los revolucionarios tendrían que liberarse de la dominación simbólica y psicológica del eurocentrismo y del racismo, en un proceso de “reafricanización” de las culturas populares del continente.

Nkrumah, por su parte, también se reivindicaba marxista, siendo fuertemente influenciado por George Padmore, e intentó construir una nueva ideología panafricanista, basada en el “socialismo con valores africanos” (igualitaristas y humanistas), con el Estado como centro de la vida social y económica del país. Este proceso, aún según él, culminaría en la unificación de las naciones africanas en una gran Federación y Unión. No obstante, él también dio relevancia siempre el papel de las burguesías nacionales y sus relaciones con el imperialismo. Su pensamiento fue condensado en África precisa unirse (1963) y en Neocolonialismo: fase superior del imperialismo (1965).

George Padmore: un exponente contradictorio del panafricanismo

En la década de 1920, varios militantes y activistas negros, africanos y de la diáspora, participaron de los cursos de formación marxista en la ex URSS, como el periodista senegalés Tiemoko Garan Kouyaté (1902-1942, uno de los primeros africanos en adherir a la Internacional Comunista, habiendo sido expulsado por el estalinismo en las purgas de finales de los años 1920), George Padmore, Claude McKay (1889-1948, escritor y poeta jamaiquino, exponente del Renacimiento del Harlem en los años 1920, que también se distanció del estalinismo en los años de 1930) y Jomo Kenyatta (1894-1978, considerado fundador de la nación keniana y presidente del país entre 1964 y 1978).

Todos ellos fueron influenciados por las propuestas políticas de Lenin, de transformar las luchas de liberación nacional en una “palanca” para la revolución proletaria mundial, en un período en que la ex URSS era vista con admiración y apoyaba (incluso materialmente) la organización de los movimientos de liberación, siendo considerada por muchos líderes africanos como un modelo de Estado multinacional, federalizado, como aquel que se soñaba construir en África.

George Padmore reflejaba estas posiciones en sus libros y artículos, así como otras obras de la primera mitad del siglo XX también reflejaban esta aproximación con la metodología marxista, como La reconstrucción negra en América (W.E.B. Du Bois, 1935), Los Jacobinos Negros (C.L.R. James, 1938) y El Negro y el Caribe (Eric Williams, 1944).

Padmore, con todo, merece un destaque especial, pues se tornó uno de los principales organizadores del movimiento anticolonialista en África, haciendo la conexión entre organizaciones y activistas del continente con Europa y los Estados Unidos; siendo, por eso, llamado como uno de los padres del panafricanismo. Él también fue uno de los primeros en escribir sobre la relación entre raza y clase en las entreguerras, a partir de una perspectiva internacionalista, mostrando la centralidad y contemporaneidad de la clasificación racial para las dinámicas del capitalismo. Habiendo sido, incluso, mentor y consejero del gobierno de Kwame Nkrumah, a quien llamó de “Lenin del África”.

Padmore rompió con la Tercera Internacional y el estalinismo en 1934, a raíz de la política de Frente Único Antifascista y la defensa, por Stalin, de la alianza con los países imperialistas, vistos como “progresistas”. Políticas aplicadas, por ejemplo, en relación con Francia e Inglaterra, defendiendo que los enemigos de los pueblos coloniales no eran los imperialistas sino, sí, el movimiento fascista. Lo que, en la práctica, significó abandonar la lucha colonial y priorizar a sus aliados europeos.

Rebelándose contra esa traición, Padmore mantuvo la defensa de la lucha contra todos los imperialismos que tenían una política colonial para el África y, tal vez por eso, no haya sido incluido en el libro de Jones Manoel.

Fruto de esta influencia en la política panafricanista, el V Congreso Panafricano, realizado en Manchester en 1945 significó, en muchos aspectos, una ruptura en relación con los anteriores. Primero, porque en él, los africanos fueron mayoritarios, contando con la participación de figuras fundamentales, como Azikiwe Nnamdi (primer presidente de Nigeria, entre 1963 y 1966), Jomo Kenyatta y Kwame Nkrumah. Además, el Congreso también mantuvo el centro de sus deliberaciones en el marco de la lucha por la descolonización, lo que incluía la liberación del colonialismo y la unidad contra el neocolonialismo.

No obstante, Padmore, después de la ruptura con el estalinismo, luchó para desvincular el movimiento de liberación de África del comunismo, denunciando que tal proximidad era un argumento imperialista para desacreditar a los nacionalistas africanos y quitar de ellos la simpatía y el apoyo de los elementos anticoloniales y sectores “progresistas”.

Además, afirmando basarse en la elaboración de Lenin sobre la “aristocracia obrera” y el “aburguesamiento” real de un estrato de la clase trabajadora, fomentado por los partidos reformistas y los sindicatos, concluyó que la “unidad de raza (era) opuesta a la unidad de clase”. Con eso, pasó a negar el papel de la clase obrera como sujeto de cualquier transformación social, creyendo que los trabajadores blancos se divorciaban de los intereses de los trabajadores africanos “a costa de los cuales engordan”.

En el próximo artículo discutiremos los reflejos de estos debates en situaciones concretas como Angola, Mozambique, Ghana, etc., y la necesidad de una revolución social en el continente africano.

Traducción: Natalia Estrada.