La posición del PSTU de voto crítico a Guilherme Boulos (PSOL) en el segundo turno en San Pablo, curiosamente generó críticas de corrientes políticas por la derecha y por la izquierda, oportunistas y sectarias. Un sector exigía del partido apoyo político e incondicional a la candidatura del PSOL y llamaba al PSTU de sectario. Para ese sector, ninguna crítica pública podía ser hecha a Boulos.

Por: Mariúcha Fontana, de la Dirección Nacional del PSTU – Brasil

Otros grupos pequeños de ultraizquierda trataron el voto en segundo turno como principio y apuntaban que cualquier posición que no fuese la del voto nulo era una capitulación al campo burgués de colaboración de clases representado por la candidatura de Boulos. Así, para ese sector, el PSTU sería oportunista.

No obstante, el partido mantuvo en el segundo turno la misma posición política y el mismo contenido de la campaña que hizo en el primer turno, sea en las ciudades en que adoptó la táctica de voto nulo, sea en las que, como en San Pablo y otras, definió la táctica de voto crítico. En el segundo turno, cambió apenas la forma de presentar la misma política. En los dos turnos, nuestro posicionamiento obedeció a una política de independencia de clase y de defensa de un programa revolucionario.

En el primer turno de las elecciones, de manera general, el partido revolucionario no debe eximirse de presentar su programa y su partido al movimiento de masas. En el segundo turno, cuando no hay posibilidad de presentarse, debe definir cuál es la mejor táctica de indicación de voto para defender la misma política, de independencia de clase, revolucionaria, de combate a la burguesía, y también a las organizaciones y candidaturas de alianzas de clases. O sea, el voto es táctico. La política, no.

Las presiones oportunistas y sectarias

Cualquier organización, si no es una secta y tiene relación con el movimiento de masas, sufre de forma cotidiana presiones oportunistas y sectarias. Las presiones oportunistas son mayores y más fuertes en general, principalmente tratándose de elecciones burguesas o de la existencia de bloques de colaboración de clases en la realidad. Estas, además de reflejar muchas veces una conciencia atrasada de sectores del proletariado, son comandadas por organizaciones de colaboración de clases y aparatos con peso de masas entre la clase trabajadora, que se alían con la burguesía y defienden el régimen y el sistema capitalista. En general, dirigen o representan los intereses de la burguesía en el seno del movimiento obrero y popular. Son contrarrevolucionarios, y toda organización revolucionaria está obligada a nadar contra la corriente de esas presiones para que sea digna de ese nombre.

Con todo, es inevitable que, frente a las traiciones sucesivas de los aparatos contrarrevolucionarios, surjan corrientes sectarias que, como decía Trotsky, no quieren nadar para evitar que se mojen sus principios. El centrista es aquel que satisfecho se denomina “realista”, simplemente porque se lanza a nadar sin ningún bagaje ideológico y se deja llevar por cualquier corriente pasajera. Es incapaz de comprender que, para el nadador revolucionario, los principios no son un peso muerto, sino un salvavidas, o sea, los revolucionarios no agarran cualquier ola, no son surfistas, son navegadores. Por su parte, el sectario se sienta en el margen del torrente de la lucha de clases.

El mayor desafío es combatir el oportunismo y también el sectarismo, para construir una organización revolucionaria.

El oportunismo y los campos burgueses progresivos

La forma que el oportunismo tomó en la época imperialista es el apoyo y la conformación de bloques burgueses progresivos de colaboración de clases. Desde los mencheviques, pero especialmente después de 1917, la teoría de los campos burgueses progresivos fue apropiada con mucha fuerza por los estalinistas y por la socialdemocracia. Hasta hoy, la teoría y la práctica de conformación de bloques de colaboración de clases con sectores de la burguesía por las organizaciones reformistas contrarrevolucionarias está vigente, e innumerables corrientes que se reivindican marxistas y hasta revolucionarias han sucumbido a ella.

Para los marxistas y para los revolucionarios, como Lenin y Trotsky, la sociedad se divide en clases sociales, y el campo del proletariado y de sus aliados debe confrontarse con los diferentes campos burgueses. La burguesía es una clase más heterogénea que el proletariado y siempre peleará entre sí, pudiendo llegar a la guerra entre sus sectores.

El proletariado no debe ser indiferente a esas divisiones. Debe incluso utilizarlas, pudiendo hasta hacer unidad de acción con un sector u otro en determinados aspectos democráticos, para derrocar una dictadura, en una guerra colonial, para impedir un golpe militar contrarrevolucionario. Sin embargo, jamás debe dar apoyo político o conformar un campo burgués.

El proletariado, incluso cuando golpea junto con un sector de esos, marcha separado, o sea, mantiene la independencia política de clase y la lucha por la revolución como objetivo, por el socialismo. Conformar un bloque político de conciliación con la burguesía es colocarse en el campo de la defensa del sistema capitalista, del régimen y de la contrarrevolución. Ese bloque es burgués y contrarrevolucionario.

Es por eso que Lenin y Trotsky exigían de los mencheviques que rompiesen con la burguesía y tomasen el poder. Estos, sin embargo, no rompieron y se colocaron en la trinchera de la contrarrevolución en 1917. Trotsky decía que era altamente improbable que organizaciones de esa naturaleza aceptasen romper con la burguesía y formar un gobierno obrero y campesino.

Ellos son una fuente enorme de presión, en especial si surgen en la realidad contra sectores reaccionarios o incluso frente al enfrentamiento a contrarrevoluciones.

Por otro lado, tales campos de colaboración de clases son contrarrevolucionarios y conducen a gobiernos burgueses. Esos bloques de colaboración de clases acentúan aún más su carácter contrarrevolucionario si llegan al gobierno, porque pasan a ser líderes de los capitalistas al dirigir el Estado. Pero la llegada de un gobierno de esa naturaleza muchas veces expresa y son sentidos como una victoria del movimiento (sea por la vía electoral o no). Tales gobiernos son burgueses, pero son anómalos, diferentes, porque la clase trabajadora cree que ese bloque conformará un gobierno suyo, y al mismo tiempo la burguesía no los ve como su gobierno preferido.

Frente a esta realidad, el oportunista solo ve la conciencia y las ilusiones de las masas y, “para no aislarse de las masas”, deja de lado la naturaleza burguesa del bloque de colaboración de clases y, después, del gobierno. Ellas abandonan una política de independencia de clase; por su parte, el sectario solo ve la cuestión objetiva de la naturaleza burguesa del gobierno y no toma en cuenta la conciencia del proletariado.

La política revolucionaria debe partir de la cuestión objetiva, de la necesidad objetiva, o sea, en primer lugar enfrentar y combatir la naturaleza burguesa del bloque y, más aún, del gobierno. Al mismo tiempo, precisa formular su política tomando en cuenta también el aspecto subjetivo, la conciencia, no para capitular a ella o reforzarla, sino por el contrario, para combatirla de la forma más eficaz.

La candidatura Boulos-Erundina, por su programa, proyecto de gobierno y composición, es de colaboración de clases. Su propuesta confirmaría un gobierno burgués como los del PT.

Sería un gobierno en los límites del orden, como dijo Marcelo Freixo en entrevista al DW: “Si en 2022 tuviéramos en el segundo turno una candidatura de la derecha liberal y otra de la izquierda, el Brasil ya venció”, entendiendo por “izquierda” un frente PT-PSOL-PDT-Rede-PSB-PCdoB. O, como dijo Boulos de forma menos explícita, en entrevista a Reinaldo Azevedo, después de las elecciones: “Dialogar con quien no piensa igual es democracia [refiriéndose a las conversaciones y a la aproximación que tuvo con la gran burguesía de la Faria Lima (zona de sede de empresas en San Pablo)] (…) no dejé de dialogar con el sector económico (…) no da para pensar en San Pablo, que es uno de los mayores PIBs del mundo, sin pensar en la inversión privada, en el papel de la inversión privada y de las empresas. Si fuese electo tendría que gobernar para todos”.

¡En fin! En el por mayor, el proyecto de gobierno de Boulos no difiere de los del PT, aunque aparezca como algo renovado. La candidatura de Boulos, sin embargo, apareció o fue vista por la juventud y por sectores importantes de la clase trabajadora, que correctamente querían derrotar João Doria y Bruno Covas (PSDB), como la de un dirigente de un movimiento social y de un proyecto de cambio en pro de los más pobres y más jóvenes.

Así, llamar al voto crítico es una forma táctica de no dar ningún apoyo político y, por el contrario, seguir combatiendo políticamente ese campo burgués de colaboración de clases, incluso “golpeando” juntos. Ya, dar apoyo político a la lista Boulos-Erundina sería apoyar un “campo burgués progresivo” y abandonar cualquier resquicio de política de independencia de clase.

El sectarismo es unilateral

El sectario identifica la naturaleza burguesa del bloque y del gobierno, pero ignora la conciencia del proletariado y de la juventud. Como decía Trotsky, el sectario es la negación directa del materialismo dialéctico, que siempre toma la experiencia como punto de partida para luego volver a ella. El sectario no comprende la acción y la reacción dialéctica entre un programa acabado y la lucha viva –o sea, imperfecta y no acabada– de las masas. El sectarismo es enemigo de la dialéctica (no en palabras sino en acción) porque vuelve la espalda al verdadero proceso que la clase obrera vive.

El llamado al voto crítico en algunas candidaturas fue la mejor forma de continuar expresando el contenido de la política revolucionaria en el segundo turno: no dar apoyo político a las candidaturas de colaboración de clases sino, por el contrario, combatir la naturaleza burguesa de tales bloques, defender la independencia de clase, cuestionar su proyecto y su programa, defender las propuestas revolucionarias y alertar que incluso ganando las elecciones es necesario organizar la lucha y no depositar en él ninguna confianza, y al mismo tiempo acompañando al proletariado y a la juventud en el voto para derrotar a Covas.

Si no entrar en un gobierno burgués y denunciarlo desde el primer día es un principio, el llamado al voto en una candidatura cuando es oposición no es la misma cosa, desde que este llamado sirva no para apoyar sino sí para combatir la conciliación de clases y alertar sobre el hecho de que, si fuera gobierno, no se debe depositar ninguna confianza en él.

Ser oposición y combatir un gobierno de esa naturaleza desde el primer día si fuera electo, es un principio, porque incluso que a veces sea sentido como una victoria, al día siguiente estará gobernando para la burguesía contra el proletariado.

Una posición revolucionaria

Cualquier organización que no sea una secta sentirá presiones oportunistas y sectarias e inevitablemente cometerá errores de uno y otro tipo, porque ninguna organización es infalible. Sin embargo, lo fundamental es tener conciencia de que una organización revolucionaria solo puede construirse como tal combatiendo y derrotando el oportunismo, las organizaciones y los bloques contrarrevolucionarios, y también el sectarismo, pues ambos impiden una intervención revolucionaria en la lucha de clases que dispute la conciencia y conduzca a la clase trabajadora y sus aliados al poder de forma independiente de la burguesía.

Artículo publicado en www.pstu.org.br

Traducción: Natalia Estrada.