Vie Jun 14, 2024
14 junio, 2024

Ni estructural ni producto de las relaciones sociales esclavistas: polémica con Sílvio de Almeida y Muniz Sodré sobre la naturaleza del racismo brasileño

El libro “Fascismo da cor”, del periodista y sociólogo Muniz Sodré, y la entrevista que concedió al diario Folha de S. Paulo, cuestionando la ausencia de base científica en el concepto de racismo estructural, popularizado por el profesor y actual ministro de los Derechos Humanos y Ciudadanía, Sílvio de Almeida, tuvo el mérito de romper cierto consenso existente en torno al concepto y abrir un debate sobre la naturaleza del racismo brasileño. Poco tiempo después, el 2 de abril, los profesores de la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC), Lia Vainer Schucman y Rafael Mantovani, publicaron un artículo, también en la Folha de S. Paulo, defendiendo el “carácter científico” del concepto.

Por: Hertz Días

Para Muniz Sodré, las estructuras brasileñas fueron creadas para no funcionar. Y, si el racismo funciona es porque no es estructural. A diferencia de Estados Unidos o de Sudáfrica, donde había ordenamientos jurídicos explícitamente racistas, el racismo brasileño sería producto de lo que él llama relaciones sociales esclavistas y no de estructuras.

Schucman y Mantovani defienden a Sílvio de Almeida afirmando que él “(…) utiliza la versión althusseriana del materialismo histórico, que comprende la estructura como resultado de procesos sociohistóricos que construyen la forma de la sociedad, así como instituciones, grupos sociales y sujetos – como, en el Brasil, la esclavitud”.

Nótese que, para Perry Anderson (2004), el estructuralismo althusseriano es “la ruptura radical (…) con las concepciones tradicionales del materialismo histórico [que] se encontraba en su firme convicción de que ‘la ideología no tiene historia, porque es –como el inconsciente– ‘inmutable’ en su estructura y en su funcionamiento dentro de las sociedades humanas”. Es decir, el estructuralismo es lo opuesto del materialismo histórico, y no una versión, ya que abandona la lucha de clases como centro de sus explicaciones. En lugar de los sujetos históricos, aparecen sujetos imaginarios, construidos por ideologías y adaptados al orden social. Sale Marx, entra Freud. Sale Lenin, entra Stalin.

En el libro “O que é racismo estrutural?”, Almeida incluso afirma que “si el racismo es inherente al orden social, la única forma de que una institución combata el racismo es por medio de la implementación de prácticas antirracistas efectivas” (p. 37). No hay perspectiva de eliminar el racismo cambiando este “orden social” (p. 36). Por el contrario, “(…) para las visiones que consideran el racismo institucional y/o estructural, más que la conciencia, el racismo moldea el inconsciente” (p. 50), concluye Almeida.

Para estos estudiosos, influenciados por Althusser y Foucault, las ideologías son reflejos de las estructuras o son ellas mismas estructuras inmutables, sin historia, tal como el inconsciente de Freud, y las estructuras sin sujetos o con sujetos impotentes. El mundo aparece pulverizado en micropoderes, biopoderes, así como el racismo aparece en las más variadas formas: individual, institucional, estructural, sistémico, cultural, etc.

En la huella de esta comprensión, Schucman y Mantovani afirman, en el citado artículo, que la estructura económica da origen a la cultura, las religiones, etc. Y entonces, como por arte de magia, todo se convierte en estructura, excepto las leyes. Así, “lo que un día fue estructurado por la economía esclavista se convirtió estructurante de la cultura y de las costumbres y estructural por el conjunto de fenómenos que lo mantienen”.

Nótese que la diferencia de fondo entre Sodré, Almeida y los profesores de la UFSC es más conceptual y terminológica que de contenido, como muestra el sugerente título del artículo de los profesores Burgos y Vieira – “Sin darse cuenta, Muniz Sodré avala el racismo estructural que trata de negar” – publicado también en la Folha de S. Paulo, el 8 de abril.

La naturaleza del racismo que enfrentamos

Muniz Sodré se equivoca por no comprender el proyecto del Estado brasileño para la población negra en el período posterior a la abolición. De hecho, no era segregación legal, sino mucho peor: era la eliminación biológica del negro, considerado responsable por el atraso del país. Si fue disfrazado con la ideología del mito de la democracia racial, a partir de la década de 1930, no significa que no exista. Los Estados, portugués y brasileño, nunca declararon que exterminarían a los pueblos indígenas, simplemente los exterminaron. ¿Y quién cumplió esta tarea sino las instituciones burguesas? Los discursos, los conceptos y la terminología no sustituyen los hechos.

Sodré, como muchos historiadores brasileños, como Gorender, a quien él cita como referencia en su entrevista con el diario Folha de S. Paulo, creía que la esclavitud colonial era un modo de producción autónomo. De ahí la confusión sobre la naturaleza del racismo brasileño. Si la esclavitud terminó, y si la superestructura política e ideológica es un reflejo de las estructuras, ¿por qué diablos no se enterró el racismo junto con la esclavitud? La salida, entonces, era presentar el racismo como resquicio de la esclavitud, que desaparecería con el pleno desarrollo del capitalismo.

En nuestra opinión, Sodré retoma esta formulación para defender que el racismo es producto de las relaciones sociales esclavistas. En la entrevista con la Folha de S. Paulo, Sodré afirma que “la esclavitud terminó, pero nació la forma social esclavista. Esta mantiene la esclavitud como idea y como discriminación institucional”.

Almeida, por su parte, en entrevista en el programa “Roda Viva” (TV Cultura), que se emitió el 26/06/2020, afirmó que “el racismo es un obstáculo para la construcción de un ambiente saludable para el desarrollo del capitalismo”.

Es decir, ninguno de ellos considera el racismo como un fenómeno típicamente capitalista.

El racismo es un producto directo de la época imperialista

El racismo contemporáneo surge en los laboratorios de Europa en el siglo XIX. Es producto directo de la era imperialista y, no por casualidad, sus dos principales teóricos –Gobeneau y Knox– eran de las dos principales potencias de la época, Francia e Inglaterra. Estos teóricos defendían la dominación de las potencias más fuertes sobre las más débiles, apoyados en justificaciones de orden raciales, religiosas, culturales y nacionales. Así es, los europeos dominando a europeos. Es emblemático el caso de la dominación de Inglaterra sobre Irlanda, en el que Marx intervino brillantemente, comprendiendo el peso de la opresión en la división del proletariado de ambos países y cambiando su posición respecto de la revolución, más propensa a iniciarse en la nación oprimida.

Pero, con el avance del imperialismo hacia el continente africano, estas teorías crearon una unidad racial artificial entre todos los pueblos europeos, considerándolos como sinónimos de blanco, blanco como sinónimos de superior, y todos los pueblos no blancos como inferiores. De ahí la llamada “misión civilizadora” del hombre blanco, que no fue el motivo del espolio y el genocidio de los pueblos africanos, sino su cortina de humo, que no tiene que ver con la esclavitud colonial, sino con la expansión imperialista.

Al analizar la esclavitud colonial por sus objetivos y no por la forma en que se presenta ante nuestros ojos, el revolucionario argentino Nahuel Moreno dio en el clavo: “la verdad es que no puede haber otra definición marxista para las colonias hispano-portuguesas y del sur de los EE.UU. que no sea la producción capitalista especialmente organizada para el mercado mundial con relaciones de producción precapitalistas”.

Por eso, el fin de la esclavitud no significó el fin del racismo, porque no significó el fin del capitalismo. La esclavitud colonial no era un modo de producción autónomo, sino una relación de producción al servicio del capitalismo. El modo de producción (capitalismo) se mantuvo, no sólo como productor de bienes sino también de las opresiones, sin las cuales moriría de inanición.

¿Quién controla las instituciones que reproducen el racismo?

Para Sílvio de Almeida, solo existe racismo estructural porque existen instituciones racistas. Si es así, entonces cabe a los negros y blancos antirracistas ocupar tales instituciones. Consecuente con su tesis, Almeida aceptó formar parte del Comité Antirracista del Carrefour y el Ministerio de Derechos Humanos del gobierno de Lula/Alckmin.

Al contrario de lo que dicen, el concepto de racismo estructural ha generado una cierta banalización de la lucha antirracista. A poco del asesinato de George Floyd en EE.UU., y ante la rebelión antirracista que se extendía por el mundo, el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, el expresidente Barack Obama, y ​​el entonces presidente del país, Donald Trump, afirmaron, uno seguido del otro, que aquel asesinato fue producto del racismo estructural, visto como algo que persiste como producto de la esclavitud.

Después de la muerte de João Alberto, en el estacionamiento del Carrefour, la dirección de la empresa dijo lo mismo. Es como si la lucha contra el racismo fuera contra el pasado, contra fantasmas, contra instituciones en bancarrota que parecen tener vida propia, restándonos ocuparlas para que den algunos pasos en nuestra dirección.

Es obvio que los 350 años de esclavitud ejercen influencia sobre las desigualdades raciales en el presente, pero tal influencia es relativa. Si el gobierno de Lula, del que forma parte Sílvio de Almeida, revocara la Ley Antidrogas, sancionada por el propio Lula en 2008, automáticamente serían libertados cientos de miles de negros.

La profundización del genocidio negro en el Brasil es también producto de las políticas neoliberales de los últimos treinta años. Deróguenlas y verán caer meteóricamente este genocidio. Responsabilizar al pasado esclavista por la tragedia negra del presente es lo mismo que decirle a la burguesía: ¡siéntase libres, porque nuestro ajuste de cuentas es con sus antepasados!

Estos autores toman el fenómeno como causa. Para convencerse a sí mismos, Schucman y Mantovani preguntan: “¿El racismo está en la educación, en el acceso a la salud, en el mercado de trabajo, en los cuadros de mando, en las creencias sobre potencialidades individuales, en lo simbólico y en las relaciones afectivas y cotidianas?”. Y ellos responden: ¡“sí”!

Pero, ¿quién controla tales instituciones? ¿No es la burguesía? Para estos profesores, sin embargo, “el racismo organiza el poder económico, el Poder Judicial, el acceso a la salud, a la educación y todas las condiciones de vida, estructurando nuestra Nación”. Ahora bien, si es el racismo el que organiza la estructura de la sociedad, y no la burguesía, entonces, ¿es él el que determina el contenido de la historia?

Esclavista y estructural: dos formas alienadas de ver la naturaleza del racismo brasileño

Este idealismo es producto de la forma equivocada de mirar la realidad en la que están insertos los propios intelectuales. Parte de ese conocimiento, que se autodenomina científico, es también expresión de la alienación impuesta a la mayoría de la sociedad. Alienación, no en el sentido de desconocimiento [porque Almeida y Muñiz son eruditos ante los que hay que quitarse el sombrero], sino de no comprender la raíz social del problema que se pretende estudiar y de la realidad que se pretende transformar.

Por mucho que las instituciones capitalistas estén cada vez más ocupadas por negros y por blancos antirracistas, el racismo solo ha aumentado y la situación de los hombres y las mujeres negros ha empeorado. Eso, porque el vínculo entre el racismo y el capitalismo es mucho más profundo de lo que intentan describir. Y al no tener condiciones de establecer esos vínculos entre pensamiento y realidad, racismo y capitalismo, se alienan. Opinamos que solo es posible captar ese vínculo y comprender esa realidad cuando se pretende transformarla. Fuera de ese propósito, es difícil no quedarse en medio del camino.

Así como los intelectuales vinculados al señorío creaban teorías para dar racionalidad al esclavismo, muchos intelectuales antirracistas hacen lo mismo en relación con el capitalismo, presentando solo el racismo como algo irracional. Pero tanto el racismo como el capitalismo son irracionales, y no se trata solo de una opinión, sino de una constatación.

Alienación y desalienación racial

Si el racismo es un instrumento de dominación, la lucha antirracista debe ser orientada en la búsqueda de la liberación. Esta palabra tan vulgarizada tiene una enorme importancia en el tema racial, sobre todo porque está indisolublemente ligada al tema de la desalienación.

Para alcanzarlos, liberación y desalienación, necesitamos pensar el proletariado como sujeto y no como individuos amorfos presos en estructuras indestructibles. El propio ser humano que es capaz de crear y recrear las instituciones que escapan a su control también es capaz de destruirlas, creando otras nuevas en su lugar.

Por eso, Marx llegó a afirmar que las ideologías se transforman en fuerza material, sobre todo, cuando se apropian de multitudes. Es así en la reproducción del racismo, pero también puede serlo en la propagación de ideologías y programas antirracistas y revolucionarios.

No olvidemos: en esta era imperialista, la lucha contra las opresiones tiende a ser más explosiva. Así fue en el “Ni Una Menos” en la Argentina; en la rebelión contra el uso del velo tras la muerte de una mujer en Irán; en la rebelión indígena en el Ecuador; y en el antirracismo en el corazón del imperialismo mundial. Todas ellas acorralaron a sus gobiernos y a sus burguesías, así como todos los conceptos, tesis y teorías que invisibilizan el movimiento de masas como sujeto histórico, como sucedió con el estructuralismo althusseriano cuando estalló el “Mayo Francés” de 1968.

Los llamados “grupos dominantes”, que para nosotros son burgueses, utilizan el racismo no solo para mantener sus privilegios de raza, sino para mantener todos sus privilegios de clase, que no se limitan a la representatividad institucional, sino que, sobre todo, avanzan hacia la apropiación indebida de la riqueza ajena.

Ahora bien, si el racismo humilla, cosifica, extermina, sobreexplota a los hombres y mujeres negros y ayuda a dividir a la clase trabajadora, cabe preguntarnos: ¿quién se beneficia de todo esto?

Desalienarse no es solo entenderse como miembro de una raza o de una clase. Desalienar significa responder a esas cuestiones y cambiar la realidad, es decir, arrancar las instituciones de las manos de la burguesía, recrearlas en interés de la clase trabajadora y poner la producción bajo el control colectivo y racional de quienes la producen, y cuyas manos son en su mayoría negras. Debido a la falta de un horizonte proyectivo, ninguno de estos autores responde a tales cuestiones.

No somos defensores del “cretinismo antiparlamentario”, tan combatido por Lenin, que se niega a disputar las instituciones burguesas. Sin embargo, nada de esto sirve si no es apoyado en la clase obrera y orientado hacia los intereses del proletariado en su conjunto. ¿Debemos preservar o superar tales instituciones, que solo existen porque existen explotación y opresión? Una pregunta tan simple que escapa al sentido común universal de nuestra refinada intelectualidad.

Los hechos son concretos y no pueden ser reemplazados por conceptos y terminologías abstractas. Los conceptos deben estar vinculados a los hechos. Es necesario mirar para la clase trabajadora brasileña, la más negra fuera de África, considerando sus contradicciones internas (de raza, género, sexo), sus flujos y reflujos, victorias y derrotas, expectativas y frustraciones, pero mirar con optimismo político, devolviéndola a su lugar de sujeto histórico, por dura y amarga que sea la realidad, realidad esta que no solo debe ser interpretada sino superada por medio de la revolución socialista.

Traducción: Natalia Estrada.

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