En este segundo artículo de nuestra serie sobre el “progresismo”, vamos a abordar un tema especialmente considerado por las organizaciones que se amparan bajo esta denominación: el de las políticas y reformas de distribución de renta.

Por: Bernardo Cerdeira

Esta discusión parte de una realidad. El sistema capitalista empuja a la clase trabajadora y los sectores populares a la barbarie: pandemia, catástrofe sanitaria y social, aumento del desempleo, de la pobreza y del hambre, y una creciente desigualdad social.

Frente a esta situación, las organizaciones, los partidos y los gobiernos dichos progresistas defienden políticas de distribución de renta, como el Bolsa Familia, en el Brasil; las Misiones en Venezuela; el Bono Juancito Pinto en Bolivia; y otros programas semejantes implementados por Lula, Chávez, Evo Morales, y otros.

Esas políticas de transferencia de renta o políticas sociales compensatorias, aprobadas hasta por el Banco Mundial, se tornaron un punto central de propaganda de los progresistas. Ellos agitan estadísticas que muestran cuántos salieron de la miseria con esos programas.

Antes de analizar esas políticas, es preciso elucidar dos puntos. Primero, el debate es sobre reformas que mejoran la vida de los trabajadores y de los pobres, no lo que actualmente la burguesía llama “reformas”, como la laboral y la de la previsión, que no pasan de contrarreformas para quitar derechos del pueblo.

Segundo, nadie que defienda a la clase trabajadora y el pueblo pobre puede oponerse a reformas que mejoren sus condiciones de vida. Lo que queremos discutir es si esas reformas resuelven la situación de esos sectores sociales.

Nosotros afirmamos que no, porque son políticas muy inferiores a la reales necesidades de la población pobre. No resuelven la desigualdad social y no son duraderas. Por el contrario, son efímeras.

El programa de los progresistas, como el PT y el PSOL, se limita a defender algunos cambios en la distribución de renta porque su estrategia no es destruir el sistema capitalista de explotación sino humanizarlo. Además, las reformas que los progresistas proponen son cada vez más tímidas e insuficientes. Es lo que vamos a ver enseguida.

No promueven una verdadera distribución de la riqueza

En primer lugar, es preciso decir que esas políticas no son una política verdadera de transferencia de renta de los más ricos, los multimillonarios, para los más pobres. ¿Qué explica eso? El dinero para estos programas viene del presupuesto de los Estados, esto es, tiene origen en el dinero público que, por su parte, viene de la recaudación de impuestos.

En el capitalismo, la recaudación de impuestos (o de los tributos en general) que sostienen los costos del aparato del Estado tiene origen en la plusvalía generada por los trabajadores y expropiada por los capitalistas. Una parte de esa plusvalía es repasada por las empresas al Estado o es pagada por los capitalistas individuales. De cualquier forma, los impuestos son pagados por los trabajadores y por los sectores medios.

En el Brasil, eso es peor, porque los ingresos de recaudación tributaria viene principalmente de los impuestos sobre el consumo (55%) que las empresas deben recoger para el Estado (ICMS, IPI, y otros). Las empresas también deben recaudar su parte de la contribución previsional y presupuestos sociales. Todo eso es repasado a los precios. O sea, son los consumidores, principalmente los trabajadores, sectores de clase media y pequeños propietarios que pagan el costo de esos impuestos.

Del otro lado de la moneda, los impuestos sobre la renta de las empresas y de los ricos (impuestos sobre el patrimonio, herencia y lucros) son mucho más bajos o hasta inexistentes. Por ejemplo, los millonarios no pagan un centavo de impuesto sobre los dividendos (parte de la ganancia destinada a los accionistas de una empresa) porque la legislación brasileña los exime de esa tributación.

Entonces, como las políticas de distribución de renta salen del presupuesto del Estado, ellas son sostenidas por los trabajadores, por la clase media y por los pequeños propietarios. No existe transferencia de renta de los ricos para los pobres, sino sí de los menos pobres para los más pobres. El resultado no es una disminución efectiva de la desigualdad social. Los ricos continúan muy ricos.

Distribución de renta no resuelve la explotación y la desigualdad

Hay un problema más de fondo. La concentración de riqueza y, en consecuencia, la desigualdad social creciente son una tendencia inherente al capitalismo. Por eso, las reformas que tienen como objetivo la distribución de renta son medidas temporarias e ineficaces.

El capitalismo es un sistema de producción de mercaderías por empresas privadas que tienen como objetivo la obtención de ganancias. La producción de todas las mercaderías es fruto del trabajo humano. Los capitalistas obtienen sus ganancias pagando por la fuerza de trabajo de los trabajadores solo lo suficiente para que ellos sobrevivan y sustenten a su familia. Las mercaderías producidas, sin embargo, valen mucho más. Entonces, la ganancia de los capitalistas corresponde a esa diferencia: la parte del trabajo de los obreros que es expropiado por la burguesía.

Con todo, el capitalismo no consume toda su ganancia. Una parte de ella debe ser invertida en la propia empresa, en nuevas máquinas más modernas, nuevas tecnologías, empleados más especializados. Caso no lo haga, el capitalista pierde terreno para sus competidores y puede hasta ir a la quiebra.

Los capitalistas que disponen de más capital y lo aplican en medidas para aumentar su productividad, producen más con menos costos y venden más. Por lo tanto, aumentan la porción de mercado en detrimento de los otros. Los más débiles pierden espacio o van a la quiebra. Con ese mecanismo se da un proceso de concentración de capitales y de empresas (menos empresas y mayores y capitalistas más ricos que acumulan cada vez más capital).

Por ejemplo, hace algunas décadas existían decenas de bancos en el Brasil. Hoy, apenas cinco bancos (Itaú, Bradesco, Santander, Banco do Brasil y Caixa Económica) concentran más de 80% de los depósitos y préstamos. Los otros bancos fueron comprados por esos gigantes o quebraron.

En la otra punta, los trabajadores quedan cada vez más pobres. La tecnología, las crisis, y el cierre de empresas generan millones de desempleados. Con eso, los patrones fuerzan salarios menores, empleos temporarios, tercerizados o sin vínculo laboral. La renta disminuye y la desigualdad aumenta.

Por lo tanto, el problema de la desigualdad social está en la producción; cuando los trabajadores generan valor y los capitalistas, dueños de las fábricas, expropian una parte de aquello que el trabajador produce.

Las medidas de distribución de renta pueden incluso disminuir la extrema pobreza por un corto período, pero ese efecto dura poco y no consigue revertir la tendencia a la concentración de capitales, a la acumulación de riquezas en las manos de pocos capitalistas, y a la desigualdad creciente. El aumento de la pobreza extrema en el Brasil y en toda América Latina en los últimos años es una demostración de eso.

Los capitalistas atacan y destruyen las conquistas

La lucha por la renta nacional, que incluye la lucha por reformas y mejor distribución de renta (mejores salarios, menos horas de trabajo, derechos laborales, educación y salud públicas) es una necesidad de los trabajadores y de los sectores más pobres para no morir de hambre. Es una cuestión de sobrevivencia. Es una lucha justísima que se da con mucho esfuerzo y sacrificio (huelga, movilización callejera, enfrentamiento con la policía, presos, heridos y muertos).

Esas luchas generan conquistas y algunas de ellas son absorbidas por la burguesía, que hace concesiones con el objetivo de evitar explosiones sociales y preservar el capitalismo. Hasta la ONU y el Banco Mundial hablan de la necesidad de erradicar el hambre y la pobreza y disminuir las desigualdades en la sociedad.

Sin embargo, esa aceptación es formal y temporaria. En verdad, los capitalistas mantienen un lucha constante para quitar esas conquistas y destruir las reformas que promueven alguna distribución de renta. Es solo ver las contrarreformas recientes: previsión, laboral, ley de tercerizaciones, etc. Todas configuran ataques brutales a los trabajadores.

Como vimos, eso ocurre porque los capitalistas tienen necesidad de aumentar sus ganancias permanentemente para acumular más capital y enfrentar la competencia. Conceden alguna cosa con una mano y la sacan con la otra. Cuando una crisis económica amenaza sus ganancias, luchan de forma incluso más desesperada y dramática.

Conclusión: la lucha por reformas y por distribución de renta, a pesar de necesaria, es una lucha sin fin, que no resuelve ni la desigualdad ni la explotación. Es como tirar agua en un barco agujerado, con una cacerolita.

Para terminar con la desigualdad es preciso acabar con el capitalismo

El fin de la desigualdad y la conquista de una verdadera y duradera justicia social solo puede darse con el fin del capitalismo y la construcción del socialismo. Para eso, es preciso una revolución en que los trabajadores tomen el poder, gobiernen en consejos populares, y acaben con la propiedad privada de los medios de producción, expropiando las grandes empresas extranjeras y nacionales: industrias, comercios, empresas agrícolas, bancos, y todo el sistema financiero.

Solo de esta forma será posible acabar con la acumulación privada, socializar las riquezas y distribuir la renta nacional de acuerdo con una planificación discutida y resuelta de forma democrática por el pueblo, que acabe con el desperdicio y las crisis periódicas del capitalismo.

Por eso, sin juego de palabras, el papel del progresismo no es progresivo. Al contrario, al diseminar ilusiones entre los trabajadores y los sectores populares de que es posible conseguir un capitalismo que elimine la pobreza y promueva una justa distribución de renta, está no solo engañando al pueblo sino contribuyendo de forma decisiva para impedir una lucha política que derribe el capitalismo.

Y cuando está en el gobierno es peor: pasan a tener un papel explícitamente reaccionario. Promueven algunas políticas de distribución de renta solo para evitar revueltas y revoluciones, pero en general aplican la misma política neoliberal y adoptan acciones decisivas de represión a las luchas de los trabajadores en beneficio del aumento de los lucros de los capitalistas nacionales y extranjeros.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 10/3/2021.-

Lea en este mismo sitio: Progresismo, reformismo y socialismo, disponible en: https://litci.org/es/progresismo-reformismo-y-socialismo/ del 27/2/2021.-
Traducción: Natalia Estrada.