La economía de EEUU ha estado oficialmente recuperán­dose de la recesión desde junio de 2009. Sin embargo, hasta 2013 la recuperación ha sido lenta, desigual e incierta, con bajo crecimiento del PIB –entre 1.5-2.5%– y altas tasas de des­empleo, que ha venido cayendo lentamente de 10% a 7%.


Actualmente, aunque las cosas no se están desarrollando tan firme y vigorosamente como los analistas, el gobierno y las empresas desean, parece que la recuperación es un hecho. Siendo esta la recuperación más débil de la pos-Segunda Gue­rra Mundial (ver gráfico), la economía está creciendo a un rit­mo de 2,8%, las exportaciones están aumentando, las familias están consumiendo más, los precios están subiendo de nuevo, el desempleo se ha reducido hasta 6,7% y el déficit del go­bierno federal ha caído de 9% a 4% del PIB.

Teniendo en cuenta el contexto internacional, la economía de EEUU ha logrado salir de la recesión de 2007-2008 más rápido que Europa. Allí, la mayoría de los países siguen viendo un crecimiento cercano a 0%, alto desempleo, disminución de los salarios, y medidas de austeridad impuestas por la Troika. Las economías de América Latina también enfrentan niveles de crecimiento anémico y China, el único país con un crecimiento considerable, se ha venido desacelerando hasta alrededor de 7%.

Imperialismo y austeridad: el secreto de la recuperación norteamericana

La actual recuperación económica no ha sido espontánea, o venida de la nada. Por el contrario, ha sido el resultado de una política deliberada de la clase dominante de Estados Unidos, a través de la administración de Obama, para hacer todo lo necesario para que los trabajadores paguen su crisis.

La primera iniciativa fue reorientar la política exterior de gue­rra e intervenciones militares de Estados Unidos, llamada “bo­tas en el piso”, encaminada al control económico, la presión política y acuerdos diplomáticos como medios privilegiados para asegurar los intereses de las empresas estadounidenses en el extranjero. Este enfoque permitió a la burguesía norteame­ricana reducir sus gastos militares, mientras sigue expandiendo su control económico sobre Afganistán, Irak, Libia, Túnez, Egipto y otros países árabes y africanos. En Europa, su política fue “acuerdos” económicos firmados con los países en crisis –Grecia, Portugal, España, Irlanda, entre otros–, lo que permitió a los EEUU prestar dinero, recoger el beneficio de estos prés­tamos, y lograr imponer más medidas de austeridad a través del FMI. El mismo patrón político se observa en la reciente intervención en Ucrania y la crisis que se ha desatado con Ru­sia: los EEUU y Europa están tratando de aislar a Rusia con el fin de aumentar su presencia en las antiguas repúblicas de la ex URSS y, por tanto, hacer más fácil la recuperación de la crisis económica.

La segunda iniciativa fue la implementación de las medidas internas de austeridad. La “cuota de sacrificio” para que los EEUU pudiera “reducir los gastos” y recuperarse de la crisis. Con esta retórica, Obama justificó los recortes presupuestarios a la educación, a la salud y otros servicios públicos; impuso contratos de trabajo en condiciones desfavorables para los traba­jadores, congelando salarios y [estableciendo] el aumento de las contribuciones de los trabajadores a las pensiones y planes de salud, todo esto en acuerdo con la burocracia sindical. Al mismo tiempo, Obama ha implementado planes de reestructuración para res­catar a empresas y bancos de la quiebra, y hacerlos nuevamente rentables.

El resultado de estos “esfuerzos” combinados es que en gene­ral, parece que los EEUU están en una mejor posición que los otros países imperialistas para preservar la supremacía en todo el mundo, e internamente, la clase dominante americana ha conseguido superar –o esquivar– los principales obstáculos en el camino para recuperar sus tasas de ganancia.

Mientras grandes empresas lucran, trabajadores luchan para sobrevivir

Pero la recuperación no ha sido la misma para todos. Las grandes empresas, bancos y fondos de inversión han vuelto a ser rentables, el gobierno ha visto fluir el dinero de vuelta a su presupuesto, pero los trabajadores siguen luchando para superar las consecuencias de la recesión.

Las ganancias de los empresarios han aumentado a una tasa anual de 20,1% desde finales de 2008, pero los ingresos de los trabajadores avanzaron solamente 1,4% anual en el mismo pe­ríodo. No ha habido un período de tiempo, en los últimos 50 años, donde estas tendencias hayan sido tan pronunciadas. Cifras publicadas este año muestran que las empresas ganaron $ 1,68 trillones solo en ganancias después de impuestos en 2013.

Al mismo tiempo, alrededor de 10,5 millones de estadouni­denses están actualmente desempleados. Los que sí tienen empleo, han visto el poder de compra de sus salarios dismi­nuir. 55% no tiene ningún plan de jubilación, y 15% de la población es pobre. Los estudiantes universitarios tienen una deuda media de $26.000 dólares cada uno, y la deuda total de los estudiantes en los EEUU ha llegado ahora ¡a un trillón de dólares! Y las cifras continúan creciendo… Pero lo que es­conden los números es que la recuperación actual, así como todas las recuperaciones capitalistas, se produce a expensas de la mayoría de la población, en beneficio de la clase dominante.

¡Es tiempo de luchar por 15 dólares y para expandir derechos de los trabajadores!

Durante la recesión, ha habido muchas luchas contra las me­didas de austeridad y los ataques a los derechos de los trabaja­dores. Hemos visto el surgimiento del movimiento de los in­migrantes, en lucha contra las deportaciones y por legalización para todos; movilizaciones y huelgas de los trabajadores, que luchan por contratos laborales justos; estudiantes y profesores manifestándose contra el alza de tasas en las matrículas y los recortes presupuestarios; el movimiento Occupy, cuestionan­do la riqueza del 1% en comparación con la mayoría de la po­blación, y muchos otros movimientos.

Es importante aprender de los éxitos y fracasos de estos mo­vimientos: por un lado, elaborar una crítica contra los falsos líderes que optaron por tomar compromiso con el gobierno de Obama, y por el otro, seguir luchando contra todos los ata­ques impuestos por el gobierno y las grandes empresas contra los trabajadores.

Pero ahora es el momento de preparar luchas más ofensivas, no solamente defensivas. Es hora de poner fin a la retórica de “sacrificio compartido” y exigir mejores condi­ciones de vida y de trabajo para los trabajadores y la mayoría de la población. Es hora de luchar para aumentar los salarios y ampliar los derechos de los trabajadores, dado que las grandes empresas ya tienen sus bolsillos llenos de dinero.

La lucha por un salario mínimo de 15 dólares puede ser un paso importante en esta dirección. 3,6 millones de trabajadores re­ciben el salario mínimo federal ($ 7.25), que ha perdido 30% de su poder adquisitivo en las últimas décadas. El salario mínimo subió por la última vez en 2009, y desde entonces sólo 19 estados han establecido sus salarios mínimos ligeramente por encima del valor federal. El salario mínimo es una manera importante de distribuir la riqueza, ya que afecta no sólo a los trabajadores de bajos salarios que lo reciben directamente, sino también crea presión para el aumento general de salarios.

Los trabajadores sienten que están trabajando muy duro pero no ganan lo suficiente para atender las necesidades de sus fa­milias. Se dan cuenta que, incluso, trabajan en dos empleos y llegan a casa agotados, y todavía el dinero no les alcanza para terminar el mes. Es por eso que la campaña “lucha por 15 dólares”, y otras en todo el país, han tenido un gran apoyo entre los tra­bajadores y la comunidad. Miles de trabajadores se han unido a las manifestaciones y concentraciones en diferentes ciudades de todo el país para exigir un salario mínimo de 15 dólares. Este tam­bién fue el tema clave que ayudó a elegir a la socialista Kshama Sawant al Consejo Municipal de Seattle el año pasado.

Evitar la maniobra de las urnas

Si la demanda de los trabajadores por un salario decente es más que legítimo, no puede decirse lo mismo de las maniobras oportunistas que Obama, el Partido Demócrata, y los dirigen­tes sindicales burócratas están haciendo con el salario mínimo.

Puesto que hay elecciones de mitad de período este año, los políticos demócratas y sus apoyadores, los líderes sindicales, quieren utilizar la presión por el aumento del salario mínimo como una forma de ganar más votos en las elecciones. Esta es la razón por la que Obama ha estado hablando cada vez más sobre el aumento del salario mínimo y ha aprobado un salario mínimo de 10.10 dólares para los empleados federales.

Lo mismo ha estado ocurriendo en los diferentes estados y ciudades. En California, la legislatura estatal y el gobernador Jerry Brown aprobó recientemente una propuesta de un sa­lario mínimo de 9 dólares a partir del 1 julio de 2014, y de 10 dólares en enero de 2015. El alcalde de San Francisco, Ed Lee, dice que apoya el salario mínimo de 15 dólares y que está presionando para aprobar esta propuesta en SF. En Oakland, los sindicatos como SEIU y organizaciones no gubernamentales están orga­nizando la campaña “Lift Up Oakland”, exigiendo un salario mínimo local de 12.25 dólares.

Es importante que los trabajadores, activistas, sindicatos com­bativos, los movimientos y organizaciones socialistas sean conscientes de estas maniobras demagógicas, para que puedan luchar por justas demandas, sin ser engañados.

Unámonos a las concentraciones y manifestaciones que exi­gen un salario mínimo de 15.00 dólares, pero no demos ni un milímetro de apoyo a los políticos demócratas y los burócratas sindicales que pretenden defender la campaña del salario mí­nimo sólo para obtener más votos en las próximas elecciones.

Artículo publicado en La Voz de los Trabajadores N.° 16, mayo de 2014.-