Ya son más de 1,6 millones de muertos por Covid-19 en el mundo, además de miles de millones de afectados por la crisis económica. La pandemia, al mismo tiempo que supuestamente igualó a todas las personas y países, mostró que somos muy diferentes, pues incluso hasta frente una amenaza biológica común a todos, cada país y cada individuo es afectado de acuerdo con su posición en la sociedad capitalista.

Por: Júlio Anselmo

Nadie sabe con seguridad cómo será el mundo luego de la pandemia, pero podemos constatar que todos los países fallaron en la defensa de la humanidad contra el virus. Para probar eso, basta hablar de la guerra por la vacuna, en la cual los países imperialistas cumplen el nefasto papel de garantizar para sí ese recurso haciendo que los ejecutivos de las farmacéuticas ganen U$S 1.000 millones en los Estados Unidos, a costa de centenas de miles de vida y de miles de millones en dinero público. Eso, sin contar la explosión de los precios y la falta de insumos básicos y equipamiento (alcohol en gel, máscaras, respiradores, etc.), demostrando la irracionalidad del mercado y su incapacidad de suplir las necesidades humanas. Existe incluso el colapso de sistemas de salud en los cuales reina el interés privado, como en los EEUU, donde las personas tienen dudas sobre ir al médico, pues no tienen cómo pagar.

Mientras el hambre, el desempleo y la pobreza aumentaron, los ricos se hicieron más ricos. Solo el gobierno de EEUU liberó U$S 1,5 billones para subsidiar a empresas estadounidenses. Mientras tanto, se estima que 150 millones de personas pueden ser arrojadas en la extrema pobreza. La riqueza de los multimillonarios, por su parte, creció 27,5% entre abril y julio de este año, yendo a U$S 10,2 billones, de acuerdo con el banco suizo UBS. En 2020, 1% de las familias más ricas pasó a tener 43% de la riqueza global.

No hay incapacidad o imposibilidad de los humanos para luchar contra el virus. No es una fatalidad y no era inevitable el número de muertos. Tampoco tendríamos que elegir entre morir de virus o de hambre, como alardearon los gobiernos al presionar por la reapertura de la economía. Hacer cuarentena total, parar la economía, no tiene que significar que una parte de la población se quede sin empleo, sin renta y pasando hambre. No hay (o no debería haber) contradicción entre parar la economía y salvar la vida de las personas.

El capitalismo fracasó y sus propios defensores lo reconocen. La cosa es tan severa que hay varias propuestas de reforma del capitalismo. Incluso el Foro Económico Mundial dice que “ahora es la hora de un gran reset en el capitalismo”.

Algunas culpan a la financierización. Otros defienden una mayor intervención estatal o, entonces, una especie de New Deal verde, o renta mínima universal, o hasta un nuevo contrato social. Son propuestas que fueron implementadas y que nunca interrumpieron la marcha hacia la barbarie capitalista.

En las soluciones milagrosas entran también los reformistas de izquierda, como el PT y el PSOL [en el Brasil], que comparten la falsa idea de la posibilidad de un capitalismo más humano.

El gran reset que los ricos están proponiendo puede incluso salvar el capitalismo, pero significará la condena de más millones y millones de personas a una vida miserable de explotación y opresión, pues no se trata de inventar medidas más o menos expertas para resolver problemas. La verdad es, antes que todo, percibir que en la base de los problemas se encuentra aquello que hace al capitalismo ser capitalismo: la humanidad vive esclavizada por el mercado, por el capital, por la propiedad privada de los medios de producción.

Precisamos de la ruptura del capitalismo, que ellos tanto temen. Si no, ¿cómo garantizar el distanciamiento social y la cuarentena para todos sin que eso signifique desempleo y falta de renta para la población? Algunos gobiernos capitalistas incluso consiguieron hacer eso, pero por un breve tiempo y mucho menos de lo necesario, a costa del endeudamiento estatal que tiende a explotar. La crisis económica y social sigue agravándose, aun con una recuperación parcial. No hay salida dentro de sistema, tampoco sin enfrentar los intereses de los capitalistas.

Si no podemos repartir de forma racional la cantidad de trabajo social necesario entre aquellos que pueden trabajar, ¿cómo garantizar empleo a todos? ¿Cómo vamos a reducir la desigualdad social si la riqueza está concentrada en las manos de unos pocos mientras es producida de forma social por la mayoría? ¿Cómo garantizar que la producción atienda las necesidades humanas y no el lucro, si las empresas necesitan buscar siempre el lucro?

Hablamos de la necesidad del socialismo a partir de esas constataciones, no de modelos preconcebidos en nuestras cabezas. No se trata de aplicar un modelo abstracto y utópico, sino de arrancar de la propia realidad y de las innumerables contradicciones que existen. Si no fueran resueltas de modo positivo por una ruptura política en la cual los trabajadores tomen el poder político e impongan otra organización social, otra relación de producción para abolir la base en la cual este sistema reproduce las desigualdades y los males, la propia lógica del funcionamiento del sistema nos llevará a la bancarrota independientemente de la buena voluntad y de los planes de quien quiera que sea.

Artículo publicado en www.pstu.org.br
Traducción: Natalia Estrada.