Las favelas en las regiones “nobles” de Rio marcan las profundas desigualdades sociales de la “ciudad maravillosa” y la derrota de la burguesía, que no consiguió expulsar a toda la población pobre para los suburbios.

Por: Maria Costa

La favela es una de las marcas registradas de Rio de Janeiro. En contra de lo que gustaría su mezquina clase dominante, las lindísimas playas de la Zona Sur y sus lujosos edificios son fotografiados, lado a lado, con los aglomerados de casas sin revoque, apiladas ladera arriba, desafiando principios de la ingeniería y las leyes de la física. Es una marca arquitectónica, social, cultural y política de la ciudad. La favela es el brea, dos ciudades en una sola, separadas e irremediablemente unidas. La presencia de favelas en las regiones nobles [ricas] de Rio, más allá de marcar las profundas desigualdades sociales de la “ciudad maravillosa”, es también una derrota de la burguesía, que no consiguió expulsar a toda la población pobre para los suburbios. Así, haremos una serie de textos que van desde los orígenes, a finales siglo XIX, las remociones a mediados del siglo XX, durante la dictadura militar, hasta la realidad actual marcada por la pandemia y la violencia policial.

La constante crisis habitacional de Rio tiene raíces en el esclavismo y, por eso, comenzaremos nuestra serie de artículos por allí. Hablamos de la crisis habitacional como un problema de las viviendas para la clase trabajadora, pues, claro, ese nunca fue un problema para la clase dominante.

Esa es una tendencia general en el capitalismo y no una condición específica de Rio de Janeiro, pero en Rio presenta dimensiones dramáticas. Según el censo de 2010, el IBGE [Instituto Brasileño de Geografía y Estadística] hizo un relevo de 763 favelas en la ciudad, que abrigan a 22% de la población de la ciudad de Rio de Janeiro. Lo que hace de la capital fluminense el municipio brasileño con el mayor número de habitantes en favelas: 1.393.314 habitantes. Rio también abriga la mayor favela del país, la Rocinha, con más de 100.000 habitantes.

La capital del Imperio, una ciudad impulsada por esclavos

La burguesía carioca, con su repugnancia visceral al trabajo, floreció a costa del trabajo esclavo y también parasitando los recursos del Estado, particularmente del gobierno federal. El relato de Thomas Ewbank, un burgués estadounidense, sobre su visita a Rio de Janeiro a mediados del siglo XIX es reveladora de ese espíritu:

La inevitable tendencia de la esclavitud es tornar en todas partes el trabajo como una actividad deshonrosa. […] los brasileños se retraen como horrorizados ante cualquier empleo manual […]. Si pregunta a un joven brasileño de familia respetable, sin embargo en malas condiciones económicas, por qué no aprende un oficio y pasa a ganar su vida con independencia, nueve de cada diez veces ¡él temblará de indignación, y preguntará si quiere insultarlo! ¿Trabajar? –recriminó uno de ellos– ¡Tenemos a los negros para eso![1]

Los esclavos movían “todas los engranajes de la existencia económica, social e incluso específicamente urbana de la ciudad. La fuerza brazal del esclavo era la fuerza productiva básica de la economía urbana, en la esfera de la producción y, sobre todo, de la circulación de mercaderías, hombres y todos los elementos indispensables al mantenimiento de una vivienda urbana (agua, cloacas, víveres, etc.)”[2].

Para tener una idea de la composición social de la ciudad en la época del Imperio, transcribimos aquí un primer relevamiento, bastante precario, hecho en 1849 por Haddock Lobo:

El enrolamiento de la población de Rio de Janeiro, hecho en 1849 por Haddock Lobo, con absoluta precariedad de medios, y enfrentando la hostilidad de los propietarios ante aquella intrusión del poder público, concluyó con la existencia de 266.466 habitantes, de los cuales 205.906 en las ocho parroquias urbanas y 60.560 en las parroquias suburbanas. La población urbana estaba constituida por 127.051 libres y libertos (61,7% del total) y 78.855 esclavos (38,2%). (…) En los suburbios, se diseminaban 28.813 libres y libertos y 31.477 esclavos (2.634 más esclavos que libres, respectivamente 47,8% y 52,2%). La población total de Rio de Janeiro se repartía en 155.864 hombres libres y libertos y 110.302 esclavos[3].

La prohibición de importación de esclavos en 1850 afectaría profundamente la proporción de la población libre y esclavizada. Por un lado, en la capital, comienzan a establecerse los fundamentos del primer gran proceso de industrialización, que utiliza poca mano de obra esclava, y hay un aumento de la demanda de esclavos para las estancias cafeteras del Vale do Paraíba.

Según el censo de 1872[4], la población total del municipio de Rio era de 274.972 habitantes, de la cual 48.939 personas, o sea, 17,8% eran esclavos. La abrumadora mayoría de estos en trabajos no calificados:

Por orden decreciente, la distribución ocupacional de los esclavos en 1872 era: 22.842 esclavos domésticos (siendo 14.184 mujeres y 8.658 hombres); 9.899 esclavos en la categoría “sin profesión” (muy probablemente esclavos de “ganho”[5], que desempeñaban los más variados servicios u oficios, además del pequeño comercio ambulante); 5.785 criados y jornaleros; 5.695 labradores; 1.384 costureras; 527 marítimos; 498 artistas, y 174 pescadores[6].

Antes de la favela, el “cortiço”[7]

A medida que las clases dominantes iban ocupando la región sur de la ciudad (Laranjeiras, Botafogo, Flamengo…), los caserones del antiguo barrio imperial y la región central se iban transformando en casas de habitaciones, albergues y pensiones, muchas veces fuente de ingresos de los que se mudaban para los nuevos barrios nobles.

Interior de un “cortiço” en Rio de Janeiro, 1906. Foto: Augusto Malta.

Las habitaciones colectivas, en especial los “cortiços”, fueron proliferando, alimentadas por una inmensa masa proletaria sin condiciones económicas de garantizar para sí una habitación digna, alimentación y los costos de transporte hasta el lugar de trabajo. Siguen dos descripciones de este tipo de habitación:

Construcción prohibida por la municipalidad. Es una habitación colectiva, generalmente constituida por pequeños cuartos de madera o construcción ligera, algunas veces instalados en los fondos de los predios y otras veces unos sobre otros; con barandas y escaleras de difícil acceso; sin cocina, existiendo o no un pequeño patio, área o corredor, con artefacto sanitario y lavandería común. También se considera cortiço un predio de construcción antigua, donde clandestinamente son construidas divisiones de madera (construcción prohibida por la municipalidad), formando cuartos o cubículos, sin muebles, que muchas veces se extienden a los sótanos, altillos, galpones, cocinas, despensas, baños, etc., y habitados generalmente por individuos de clase pobre y con el nombre de casa de alquilar habitaciones, sin dirección, donde también hay lavandería y artefactos sanitarios internos o externos en número suficiente, no habiendo baños y cocinas[8].

Por lo tanto, al lado de las casas que escasean, proliferan los tenebrosos cortiços, súper llenos, húmedos, inmundos, fétidos, con sobras de materiales de construcción, [hechos] por especuladores interesados en sacar el mayor provecho del menor espacio[9].

La gran mayoría de estas construcciones no tenía sistema de cloacas y, muchas veces, cohabitaban personas y animales en las mismas habitaciones. Inevitablemente, los cortiços eran de hecho, focos de epidemias y propagación de todo tipo de enfermedades infectocontagiosas.

El problema crónico de la crisis habitacional en Rio de Janeiro

Aunque las manifestaciones de crisis habitacional en Rio sean previas a la Ley Áurea, su promulgación marcó un salto de calidad en ese problema. La casi totalidad de los esclavos no tenía casa propia, pues residía en la propiedad del señor. La Ley Áurea dio libertad sin garantizar vivienda, trabajo ni educación. Luego de 1888, los negros fueron arrojados a la calles como trabajadores “libres” y acabaron tornándose esclavos de sus necesidades: comer, tener un techo, tener ropas, etc. Y, más allá de eso, se registra una intensa migración de ex esclavos de las estancias del Vale do Paraíba, que aumentaron, aún más, la demanda de techo y empleo.

Según Benchimol, “la penuria y la carestía de las habitaciones para la gran masa de ‘pobres’ irrumpió en Rio de Janeiro en el momento en que se desarticuló la esclavitud urbana, con la extinción del tráfico”. Aun de acuerdo con el Informe de la Inspección General de Higiene, en 1892, relatado en el mismo libro de Benchimol:

De 1869 a 1888, el número de cortiços aumentó, el número de habitantes por cortiço no solo aumentó como se elevó la media de habitantes por cuarto o casita, lo que demuestra que en ese período la población en ellos acuartelada sufrió una fuerte condensación. Ora, exactamente de 1888 a 1890, esa población especial tuvo extraordinario aumento. La gran masa de la antigua población servil que en ese trienio despareció de las estancias, que no reside en los pueblos y ciudades del interior del país porque ahí no se podría mantener, afluyó, en gran parte, para este centro de absorción, donde se encontraba el trabajo fácil y el salario elevado. Todo hace creer que la población domiciliada en los cortiços representase en 1890 el doble de la recensada en 1888, si no más, es decir, más de 100.000 habitantes. […] en ese período, el número de habitaciones colectivas triplicaba, si no alcanzaba el cuádruple, y la media de habitantes pasaba de 32 a 35[10] (destacado mío).

La gran mayoría de los cortiços se localizaba en el región central de Rio, en los barrios del Centro, de Gamboa hasta la Cidade Nova. Tamaña aglomeración poblacional en pésimas condiciones de higiene y salubridad trajeron, naturalmente, y como ya mencionamos, incontables brotes epidémicos de fiebre amarilla, viruela, malaria y tuberculosis. En 1891, solo de esas cuatro enfermedades murieron cerca de 13.000 personas de una población de 500.000 habitantes.

Es innegable que era necesaria una reestructuración del centro de la ciudad, que involucraría, inevitablemente, derribar los caseríos antiguos, ensanchar las calles estrechas de la época de las carrozas y los bueyes, construir habitaciones con sistema de cloacas y agua canalizada. Desde mediados del siglo XIX se formulaban planos tras planos, siempre emperrados en dos problemas: dónde reubicar a la población trabajadora que habitaba el centro (el objetivo era sacarla de allí, obviamente) y cómo resarcir a los propietarios de las construcciones a ser demolidas. La abrumadora mayoría de estos no residía en el lugar pero vivía de los rendimientos del alquiler de sus propiedades, por lo que, por un lado, no querían gastar dinero en obras que mejorasen las habitaciones y, por otro lado, obstruían cualquier plano municipal que incluyese la demolición de esas construcciones.

Era imperiosa una reforma urbana que garantizase condiciones dignas de habitación e higiene para los trabajadores, tal como aún es hoy. Pero las inversiones públicas para las reformas urbanas en Rio siempre tuvieron como destino otro sector social: la burguesía y las clases medias altas.

La demolición de Francisco Pereira Passos

Este dilema se arrastró hasta el gobierno del alcalde Francisco Pereira Passos (1902-1906). Él y Osvaldo Cruz establecieron una remodelación profunda en la ciudad, al costo de una represión durísima sobre la clase trabajadora, en especial, los sectores más pobres. El proceso quedó conocido como “Bota-abaixo” [tira abajo].

Sanear, higienizar, ordenar, demoler, civilizar fueron también las consignas del alcalde Pereira Passos. Por eso mismo, cortiços, casas de habitaciones, pensiones, viejos caserones, pasaron a ser blancos preferenciales de la reforma urbanística que emprendió a lo largo de su mandato. Uno de los objetivos principales de esa reforma era librar la capital federal del estigma de ciudad insalubre, asolada por constantes epidemias de fiebre amarilla, viruela y malaria, con serios perjuicios para la actividad comercial del país.

A costa del derrumbe de viejos inmuebles, fueron ensanchadas y prolongadas diversas vías urbanas, […] exigieron el arrasamiento de morros [cerros], como el del Senado, y la demolición de viviendas y casas de comercio que se encontraban en el trayecto de las “vías del progreso”[11].

Buena parte de los que hoy conocemos como región central de Rio, la Avenida Rio Branco y su entorno y la región portuaria, son fruto de las obras de Pereira Passos. Esas obras fueron presupuestadas en cuatro millones de libras, pero ningún centavo fue destinado a la construcción de casas para abrigar a las familias de trabajadores que vivían en la región central.

En ese proceso, alrededor de 14.000 personas fueron desalojadas. Por otro lado, la valorización y la especulación inmobiliaria, asociadas a las obras de mejoramiento, acabaron por expulsar a los restantes trabajadores pobres que no fueron desalojados. Una pequeña minoría de los desalojados consiguió refugio en las villas obreras, pero la amplia mayoría, e incluso muchos obreros, no tuvo acceso a esas villas. ¿Para dónde fue toda esa masa humana?

Una parte fue para los suburbios que comenzaban a surgir alrededor de las líneas férreas en dirección a Maxambomba (actual Nova Iguaçu), o a Engenho Novo, Cascadura, Madureira y Sapobemba (Deodoro). Pero la mayoría de los desalojados no tuvo como ir para los suburbios, solo accesibles a trabajadores con “remuneración fija, estable, suficientemente elevada para que pudiesen costear los gastos de transporte, costos de adquisición de un terreno y construcción de una casa o el alquiler de una vivienda”[12].

La gran mayoría subió a los morros próximos al lugar de trabajo en la región central y la Zona Sur, fundamentando esa ocupación que hoy es una de las marcas registradas de Rio de Janeiro: la favela.

La Favela

La historia es muy conocida. Hacia finales del siglo XIX, soldados que regresaron de la Guerra de Canudos se instalaron en el morro da Providência, para presionar al Ministerio de Guerra a pagar los sueldos atrasados. Pasó a llamarse Morro da Favella, y dos historias justifican el bautismo. Una en referencia a la planta faveilera [o mandioca brava] que existía en la región; otra en referencia a la batalla del “Morro das Favelas” (Alto de la Favela), donde también existía esa planta y que fue marco de una de las mayores derrotas del ejército brasileño en la Guerra de Canudos.

Morro da Favella (morro da Providência). Primera favela de Rio. Foto: Augusto Malta, 1920.

En 1906, ya en el final del gobierno de Pereira Passos, Everardo Backheuser presenta un informe al Ministerio de Justicia y de Negocios Extranjeros, denominado “Habitaciones Populares”, que se refiere así al Morro da Favella:

[…] pujante aldea de casuchas y chozas en el corazón mismo de la Capital de la República, a dos pasos de la Gran Avenida […]. Para allí van los más pobres, los más necesitados, aquellos que, pagando duramente algunos palmos de terreno, adquieren el derecho de excavar las laderas del morro y afincar con cuatro tacos los cuatro pilares de su palacete…

Allí no viven solo los díscolos, los criminales, como la leyenda (que ya tiene la Favela) divulgó; allí viven también obreros laboriosos que la falta o la carestía de habitaciones lleva para los lugares altos.

La leyenda a que se refiere Backheuser permanece hasta hoy. Hubo momentos en que ella retrocedió por fuerza de la organización y movilización de los favelados; en otros, fue potenciada, especialmente durante la dictadura militar (1960-1970) y, nuevamente, a partir de los años ’90. Ese será uno de los temas que profundizaremos en los próximos artículos.

Esa leyenda queda bien patente en un documento del 4 de noviembre de 1900, una carta de un delegado al jefe de policía Enéas Galvão:

Obedeciendo al pedido de informaciones que V. Excia. (…) ayer me dirigió relativamente a un local del Jornal do Brasil, que dice estar el Morro da Providência infestado de vagabundos y criminales que son el sobresalto de las familias en el lugar designado, si bien que no haya familias en el lugar designado, es allí imposible ser hecha la vigilancia porque en ese logar, foco de desertores, ladrones y soldados rasos del Ejército no hay calles, las casuchas son construidas de madera y cubiertas de chapa, y no existe en todo el morro un solo pico de gas, de modo que para la completa extinción de los malhechores apuntados se torna necesario un gran cerco, que para producir resultado precisa por lo menos de un auxilio de 80 soldados completamente armados”[13] (destacado mío).

La carta es todo un paradigma no solo del estereotipo de los moradores de la favela, como también de los medios conjurados para “resolver el problema”. A las clases dominantes nunca les interesó la resolución del problema de la habitación para los trabajadores, solo eliminarlos del alcance de su vista y de su convivencia. En más de un siglo, por diversas veces, se intentó eliminar la favela, exterminar a los más pobres, en especial a los negros y negras. Pero un poderoso movimiento popular impidió, muchas veces, esa intención y, en ese sentido, la fallecida Alba Zaluar, profesora de la Universidad del Estado de Rio de Janeiro (UERJ), tenía razón cuando dijo que “la favela venció”.

Pero las favelas siguen siendo lugar de carencia, carencia de servicios, de derechos, de libertad, y carencia económica. La criminalización de sus moradores permanece hasta los días de hoy.

Actualmente, asistimos al genocidio de la población más pobre por el hambre, por el Covid y por la violencia policial. La gran mayoría de la población residente en favelas tampoco reside en los barrios nobles y, más allá de las precarias condiciones de vivienda, enfrenta además transportes llenos y de pésima calidad para desplazarse a los lugares de trabajo. Profundizaremos esta historia y los problemas actuales en los próximos artículos.

Notas:

[1] BENCHIMOL, Jaime Larry. Pereira Passos un Haussman tropical, pp. 33-34.

[2] Ibídem, p. 29.

[3] Ibídem, p. 79.

[4] Ibídem, p. 78.

[5] Esclavos que eran obligados por sus señores a realizar algún tipo de trabajo en las calles, llevando a la casa, al final del día o de la semana, una suma de dinero previamente estipulada.

[6] BENCHIMOL, Jaime Larry. Pereira Passos un Haussman tropical, p. 82.

[7] Casa humilde donde se alojan muchas personas de baja condición social, o grupo de habitaciones reunidas (como una colmena) para vivienda de gente pobre.

[8] BACKHEUSER, habitaciones populares. Informe presentado al Exm. Sr. Dr. J. J. Seabra, ministro de justicia y negocios interiores.

[9] BENCHIMOL, p. 129.

[10] Ibídem, p. 181.

[11] https://atlas.fgv.br/verbetes/o-bota-abaixo

[12] BENCHIMOL, p. 288.

[13] ZALUAR, Alba y ALVITO, Marcos. Un siglo de Favela, p. 8.

Artículo publicado en www.pstu.org.br., 10/11/2021.-
Traducción: Natalia Estrada.