La pandemia de Covid-19 dejó al descubierto la situación de los países pobres en el sistema capitalista mundial. Ya pasaron casi seis meses desde la creación de vacunas contra el virus, una incuestionable victoria de la ciencia. Con todo, la vacunación solo avanza en los países ricos como Estados Unidos, Reino Unido e Israel. El Reino Unido es el que más vacunó (78,58 por cada 100 personas), seguido de los Estados Unidos (78,22 por cada 100 personas).

Por: Bernardo Cerdeira

Del otro lado, la India, gran parte de Asia, América del Sur, Turquía, Irán y toda África están esperando las vacunas con urgencia. Además, en la mayoría de estos países faltan respiradores, oxígeno y suplementos médicos para atender a los pacientes internados por la enfermedad.

Países de baja y media renta recibieron poquísimas dosis de vacunas. Todos dependen de la iniciativa Covax, coordinada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), que está parada porque la India, la mayor fabricante de vacunas, está enfrentando una terrible ola de la pandemia.

A inicios de abril, apenas 0,2% de las más de 700 millones de dosis de vacunas administradas en nivel global fueron aplicadas en países de baja renta, mientras naciones de renta alta y renta media alta respondían por más de 87% de las dosis de acuerdo con el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus.

En países pobres, apenas una en más de 500 personas recibió la vacuna para el Covid-19 en comparación con casi una de cada cuatro personas en países de alta renta. Tedros describió el contraste como un “desequilibro chocante”.

“Algunos de los 92 países de baja renta no recibieron ninguna vacuna, ninguno recibió las suficientes, y ahora otros no están recibiendo sus lotes de segunda dosis a tiempo”, dijo Tedros en un evento de donadores globales el 15 de abril de este año.

Pandemia hace crecer la legión de hambrientos

La crisis económica y social intensificada por la pandemia agravó de modo terrible la pesadilla del hambre. El capitalismo imperialista, con toda la ciencia y la producción de alimentos, es incapaz de erradicar el hambre en el mundo. Ya en 2019, la última edición del informe El Estado de Inseguridad Alimentaria y Nutricional en el Mundo estimaba que casi 690 millones de personas pasaban hambre.

En octubre de 2020, en mensaje para el Día Mundial de la Alimentación, el secretario general de la ONU Antônio Guterres alertó que una de cada nueve personas en el mundo no tiene comida suficiente para alimentarse de forma adecuada. La FAO informa que 821 millones de individuos pasaban hambre en todo el planeta. La mayoría, mujeres y jóvenes.

Cerca de 155 millones de niños sufren de malnutrición crónica y podrán sufrir los efectos del enanismo a lo largo de toda su vida. El hambre causa mitad de todas las muertes de niños en todo el mundo. “Eso es intolerable”, dijo Guterres. En 2021, por efecto de la pandemia, se estima que a ese número puedan sumarse 115 millones de personas.

Ilusión: los progresistas piden solidaridad con los países pobres

Diversas organizaciones e intelectuales “progresistas”, las agencias de la ONU y el Papa pedían una acción de solidaridad con los países pobres del mundo.

Un año atrás, cuando la pandemia de Covid-19 aún estaba en su inicio, Tedros Adhanom Ghebreyesus enfatizó que un abordaje global sería la única salida para la crisis. “El camino a seguir es el de la solidaridad: solidaridad en nivel nacional y solidaridad en nivel global”, dijo Tedros en conferencia de prensa, en abril de 2020.

El papa Francisco, en carta a los participantes del foro de primavera del FMI y el Banco Mundial, fechada el 4 de abril, declaró: “La noción de recuperación no puede contentarse con el retorno a un modelo desigual e insostenible de la vida social y económica, donde una minúscula minoría de la población mundial detenta la mitad de la riqueza”. Según él, un espíritu de solidaridad global “exige, como mínimo, una reducción significativa del peso de la deuda de las naciones más pobres, que fue exacerbada por la pandemia”.

El economista Thomas Piketty, autor del libro El Capital en el Siglo XXI, afirmó en un artículo: “(…) todo el sistema económico internacional debe ser repensado en términos de los derechos de los países pobres para desarrollarse y no dejarse saquear más por los más ricos”.

No obstante, esas apelaciones a los países ricos y esas declaraciones de los progresistas han sido en vano. No tuvieron ni tienen ningún efecto, porque los países ricos se niegan a tomar medidas de solidaridad frente a un cuadro cada vez peor.

Además de inútiles, las apelaciones a la buena voluntad no corresponden a la gravedad de una situación que solo empeora. Destrucción creciente del medio ambiente, que viene generando el calentamiento global y constantes epidemias hasta desencadenar la pandemia; crisis sanitaria con más de tres millones y medio de muertos, 170 millones de infectados (en números sabidamente subnotificados); crisis económica y social; desempleo y hambre crecientes. El mundo está frente a la barbarie.

Capitalismo: la esencia del imperialismo es explotación y opresión, no solidaridad

Contar con la buena voluntad de los países ricos y la solidaridad con los pobres y los hambrientos va contra la naturaleza del sistema capitalista imperialista.

Los países ricos (países imperialistas como es más correcto llamarlos) viven de la explotación de los trabajadores y de las riquezas naturales de los países pobres. Pagan salarios miserables a los trabajadores de China, Vietnam, Bangladesh, Brasil, y otros países, y se llevan el petróleo, el mineral de hierro, el cobre, el uranio y el oro a precio de banana.

Es principalmente de ahí que vienen las enormes ganancias de las multinacionales con sede en los países ricos. Los países imperialistas viven cada vez más de las remesas de esos lucros, de los altos intereses de préstamos abusivos, pago de patentes, de royalties, etc.

De esa forma, estos Estados que reúnen la población de apenas 15% de la humanidad (Estados Unidos, Europa Occidental, Canadá, Australia, Corea del Sur, y otros) consiguen propiciar un alto nivel de vida a la población de sus países (pero hasta en los más ricos la pobreza interna viene creciendo de forma acelerada). La riqueza de algunos se basa en la pobreza y la miseria de la mayoría del mundo.

La mayor prueba de este sistema perverso es la acción de los países imperialistas en relación con la crisis por la falta de vacunas. La India y África del Sur, apoyados por cien países, propusieron la quiebra de patentes para que las vacunas pudiesen ser producidas por todos los países que tengan laboratorios en condiciones de hacerlo.

Los Estados Unidos (que tienen el doble de vacunas necesarias para vacunar a su población) llegó a concordar con una suspensión temporaria y breve de las patentes, pero luego la abandonó. No hubo acuerdo en el G20: la Unión Europea y el Japón estuvieron en contra.

Esa posición de la mayoría de los gobiernos de los países ricos refleja la presión de las grandes empresas farmacéuticas (Pfizer, BioNTech, Moderna, AstraZeneca, Johnson & Johnson, Sinovac) que están ganando miles de millones de dólares con la pandemia. Solo la BioNTech, una empresa pequeña y desconocida hasta hace poco, pasó a valer U$S 5.000 millones con la vacuna. Son los verdaderos mercaderes de la muerte.

La contradicción es que, con la falta de vacunas, el virus continúa circulando en el mundo, la economía continúa en crisis y la destrucción de vida y empleos continúa. El imperialismo es como el escorpión de la fábula: su naturaleza es predadora y asesina, aunque eso signifique ahogarse junto con toda la humanidad.

Las apelaciones de los progresistas a un supuesto sentimiento de solidaridad de los países ricos llevan al extremo la lógica de limitar sus propuestas a reformas que no sobrepasen los límites del sistema capitalista, buscando humanizarlo, lo que es imposible. Decimos que es llevar al extremo esta lógica porque, como no hay ni puede haber un gobierno mundial que los progresistas puedan conquistar y la ONU depende de los países ricos, les resta apelar a la conciencia y la buena voluntad de los gobiernos imperialistas, lo que solo revela su impotencia.

Hay un objetivo por detrás de esta política: crear una ilusión de que el mundo capitalista, tal cual es, puede avanzar con la “cooperación” de todos los países, unos ayudando a otros, sin guerras, destrucción de la naturaleza, hambre y miseria. Así, los progresistas intentan engañar a los trabajadores y los pueblos de los países pobres de que debemos confiar en nuestros peores enemigos: los gobiernos imperialistas que nos explotan y nos oprimen.

Tarea: la única salida es romper con el imperialismo

La única salida para los países pobres y dependientes es que todos rompan las amarras económicas, políticas y militares que los atan a los países imperialistas. Eso significa, entre otras cosas, quebrar todas las patentes para obtener vacunas para todos; no pagar las deudas externas y públicas para garantizar comida, salud y educación; nacionalizar todas las riquezas naturales; estatizar el sistema financiero y expropiar todas las subsidiarias de las empresas multinacionales, poniendo esos sectores bajo control de los trabajadores.

Medidas de este tipo solo pueden ser hechas por los trabajadores y por los sectores populares con mucha lucha y movilización, como comenzó a hacerse en Chile y en Colombia. Esas movilizaciones tendrán que enfrentar la oposición de la burguesía nacional, aliada al capital internacional de forma estrecha. Será preciso realizar verdaderas revoluciones, pero es el único camino que puede llevar a la liberación de nuestros países de esa opresión.

La verdadera solidaridad, entonces, será construida entre los trabajadores y los pueblos oprimidos del mundo entero para derrotar el capital y acabar con este sistema de explotación.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 8/6/2021.-

Traducción: Natalia Estrada.