El 29 de marzo cayó uno de los ministros íconos del bolsonarismo, Ernesto Araújo, de Relaciones Exteriores. Con él cayeron también el ministro de Defensa y los jefes del Ejército, de la Marina y de la Aeronáutica. Esa reforma dio margen a innumerables especulaciones y opiniones sobre la crisis del gobierno.

Por: Mariúcha Fontana

Bolsonaro está aguado, con su popularidad en caída. Hubo, incluso, un desplazamiento del propio empresariado en relación con su gobierno (lo que también incidió e incide para que un sector de la propia cúpula militar se aleje del gobierno). Tiembla en sus pies la institucionalidad burguesa.

Como preveíamos desde el inicio, es un gobierno de crisis, sin embargo militarizado y peligroso. No se puede descartar un autogolpe; pero, también podría ocurrir una profundización de la crisis, con la misma avanzando hacia el principal pilar del Estado burgués: las Fuerzas Armadas.

Bolsonaro, lejos de conseguir gobernar sin el Congreso, fue obligado a arrojarse en los brazos del Centrão, que lo mantiene en las cuerdas. Por otro lado, está enfrentado con gobernadores y alcaldes. Y, ahora, se desentendió con parte de la cúpula militar. La misma que fue fiadora y socia de su gobierno, pero que, así como parte del empresariado, teme un abrazo de ahogados.

Un gobierno frágil que puede ser derrotado, pero que no debe ser subestimado

Desde que asumió la presidencia, este gobierno defiende abiertamente un régimen autoritario, utilizando una táctica de chantaje permanente y de amenaza a las libertades democráticas, incluso no teniendo correlación de fuerzas para esto.

Si por un lado esa reforma ministerial apurada demuestra un gobierno debilitado y cada vez más en las manos del Centrão, la alteración en el comando de las Fuerzas Armadas revela que él, aunque no haya encontrado el apoyo que gustaría para amenazar con Estado de Sitio, intentó mostrar quien manda y que no va a desistir de su proyecto.

No se desentendió con las Fuerzas Armadas porque estas defendieran la “democracia”. Basta ver que son revisionistas de la Historia y conmemoran el golpe militar de 1964. Ocurre que ellas están condicionadas por la posición de la mayoría del empresariado y del imperialismo. Y la política de estos no es el golpe militar, en este momento.

Las Fuerzas Armadas reflejan también los humores de la sociedad, aún más los sectores medios. Existe, incluso, el temor de que la desmoralización del gobierno contamine sus filas, a ejemplo de lo que ocurrió con Pazuello, en el Ministerio de Salud.

Si todo eso, sin embargo, muestra un gobierno más débil y aguado, no por eso, él esta muerto y debe ser subestimado. Hay sectores de la oposición que hacían un discurso unilateral de fortaleza del gobierno, lo que no corresponde. Ahora, parte de estos mismos sectores analiza que todo es fragilidad.

Mientras tanto, una vez más, no ven nada más allá de las elecciones en el horizonte. No hacen nada para sacarlo ya. Dejan que el genocida continúe matando y organizando (inclusive, armando) a la extrema derecha.

Bolsonaro ya dio muestras más que suficientes de que pretende organizar un sector de las Fuerzas Armadas y de las PMs para, junto con la ultraderecha, conformar “su ejército” (militar, paramilitar y miliciano), siguiendo los ejemplos del chavismo en Venezuela o, más recientemente, de Trump, en Estados Unidos. Incluso, dejando explícito que no aceptará un resultado electoral que no lo tenga como vencedor.

El telón de fondo: desempleo, hambre y pandemia

Hay un importante agravamiento de la crisis política e institucional, teniendo como telón de fondo la pandemia descontrolada y la enorme crisis social, con el desempleo y el avance de la miseria y del hambre.

El gobierno Bolsonaro es un gobierno autoritario, que surgió y se asienta sobre una inmensa crisis económica, social y política. Crisis mundial del sistema capitalista y, en el Brasil, tal vez la mayor de nuestra historia. Junto y más allá de esta crisis, el Brasil vive una larga decadencia, un proceso de desindustrialización y reversión colonial, determinado por su localización subalterna en la división mundial del trabajo, la cual todos los gobiernos profundizaron, incluso los del PT.

Bolsonaro emergió en la huella de ese desastre y, con el aparato del Estado en las manos, intenta, por un lado, revertir el régimen político, incluso sin correlación de fuerzas para eso, y, por el otro, completar de forma acelerada ese proceso de recolonización. El empresariado y toda la clase dominante apoyan la política económica del ministro Paulo Guedes.

En este momento, sin embargo, un sector se desplaza de Bolsonaro porque su negacionismo e incluso parte de su política económica comienzan a ser disfuncionales para ellos. Incluso cuando su política no es aún el impeachment, pues están ganando ríos de dinero y esperando por las reformas.

Tenemos un país yendo ladera bajo, en franco retroceso y decadencia. El agravamiento de la pandemia es una verdadera masacre, con el avance exponencial de las muertes, del desempleo, de la miseria y de la pobreza. Los pequeños comerciantes también viven una situación de penuria. Todo eso hace que crezcan la indignación y la revuelta.

Foto: Pedro Guerreiro / Ag. Pará.

El peso del desempleo, de la pandemia y de la burocracia sindical como trabas a la lucha de la clase trabajadora

La pandemia actúa como inhibidor de movilizaciones masivas, callejeras, y el desempleo pone especialmente a la clase obrera en la defensiva. No obstante, contradictoriamente, bajo la pandemia, la mejor forma de lucha, incluso para forzar un lockdown nacional, sería una huelga general.

El gobierno, los medios y el propio empresario disputan la conciencia de la clase, dando a entender que parar la producción, el comercio y el transporte empeoraría aún más el desempleo; cuando sabemos muy bien que con 4.000 o 5.000 muertes al día, mantener todo funcionando significa genocidio y más desempleo.

En esta situación, sería fundamental una campaña unificada en defensa de una huelga general sanitaria, impulsada por todas las centrales, movimientos y partidos que se dicen de la clase trabajadora o de oposición. Esa campaña es una necesidad y una obligación. Si, después de una gran campaña, la clase no se sintiese en condiciones de parar, habremos hecho nuestra parte.

Pero, excepto la CSP-Conlutas, las demás centrales y toda la burocracia sindical están, cada una a su modo, priorizando conversar con los diferentes bloques de presidenciables y de la patronal, para ofrecer apoyo a la burguesía y su proyecto de reducción de salarios y de jornada, además de proponer que esta compre vacunas. En este sentido, son una traba para la movilización.

Es hora de exigir que todas las organizaciones de nuestra clase entren en campaña para construir una huelga general sanitaria.

La hipocresía de la oposición

El debilitamiento de Bolsonaro debería servir para ampliar la movilización para sacarlo ya, junto con sus secuaces, lo más rápido posible. Es hora de luchar por un lockdown nacional, auxilio de emergencia de R$ 600 (que, en realidad, debería ser de por lo menos un salario mínimo), apoyo financiero a los pequeños empresarios y vacunación para todos, exigiendo la quiebra de patentes y la producción en masa de vacunas.

Si no, lo que tenemos es mera hipocresía, con lockdown a medio camino y vacuna a cuentagotas, mientras apilamos muertos. Hoy, el papel del empresariado, de los gobernadores y de los alcaldes, y del sector militar que comienza a alejarse del gobierno es hipócrita y cobarde. Y, por lo tanto, connivente con el genocida que está ahí.

“Frente Amplio” o “frente amplísimo”: el mal menor no es salida

Si contra Bolsonaro y su política genocida y autoritaria toda unidad de acción debe ser hecha, no se puede hacerse lo mismo cuando se trata de defender un programa para el país y un proyecto de gobierno. La clase trabajadora no puede ser apéndice de proyectos de la patronal, de los banqueros, de las multinacionales y de sus partidos.

En este momento, la mayoría del empresariado busca un candidato de “centro-derecha”; es decir, un candidato de oposición a Bolsonaro, pero de la clase dominante, “pura sangre”. No descarta, sin embargo, embarcar, de nuevo, en una candidatura de Lula, si esta tuviera un perfil aún más procapitalista que el que tuvo en 2002.

En discursos y entrevistas, Lula defiende, abiertamente, un “frente amplísimo”, más incluso de lo que ya fueron sus gobiernos. Recientemente, defendió las privatizaciones, obligando hasta al senador Roberto Requião (MDB-PR) a exigir que no lo hiciese.

Está llamando a Biden, el presidente norteamericano, para reunir el G20 (grupo formado por las 19 mayores economías del mundo, más la Unión Europea), cuando lo que debería estar haciendo es una estridente campaña por la quiebra de patentes. En realidad, Lula está proponiéndose para un gobierno de unidad nacional que represente a toda la burguesía. El PCdoB defiende la misma cosa.

El PSOL, por su parte, al discutir claramente el apoyo a una candidatura de Lula, no está hablando de, eventualmente, llamar a un voto crítico para derrotar a Bolsonaro. Está hablando de apoyo. La mayoría de la dirección del PSOL y Guilherme Boulos hablan de discutir un proyecto de gobierno con el PT, como si no supiesen que este proyecto representaría un gobierno del PT en alianza con banqueros, grandes empresarios y sus partidos.

Marcelo Freixo (PSOL-RJ), por otro lado, siendo uno de los principales exponentes del PSOL, defiende lo mismo que Lula, proponiéndose ser un palenque contra Bolsonaro en Rio de Janeiro, uniendo al PT y el DEM de Rodrigo Maia y Eduardo Paes. Quiere decir, en cualquier caso, el PSOL se propone defender un proyecto en los límites del capitalismo, aliándose al PT y a un gobierno suyo con la burguesía.

Ocurre que este proyecto ya fue aplicado en el Brasil durante 14 años y la clase trabajadora no solo salió más desorganizada y debilitada, como retrocedió en conciencia de clase. Y, mientras tanto, el país mantuvo el mismo nivel de desigualdad histórica que siempre tuvo.

Por una alternativa de clase y socialista

La unidad para luchar contra Bolsonaro, la pandemia, el hambre y el desempleo, y también contra cualquier amenaza autoritaria, es más que necesaria. Y, para esa lucha, debemos unirnos. Pero, en esta lucha es preciso construir una alternativa de clase y socialista. No podemos continuar a remolque de la clase dominante, en los límites del Brasil y de aquello que nos imponen hace más de 500 años.

Precisamos de un proyecto socialista de la clase trabajadora, lo único que puede garantizar soberanía nacional y acabar con esa desigualdad e injusticia que tanto nos avergüenzan. Este es el único camino para garantizar pleno empleo, vivienda digna, universalización del saneamiento básico, de la salud y de la educación públicas, estatales y de calidad para todos.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 7/4/2021.-
Traducción: Natalia Estrada.