El bolsonarismo es la expresión de la decadencia del capitalismo brasileño

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Cuanto antes la clase trabajadora brasileña comprenda que Bolsonaro no es un accidente histórico, que es una necesidad del capitalismo brasileño en descomposición, un instrumento ciego de la clase dominante para destruir el país al servicio del saqueo colonial, más rápidamente veremos la necesidad apremiante de romper con el capitalismo y salvar el país de la ruina.

Por: Nazareno Godeiro

La nueva orientación del capital internacional para Brasil

Para todos está claro que, sea cual sea el resultado de las elecciones, la polarización política se profundizará en el país. El resultado en sí, si es demasiado ajustado, podría precipitar enfrentamientos callejeros el 30 de octubre.

Estamos frente a la mayor crisis que ha atravesado la sociedad brasileña en su historia.

Las placas tectónicas de la sociedad brasileña (que se estabilizaron en la fase de industrialización del país entre 1940 y 1970) se desplazaron, provocando cambios sustanciales en las relaciones económicas, políticas y sociales del país, y se reflejaron en cambios cualitativos en la burguesía y la clase trabajadora.

Este cambio sustancial es producto de la crisis mundial del capitalismo y de la nueva orientación del capital internacional hacia Brasil (y América Latina) como “granero del mundo”, como proveedor de alimentos, energía y materias primas para el desarrollo mundial capitalista.

Por lo tanto, es la destrucción del Brasil como submetrópoli industrial (que llegó a ser el 5º país más industrializado del mundo) y su conversión en una semicolonia exportadora de productos primarios, lo que lleva a una desindustrialización del país, un salto en la destrucción ambiental, y desempleo generalizado.

Se trata de una destrucción de las relaciones económicas, sociales y políticas que predominaron en el Brasil después de la Segunda Guerra Mundial.

El cierre de miles de industrias, incluida la salida de multinacionales del país, revela la nueva orientación del capital internacional para desindustrializar el Brasil, orientación opuesta a la que prevaleció en el período anterior.

Cambio cualitativo en la burguesía

La destrucción del PSDB como partido de la burguesía industrial brasileña, y de los bancos de inversión, reveló la decadencia de este sector de la clase dominante y el surgimiento de un nuevo sector parásito de la burguesía. Un sector que tomó protagonismo político e incluso se apoderó del poder en el país: el agronegocoio, la minería y la energía, los sectores más dinámicos del capitalismo brasileño hoy, que en su mayoría son propiedad del capital internacional.

El sector industrial que produce aquí en el Brasil está siendo reemplazado gradualmente por una burguesía que importa productos industriales extranjeros. Esta es la base económica de sustentación de Bolsonaro, cuyo centro es el saqueo colonial del Brasil y la destrucción de las relaciones económicosociales del período anterior: empleo formal, vacaciones, decimotercer salario [aguinaldo], FGTS [fondos de garantía], organización sindical y política, etc. Curiosamente, esta regresión se construyó y se profundiza en los gobiernos de la Nueva República.

Cambio cualitativo en la clase trabajadora

También se ha producido un cambio en la clase trabajadora brasileña: hoy es más informal, sin contrato formal, sin derechos laborales ni horas de trabajo establecidas por ley, con trabajos temporales y trabajos ocasionales que se han convertido en la regla de la mayoría de clase trabajadora brasileña.

Hoy, ella es mayoritariamente negra, femenina y de la periferia pobre de las grandes ciudades. Es por eso que estos sectores oprimidos y explotados están a la vanguardia de las luchas de la clase trabajadora aquí y en todo el mundo. Se está formando una clase obrera precarizada, sin vínculos laborales directos, una forma de semiesclavitud moderna. Por eso, en el Brasil ya tenemos cerca de 90 millones de trabajadores(as) en el ejército industrial de reserva (una Alemania o dos Argentinas) que hoy es la mayoría de la clase trabajadora. [1] Una pejotización y una ofensiva liberal para que los trabajadores no se reconozcan como clase sino como “emprendedores”.

Esta transformación, junto con la desindustrialización y el salto de las importaciones, erosionó la base de apoyo de los sindicatos y de las centrales sindicales, así como la del PT, que se originó a partir de esta nueva clase trabajadora. Sin embargo, el PT, en sus gobiernos, adoptó el social-liberalismo, con políticas contra el hambre y otros males del sistema, sin embargo, sin evitar la decadencia capitalista. Al contrario, la profundizó, abonando las bases económicas y sociales para que entraran en escena Bolsonaro y Paulo Guedes, con un ultraliberalismo acelerado, la barbarie y el autoritarismo.

Ante esta situación, tanto Trump como Bolsonaro intentan avivar el odio hacia negros, mujeres, indígenas, LGBTI, inmigrantes, intentando atraer para su lado al sector blanco y de la clase trabajadora, intentando culpar al desempleo, a los bajos salarios y a la ruina o el empobrecimiento de la pequeña burguesía en las espaldas de los sectores más explotados y oprimidos de la clase trabajadora. Arrojar unos contra otros es vital para la burguesía, que es una minoría insignificante en el Brasil, compuesta por 3.950 grandes empresas con más de 1.000 empleados. Se mire por donde se mire, la gran burguesía, bajo cualquier circunstancia, es numéricamente insignificante. Incluso si contamos 5 dueños por empresa y cada dueño con 10 personas en la familia, la gran propiedad burguesa tendría cerca de 200.000 personas o 0,1% de la población brasileña. ¡Por eso, dividir para reinar es la consigna de la clase dominante!

Bolsonaro es un producto genuino de la putrefacción del capitalismo brasileño

Son estas placas tectónicas que se mueven en la base de la sociedad las que han convertido a Bolsonaro en el futuro del capitalismo brasileño en descomposición, cuya política es convertir al Brasil en una colonia miserable. Este mismo movimiento de retroceso de las relaciones sociales es lo que pone al PSDB/PT a la defensiva total y en retroceso, simbolizando el pasado de estas relaciones económicas, políticas y sociales que van quedando atrás.

El PSDB terminó siendo el partido depositario de la voluntad mayoritaria de la burguesía que se piensa más “civilizada”, radicada en el Brasil industrializado, porque la burguesía que se fortalecieo lo abandonó, migrando hacia una política colonial parasitaria.

Así, el PT es ahora el partido de la “socialdemocracia brasileña”, recibiendo el apoyo de los cuadros históricos del PSDB. Es el partido que cree en un “liberalismo inclusivo” que defiende formalmente el statu quo del capitalismo industrial submetropolitano brasileño, es decir, un programa social-liberal burgués cuyos límites ni siquiera permiten la anulación de las reformas laboral y de seguridad social [previsional], así como la privatización acelerada de la Petrobras, llevadas a cabo por Bolsonaro.

El proyecto que avanza con Bolsonaro es un retorno acelerado hacia una economía colonial que llevó al poder de Estado a la burguesía del agronegocio, la minera y la energética, asociada a una (parásita) burguesía importadora de bienes industriales.

No es casualidad que el mayor “donante” financiero de la campaña de Bolsonaro sea Rubens Ometto, dueño de una planta del agronegocio y socio de Shell (en Raízen) para explotar el Brasil. Entre los 30 mayores donantes que aportaron más de BRL 1,5 millones (en su mayoría del agronegocio), 63 % se destinó a los partidos que apoyaron a Bolsonaro y 14 % a los partidos que apoyaron a Lula en la primera vuelta. El 23% restante fue donado a otros partidos.

Es el apoyo de este nuevo sector de la burguesía lo que empodera a Bolsonaro, además del apoyo de un sector importante del imperialismo, encabezado por Trump. La candidatura de Lula/Alckmin cuenta con el apoyo del sector mayoritario del imperialismo, con Biden al frente, pero el sector burgués que apoya la candidatura de Lula está en decadencia en el Brasil y no tiene futuro que ofrecer. Eso es lo que está llevando al PT a transformarse en un partido social-liberal y a que su gobierno, si resulta vencedor, tenga un carácter de unidad nacional con un sector de la burguesía brasileña en decadencia, que intenta volver al pasado de su gobierno y a los de FHC [Fernando Henrique Cardoso], en los que gestionaron este retroceso estructural, encubierto por políticas compensatorias y de crecimiento económico. O por la farsa “neodesarrollista” de Dilma, que no hizo más que fortalecer este sector predatorio, extractivista, que se apoya en el saqueo del país, en la superexplotación y en la devastación ambiental.

Así se consolidó una situación de avance del nuevo sector de la burguesía, que tuvo tiempo para ganar una base social en la clase trabajadora y en la clase media, millones de insatisfechos con la crisis hoy, y decepcionados con los 14 años de gobiernos del PT .

Hemos llegado, por lo tanto, a una situación en la que, a tres días de la segunda vuelta de las elecciones, no se sabe a ciencia cierta quién las ganará (aunque Lula tenga una ventaja y sea el favorito). Peor aún, el mismo día de las elecciones puede haber enfrentamientos, en caso de que Bolsonaro pierda y decida impugnar el resultado, apoyado en un presunto fraude electoral atestiguado por el escrutinio de los generales del ejército.

Esta semana es decisiva para que la clase obrera brasileña derrote electoralmente a Bolsonaro. Desde el PSTU llamamos a todos los trabajadores, incluida una parte importante de los trabajadores críticos del PT, a votar críticamente por Lula, en el 13.  Lo que justifica votar a Lula en el segundo turno, sin depositar la menor confianza en su gobierno de unidad con la burguesía, es la posibilidad de que la clase obrera pueda organizarse para luchar mejor contra el capitalismo, contra el propio gobierno de Lula/Alckmin, y prepararse en mejores condiciones para derrotar definitivamente el proyecto autoritario, bonapartista y semifascista de Bolsonaro.

¿Cómo derrotar el proyecto autoritario de Bolsonaro?

Entonces, incluso si Lula gana las elecciones, el proyecto autoritario semifascista de Bolsonaro no retrocederá. Eso significa que, en los próximos 10 años, hay muchas posibilidades de enfrentamientos entre revolución y contrarrevolución en el Brasil. Bolsonaro pretende seguir organizando ideológicamente un sector de masas e implantar una dictadura en el Brasil, es decir, un régimen bonapartista, apoyado en las FF.AA. y en milicias mafiosas y paramilitares.

Este proyecto solo será derrotado por la movilización de la clase trabajadora brasileña. Los tribunales superiores se muestran condescendientes con esta corriente autoritaria y terminan capitulando, aceptando sus imposiciones, como quedó en evidencia con la autorización a generales del Ejército para realizar un escrutinio paralelo al TSE [Tribunal Superior Electoral]. Esta tarea comienza por desarrollar la conciencia de la clase trabajadora contra todos los sectores burgueses, tanto “democráticos” como “fascistas”. Incluso los que están con Lula, que apenas lleguen al poder se reconciliarán con el alto mando bolsonarista de las FF.AA. y con la burguesía bolsonarista; y, sobre todo, no se enfrentarán al orden capitalista e imperialista. Porque con Meireles y compañía habrá continuidad, aunque de modo diferente, de este proyecto recolonizador en curso, que nos lleva a la barbarie. El “mal menor” no tiene límites. No es posible cambiar las bases sociales y políticas que alimentan el bolsonarismo, administrando el orden capitalista y el saqueo del país que esto conlleva, en alianza con banqueros, latifundistas, comerciantes e industriales, a través de esta democracia de los ricos.

El carácter contrarrevolucionario de la burguesía brasileña

Ningún sector de la burguesía brasileña hoy es “progresista” o “nacionalista”. Ningún sector de la burguesía está dispuesto a enfrentar el saqueo del Brasil y su recolonización, ni ha enfrentado la destrucción de los empleos y de los derechos legales de los trabajadores, contenidos en la CLT y la Constitución Federal de 1988. Tampoco ha enfrentado la desindustrialización, la desnacionalización de la economía, la compra de las empresas brasileñas por el capital internacional ya sea en la Bolsa de Valores o por medio de las privatizaciones. Eso quedó demostrado en la venta acelerada de la Petrobras, la mayor empresa de América Latina y la más rentable de las petroleras en todo el mundo. Ningún sector de la burguesía se enfrentó con la destrucción de la Amazonía y de todos los órganos de defensa de la naturaleza, llevada a cabo por Bolsonaro, limitándose a lamentar tal destrucción. No se enfrentó con la dolarización de los precios y con la escandalosa contradicción de que el país sea uno de los mayores productores de alimentos del mundo mientras su pueblo pasa hambre; tampoco se opuso al alza de los precios de los combustibles, cuyos precios estaban indexados al dólar y quedaron rehenes de los especuladores internacionales.

Por todo eso, la alianza con un sector de la burguesía aparentemente “progresista” y “antifascista” acabará con los burros en el agua: esta burguesía es traicionera y lo ha sido siempre, desde la época de la colonización.

La burguesía brasileña no realizó su revolución democrática

Esta burguesía no hizo su revolución democrática. Uno de los hechos más llamativos de la historia de la lucha de clases brasileña es la violencia de la represión burguesa, su autoritarismo. Si esta burguesía fue cobarde, vil y servil al dominador extranjero, fue extremadamente feroz, contrarrevolucionaria para enfrentar al pueblo.

Esta burguesía, además de autoritaria, siempre fue traicionera. Cada acuerdo de paz que hizo con el movimiento, lo traicionó enseguida. En cada movimiento corrompió a algún traidor dentro del movimiento para derrotar este.

Lo más lejos que llegó un dirigente burgués en el Brasil fue Getúlio Vargas, un terrateniente de Rio Grande do Sul, que dirigió el proceso de industrialización del país, aunque estaba subordinado a los Estados Unidos. Cuando trató de aplicar una orientación independiente y contraria a los intereses de Estados Unidos, fue abandonado por la burguesía “nacional” y tuvo que suicidarse.

Aquí es donde naufragó toda la orientación del Partido Comunista Brasileño de formar alianzas con una supuesta burguesía “progresista y democrática”, que no existía en la vida real.

Cuando esta supuesta burguesía “nacional, democrática y popular” tuvo que optar entre la dominación extranjera o la soberanía nacional, como en 1964, se pasó con armas y bagaje a un golpe militar perpetrado por los militares, a instancias de Estados Unidos. De la misma manera, la orientación del PT de gobernar para y junto a la llamada burguesía “democrática” se hundió, como lo demostró en la traición de Temer. Pero, la lección no fue aprendida y se repite el mismo trágico error, ahora con Alckmin.

Un programa de transición para enfrentar la destrucción y el saqueo del Brasil

Toda la trayectoria histórica de la burguesía brasileña ha demostrado que solo la clase trabajadora, unida con la población pobre de la ciudad y del campo, puede salvar el Brasil de la destrucción y del saqueo que el capital internacional impone a nuestro país.

Por lo tanto, los trabajadores más conscientes deben dotarse de un programa de transición que permita elevar el nivel de conciencia de la clase trabajadora para romper con el sistema capitalista y avanzar hacia el socialismo, nacionalizando la propiedad de la gran burguesía en el Brasil y poniéndola bajo control de la población trabajadora.

  1. Derogar las reformas laboral y previsional.
  2. Garantizar empleo para todos y todas, con la reducción de la jornada laboral a 30 horas semanales sin reducción de salario. Esto permitiría eliminar el ejército industrial de reserva e incluso duplicar la producción anual de riqueza del país.
  3. Aumento real de salarios y asistencia de 1 salario mínimo hasta garantizar empleo para todos y todas.
  4. ¡Detener la destrucción ambiental de inmediato, como primer paso para recuperar la soberanía nacional perdida!
  5. Erradicar el hambre, realizando una verdadera reforma agraria, que garantice alimentos a bajo precio para el pueblo brasileño. Para ello, es necesario estatizar el agronegocio.
  6. Reanudar la industrialización en el Brasil en armonía con el medio ambiente, que garantice pleno empleo y pueda acabar con el hambre. Esto solo es posible con la reestatización de todo el parque industrial privatizado: siderúrgico, eléctrico, petroquímico, telefónico, minero, aeroespacial, de alta tecnología, agrícola, bancario, etc.

Este sencillo plan podría financiarse a través de la estatización de los bancos y la formación de un banco nacional único, el fin de los beneficios tributarios para los grandes empresarios, a través del cobro de la deuda activa de las grandes empresas so pena de estatización, de la suspensión de la remesa de utilidades por 10 años y de la suspensión del pago de la deuda interna y externa a los grandes inversores, de un impuesto progresivo a las utilidades y dividendos de las 200 empresas más grandes y un impuesto progresivo a las grandes fortunas.

Solo así sería posible frenar la decadencia del país y del pueblo. Estamos, entonces, ante una crisis de grandes proporciones en el Brasil, que exige una reorganización general de la sociedad.

¿Conciliación o enfrentamiento con la burguesía “nacional”?

En este sentido, se ha abierto una polémica con los partidos que se dicen de izquierda, principalmente el PT y el PSOL, que pretenden solucionar esta crisis realizando “reformas” económicas y sociales, tratando de unir a la clase trabajadora con un sector de la burguesía “democrática”, para supuestamente humanizar el sistema capitalista brasileño, a través de un “neoliberalismo inclusivo”, practicando las políticas sociales liberales del Banco Mundial y de los gobiernos anteriores del PT y del PSDB; profundizando la regresión brasileña de manera menos acelerada que Bolsonaro. Sin embargo, ni siquiera será posible volver al país del boom de las commodities que favoreció los dos mandatos de Lula.

El hambre es producto de la explotación capitalista y de su forma colonial que ahora asume, como exportadora de productos primarios, como granero del mundo, lo que supone la destrucción de la naturaleza y la propagación del hambre en el país, con la inflación en dólares. Para atacar el problema del hambre, es necesario reorientar toda la producción del Brasil para alimentar a su pueblo y acabar con el modelo agroexportador. Esto solo es posible en una guerra contra el agronegocio multinacional. Lo mismo ocurre con la destrucción del medio ambiente. Para acabar con el desempleo y el subempleo, que alcanza a 90 millones de brasileños, es necesario detener la desindustrialización del país, que comienza con la reestatización de todo el parque industrial que fue privatizado. Eso solo es posible en una guerra con toda la burguesía brasileña, que es cómplice del imperialismo en los planes de saqueo del Brasil.

El camino de la administración de este capitalismo en crisis conducirá a mantener una ruta regresiva, a la continuidad del despojo y recolonización del país y a nuevas maldades contra la clase trabajadora a favor del interminable “ajuste fiscal”; manteniendo y profundizando la precarización y el empobrecimiento de la clase trabajadora y actuando para destruir, aún más, la conciencia de clase, en favor del orden capitalista, cada vez más bárbara y subordinada al pillaje imperialista.

La crisis del proyecto de colaboración de clases

El PT, PSOL, PCB y UP, partidos que se dicen de izquierda y cuya estrategia es la colaboración de clases, no podrán encontrar ningún sector de la burguesía que esté dispuesto a luchar por un programa de este tipo, simplemente porque todos están de acuerdo con el saqueo del país.

Por eso, la única posibilidad para el desarrollo del país y de su gente es romper con el sistema capitalista brasileño, dominado por el capital internacional.

El PT y otros partidos de llamados de izquierda podrán encontrar aliados contra Bolsonaro y que defienden una renta mínima, pues esta es la política del sector “democrático” del imperialismo, encabezado por Biden. Sin embargo, un ingreso mínimo, aunque sea necesario para la supervivencia de los más pobres de la sociedad, no podrá resolver la crisis instalada en el país.

Se equivocan  quienes creen que los marxistas están contra el PT porque defienden microrreformas sociales compensatorias, como el Bolsa Família, Renta Mínima, Cuotas Racialess o Minha Casa, Minha Vida. Nuestra crítica al PT no se refiere a las reformas que implementó, sino a utilizar esas micro reformas a los más pobres para, en contrapartida, avanzar en contrarreformas, como la de la Previsión o medidas de privatización del SUS y de la educación pública, entregando la gestión de servicios públicos a empresas privadas y, sin embargo, utilizar tales reformas no para apalancar la lucha contra el sistema, sino para embellecer la democracia burguesa, perpetuar el capitalismo en decadencia y apostar a la amortiguación de las luchas de los trabajadores y de sus aliados, eliminando toda independencia de clase. Además de usar la violencia para el control social, como el encarcelamiento en masa y la utilización de Operaciones para Defensa de la Ley y el Orden, usadas en las periferias, usando a las FF.AA. para represión interna.

La complejidad de la situación brasileña con la recolonización del país une el pasado y el presente con lazos indisolubles: es decir, unen la revolución democrático-burguesa nunca realizada en el Brasil con la revolución socialista. Tendremos, entonces, tareas no resueltas de la revolución democrático-burguesa (como el tema de la independencia nacional y de la opresión imperialista sobre el país, el tema negro e indígena, que actualiza la lucha por la reparación histórica por el genocidio, la democratización de la tierra para acabar con el hambre), indisolublemente ligada a la lucha por el socialismo.

No hay manera de resolver las tareas no realizadas aquí por la revolución democrático-burguesa brasileña sin entrar en el terreno de la expropiación de los grandes monopolios nacionales e internacionales porque la burguesía tiene hoy un papel contrarrevolucionario. El gran latifundio moderno, del agronegocio multinacional, basado en la revolución 4.0, está ahí para demostrar que la revolución democrática nacional se ligó definitivamente a la revolución socialista continental y mundial.

El arco de alianzas necesario para avanzar en la lucha socialista y revolucionaria

Este arco de alianza revolucionario que une al proletariado (encabezado por el obrero industrial), aliado a los pobres urbanos y rurales y a los pequeños propietarios –clases y sectores de clases que solo pueden ganar marchando hacia el socialismo– constituye la gran mayoría de la población brasileña mientras que la grande y media burguesía llega a un ínfimo 0,8% de la población, incluidos todos sus familiares.

Por tanto, no hay ninguna posibilidad de democracia en una sociedad que vive y trabaja en función de este 0,8% de la población: esta es la expresión numérica de que la democracia burguesa es una falsa democracia, es una democracia para una ínfima minoría de multimillonarios.

Para tener una verdadera democracia es necesario romper con el sistema capitalista para instaurar una democracia directa de la gran mayoría de la población, a través de los consejos populares.

[1]  Datos completos en el Anuario Estadístico de la ILAESE, 2021. http://ilaese.org.br/anuario/

Traducción: Natalia Estrada.

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