Hoy (23 de octubre de 2020) la India tiene aproximadamente 7,8 millones de casos de coronavirus; es el segundo país en el mundo en número de infectados, detrás de los Estados Unidos. El número de muertos por la pandemia se elevó a más de 117.000; el tercero mayor del mundo, luego de los Estados Unidos y el Brasil.

Por: Adhirai Bose – Mazdoor Inqilab, India

La vida normal fue interrumpida cuando la India anunció lo que sería el mayor lockdown del mundo. De un solo golpe, 1.300 millones de personas fueron forzadas a aislarse en sus casas. Esa ruptura trágica y repentina destruyó vidas y medios de subsistencia. ¡Más de mil trabajadores migrantes murieron, simplemente intentando volver a sus casas; medios de vida fueron perdidos en todo el país, y millones quedaron desempleados de un día para otro!

No era para ser así. El primer caso de Covid en la India fue notificado el 30 de enero, con Kerala como epicentro. A pesar del peligro que eso representaba, el gobierno falló en tomar las medidas necesarias para parar la diseminación enseguida del inicio. Muy por el contrario, el gobierno Modi y el primer ministro Modi, personalmente, estaba preocupado en conducir un evento de gala para recibir a Donald Trump en la India. Millares de personas se reunieron para el evento en Guajurat, su tierra natal, mientras el virus se propagaba.

Los casos iniciales fueron en su mayoría de indianos que retornaban de Europa, China, Medio Oriente y otros países afectados por el coronavirus. Con la pandemia extendiéndose de una punta a la otra de la India, el gobierno “fue agarrado con los pantalones cortos”; ninguna de las restricciones parciales estaba siendo efectiva para contenerlo, entonces decidieron que no había otra salida sino implementar una medida extrema para contener la pandemia. El 22 de marzo, la India embarcó en un largo mes de lockdown sellando la suerte de más de mil millones de personas.

Ese lockdown, mal conducido y desastroso, falló en su objetivo principal de contener la pandemia, pues los casos continuaron elevándose por todo el país, y los muertos seguían siendo apilados. El sistema público de salud rápidamente quedó sobrecargado, y el sistema de rastreo y notificación era totalmente deficiente. Los trabajadores de la salud no estaban adecuadamente equipados y tampoco eran suficientes para realizar la tarea de contener la pandemia. El porcentaje del PIB indiano que se gasta en salud es uno de los menores del mundo, y en el presupuesto anual los gastos con el departamento de salud son menores incluso que los del área de transporte. Todo eso contribuyó para que la India fallase en sus esfuerzos por contener la pandemia. Sí; a pesar de todo eso, a pesar de las muertes causadas por un lockdown no planificado y de todas las privaciones que trajo, y del fracaso para contener efectivamente la pandemia, el gobierno Modi se llenaba la boca diciendo que había realizado un buen trabajo, y anunció una reapertura gradual.

La reapertura fue anunciada luego de dos meses. La “Flexibilización 1”, como fue llamada, vino temprano demás; los casos comenzaron a estallar así que la flexibilización comenzó. Luego del inicio de la reapertura, el gobierno tuvo que moverse para contener los estragos causados por la reapertura precipitada de la economía y promulgó nuevas restricciones en cuanto a los viajes y desplazamientos. Consecuentemente, la flexibilización también fracasó, tanto como el lockdown antes de ella. Otras medidas de esa reapertura gradual tuvieron resultados similares, y algunos Estados profundamente afectados continuaron el lockdown de diferentes maneras, o fueron hacia un lockdown parcial. La flexibilización precipitada fue decidida por el gobierno para minimizar los daños causados por los efectos lamentables del lockdown no planificado. Este no funcionó. La economía no se recuperó; las empresas se negaban a contratar, y las instituciones públicas permanecían cerradas. Los pequeños negocios fueron particularmente afectados, con pérdidas diarias de recursos en muchos de ellos. Por quinta vez en su historia, la India está encarando una recesión; algo inimaginable un año atrás. Cerca de veinte millones de asalariados indianos quedaron desempleados, y millones más, que sobreviven en la informalidad, están sin trabajo, pasando hambre, en una situación miserable.

La misma pandemia que causó estragos por todo el mundo llegó a la India con una intensidad inesperada e imprevisible. La trayectoria indiana de crecimiento se “descarriló”, y las repercusiones económicas serán sentidas aún años después. A pesar de eso, el gobierno Modi parece casi inquebrantable en su dominación sobre el pueblo indiano. Pero debemos recordar que Modi no es incontestado.

Las fuerzas Hindutva[1], que han sido el verdadero poder detrás de escena, usan a su primer ministro para expandirse y consolidarse sobre toda la India, de una forma bastante astuta. El resultado de esta estrategia está siendo un crecimiento del odio religioso, reacción en el terreno social y fragilizado de la clase trabajadora, usando la ya testada y comprobada táctica de “dividir para reinar”. Como [ocurre con] todas las fuerzas archirreaccionarias, la RSS y el BJP, el odio es especialmente reservado para la clase trabajadora y sus organizaciones. Como era de esperarse, actuaron prioritariamente atacando las leyes laborales y usando la fuerza para cercenar las huelgas y protestas de la clase trabajadora. Pero no es tan fácil así desmoralizar al proletariado indiano.

En los grandes bastiones de la reacción, en el Estado de Guajurat (Estado natal de Modi) y Maharashtra (cuartel general de la RSS) , los trabajadores hicieron huelgas y protestas. Ocurrieron grandes huelgas en las industrias textiles, que habían sido duramente golpeadas por la Desmonetización y por la implementación del GST[2]. Guajurat registró uno de los mayores incidentes de agitación proletaria en el país, y una buena parte de esos trabajadores son inmigrantes de otros Estados, siendo el número sustancial provenientes de las comunidades de tribus y castas reconocidas[3]. Por todo el país, luchas y acciones de protesta explotaron contra la agenda reaccionaria del BJP; las mayores fueron las manifestaciones anti-CAA, que unieron a hindúes y musulmanes en la contestación a la injusta e injustificable Enmienda a la Ley de Ciudadanía[4]. Las protestas opusieron a un pueblo involucrado con el gobierno intransigente y reaccionario. En una tentativa infame de detener las protestas en Shaheen bagh en Delhi, el BJP y la RSS orquestaron la más letal represión desde la independencia. Incluso esa masacre no pudo detener el movimiento, que electrizó el país de norte a sur. Lo que de hecho puso fin al movimiento fue la pandemia mundial, de proporciones no vistas desde la gripe española de 1918.

La destrucción de las protestas de la zona de Shaheen bagh y la súbita paralización de estas durante el lockdown fueron una señal tenebrosa de lo que vendría. El gobierno fue habilitado por las medidas de emergencia para detener cualquier protesta o movimiento que considerase desafiaba su autoridad, pudiendo justificar una rígida imposición del lockdown apelando a las necesidades de la salud pública. Incluso después del lockdown, el miedo al virus y las restricciones en relación con los desplazamientos dificultaron mucho la organización de una fuerte movilización de masas. El gobierno naturalmente se sintió autorizado para hacer efectivamente todo lo que quisiese. Con los tribunales prácticamente cerrados o con una diminuta carga de trabajo, el poder judicial también fue de hecho vedado a la gente común. El Tribunal Superior continúa el guiño en un sentido reaccionario, “calmando” al gobierno mientras apoya todo y cualquier movimiento para restringir los derechos y las libertades del pueblo.

Este escenario de reacción por todos lados es lo que define la situación política en la India en los días de hoy. Con todo, hay una luz al final del túnel. La mayor parte de los problemas como la salud y las condiciones de trabajo expuestas durante el lockdown permanecen sin solución. La clase trabajadora, aunque debilitada por los efectos devastadores de la recesión, del lockdown y de la crisis del Covid, continúa reaccionando. Esa dinámica define la situación indiana en este momento.

La situación económica

La India fue aclamada como una de las grandes historias de éxito del capitalismo. Inicialmente, un pobre “caso perdido” del tercer mundo, tan irremediable que un embajador americano especuló que no existiría luego de mediados de los años ’60, se tornó una de las pocas economías de billones de dólares del mundo, y una de las mayores fuerzas militares y políticas actualmente. Incluso, lo que hizo a la India destacarse fue un rápido crecimiento económico, que no paró siquiera con la gran recesión de 2008. Aún con la desaceleración de la economía mundial a mediados de 2010, la India continuó siendo una de las pocas grandes economías que continuaba creciendo, además de China. Como dijimos anteriormente, este crecimiento es impulsado por la explotación sostenida de una vasta disponibilidad de población no proletarizada. La inmensa reserva de mano de obra permitió a la India adquirir ventajas sobre otros países en el costo competitivo de la fuerza de trabajo, y le provee un enorme mercado interno para desarrollar. Hoy, capitalistas indianos están entre las oligarquías más ricas y poderosas del planeta. Mukesh Ambani está a camino de tornarse el hombre más rico del mundo, y ya es el más rico de Asia. Otros nuevos multimillonarios, como Adani, extendieron sus imperios comerciales alrededor del mundo. Antiguos conglomerados más establecidos, como los Tatas, multiplicaron su poder e influencia desde la liberación de la economía indiana, a través de la compra de prestigiadas marcas occidentales, como Corus steel y Jaguar.

Ahora, la euforia de esos días se fue. La India está en crisis, como las demás grandes economías capitalistas. Desde 2011, la economía indiana viene desacelerándose, registrando una media de crecimiento del PIB de entre 6 y 7% durante los últimos tres años del gobierno anterior, dirigido por el Partido del Congreso[5]. El gobierno Modi fue incapaz de promover una recuperación exitosa, no importa cuán viciosamente ataque los derechos laborales, el medio ambiente, y a los campesinos. Incluso antes del Covid-19, la lentitud de la economía indiana permanecía, comparándose con los índices del período precrisis. La crisis del coronavirus solo precipitó el colapso que ya estaba siendo gestado hace algún tiempo.

A despecho de los alegatos del gobierno, el PIB está en retracción, y estamos oficialmente en recesión. El FMI pronosticó una caída de 7,5% en el PIB, y los índices de la producción industrial muestran una disminución de 30%. La economía indiana ya estaba en dinámica descendente cuando el gobierno Modi intempestivamente instituyó el sistema del GST e inició la súbita desmonetización.

Centenas de pequeños negocios cerraron las puertas en todo el país; centenas de millares de empleos se perdieron, y la confianza en la economía indiana declinaba. Mientras estos sectores luchaban por recuperarse, el gobierno aceleradamente creaba condiciones para el enriquecimiento de los grandes monopolios capitalistas, particularmente la Reliance y Adani. Estos consiguieron más favoritismo del gobierno del BJP que cualquier otra empresa, y eso nos habla de sus raíces sociales e históricas (en comparación con el Partido del Congreso).

Incluso durante la pandemia, los más ricos de la India continuaron teniendo una vida confortable y beneficios venidos de un apoyo “camarada” del gobierno. Un ejemplo reciente fue la propuesta de la Reliance de adquisición de la Tik Tok India por cinco mil millones. La compañía quedó muy debilitada después de ser castigada, en la línea de las tensiones con China, por cuenta de Aksai Chin y Ladakh[6]. Otro ejemplo evidente fue el esquema para posibilitar inversiones privadas en los remates de las minas de carbón y la privatización de los aeropuertos, ambos concedidos para beneficiar a las principales empresas monopolistas de la India.

Mientras las fortunas de los Ambanis, Adanis, Tatas y Birlas continúan creciendo, el pueblo indiano sufre. Ya sufría antes de la crisis, por cuenta del desempleo creciente y de los constantes aumentos en los productos de primera necesidad, y ahora sufre más todavía con las empresas recurriendo a despidos masivos, y algunas cerrando sus puertas. Desde que la India fue alcanzada por la pandemia, y el lockdown fue instituido, cerca de veinte millones de indianos quedaron desempleados; eso sin contar las decenas de millones de personas que están en el sector informal, como los migrantes, los que ganan por día, o los que están en trabajos de tiempo parcial o estacionales. El gobierno no presenta prácticamente ninguna solución para ellos, salvo un paquete de ayuda financiera irremediablemente insuficiente, y apelaciones inútiles para volverse “Aatma Nirbbar”[7] (autosuficiente).

Aunque entre los capitalistas haya algunos que tengan conciencia de la terrible situación que estamos atravesando, hay un optimismo irrealista entre ellos, de que las cosas mejorarán así que la pandemia acabe, y de que la economía indiana como un todo puede recuperarse de esta masacre económica y reconstruir el camino de vuelta a una trayectoria de crecimiento. Acentúan que los fundamentos de la economía indiana continúan fuertes, sobre todo las ventajas que su enorme oferta de mano de obra ofrece al capitalismo, y la oportunidad de desarrollar un vasto mercado interno con espacio para crecer y expandir el mercado capitalista. Sin duda, lo que ellos nunca admitirán abiertamente es que esa expansión vendrá a costa del medio ambiente y del sostén de millones en el sector informal y de los que viven de la pequeña producción. Dicho de otra forma, la elite rica quedará aún más poderosa, y tal vez hasta sobrepase en enriquecimiento a sus socios imperialistas del Occidente, sobre las espaldas de la clase trabajadora y del campesinado indiano. El empobrecimiento de estos alimenta el enriquecimiento de los millonarios.

El empobrecimiento del campesinado y de los pequeños productores no es un fenómeno nuevo en la India, pero en los últimos cuarenta años avanzó a pasos grandes. Especialmente las familias campesinas o de la pequeña burguesía, que arrojadas en la pobreza no tienen opción a no ser encontrar un trabajo de esclavo remunerado, o el suicidio. Este es el efecto del proceso que llamamos “proletarización”.

El campesinado, así como su equivalente urbano, la pequeña burguesía, poseen propiedad; normalmente mísera, y solo suficiente para su sostén. En muchos casos, dependen de la explotación de su propia fuerza de trabajo, en lugar de la de un trabajador empleado por ellos. Una familia campesina depende primero de sí misma. Lo mismo ocurre con un pequeñoburgués, dueño de una mercería o de un pequeño taller. El sistema capitalista trabaja extrayendo plusvalía (trabajo invertido en un producto) de los sectores de menor productividad del trabajo y transfiriéndola a sectores más eficientes de la economía, de capital intensivo. El efecto de este sistema sanguijuela lleva al empobrecimiento y la quiebra en masa de pequeños productores, y los transforma en proletarios, la clase que no posee nada más allá de su fuerza de trabajo, dejada a propia suerte, buscando un lugar en las villas de emergencia de los centros urbanos o vagando de ciudad en ciudad en busca de trabajo, o siendo explotada por los hacendados capitalistas o los empresarios.

Globalmente, eso fue visible en el proceso acelerado de urbanización, en el mundo en desarrollo luego de la Segunda Guerra Mundial. En la India, el ritmo veliz de la proletarización anduvo lado a lado con la gran penetración de capital en las zonas rurales y su expansión en áreas de producción anteriormente exclusivas de pequeños productores. Este proceso caminó de manos dadas con el cambio en la política económica de los años 1980, también llamada “liberalización”.

Bajo el gobierno Modi se configura un crecimiento aún mayor. Con la Ley de Adquisición de Tierras, el gobierno ya anunció su intención de una agenda agresiva de proletarización en las áreas rurales; aunque haya fracasado en aprobarla debido a la feroz resistencia de los campesinos[8], la intención por detrás de ella no desapareció. Los agresivos ataques a las empresas estatales, el esbozo propuesto de Notificación de Evaluación de Impactos Ambientales (EIA)[9], e incluso hasta la revocación del Artículo 370 en Cachemira[10], pueden ser explicados a partir de la necesidad desesperada del capitalismo indiano de expandir su red de explotación. Los ataques viciosos u ocasionales a los pobres y marginales, como la desmonetización, y ahora el lockdown no planificado, arrojan agua en el molino de la destrucción del pequeño capital al servicio del gran capital. Podemos agregar a eso la mayor explotación de los recursos naturales y de los bienes públicos, que traerán aún más adversidades para las masas.

Esas medidas contribuyen a desestabilizar la sociedad indiana. La pobreza y la inseguridad son combustibles para el fanatismo y el odio religioso. El debilitamiento y la destrucción de la pequeña burguesía crean condiciones perfectas para el ascenso del fascismo y otras tendencias políticas reaccionarias. Al mismo tiempo, con la izquierda ampliamente fragmentada y rehén de las direcciones maoístas y estalinistas, que históricamente llevaron a la clase trabajadora (incluyendo realmente mucho a la clase trabajadora indiana) a un callejón sin salida, estamos encarando una situación excepcionalmente reaccionaria, como no habíamos visto desde el período de la emergencia[11]. No obstante, no todo es tan desolador. Incluso bajo estas terribles condiciones, los trabajadores de la salud –ASHA– demostraron que la clase trabajadora indiana puede reaccionar y luchar.

La situación social

La India es un país con 1.300 millones de habitantes, contabilizando más de un séptimo de la población mundial. Gran parte de esta población es joven y económicamente activa. Actualmente, la India tiene la mayor reserva de fuerza de trabajo del mundo; sobre todo, tiene la mayor reserva de fuerza de trabajo joven del mundo. Con una población más numerosa que la de todo el continente africano, y con una economía que aún tiene especio para crecer, la India ha sido desde hace tiempo, y no sin razón, el país capitalista más promisor del mundo. Desafortunadamente para ellos, la realidad los despertaría de sus sueños fantasiosos.

Incluso antes de ser alcanzada por la crisis del coronavirus, la economía indiana ya estaba tambaleando, por sus problemas internos, como consecuencia de la recesión mundial de 2008. Las economías asiáticas, como la India y China fueron más resilientes a la crisis, por poseer un vasto mercado interno al que recurrir. No obstante, con la crisis destruyendo el potencial para poderosos mercados de explotación en el Occidente y el Extremo Oriente (Japón, Corea, etc.) la economía indiana quedaría hambrienta de las tan necesarias inversiones y el comercio exterior; los capitalistas indianos vieron desde luego la oportunidad, en su capacidad de adquisición de empresas vulnerables y en baja en los centros declinantes del imperialismo, para fortalecer sus propias empresas. Con todo, lo que alimentó plenamente esta riqueza y capacidad fue la destrucción sostenida de la agricultura indiana y la consecuente pauperización de la pequeña producción. Mucho de este proceso ya había sido puesto en marcha durante el bonapartismo del Partido del Congreso, cuando este gobierno cayó, a raíz de las protestas democráticas en larga escala por toda la nación, las clases dominantes se emblocaron con el BJP y dieron a este todo tipo de asistencia para asegurar un mandato y la estabilidad de un gobierno con capacidad efectiva para destruir las disidencias y permitir una explotación más profunda de las masas.

Los capitalistas necesitaban de un régimen reaccionario de un tipo más descarado; el Partido del Congreso, con su vena bonapartista y su tendencia a parecer estar por arriba de las clases no servía a este propósito. En este proceso, desencadenaron una exasperada fuerza de reacción sobre el país, a la cual están más que dispuestos a incitar y proveer combustible, para servir a sus intereses materiales. Los intereses del BJP, y sin duda, de la RSS como un todo, están subordinados a los sectores dominantes de la burguesía indiana. Este hecho, sin duda, escapa a la gran mayoría de la pequeña burguesía y a las filas del campesinado que apoyan el BJP y Modi, que están más que dispuestos a taparse los ojos cuando se trata de juzgar el gobierno reaccionario, por una simple razón: mientras los explotan en beneficio de la burguesía, ellos también satisfacen una agenda social reaccionaria.

La crisis solo profundizó las divisiones sociales en la India, y adicionó nuevos niveles de toxicidad a una situación que ya era terrible.

Elevación de las tensiones de clase

Al mismo tiempo en que es incontestable que el gobierno Modi marcó el inicio de una nueva onda de reacción en el país, sería equivocado concluir que eso minó la capacidad de lucha de la clase trabajadora indiana. Desde el primer momento, las masas se organizaron para protestar contra los ataques lanzados por el BJP; el primer gatillo fue la ley de adquisición de tierras (Land Bill). En el transcurso del primer trimestre ocurrieron una serie de luchas importantes, principalmente entre los estudiantes y la juventud, pero también de importantes sectores de la clase trabajadora. Las luchas contra las propuestas de enmienda a las leyes laborales continuaron, y una huelga general fue organizada el 8 de enero. Fue la mayor huelga general ya registrada en la historia de la India, involucrando aproximadamente a 250 millones de trabajadores, dirigida por las centrales sindicales.

Incluso bajo la catastrófica situación que enfrentamos ahora, con la pandemia y un estado de semi-lockdown, sectores de la clase trabajadora continúan en lucha, especialmente entre los trabajadores de la salud. Lo que muestra eso es que a pesar del peso abrumador de la reacción contra la clase obrera indiana, los campesinos y la juventud continúan teniendo energía para luchar. No hay una avenida abierta para que el gobierno Modi imponga sus designios sobre el pueblo. Además de las luchas de los trabajadores, testimoniamos en toda la India una verdadera batalla campal entre el gobierno y los estudiantes. Aunque Modi y su gobierno no sean originales en su desprecio contra los estudiantes radicalizados, el ataque del gobierno a ciertas instituciones, especialmente universidades como JNU (Jawaharlal Nehru University) y Aligarh Muslim University es innegablemente grave. El nombramiento de compinches del partido para encabezar instituciones de prestigio como el Instituto de Cine y Televisión de la India en Pune deflagró protestas en la primera mitad de su gobierno y dejó su marca en la situación política de la India.

Los estudiantes y la juventud estaban a la cabeza en el proceso de movilización contra la Enmienda a la Ley de Ciudadanía, y como consecuencia tuvieron que soportar el peso de las atrocidades de la policía. La invasión a la Aligarh Muslim University y los ataques a los estudiantes en la JNU fueron televisados, para que todos lo viesen. Caso la pandemia no hubiese golpeado a la India, podemos solo imaginar adónde estas agitaciones podrían llevarnos. Tal vez pudiésemos ver la explosión de una situación prerrevolucionaria por el país, y una unificación de diversas luchas ocurriendo en la India.

¡Alá! Eso no era para ser. La pandemia alcanzó a la India el 30 de enero, con los primeros casos siendo notificados en Kerala y Maharashtra. Después de dar vueltas por casi dos meses, el gobierno Modi respondió a la crisis imponiendo las medidas más duras de lockdown en todo el mundo, el 22 de marzo. La imposición del lockdown fue casi como la imposición de un Estado de emergencia en el país, pero al contrario de la propia emergencia, declarada en 1975, no hubo oposición al lockdown. Las protestas políticas y la organización de masas se paralizó rápidamente. Incluso con la destrucción de millones de vidas y de medios de sobrevivencia por los efectos debilitadores del lockdown, no había cómo protestar. El miedo del virus mantuvo a muchos en sus casas, y continúa manteniéndolos.

Donde hubo protestas y agitación contra el gobierno, estas fueron algo esporádico y tomaron la forma de motín. Motines de trabajadores migrantes fueron registrados a lo largo de la India Occidental. Y su mayor queja era contra la incompetencia del gobierno para providenciar los transportes a los trabajadores, para que pudiesen volver a sus casas. Desesperados, millares de trabajadores recurrieron a volver a sus casas a pie; más de mil de ellos murieron por el camino, atropellados por un tren o un camión, o por cansancio; o simplemente cometiendo suicidio, incapaces de soportar la humillación. Esos motines fueron en esencia un acto de rebelión contra un gobierno que dejó claro su odio por la clase trabajadora y por los pobres del país. Si eso no quedó claro por la total y vergonzosa apatía del gobierno, seguramente quedó evidente a través de las porras de la policía estatal y voluntaria. La policía fue especialmente cruel con los trabajadores migrantes, frecuentemente recurriendo a humillaciones públicas para castigar cualquier violación de las reglas del lockdown.

Una de las raras excepciones fue el Estado de Kerala, dirigido por el Partido Comunista de la India (marxista). Para crédito del gobierno de los estalinistas, se manejó la crisis mucho mejor que cualquier otro Estado del país, y sin sorpresa para nadie, es también el Estado con la mejor atención médica integral en el país. El gobierno lidió con la crisis con sensibilidad y un temperamento científico, absolutamente ausente en el gobierno central y en cualquiera de los grandes Estados de la India. Los migrantes fueron acogidos, y también se proveyó abrigo para los que estaban trabajando en los Estados del Golfo Pérsico. Los incidentes de abuso policial fueron casi cero. Hasta ahora, es el Estado con el menor número de muertos y la menor tasa de crecimiento de los casos de Covid, alcanzado por entero con los limitados recursos disponibles y sin cualesquiera aplicativos móviles y sin recurrir a la tecnocracia, como hizo el gobierno Modi. Consecuentemente, las tensiones en ese Estado fueron limitadas.

Con todo, el modelo de Kerala es una excepción, y es resultado de lo que puede ser conquistado cuando los trabajadores y los campesinos luchan. Incluso bajo una dirección traidora como la del partido estalinista, los frutos de una lucha de clases victoriosa están ahí para ser vistos. Nuestro norte, sin embargo, debe ir más allá del modelo de Kerala, y derribar el capitalismo como un todo, no meramente reformarlo.

Intensificación de las tensiones religiosas

La clase capitalista de la India no puede dejar de recibir ayuda de los reaccionarios para defender su poder. Desde el inicio, recurrió a medios antidemocráticos para imponer su dominio. En los primeros 60 años, el principal instrumento político de la burguesía fue el Partido del Congreso. Este incorporó cada aspecto de la reacción capitalista, mientras también aparentaba servir a los intereses de la clase trabajadora. En el transcurso de los cincuenta primeros años de independencia, desempeñó un papel crucial en la estabilización de los fundamentos económicos para el crecimiento de la burguesía indiana como una fuerza capitalista independiente en el mundo. Al mismo tiempo, continuó perpetuando la reacción en el terreno democrático en la India. Una faceta clave de esto fue la estrategia de jugar con las divisiones religiosas entre Hindúes y Musulmanes y las divisiones sociales bajo el régimen de castas.

El Partido del Congreso, especialmente durante Indira Gandhi, adquirió un carácter bonapartista, aparentando elevarse por encima de las divisiones de clase mientas seguía siendo un hospedero del poder burgués. Los sectores dominantes de la burguesía indiana invirtieron en este partido para que manejase el Estado capitalista en beneficio de ellos mismos, conteniendo a la ascendente clase trabajadora y resistiendo a los poderes de los capitalistas extranjeros. De tiempos en tiempos, sucesivos gobiernos del Partido del Congreso impusieron un Estado antidemocrático de emergencia, especialmente en Estados que desafiaban el dominio del Partido del Congreso. Bihar llevó la peor en eso. Durante los cincuenta años iniciales, los dispositivos para un estado de emergencia en la Constitución fueron invocados casi todos los años en los cuales el gobernador del Estado o el jefe de Estado (presidente) asumía el poder directo, sin considerar cualesquiera legislación democrática.

Al mismo tiempo, el Congreso Nacional también presidió una serie de “políticas de izquierda”, como la nacionalización del sector bancario, de las minas de carbón, o proyectos más recientes, como el Acto de Garantía de Empleo Rural. El Congreso Nacional también necesitó ser nominalmente secular; así podría dominar a la población musulmana en la India y asegurar el control burgués sobre una India unitaria, con un mercado mucho más estable para ser explotado. En todo ese tiempo fue de buen grado complaciente con la reacción, cuando necesaria para oprimir a los trabajadores. Esa dialéctica de opresión y concesión definió no solo la política del Partido del Congreso sino la política indiana como un todo, por varias décadas luego de la independencia.

Los ejemplos más extremos del bonapartismo del Congreso Nacional fueron la Emergencia y las masacres anti-sikh[12], que expusieron sus mayores cualidades reaccionarias. Al mismo tiempo, las políticas sociales mostraban que ese partido necesitaba apoyarse en concesiones para pacificar a la clase trabajadora, mientras se preparaba para oprimirla. Esta dualidad funcionó bien durante el período de expansión capitalista, cuando el mundo aún estaba en medio de lo que Michael Roberts llamó “recuperación neoliberal”. Podemos decir que ese período terminó en 2012, con el comienzo de la desaceleración de la economía indiana y en el rescaldo de la gran huelga general de la India, en 2011, y de las movilizaciones democráticas contra la corrupción. La variante bonapartista del Congreso Nacional no servía más para atender las necesidades de la clase de los capitalistas indianos, y ellos necesitaban de una fuerza que fuese más abiertamente reaccionaria; que pudiese no solo contener a la clase trabajadora, sino descaradamente atacarla e intimidarla a la sumisión. Para eso, no podía más recurrir al secularismo hipócrita del Partido del Congreso; necesitaba del confesionalismo ostensivo de la RSS y del BJP.

Es en ese contexto que debemos ver la actual escalada del confesionalismo y la reacción social introducidos por el BJP. En sus orígenes, el BJP puede haber sido una fuerza política conservadora padrón, con predisposiciones confesionales y una falsa pretensión de socialismo; no obstante, en su presente forma, es una fuerza reaccionaria mucho más acabada, bajo las garras de la RSS. El partido es intolerante con la clase trabajadora y con los opositores, y tiene una clara agenda de imposición de un apartheid social contra los indianos musulmanes. Su aproximación de los Dalits no es una cosa buena. Aunque la RSS nunca lo admita abiertamente, la verdad es que el movimiento Hindutva como un todo está imbuido de una reacción basada en las castas. La imposición de la jerarquía de castas con hegemonía de la casta superior es un objetivo no declarado de este partido. No fue sin motivo que los organizadores del Bhima Koregaon rally[13] fueron atacados. Tampoco es mera coincidencia que un gran intelectual Dalit como Anand Teltumbde esté en la cárcel. No es secreto que el movimiento Hindutva, en su ideal de “nacionalismo” no tenga nada más allá del desprecio por Ambedkar[14] y su lucha por abolir el sistema de castas.

Armados de tamaña agenda reaccionaria, la RSS y el BJP partieron abiertamente para destruir el Estado secular y construir una Supremacía Hindú en su lugar. Las señales de esta agenda ya estaban puestos desde el inicio del “reinado” del gobierno Modi, con el confesionalismo motivando frecuentes linchamientos por todo el país. Hasta ahora, ocurrieron 79 incidentes de linchamientos de comerciantes de vacas por el país, entre 2014 y 2020. Veinticuatro personas murieron y 124 quedaron heridas en estos incidentes. Este es solo un parámetro de las tensiones religiosas, y es aún peor cuando tomamos en cuenta la discriminación que enfrentan los musulmanes y las minorías en lo que respecta a la vivienda y la persecución cotidiana a los musulmanes, que solo crece bajo este gobierno.

Los así llamados medios “independientes” en la India no pasan de portavoces del partido dominante. No hay ningún canal privado de noticias que no agrade al punto de vista del gobierno, en algún grado. No podemos subestimar su papel en atizar las llamas del confesionalismo. Esto quedó especialmente claro durante las protestas anti-CAA e incluso durante la pandemia, cuando todos los medios reprimieron a las instituciones musulmanas, como “antinacionales”. Un reportero incluso acuñó el término “corona-yihad”, haciendo alusión a una conspiración de Tablighi jamaat[15] para diseminar el virus en la India. Ninguno de esos canales dijo un pío cuando la administración del Templo Tirupati permitió cultos de masas, que llevaron a la infección de centenas y hasta a una muerte.

Las tensiones religiosas en la India están llegando a un punto crítico. Uno de los peores conflictos de la historia de Nueva Delhi en la pos independencia ocurrió este año, y llevó a la muerte de más de cincuenta personas y a centenas de heridos. Fue de hecho un pogromo, destinado a quebrar la solidaridad acerca de las protestas anti-CAA que golpearon la ciudad. Mientras juega ese juego del confesionalismo, el BJP también mantiene los viejos sistemas de opresión donde sean necesarios. Particularmente, los Estados de Cachemira y de la región nororiental de la India han visto una continuación de las leyes antidemocráticas, como la AFSPA (ley de los poderes especiales de las fuerzas armadas), y en el caso de Cachemira las prisiones masivas de los líderes políticos en el marco de la revocación del Artículo 370. Cachemira está bajo lockdown desde antes de la pandemia, con internet e incluso el acceso a los medios de comunicación fuertemente restrictos.

El Congreso Nacional ya había destruido a los estalinistas electoralmente, y gran parte de la izquierda está fragmentada y marginada en este momento. Este fue un legado directo del Congreso Nacional, y ahora el BJP trabaja duro para barrer lo que queda. Con todo, su gran blanco sigue siendo el viejo partido de la burguesía, y haciendo eso, el BJP no solo se consolidará como la única alternativa nacional viable para la burguesía sino que también destruirá un pilar del secularismo superficial que el Congreso había erigido. Caerá la máscara del real carácter del Estado indiano: el de ser un Estado Hindú, en el cual las minorías no hindúes y los dalits deben vivir como ciudadanos de segunda clase.

Autoritarismo creciente

Para un indiano común, la deficiencia de la democracia indiana es un hecho obvio. Para los extranjeros, todavía, la India es casi siempre presentada por los medios capitalistas como un gran ejemplo de democracia, que funciona a pesar de todas las dificultades. La elite indiana gusta darse golpecitos en la espalda y regocijarse en una aureola de supuesta superioridad moral. La verdad, sin embargo, es que la pretendida democracia indiana es profundamente defectuosa y esconde el carácter autoritario de los sucesivos regímenes desde el primer día de la república indiana.

La más clara evidencia de eso fueron los dispositivos para imponer un estado de emergencia en la Constitución. Indira Gandhi mostró cómo estos dispositivos pueden ser usados y abusados por cualquier gobierno para desmantelar los derechos democráticos de los ciudadanos y centralizar el poder alrededor de una persona. Que la India puede resbalar hacia una dictadura no debería ser una sorpresa, y ni ser descartado como una idea fantasiosa. Fue solo la acción colectiva de las masas que forzó a Indira Gandhi a revocar la emergencia e iniciar elecciones. Pero sí, las señales de un autoritarismo naturalmente embutido en el Estado indiano no comenzaron y ni terminaron con el régimen de Indira Gandhi.

En su comienzo, la táctica indiana para incorporar a los Estados principescos[16] se apoyaba en un mix de coerción y poder de persuasión. La anexión militar de Hyderabad vio las muertes de decenas de millares de civiles inocentes como consecuencia de la Operación Polo[17]; las consecuencias de la conflictiva integración de Cachemira se desenvuelve hasta los días de hoy. En Assam, la imposición de protección especial para presencia de las fuerzas militares resultó en muertes y en centenas de injustas prisiones. Vimos las peores cualidades del Estado indiano en forma acabada en las acciones coercitivas para lidiar con insurrecciones incluso en tiempos de paz. La frecuencia de los medios violentos y brutales con los cuales los partidos capitalistas dominantes imponen su hegemonía torna una idiotez cualquier idea de democracia. Incluso Nehru[18], a quien los indianos liberales prestan juramento, no dudó en poner en prisión a 22.000 indianos chinos en un campo de concentración, por el simple crimen de ser chinos. Eso fue hecho como consecuencia de la Guerra Sino-Indiana en 1962[19].

El gobierno Modi heredó simplemente la fraudulenta democracia burguesa, que es nula en servir al pueblo a menos que este se levante y luche por eso. Como su predecesor, el Partido del Congreso, el BJP, impuso una hegemonía abrumadora sobre la India, de manera similar al Partido del Congreso antiguamente, bajo Nehru. No obstante, hay una diferencia notable entre estos dos regímenes. Nehru dirigía un capitalismo indiano en una fase ascendente, en la cual había asegurado tres cuartos del antiguo dominio británico, construía nuevas industrias, y se enriquecía construyendo su poder militar y su presencia política en el mundo. Modi heredó un Estado indiano en crisis, y que encara una retracción económica; ¡una verdadera decadencia!

El gobierno del Congreso Nacional heredó las contradicciones de la lucha por la independencia indiana, en la cual un partido burgués reaccionario contuvo y desvió la energía de la lucha de clases para garantizar su propio poder. El BJP, respaldado (y controlado) por la RSS, emerge en un momento en que la clase trabajadora está en una situación crítica y se destina a servir a la burguesía indiana golpeando a su enemigo de clase. La primera precondición para eso, sin duda, es consolidarse como el único representante viable de la burguesía, y ha avanzado enormemente en esta tarea. Su segunda meta, y una de las más reaccionarias de todas, es un proyecto de ingeniería social que visa imponer un Estado Hindú sobre la India. Por sí solo, eso representa un peligro excepcional.

El BJP demuestra que usará los poderes autoritarios del Estado indiano para libre y abiertamente destruir a quien se oponga. El encarcelamiento de presos políticos en la India es una clara señal de que el autoritarismo está reemergiendo. A diferencia de los gobiernos anteriores, la degeneración del poder judicial alcanzó un nivel casi absoluto, y por primera vez, estamos encarando un gobierno que tiene una Suprema Corte extensivamente dócil, poco dispuesta a tener alguna postura que contraríe los deseos del partido gobernante. El veredicto de la Suprema Corte en relación con el caso de Prashant Bhushan[20] es muy revelador al respecto, cuando hasta un pequeño tweet criticando a un juez de la Suprema Corte por recibir un presente de un miembro de la Asamblea Legislativa del BJP resulta en condena por desacato.

En Cachemira, el gobierno instituyó un lockdown severo y sin precedentes, con suspensión de la internet y las telecomunicaciones. Por un gran período, hasta el acceso de la prensa fue bloqueado. Eso fue hecho en la continuación de la revocación del Artículo 370, que garantizaba un estatus especial a Cachemira. El estado sería abierto a una penetración aún mayor del capital indiano, una tendencia que ya estaba decolando antes bajo el gobierno del congreso. Alardeado como un divisor de aguas, que pretendidamente traería prosperidad para los habitantes de Cachemira, eso va a sacarles la autonomía, y probablemente destruirá el vulnerable ecosistema del Estado del Himalaya, presagiando desastres para la región. Por ahora, el BJP ya mostró su disposición en usar niveles de fuerza sin precedentes y eufóricamente subvertir nuestra (claudicante) democracia para alcanzar sus fines. Aunque en la práctica no sea diferente del Congreso Nacional, en esencia es indudablemente más peligroso, considerando que la finalidad que desea seguramente hará que millones de indianos sufran en una forma de apartheid y reacción social bajo una Hindú Rashtra (Nación Hindú).

La situación política así como está puesta, con el BJP alcanzando una súper mayoría en el parlamento, significa que este puede hacer pasar cualquier ley que desee. La única oposición en el parlamento son los partidos burgueses, debilitados y profundamente divididos, liderados por el Congreso Nacional –que en el momento lucha por ganar espacio– y una gama de partidos burgueses regionales. Con relación a los Estados, el dominio del BJP está mucho menos asegurado, dado que en una serie de grandes Estados los gobiernos del BJP fueron derrotados. Así, tenemos una situación en la cual el BJP aún no consolidó suficientemente su poder para llevar a cabo una alteración en la Constitución, entre tanto, está peligrosamente cerca de eso. Mucho dependerá del resultado de las elecciones en Bengala Occidental el año que viene, para ver si el BJP consigue asumir el comando del Estado que ha sido el bastión de la oposición política y uno de los principales obstáculos para la imposición de cualquier proyecto autoritario que ya se haya buscado imponer en la India.

Es un Estado que posee algunos de los mayores legados militantes de la clase trabajadora, pero también uno que ya vio algunas de las mayores derrotas de la clase. Aquí, la reacción estalinista encerró su ciclo, cuando perdieron para el TMC (Congreso Trinamool), una ramificación del Congreso Nacional, que rompió en el final de los años de 1990, durante el período de crisis de este partido (y del capitalismo indiano como un todo). El TMC inició una onda de reacción contra el pueblo de Bengala Occidental, que tuvo sus líderes altamente criminales instituyendo el terror contra cualquier simpatizante del Partido Comunista Indiano (marxista). Durante el inestable y violento período entre 2009 y 2011, centenas de cuadros del Partido Comunista fueron asesinados. La onda de violencia y discriminación se extendió por dentro del partido después de 2011, cuando innumerables intelectuales y estudiantes fueron atacados bajo la sospecha de ser “maoístas”. La única cosa que salva al TMC es que no es abiertamente confesional, disimulando un compromiso en relación con el secularismo; el mismo secularismo vacío y superficial que falló en detener la ascensión del fanatismo Hindutva.

El TMC tal vez sea la fuerza política regional más poderosa actualmente, y Mamta Bannerji (su dirigente y ministro jefe de Bengala Occidental) es la principal voz de este partido. No es difícil ver por qué muchos la consideran la dirección de la oposición burguesa al BJP. No obstante, entre el altamente criminal y reaccionario BJP, que busca engendrar conflictos para dividir a la población y asentar las bases para una discriminación institucionalizada, y el TMC, que funciona alrededor de un autoritario culto de la personalidad y utiliza la violencia de pandillas criminales para imponer su dominio, la opción es miserable. Los estalinistas prácticamente desaparecieron de la escena, dejando a los trabajadores de Bengala, otrora altivos y con conciencia de clase, entre la cruz y la espada.

En términos de política electoral y parlamentaria, la clase trabajadora tienen solo una infinidad de opciones malas para elegir. Con todo, en el campo de la lucha en las calles tenemos muchos ejemplos positivos para basarnos. A pesar de no haber conseguido forzar al gobierno y garantizar concesiones, las huelgas de enero y las acciones de los trabajadores de ASHA, e incluso los motines de los trabajadores migrantes –que tuvieron éxito en presionar al gobierno– nos da una idea de lo que realmente funciona. El poder de movilización de la clase trabajadora, pronta y armada para tomar la delantera. Sin duda, nosotros estamos en una crisis de dirección y necesitamos de una fuerza política que pueda potenciar esta fuerza de movilización de la clase trabajadora en acción, en dirección hacia una lucidez en sus objetivos políticos. Los partidos comunistas demostraron ser un fracaso en este sentido. Por lo tanto, necesitamos de algo nuevo.

Conclusiones

En 1940 (¡hace 80 años!), León Trotsky dijo que la mayor crisis de nuestro tiempo es la crisis de dirección revolucionaria. Eso es una verdad hoy como lo era tiempos atrás, si no lo es más. En todo lugar nosotros vemos el potencial de la clase trabajadora (y sus aliados) frente a nuestros ojos, siendo disipado por una ausencia de dirección, o por direcciones traidoras.

En el inicio del año, los trabajadores se movilizaron e hicieron huelgas. ¡Vimos la mayor huelga general de nuestra historia! Sí, el gobierno continúa avanzando con privatizaciones, enmiendas a las leyes laborales, y la venta de las minas de carbón. Lo que corrió mal en esta huelga, y también en las huelgas generales antes de eso fue su carácter simbólico y la falta de combatividad, que permitieron que los medios dominantes, ya sirvientes del gobierno (de ahí por qué la llamamos “Godi” medios) las ignoraron completamente, en pro de noticias más “picantes”. Sin llamar la atención, pudieron fácilmente ser ignoradas; el gobierno con su súper mayoría, y las herramientas de la opresión como la policía y los paramilitares bajo su control, pudieron fácilmente alejar la tempestad, que duró apenas dos días.

Los sindicatos son capaces de movilizar y organizar a los trabajadores, pero no de educarlos ni de elevar su conciencia política. Los sindicatos en la India están presos a una perspectiva economicista que traba cualquier acción militante de masas. Los partidos estalinistas tampoco remediaron eso; se establecieron en los sindicatos para ganar algún grado de influencia, pero sin armar a la clase con una teoría y estrategia revolucionarias. Sin eso, no importa cuántas huelgas generales hagamos, y no importa cuán grandes sean; los capitalistas indianos serán siempre los vencedores, especialmente con el BJP en el poder.

Al mismo tiempo, día tras días estamos aprendiendo sobre la falsedad de las alternativas no socialistas. El pogromo en Delhi reveló la bancarrota del Aam Admi Party (Partido del Hombre Común), que ascendió generando mucha esperanza y expectativas por cambios. Por fin, este partido se encuadró en la pequeña burguesía y en los moldes pequeñoburgueses de pensamiento. Tampoco podemos apoyarnos en las alternativas burguesas como una especie de táctica o atajo inmediato para resolver nuestros problemas más urgentes. Simplemente sacar al BJP no arreglará la podredumbre embebida en el capitalismo indiano, y no pondrá fin a la ganancia de los multimillonarios de la India, que están en este momento inflamando el ascenso de la reacción en el país. Lo mejor a que pueden llegar es poner de nuevo al Estado la máscara de una superficial secularismo, mientras siguen perpetuando la división confesional por todo el país.

De cualquier forma, la realidad actual es indiscutible, la pandemia y el lockdown solo hicieron que una situación que ya era mala se hiciese intolerablemente peor. El autoritarismo latente vino a la luz, y la apatía mortal del gobierno ya cobró la vida de más de 117.000 indianos en esta pandemia. Las oportunidades para organizar y movilizar a las masas y la construcción de las acciones políticas están limitadas. Es tiempo de perseverar bajo el peso de la reacción, y pavimentar el camino para un futuro trabajo político. Tenemos que pensar a largo plazo; porque a corto plazo, que es el presente y el futuro próximo, no tenemos nada más que reacción.

Nuestro mayor objetivo debe ser construir un partido revolucionario en la India, que sea socialista, internacionalista y revolucionario en pensamiento y acción. Eso no será hecho en un día, y tenemos una larga lucha por delante: la debemos trabar bajo condiciones muy difíciles.

[1] Ideología nacionalista de derecha, que visa establecer la hegemonía cultural Hindú, asociando sus valores como los del “verdadero indiano”, defendida por la RSS y el BJP. La RSS (Rashtraya Swayamsevak Sangh/National Volunteer Society) es una organización paramilitar nacionalista. El BJP (Bharatiya Janata Party/Partido del Pueblo Indiano) es un partido nacional fundado en 1980; llegó al poder en 2014 con Modi como primer ministro, y tiene mayoría absoluta en el parlamento.

[2] En noviembre de 2016, el gobierno sacó de circulación sin aviso previo las notas de 500 y de 1.000 rupias con el argumento de combatir la corrupción del mercado ilegal, favoreciendo las transacciones con tarjetas y medios digitales, en un país donde la inmensa mayoría de la población ni siquiera tiene cuenta bancaria. Las personas que estaban con esos billetes se vieron de la noche para el día “sin dinero”, teniendo que enfrentar filas inmensas en los bancos para cambiarlos dentro de un plazo determinado. La desmonetización sacó súbitamente 86% del dinero en circulación en la India. El GST (Impuesto sobre bienes y servicios) es un impuesto indirecto y único para toda la nación; su implementación aumentó los costos de impuestos para el consumidor y para los pequeños comerciantes y empresarios.

[3] Castas más bajas, y tribus descendientes de los habitantes originarios. También llamadas castas y tribus programadas; viven en situación de mayor vulnerabilidad social, a partir de las luchas contra la discriminación de las castas obtuvieron algunos derechos como cuotas en servicios públicos, instituciones educativas y asientos en la Cámara baja del parlamento.

[4] Crea criterios de reconocimiento de ciudadanía indiana con base religiosa, excluyendo a los musulmanes.

[5] También conocido como Congreso Nacional indiano. Es la organización política más antigua del país, fundada en 1885, durante la colonización británica; rápidamente se tornó de masas, en la dirección de la lucha por la independencia. Desde la independencia, en 1947, se volvió el partido dominante, liderando el gobierno por 49 años.

[6] Enfrentamiento entre la India y China, en una región de frontera llamada Línea de Control real; en esta región se encuentra Cachemira. Cuando en 2019 la India revocó la autonomía limitada de Jammu y Cachemira, reformuló el mapa de la región, creando el Nuevo Ladak que incluía Aksai Chin, un área reivindicada por la India, pero controlada por China.

[7] Se traduce “India autosuficiente”, según la intención de Modi de “tornar a la India una parte mayor y más importante de la economía global.

[8] La crisis agraria viene profundizándose en la India con las políticas neoliberales. Desde 1995, se estima que 400.000 campesinos se han suicidado; el índice de suicidios aumentó en 42% el primer año del gobierno Modi. En 2018, cerca de 50.000 campesinos marcharon por 186 km durante seis días, contra las políticas del gobierno de favorecer el agronegocio; en enero de este año, los campesinos hicieron parte de las protestas contra la presencia de Jair Bolsonaro en la india [fuente: Brasil de Fato].

[9] Ofrece una fachada de papeleo legal para concesiones disputadas por la industria; refuerza el poder discriminatorio del gobierno y, al mismo tiempo, limita la participación pública en la protección del medio ambiente.

[10] Este artículo, revocado en agosto de 2019, garantizaba un estatuto especial a Jammu y a una parte de la región mayor de Cachemira, con poder de constitución separada, bandera de Estado y autonomía bajo la administración interna.

[11] Decretada por la primera ministro Indira Gandhi (Partido del Congreso) entre 1973 y 1975, establecía censura a la prensa, prisiones de dirigentes de oposición y suspensión de derechos humanos básicos.

[12] Pogromos (persecución deliberada, de carácter masivo, de un grupo étnico o religioso, aprobado o tolerado por las autoridades), contra los Sikhs (adeptos al Sikhismo, la cuarta mayor religión en la India), en 1984, en respuesta al asesinato de Indira Gandhi por sus guardacostas skihs; fueron más de 8.000 muertos.

[13] Tradicional protesta de los dalits el 1 de enero, que por millares invaden Bhuma Koregaon.

[14] Dirigente Dalit en la lucha por la independencia. Fue presidente del comité de redacción de la Constitución, en la cual fue implantado un sistema de cuotas para las castas inferiores. Luchó por popularizar el término Dalit (que significa oprimido) en la India, en lugar de “intocables”, como eran llamados.

[15] Congregación religiosa que realizó un gran evento entre los días 1 al 21 de marzo de 2020, luego del cual se confirmaron más de 4.000 casos de Covid-19. Esta congregación y eventos fueron usados como “chivo expiatorio” por el gobierno para echarles la culpa por la diseminación del virus.

[16] Principados o reinos que existían en el subcontinente indiano durante el dominio británico, y en los cuales reinaba un soberano local, llamado “príncipe” por los británicos.

[17] Invasión que ocurrió en 1948 por las fuerzas armadas indianas, que resultó en la anexión del Estado de Hyderabad.

[18] Jawaharial Nehru fue el primer ministro de la India de 1947 a 1964; dirigente del Partido del Congreso durante la lucha por la independencia y uno de los fundadores del agrupamiento de Países No Alineados.

[19] Conflicto entre China y la India envolviendo la disputa por el Tíbet del Sur.

[20] Abogado y activista, formó un comité para combatir la corrupción del Poder Judicial.

Traducción del original en inglés al portugués: Roberta Maiani.
Traducción del portugués: Natalia Estrada.