Es un comentario cada vez más recurrente: las redes sociales se volvieron obituarios. El presente continuo de las mal llamadas “líneas de tiempo” trae fotos, anuncios, recuerdos de quien va siendo arrancado de nuestra convivencia.

Por: Carlos Silva

El dolor es generalizado en las familias de la clase trabajadora. Es dilacerante ver morir a madres, padres, hermanas, hermanos, hijas, hijos, amigas y amigos. Decir que estamos en guerra ya dejó de ser un figura de lenguaje, como certifican las pérdidas continuas en la lucha por la vida.

Pero quiero referirme aquí a un tipo particular de pérdida, a las muertes de camaradas. No necesariamente de militantes del PSTU, sino de cualquier persona con quien compartimos de algún modo la lucha incansable contra el capitalismo.

Todo militante es antes de todo un inconformado. En algún punto de la vida, las amarguras sufridas por nuestro pueblo, por nuestra clase, se vuelven tan inaceptables que sentimos la necesidad de hacer algo al respecto. Hay quien comienza muy joven, hay quien comienza un poco más viejo. El punto de partida puede ser en la huelga de un gremio o en la escuela donde se estudia. Pero la certeza cada vez mayor de que el mundo no debería ser como es crece y torna obligatorio hacer algo al respecto.

Como no existen salidas individuales, es natural juntarnos con quien siente la misma fuerza empujando hacia delante. En esta colectividad donde compartimos grandes ideas y osadías históricas, también compartimos las pequeñas cosas del día a día. La vida del militante es, en cierta medida, igual a la de cualquier trabajador(a). Los pequeños respiros de Humanidad que encontramos entre camaradas a veces son tan marcantes como el proyecto que nos anima.

Al mismo tiempo, la comunidad de objetivos tan extraordinarios confiere a la relación entre camaradas un sentido elevado. Nuestros lazos son sedimentados por un compromiso no solamente con quien conocemos sino también con quien nunca vimos.

Por eso el dolor de la pérdida es diferente. No mayor ni menor que la muerte de otra persona. No se trata de eso. Pero tiene un significado particular porque perdemos a alguien que se propuso estar allá, en el futuro socialista, pero tuvo la vida sesgada hoy por el capital. Es muy injusto. No debería ser así… como tantas otras cosas.

En este punto de mi escrito recuerdo la cita que Trotsky hace de Rosa Luxemburgo al final de Mi Vida. En la prisión, la dirigente alemana escribió que “un militante político debe esforzarse justamente para estar encima de las cosas, pues de lo contrario meterá la nariz donde no debe, hundiéndose en la lama”.

Obviamente, viniendo de quien viene, la frase no defiende una postura indiferente en relación con la vida. Luxemburgo habla de un modo bellísimo de lo opuesto. De la manera que lo entiendo, significa vivir el propio destino como parte de la Historia y, por lo tanto, vivir para cambiarla.

La vida de un(a) camarada es vivida de acuerdo con ese principio, es así que cada uno(a) que se va permanece. Es por eso que, cuando su nombre sea dicho en el futuro, responderemos: ¡Presente!

Artículo publicado en www.pstu.org.br
Traducción: Natalia Estrada.