“El presidente Bolsonaro, a principios de agosto, pidió al pueblo brasileño que fuese una vez más a la calle, en la Avenida Paulista, el día siete de septiembre, para dar la última advertencia (…) para que den a él y a las Fuerzas Armadas (FFAA), en caso de un probable y necesario autogolpe, aprobación para que este pudiera implementarse a la brevedad”. Pareciese más uno de aquellos mensajes que abundan en los grupos bolsonarista más duros, de no haber sido porque el mismo fue enviado, desde el propio celular de Bolsonaro a sus seguidores más cercanos el día 14 de agosto.

Por PSTU-Brasil

La escalada de amenazas golpistas de Bolsonaro avanza al mismo ritmo que él se aísla y su popularidad va cayendo (cada vez más). Acorralado por las interminables listas de casos de corrupción relacionados con la compra de vacunas, así como por la crisis económica y social, sube el tono en su marcha contra las libertades democráticas. Parte de esto fue el tragicómico desfile de vetustos tanques, realizado en la Explanada de Ministerios, el mismo día que la Cámara decidiría sobre el voto impreso.

El siguiente paso ha sido convocar a actos pro-dictaduras el próximo 7 de septiembre. Bolsonaro sabe que, hoy, no hay condiciones para la victoria de un golpe de Estado: no hay la menor correlación de fuerza para una aventura de este tipo y sectores del propio agro-negocio están divididos en relación a las movilizaciones pro gobierno. Pero él está tratando de sembrar un clima que cree las condiciones para eso, más adelante. Para eso, intenta ganar al conjunto de las Fuerzas Armadas, cuya cúpula está metida hasta la medula en corrupción, e invertir en la organización de las milicias, principalmente entre los Policías Militares.

El objetivo de Bolsonaro es justamente el de avanzar en un proyecto autoritario, ganar o no las elecciones, escapar de la cárcel y profundizar su política genocida y corrupta de guerra social contra los trabajadores y al pueblo pobre. Una guerra liderada por el ministro de Economía Paulo Guedes y que combina la continuidad de la entrega del país con el exterminio de las poblaciones indígenas, la juventud negra y la destrucción del medio ambiente.

Un gobierno más débil, pero aún sigue atacando a los trabajadores

La más reciente encuesta de XP / Ipesp, instituto de investigación vinculado al mercado financiero, registró una nueva caída en la popularidad de Bolsonaro. Según el estudio publicado el 17 de agosto, el 54% califica al gobierno como «malo o terrible». Aquellos que consideran “bueno y óptimo” suman un 23%. Es, respectivamente, es el índice de rechazo más alto y el índice de aprobación más bajo del mandato.

Desde octubre pasado, lo “pésimo” ha subido 22 puntos y lo “bueno” ha bajado 12. El colapso de Bolsonaro se refleja en la intención de los votos. Si las elecciones fuesen hoy, perdería frente a cinco precandidatos.

Aunque está en las cuerdas, el presidente aún sigue atacando a la clase y sacando provecho de la destrucción de los derechos, como lo está haciendo a través de la aprobación de la PL 1045, o Mini Reforma Laboral (leer más en las páginas 6 y 7), de la Reforma Administrativa en el sector público (página 10) y de las privatizaciones.

No es hora de «frenar» las luchas, sino de profundizarlas, Rumbo a la Huelga General

La escalada golpista de Bolsonaro -así como el hambre, el desempleo masivo y los incesantes ataques a los derechos- demuestra que no es el momento de “frenar” las manifestaciones, como indicaron a la prensa algunos dirigentes de la “Campaña Fora Bolsonaro”. Ya que empujar   el desgaste de Bolsonaro hasta 2022   es dejarlo avanzar en el proyecto de destrucción del país y en su articulación golpista.

Lo que se necesita es todo lo contrario: intensificar las luchas y manifestaciones y preparar, desde ya, una Huelga General que paralice la producción y sectores clave de la economía y poner a Bolsonaro contra la pared, derrotando su proyecto genocida y autoritario. El siguiente paso es este “7 de septiembre”, junto con las movilizaciones del “Grito de los Excluidos”

El Día Nacional de Luchas tuvo una fuerte paralización del sector público y protestas en todo el país.

El día 18 de agosto estuvo marcado por una fuerte paralización de los servidores públicos y manifestaciones en prácticamente todo el país. Para tener una idea, solo en el estado de Ceará hubo paros y movilizaciones en 30 ciudades, solo para empleados municipales. Destacaron los trabajadores de la educación pública. Desde trabajadores de universidades e institutos federales, incluso hasta profesionales de la educación en los estados. La jornada también estuvo marcada por un fuerte paro en el sector de la salud.

“También hubo una fuerte participación de la Seguridad Pública, en la Policía Civil, con el paro de las comisarías”, dice Paulo Barela, de la Secretaría Ejecutiva Nacional de CSP-Conlutas. “Además del sector público, tuvimos la participación activa de trabajadores del sector privado, como en São José dos Campos, con metalúrgicos de la región”, informa, además, que destacaron también las movilizaciones de los movimientos populares.

El día 18 demostró que existe una indignación muy fuerte en el sector público contra la Reforma Administrativa y todos los ataques del gobierno y del Congreso Nacional al sector, y de la población en general contra el gobierno, y que “existe una gran adherencia hacia el Fora Bolsonaro e Mourão”, resume.

Un programa de los trabajadores para la crisis

Brasil tiene un sistema de salud pública que, a pesar de la acción destructiva de los sucesivos gobiernos, es uno de los pocos en el mundo con cobertura nacional y gratuita. Cuenta con avanzados centros de investigación y una tradición de vacunación que ha erradicado enfermedades como la poliomielitis. ¿Cómo es posible que, con esto, aun estemos en lo más alto del ranking mundial de muertes diarias por COVID-19? ¿Cómo es posible que, siendo el segundo mayor productor de alimentos del mundo, haya personas en filas interminables, en busca donación de restos de huesos en las carnicerías?

Esto se debe a que, en el Brasil, como en el resto del mundo, la riqueza producida por la clase trabajadora no es revertida para mejorar las condiciones de vida de las personas. En el capitalismo, la riqueza es apropiada por una pequeña parte, es decir, al 0,1% de los banqueros, grandes empresarios y multimillonarios. Es una lógica que, en el contexto de un país semicolonial y sumiso al mercado internacional, hace que el arroz que falta en la mesa de los pobres (que ha subido 122% en los últimos 12 meses) vaya a parar a la producción de alimentos para ganados y la exportación de carne.

El gobierno de Bolsonaro responde a la crisis intensificando aún más esa política, quitando derechos a fin de aumentar la explotación, entregando el patrimonio nacional al imperialismo y profundizando aún más nuestra sumisión. Provocando el desmantelamiento de los servicios públicos, para pagar la mal llamada deuda pública a los banqueros; atacando a los servidores públicos e impidiendo la demarcación de las tierras indígenas y quilombolas, legalizando el monopolio de las tierras; y al mismo tiempo, prender fuego a la Amazonia.

Es necesario invertir esa lógica. En lugar de que la economía funcione para enriquecer a los multimillonarios, tenemos que hacer que funcione en beneficio de los trabajadores, las trabajadoras y la mayoría de la población. Garantizar la vacunación, la salud pública y el fin del desempleo, el ahogamiento y la hambruna, así como el trabajo precario.

Como también para que tengamos servicios públicos, como salud, saneamiento básico universal, vivienda para todos y tierra para quienes la necesiten, implementando una reforma agraria radical y la demarcación de tierras indígenas y quilombolas. Y, así como, detener las privatizaciones y la entrega del país y proteger la cultura y el medio ambiente.

Solo hay una forma de hacer eso: quitárselo a los multimillonarios y a los súper ricos. Primero, dejando de pagar la deuda de los banqueros e invirtiendo fuertemente en la creación de empleo, en salud, educación y vivienda. En el mismo sentido, nacionalizar el sistema financiero, ponerlo bajo el control de los trabajadores, prohibir la fuga de capitales y garantizar el crédito a las pequeñas empresas.

Es necesario, también detener la entrega del país, revertir las privatizaciones y renacionalizar (sin indemnización y bajo el control de los trabajadores) las empresas privatizadas, así como la salud privada. Así como, imponer impuestos a las grandes fortunas, a las ganancias e intereses de las 250 mayores empresas y bancos.

Un programa de los trabajadores para enfrentar la crisis también necesita reducir la carga de trabajo, sin reducir los salarios, revocar la ley de tercerización y reformas laborales, además de acabar con la precarización del empleo.

Por un «polo revolucionario y socialista»

Solo es posible enfrentar a la crisis sanitaria, económica y social enfrentando a los superricos. Así como también los problemas estructurales, como el desempleo, el hambre, el trabajo precario y la destrucción del medio ambiente. Sin embargo, eso es imposible gobernando con y para la burguesía, como defiende Lula, la dirección del PT y las alternativas burguesas que buscan construir lo que ellos llaman la “tercera vía”.

Recientemente, Lula afirmó estar en contra hasta de la imposición del cobro de impuestos a las grandes fortunas, en un momento en que los mismísimos burgueses del quilate de Bill Gates y George Soros piensan que es injusto pagar tan pocos impuestos.

¿Qué esperar de un gobierno de Lula junto a banqueros, latifundistas y megaempresarios que, aún hoy, están imponiendo esta política de desmantelamiento de los servicios públicos, la Reforma Laboral, la inflación en los alimentos   y la violencia en el campo?

El programa de la dirección del TP es “más de lo mismo” de los últimos 500 años en Brasil. Lamentablemente, la dirección mayoritaria del PSOL defiende el voto en Lula en la primera vuelta, absteniéndose de presentar una alternativa independiente y poniéndose al arrastre de esa perspectiva de conciliación de clases.

Necesitamos construir un polo en defensa de una alternativa de independencia de clase, socialista y revolucionaria. Que actúa tanto en las luchas como en las elecciones, contra los proyectos de la burguesía y los programas condicionados a los límites del capitalismo, como el de Lula. Una alternativa que presenta a la clase obrera un proyecto que no sea el de ir a la espalda de la burguesía, esperando las migajas, sino de hacer una verdadera transformación social.