¿A quién sirve Bolsonaro y la nueva derecha?

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Cuando Bolsonaro y el grupo de derecha que dirige defienden las consignas “Dios, Patria, Familia y Libertad” y atacan a los “comunistas” y el “globalismo”, ¿qué y a quiénes precisamente defienden? ¿Al servicio de qué intereses están? ¿Hay algo de progresista en estas consignas? ¿Bolsonaro es, en algún sentido, antisistema? Para ilustrar lo que vendrá a continuación, tomaremos un ejemplo reciente que conmocionó a Brasil: el empresario Thiago Brennand.

Por: Gustavo Lopes Machado, del Canal de Orientación Marxista

Multimillonario, de una familia tradicional de Recife, poseedor de un arsenal con más de 50 armas, autos y propiedades de lujo, guardias de seguridad privada, etc., Brennand recibió más de una decena de denuncias de mujeres que fueron atraídas a su casa para ser luego violadas, sometidas a prisión privada y hasta tatuadas a la fuerza con las iniciales de su nombre. Algunas incluso llegaron a procesarlo, pero los casos fueron archivados gracias a las acciones de sus muchos abogados.

Todo duró hasta que un video de Brennand agrediendo a una mujer en la entrada de un gimnasio se hizo viral. Solo entonces, en respuesta a una denuncia del Ministerio Público, Brennand protestó, pero solo porque su nombre estaba mal escrito. Según él, habría sido algo intencional, para pasar la siguiente impresión: “Como si mi nombre fuese solo un nombre más” .

Como veremos, a pesar de parecer extremo, el caso de Thiago Brennand es un ejemplo emblemático de los empresarios brasileños y nos ayudará a entender qué tipo de “patria, familia y libertad” defiende Bolsonaro.

Defensa de los ricos. ¿Qué esconde el discurso de Bolsonaro?

Cuando Bolsonaro habla de la defensa de la familia, no habla de las condiciones de vida y supervivencia de las decenas de millones de trabajadores y trabajadoras brasileños. Casi todas las familias no poseen nada. En el mejor de los casos, una casa o un vehículo. ¿Bolsonaro defendería, con el lema “familia”, un programa de viviendas populares, pleno empleo, salarios dignos o algo por el estilo? Evidentemente no.

La “familia”, en este caso, es el nombre que identifica a una familia de grandes propietarios, que garantiza que la riqueza de la sociedad permanezca en manos de un mismo grupo reducido de personas, de generación en generación, expresada por un “nombre de familia”. De ahí la expresión, hoy en desuso, de “personas de familia”. Por eso se quejó Thiago Brennand: porque lo trataron “como si mi nombre fuese solo un nombre más” .

Si bien la defensa de la familia parece referirse a toda la población del Brasil o algo cercano a eso, el término oculta las diferencias reales entre las millones de familias. Hace prevalecer los intereses de un grupo restringido, que ni siquiera ganó sus fortunas por méritos propios o mediante el trabajo, sino simplemente las heredó. De ahí viene la fortuna de Thiago Brennand.

«Libertad». ¿Quién estaría en contra? Pero, seamos realistas, esta palabra tiene un significado muy diferente cuando se aplica a personas con posiciones diferentes en la sociedad. Todas las consignas de Bolsonaro son abstractas y generales. No se refieren a nada específico. Habla de “libertad” para los poseedores del dinero y ninguna libertad para el conjunto de la población, que vive de su salario y de su trabajo. El patrón tiene la “libertad” de despedir, de pagar lo mínimo posible. ¿Puede el trabajador despedir al patrón? ¿Quién realmente arriesga su piel?

Thiago Brennand tiene la libertad de comprar un arsenal con 50 armas sofisticadas, pagar guardias de seguridad privados, vivir en mansiones de máxima seguridad, invertir sus millones en la bolsa de valores, ganando el excedente producido por sus trabajadores. ¿Y para qué tiene libertad la clase trabajadora brasileña?

De hecho, la clase trabajadora conquistó, colectivamente y a duras penas, un salario mínimo, pisos salariales, la libertad de organizarse para luchar por mejores salarios, aunque signifique reponer la inflación. Solo colectivamente puede enfrentarse y “negociar” con el patrón. Para Bolsonaro, todo eso es una gran carga para los empresarios brasileños. Atacan su “libertad”. Aquí, podemos ver claramente al servicio de cuáles intereses están estas palabras vacías utilizadas por Bolsonaro.

Derecha: discurso ‘antisistema’ esconde defensa del capitalismo

El discurso de Bolsonaro, sin embargo, jamás tendría cohesión si no adquiriese una apariencia antisistema. De ahí su éxito, no solo en el Brasil, sino también de la extrema derecha en otras partes del mundo. A pesar de esta apariencia, no hay absolutamente nada de progresivo en él. No hay absolutamente ningún ataque único contra el sistema establecido.

El capitalismo mundial ha llevado a una crisis sin precedentes. La clase trabajadora, en la lucha por la supervivencia, ha recurrido a la migración en masa, de un país a otro, de una región a otra. Con la escasez de puestos de trabajo, se ha reducido el poder adquisitivo de la clase trabajadora y, con ello, el crecimiento de las propias empresas.

Cada vez más los empresarios se convierten en meros rentistas, dependientes de los intereses que paga el Estado a través del mecanismo de la deuda pública. El Estado crece en todo el mundo, no para ofrecer servicios para toda la población, sino para remunerar a los grandes capitalistas, a través de títulos de la deuda.

Para colmo, una nueva revolución tecnológica centraliza, cada vez más, el capital en un pequeño grupo de empresas extranjeras, que ahora abarca la industria, el comercio, el transporte, la educación, en niveles nunca antes vistos. Basta mirar a nuestro alrededor para ver que todo lo que consumimos se produce en unas pocas industrias, ubicadas en unos pocos países. Cada año, la gran mayoría de la riqueza producida migra hacia allá.

En medio de todo esto, un sector en particular ha sufrido un duro golpe. Los pequeños y medianos propietarios son, día tras día, arruinados. Se desmoronan los pequeños y medianos capitales. El gran capital ya no los necesita, al menos en la misma proporción que en otros tiempos. En las terminales automotrices, por ejemplo, se han unificado decenas de autopartes en una única unidad productiva.

En las grandes empresas, los trabajadores con mejor remuneración, ya sea con formación técnica o administrativa, se reducen al mínimo posible. Son reemplazados por la automatización, que ahora une a técnicos especializados y gestores en una sola persona, asesorada por sistemas computarizados e inteligencia artificial. En el ámbito del Estado, cada vez se destinan menos recursos al gasto público y, sobre todo, a la formación superior y especializada, en un país cada vez más consumidor de tecnologías.

¿Qué propone la derecha en Brasil y en el mundo?

Para remediar el capital nacional en decadencia, con miles de empresas cerradas cada año, el presidente no propone cambiar una coma en la tajada que el capital internacional le arranca al país cada año. Antes, concede la libertad de deforestar sin límites, destruir comunidades indígenas, quilombolas, campesinas y ribereñas, si es necesario, y adoptar una cartera de trabajo “verde y amarilla” que entierra todas las garantías laborales. Todo en nombre “de la Patria y de Dios”.

Pero es necesario elegir un villano. Ora encarnado por los “comunistas y los globalistas”. Ora, por los gobiernos anteriores, que, según dicen, destinaron la riqueza brasileña a Cuba, Venezuela, etc. El argumento no tiene pies ni cabeza.

En 2021, R$ 390.000 millones salieron del Brasil y se fueron a otros países del mundo en forma de ganancias y dividendos extraídos de aquí por las grandes empresas extranjeras. Buena parte proviene de los “globalistas” accionistas de la Petrobras, nadando en la política de precios defendida por Bolsonaro. Eficiencia para los propietarios de acciones, con miles de millones en dividendos y altos costos para toda la población.

Por otro lado, en las últimas décadas, la riqueza brasileña invertida en el exterior –ya sea en Cuba, Alemania, Estados Unidos o en Marte– siempre ha sido irrisoria. El capital brasileño, yendo cuesta abajo, quiere sacar leche de la piedra, para chupar lo que sobró frente a la decadencia del país. Y Bolsonaro está al servicio de desatar todas y cualesquiera amarras de ese grupo tan particular de “patriotas y cristianos”.

¿Cuál es la salida? La necesidad de una alternativa socialista y revolucionaria

El discurso de Bolsonaro, con su apariencia de radicalidad, suena atractivo para millones de brasileños desesperados con la decadencia descrita arriba. El trabajador formal desciende a la informalidad, el bien pagado desciende al nivel mínimo de remuneración, el pequeño propietario pasa a ser asalariado, y hasta el mediano empresario se ve amenazado.

No hay nada de progresivo en el discurso de Bolsonaro y de la derecha. Lo que proponen es la “libertad” absoluta para los grandes empresarios brasileños –esas “personas de familia”– para explotar lo que queda, sin límite alguno, y, al mismo tiempo, defienden el obstáculo cero para el capital internacional: los verdaderos “globalistas””. Todo está abierto para ellos.

Toda esta libertad debe implementarse con la fuerza del látigo, si es necesario. Armas para los Brennand, ninguna libertad para que los trabajadores defiendan colectivamente sus intereses. La organización colectiva es cosa de comunistas, dicen. Al contrario, poder concentrado en manos del Ejecutivo bajo la tutela del Ejército.

Por eso, Bolsonaro representa hoy una amenaza inmediata. Y debe ser derrotado. Lula y el PT, mientras tanto, se han esforzado por apaciguar los ánimos, capitulado ante cada una de estas banderas bolsonaristas y de la derecha. Alckmim como vice, para apaciguar al gran capital. Nada de revocar la Reforma Laboral. “Carta de Compromiso a los Evangélicos”, no para reafirmar la libertad religiosa, sino para garantizar los privilegios políticos de un grupo religioso que hoy ocupa varios puestos en el poder.

Es imposible parar el desarrollo de un movimiento reaccionario en el Brasil sin poner en el orden del día la necesidad de una alternativa revolucionaria y socialista. Es necesario mostrar que esta es la única alternativa y que Bolsonaro no representa nada más que la profundización del escenario ya colocado en el país, aunque por medios más directos y violentos.

El voto crítico a Lula en la segunda vuelta no puede confundirse con un discurso de que su gobierno resolvería, aunque sea parcialmente, los problemas del país o cambiaría su rumbo. No lo hará. Sin embargo, Bolsonaro representa una amenaza inmediata a la libertad de organización de la clase trabajadora y de los sectores oprimidos en todos los niveles, a la posibilidad legal de llevar adelante un programa socialista, el único capaz de presentar soluciones al escenario que irremediablemente se configura.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 12/10/2022.-

Traducción: Natalia Estrada.

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