El 20 de noviembre de este año tiene un significado muy especial. Es un día en el que confluirán la lucha contra el racismo, la campaña Fuera Bolsonaro y demás luchas de la clase trabajadora. Es la oportunidad de poner en las calles la discusión sobre una necesidad histórica: la imposibilidad de separar las luchas contra la explotación capitalista del combate a las opresiones.

Por: Wilson Honório da Silva

Esta es una verdad válida para toda forma de opresión, como el machismo, la LGBTIfobia y la xenofobia, y para cualquier rincón de un mundo caracterizado por el profundo abismo que separa a un puñado de multimillonarios de un océano de gente cada vez más pobre, naufragada en el hambre, en el desempleo o en los desastres causados por la destrucción del medio ambiente. Todo eso agravado por una pandemia cuya falta de atención por parte de esa elite provocó, hasta el momento, más de cinco millones de muertes en el mundo.

Con todo, es algo particularmente importante en relación con el racismo en el Brasil, el país con la mayor población negra fuera de África, que encaró 388 de esclavitud que dejaron como herencia una situación que hace que todos los índices socioeconómicos relativos a los descendientes de esclavizados africanos sean inferiores a los registrados incluso en las camadas más explotadas de la clase trabajadora.

Cartel en la Avenida Paulista, San Pablo, denuncia la vuelta al hambre.

“El trabajador de piel blanca no puede ser emancipado donde el de piel negra es estigmatizado”

La frase está en El Capital (1867), en el cual Marx “dio una bronca” al movimiento obrero norteamericano, “que quedó paralizado mientras la esclavitud desfiguraba” el país, discutiendo cómo la opresión racial, además de inadmisible en aquello que significaba en términos de violencia cotidiana y deshumana, afectaba al conjunto de la clase trabajadora.

Primero, porque acababa repercutiendo en el rebajamiento de las condiciones de vida de toda la clase, incluso de los blancos pobres. Segundo, porque la ideología racista, creada para justificar la esclavitud, era una expertísima táctica utilizada por la burguesía para, además de lucrar aún más con la superexplotación de una parte enorme de la población, dividir a la clase obrera y, consecuentemente, debilitar sus luchas.

Pasados casi 200 años, las enseñanzas de Marx no solo continúan válidas sino, incluso, se tornaron aún más necesarias frente a la profundización de la crisis del capitalismo y cómo eso ha intensificado toda y cualquier forma de opresión, algo particularmente real en un país que vive bajo un gobierno fundamentalista, genocida y escandalosamente racista como el de Bolsonaro.

Y, por eso mismo, el 20N tiene un carácter tan especial. En otras partes del mundo, los actos pueden y deben servir como palcos para la celebración, simultánea, de la conciencia negra y de la conciencia de clase.

Independencia de clase en la lucha contra el racismo y la explotación

Acto contra el racismo en la Zona Sur de San Pablo. Foto: Romerito Pontes.

 Conciencia negra que rescate la tradición de Zumbi, Dandara, Luiza Mahin, Teresa de Benguela y todos nuestros ancestros quilombolas que entendieron que la lucha contra el racismo solo puede ser victoriosa si se vuelca contra el sistema que lo alimenta y de él se beneficia, y construida alrededor de la solidaridad y la unidad con los demás oprimidos y explotados, como ocurría en Palmares, que también abrigaba a indígenas, blancos pobres y perseguidos por los colonizadores.

Conciencia de clase que levante bien alto la necesidad de derrocar el gobierno Bolsonaro ya, y no en un distante 2022. Primero, porque quien tiene hambre, tiene prisa. Segundo, porque sabemos que el proyecto electoral de Lula, del PT, y de la mayoría de la dirección del PSOL y sus aliados implica mantener la cocción de Bolsonaro en baño-María para servirnos, el año que viene, un intragable “gobierno de unidad nacional”, en una alianza basada en la conciliación de clases y en la unidad con herederos de la Casa Grande.

Un proyecto que camina en el sentido opuesto de la necesidad cada vez más urgente de unificar a los trabajadores y trabajadoras y sus luchas, superando, incluso, las ideologías que nos dividen, para la construcción de un mundo en el que “los de abajo” gobiernen, reflejando toda la diversidad en términos étnicos-raciales, de orientación sexual, identidad de género, origen regional, etc., que caracteriza a la clase obrera.

Por eso mismo, al tomar las calles este 20N, nosotros del PSTU, junto con aquellos y aquellas que están construyendo el Polo Socialista y Revolucionario y nuestros aliados en los movimientos popular y sindical, de la juventud, de mujeres y LGBTIs, de la ciudad y del campo, queremos recordar el porqué de repetir con tanta frecuencia una enseñanza de Malcom X: “no hay capitalismo sin racismo”. Algo que solo puede ser entendido en su doble sentido, en función de lo que discutiremos a continuación.

Capitalismo: “el enemigo de la raza negra es también el enemigo de los trabajadores blancos”

Este es un fragmento de las “Tesis sobre la cuestión negra”, votadas en el Cuarto Congreso de la Internacional Comunista, realizado en noviembre de 1922, cuando, aún bajo el comando bolchevique de Lenin y Trotsky, el movimiento comunista internacional entendía la necesidad de articulación permanente entre el combate al racismo y la lucha anticapitalista, defendiendo que eso resultaba de una realidad indefectible: negros y negras y el conjunto de la clase trabajadora tienen los mismos enemigos: el capitalismo y el imperialismo.

Lo que ya era un hecho incuestionable hace 100 años, hoy está aún más abierto frente a la profundidad de la crisis del sistema, y en un país que pasa por un proceso de recolonización imperialista que en el Brasil tiene como cómplices y socios minoritarios a empresarios, banqueros y miembros de agronegocio.

El “color” y el género de la miseria, del hambre y del desempleo

Primero, es inevitable constatar que cuerpos negros ocuparon de forma totalmente desproporcionada las fosas abiertas por el gobierno genocida de Bolsonaro. Por ejemplo, en 2020, en la ciudad de San Pablo, de acuerdo con el Instituto Polis, para cada 100.000 personas blancas, fueron registradas 157 muertes por Covid-19, mientras entre los negros la relación fue casi el doble: 250 por cada 100.000.

Ya una encuesta publicada el 20 de setiembre de 2021 por la Red de Pesquisa Solidaria demostró que “mujeres negras mueren más de Covid-19 que todos los otros grupos (mujeres blancas, hombres blancos y negros)”, independientemente de la ocupación.

En el Brasil hay mucha gente con hambre. En números concretos, de acuerdos con la Investigación Nacional sobre Inseguridad Alimentaria en el Contexto de la Pandemia de Covid-19 en el Brasil, de la Red Penssan, en 2020 (o sea, antes incluso de la disparada de la inflación y de los precios de la garrafa de gas y los alimentos, además del corte del auxilio de emergencia), nada menos que 55% de la población brasileña, 116,9 millones de personas tuvieron algún grado de inseguridad alimentaria y, de estas, 19,1 millones, literalmente, pasaron hambre.

Aun según el estudio, si es verdad que el hambre, en primer lugar tiene “clase” y CEP [código postal], lo que hace, por ejemplo, que de las 16,1 millones de personas que viven en favelas, 11,5 millones sufran con la inseguridad alimentaria grave, también es imposible cerrar los ojos para cuánto el racismo contribuye a esa calamidad: 76% de las personas que pasan hambre son negras. Y, entre ellas, la mayoría es formada por mujeres que encabezan sus familias.

Una situación directamente relacionada con el desempleo, una plaga que se extendió por la sociedad en la huella del Covid-19, de la reforma laboral, de la Ley de Tercerizaciones, en el proceso de precarización del trabajo. Y que afecta, sobre todo, a las mujeres negras. Según estudio de la Secretaría Municipal de Desarrollo Económico, Innovación y Simplificación (SMDEIS) de Rio de Janeiro, en el primer trimestre de 2021 la participación de las mujeres negras en el mercado de trabajo cayó 9%, pasando de 56% para 47%. En el mismo período, mujeres blancas y hombres negros enfrentaron caída de 5,9%.

Como si eso no bastase, en un país que nos trató como “cosas” durante casi 400 años, el genocidio negro fue absurdamente “naturalizado”. Dos datos son lamentablemente suficientes: según el Atlas de la Violencia/2021, 77% de las víctimas de homicidios son negros, y, de acuerdo con el Monitor de la Violencia, en 2020, 78% de los muertos por la policía también estaban entre los nuestros.

Salida: aquilombar, para liberar a negros y negras y unir a la clase trabajadora

No negros(as) no pueden olvidar que no hay cómo luchar contra la explotación, la miseria, el desempleo y el hambre sin incorporar las demandas y construir alianzas con aquellos y aquellas que, por haber sido históricamente marginalizados, sienten todo eso de forma más perversa e intensa incluso que la mayoría de los trabajadores.

Negros y negras precisan recordar que para conquistar igualdad, libertad y justicia, de hecho precisamos destruir el sistema que siempre nos negó todo esto. Una tarea que exige conciencia quilombola en su sentido más profundo: la construcción de una experiencia de autogobierno, como escribió Clóvis Moura, en “Quilombos: resistencia al esclavismo”, de 1993.

Un tipo de autogobierno en todo opuesto al mundo burgués, como fue relatado, con horror, por un capataz enviado como espía, en 1677, hacia adentro de Palmares: “Entre ellos todo es de todos, y nada es de nadie, pues los frutos de lo que plantan y recogen, o fabrican en sus tiendas, son obligados a depositarlos en las manos del consejo, que reparte a cada uno cuanto requiere para su sustento”.

Es por esa sociedad que lucharemos el 20N y en las Marchas de la Periferia, que este año tiene como lema “No volveremos a las senzalas ni a los sótanos de la dictadura”, pero que, también, debe estar en el horizonte de las luchas cotidianas de los movimientos sindicales y populares, de la juventud, y de todos los sectores sociales.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 10/11/2021.-
Traducción: Natalia Estrada.