Lun Ene 30, 2023
30 enero, 2023

La jornada del 19 de enero en Perú

La jornada del jueves 19 de enero propagandizadas como Paro Nacional o la Toma de Lima, constituyó un escalamiento más de la conflictividad que se reinició el 04 de enero en las regiones del sur, y que seguirá su desarrollo en su camino hasta acabar con el nefasto régimen que encabeza Dina Boluarte.

Esta vez el epicentro fue Lima, donde se concentraron y movilizaron al menos unas 10 mil personas, en su mayoría venidos del interior del país. La movilización fue reprimida por una lluvia de bombas lacrimógenas, provocando enfrentamiento con grupos de manifestantes, hecho que fue registrada por la numerosa prensa nacional e internacional que cubre lo que sucede en el país.

Cuando aún caían las bombas y los manifestantes se defendían, estalló un feroz incendio en una casona antigua del centro sin conocerse los motivos, aunque algunos testigos señalan que vieron caer una de las bombardas que lanzaba la policía sobre el techo del edificio siniestrado.

En el interior del país también hubo movilizaciones, en algunos puntos masivas, sobre todo en el sur, extendiendo los bloqueos de carreteras a 120 puntos en todo el país.

En el Cusco, Juliaca y Arequipa, cientos de manifestantes intentaron tomar las instalaciones de los aeropuertos, pero fueron repelidos. En esta última ciudad cayó otra víctima por el impacto de una bala, elevando los fallecidos a medio centenar.

Al finalizar la noche, la presidenta Boluarte junto a alguno de sus ministros ofrecieron una conferencia de prensa con aires de «tarea cumplida», manifestando que todo estaba «bajo control», que la policía había actuado de manera impecable y que los hechos mostraban que los desmanes eran provocados por un grupo de vándalos. Así, la burguesía y la clase media se fue a dormir con cierta tranquilidad, con la expectativa de una resolución pronta del conflicto.

No obstante, esta historia está en desarrollo.

La jornada

La marcha fue propagandizada como la “Toma de Lima” o de los “Cuatro Suyos” (denominada así por el nombre de las cuatro regiones que conformaban el antiguo imperio de los Incas). Este nombre ya había sido usado el año 2000, cuando más de cien mil personas provenientes de todas las regiones del país se movilizaron a Lima para derrocar a la dictadura de Fujimori.

Llamar a la acción “Toma de Lima” resulta una propaganda legítima de los que luchan, identificando su verdadera fuerza y la ubicación de la cabeza de sus enemigos. Pero su profusa propaganda esta vez es alimentada por los grandes medios para azuzar miedo en los sectores medios de las ciudad, para así justificar la represión. Un miedo que se arrastra desde la colonia, cuando los conquistadores vivían asustados porque se veían rodeados y atacados por masas de indígenas.

La marcha a Lima, hasta el momento, ha significado el desplazamiento de un promedio de 5 mil manifestantes desde el interior. Es bastante, pero al mismo tiempo insuficiente para efectivamente “tomar” una extensa ciudad de 11 millones de habitantes.

Es bastante porque son habitantes que provienen de comunidades y poblaciones muy pobres y distantes, ubicadas en las entrañas agrestes del ande peruano. Sus rostros son cobrizos y curtidos por el frío helado característicos de la gente del campo. Han venido con lo que tienen a mano: cargando sus pequeñas alforjas; luciendo sus ropas típicas, con tupidas polleras y sobreros las mujeres de Puno, con ponchos rojos los comuneros de Espinar (Cusco), con sus látigos y distintivos negros los campesinos de Huancavelica. En general, vestimentas modestas.

Ellos pernoctan en el suelo en el campus de la ciudad universitaria de San Marcos y de la Universidad de Ingeniería, preparan sus alimentos en Ollas Comunes y se sostienen con las donaciones que reciben. Solo la propaganda amarilla puede presentar a esta gente auténticamente del pueblo, como “financiados” y “violentistas”.

Lo que sí muestran en sus consignas y en sus gritos es su inmensa bronca contra el régimen que asesinó y asesina a sus hijos. Algunos marchan cargando las fotos o imágenes de los fallecidos. Otros, diversos ataúdes alegóricos a la estela de muerte que ha dejado la acción del gobierno sobre ellos. Vienen a Lima esperando convencer a la población de su justa causa y conseguir su apoyo para acabar con el régimen asesino. Sin embargo, en las calles de una inmensa ciudad de cemento y controlado por un férreo cordón policial y militar, y sometido al bombardeo de medios de comunicación monocordes con la versión oficial, comprueban que sus fuerzas son insuficientes.

Para que el paro fuera exitoso dependía de la central sindical, la CGTP, que representando a la mayoría de las organizaciones, sobre todo obreras, lo convocó. Pero la central no hizo más que anunciarla y no paró nadie, y en la dirigencia nadie se inmuta ni explica nada porque esta conducta ya es una costumbre.

La CGTP y los grupos políticos de la izquierda reformista, que comparten su política, se concentraron en realizar solo la movilización. Pretendieron llevar la movilización hacia Miraflores (zona residencial de Lima), como decía Otárola (primer ministro), realizando un ejemplo de manifestación cívica bien acordonada y protegida por la policía. Con esto dividieron la movilización.

Entretanto, la columna provinciana salió desde las primeras horas del día a marchar por el centro de la ciudad, y en horas de la tarde, desplegando todas sus fuerzas, se dirigió hacia el Congreso donde, en el camino, fue atacada con una lluvia de bombas lacrimógenas, provocando los enfrentamientos que informan los medios.

Entre tanto, la dirección de la CGTP y los partidos «de izquierda» abandonaron la escena, y a quienes se enfrentaban a la represión.

Cuando estos enfrentamientos recrudecían, al aproximarse la noche, se produjo el siniestro, que en la oscuridad de la noche parecía dantesco. El cuadro fue perfecto para que el gobierno presentara un balance favorable de la jornada. El gobierno había “controlado” lo que se había anunciado como una “toma” de la ciudad en toda la regla, dando muestras de «tolerancia y ejemplar conducta de sus efectivos», y mostrando a los marchantes provincianos como los únicos violentistas. Incluso señalándolos como responsables del siniestro.

Perspectivas y tareas

Luego de estos hechos las clases altas pueden respirar con cierta tranquilidad. Pero el mensaje que recibe la mayoría, puesta en pie de lucha, es de soberbia por parte de los que gobiernan y en particular de Boluarte, responsable de la masacre de sus hijos y de que su lucha haya llegado a Lima, extendiendo su inmenso sacrificio, en lugar de escuchar un sincero perdón o al menos producir algunos cambios en la línea de lo que ellos demandan.

Así, el conflicto se atiza más.

Los marchantes en Lima podrían ver aumentar su número con la llegada de más refuerzos. En el sur, la lucha (que formalmente es una huelga indefinida), continuará produciendo nuevos choques, posiblemente más violentos, como el que acaba de producirse en el interior de Puno (Macusani), donde la policía mató a otro poblador (uno más moriría al día siguiente), desencadenando una bronca que terminó en el ataque e incendio de la comisaría.

La lucha es heroica y dura, pero enfocada en las poblaciones del sur del país, cuyas fuerzas no son suficientes para derrocar al régimen, sostenidas por economías de sobrevivencia.

El régimen, a expensas de su mayor descrédito y debilitamiento, muestra disposición para seguir reprimiendo en defensa de lo que está detrás de ellos: el poder de las grandes mineras, agroexportadores y oligopolios, que son los verdaderos dueños del país.

Lo cierto es que la falta de propósito de enmienda de los que ejercen el gobierno y el poder, dilata una salida más pronta y menos costosa. La confirmación del adelanto de elecciones para el 2024 votado en diciembre por el Congreso, recién será corroborado –o no—en una segunda votación que recién se realizará en marzo. Los más «radicales» de los que se llaman «demócratas» en el Perú plantean que las elecciones sean adelantadas para este año.

Pero los pueblos no van a dejar de luchar ni mañana ni pasado. No van a esperar hasta marzo. Están en lucha, por lo menos hasta cobrarse la vida de sus 50 hijos con la renuncia y cárcel de Boluarte, Otárola y los que resulten responsables.

Esta gran lucha podría triunfar en su propósito de derrotar al régimen si a ella se suma la clase obrera con sus organizaciones, en particular realizando un paro obrero que paralice efectivamente fábricas y minas (es decir, golpe los bolsillos de la burguesía) y la coloque en la calle a los batallones obreros junto a sus hermanos del campo en lucha.

La central burocratizada y manejada por el PC, que no garantizó la paralización el 19, a la que ella misma llamó, y que renunció a enfrentar a la policía y llegar a Palacio de gobierno, va a continuar su política vacilante. Por ello la tarea de movilizar a la clase obrera o a sectores de ella, es tarea de la vanguardia obrera y de los luchadores clasistas, que deberán imponerle a la CGTP la convocatoria a una verdadera paralización nacional.

Los grandes paros nacionales en nuestra historia han surgido desde abajo por impulso y acción de luchadores obreros que lo terminaron imponiendo a las direcciones, y ahora no puede ser de otra manera. Es una tarea más necesaria que nunca, pues el destino de la clase obrera está ligado y depende del triunfo de esta lucha encabezada por las masas del campo, derrocando al régimen en el que también se sostiene el abuso y la sobreexplotación de la clase obrera.

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