El comportamiento de la mayoría de la izquierda, en especial del PT, frente a las amenazas de Bolsonaro, ayuda mucho a explicar la propia realidad del país. Y, al intentar desvendar la realidad del país, conseguimos entender mejor la falsedad del programa y de la narrativa del propio PT.

Por: Júlio Anselmo

Después de años hablando de golpe, el PT no es propiamente vanguardia en la lucha contras las desventuras autoritarias de Bolsonaro. Como se vio en el obstáculo que fue para tener una respuesta a la altura frente a las amenazas autoritarias del día 7 de setiembre, pero se demuestra, sobre todo, en la estrategia orientada para la sustitución de Bolsonaro solo en las elecciones de 2022.

José Genoíno (PT) dijo con todas las letras que “no va a ocurrir un cuartelazo, el golpe ya ocurrió en 2016”. Aquí, el debate no se trata de saber si habrá o no golpe, cuartelazo, o algo por el estilo. Porque, incluso en eso tenemos acuerdo: no es lo más probable que haya golpe. No hay acuerdo en la burguesía sobre eso. Bolsonaro ni siquiera tiene fuerza para eso y sigue debilitándose.

Pero eso no tira ni excluye la posibilidad de intento de golpe, apoyándose en partes armadas de las fuerzas militares, y también en fuerzas milicianas parapoliciales, pudiendo causar daños y perjuicios a los trabajadores, a la juventud y a los movimientos populares. Incluso, una tentativa a la de Trump aquí, contradictoriamente, puede involucrar a más sectores armados.

Por eso, no deja de ser peligrosa la afirmación equivocada de Genoíno, pero, lo más grave, es la justificación que minimiza los riesgos en 2021 por los acontecimientos de 2016. Eso desarma la lucha contra una aventura golpista de Bolsonaro y de los militares, que aunque no sea la hipótesis más probable, no puede ser descartada frente al tamaño de la crisis en el país.

Los hechos graves de setiembre fueron no solo el aumento de las amenazas autoritarias de Bolsonaro, sino también la completa falta de acción y de preparación para la lucha por parte de la mayoría de la izquierda. ¿Si Bolsonaro sería victorioso en una aventura golpista? Poco probable, como incluso no lo fue su embrollo del 7 de setiembre. Pero el problema que nos ocupa aquí no es si el enemigo se preparó más o menos para un golpe de fuerza que difícilmente sería victorioso, sino, sí, lo que dijimos a los trabajadores y jóvenes para hacer frente a esto.

La fuerza o debilidad del gobierno no disminuye el hecho de que son los trabajadores movilizados los que pueden derrotarlo de una vez por todas. No estar alertados sobre el tamaño del peligro es responsabilidad de una visión, al mismo tiempo fatalista y despreocupada, promovida por la dirección del PT que, al mismo tiempo que dio la espalda a la movilización, incluso participando blandamente en los actos, minimizó los riesgos.

No confiar a los trabajadores la lucha contra una aventura golpista de Bolsonaro solo demostró que, en verdad, se confió en otros sectores para resistir e impedir cualquier amenaza autoritaria. ¿Cuáles sectores? El Congreso Nacional, el Supremo Tribunal Federal (STF) y la cúpula de las Fuerzas Armadas. Las acciones del PT llevan a creer que estos serían los grandes defensores de la “democracia” brasileña y responsables por el freno al golpismo bolsonarista. No en vano el frente amplio propuesto por Lula intenta ganar adeptos y simpatías entre estos.

O sea, el PT, en el momento de mayor propaganda de amenaza golpista en décadas, nutrió plena y ciega confianza en las mismas instituciones del régimen político brasileño al que se pasó llamando de golpista en los últimos cinco años.

El PT contra el PT

Para ser justos, tomemos lo que dice Dilma: “Es preciso entender el juego. El golpe ocurrió el 31 de agosto de 2016. Lo que estamos viviendo ahora es la posibilidad de un nuevo golpe basado en las formas derivadas de la guerra híbrida. Allá atrás, hubo un golpe parlamentario, judicial y mediático. Pero, sobre todo, un golpe del sector financiero, del capitalismo financierizado. Un golpe neoliberal”.

Y ahí la cosa se hace más inexplicable aún. Si lo que dice Dilma es correcto, hoy se trataría de un golpe de Bolsonaro y del Ejército contra aquellos que dieron un golpe en 2016. Al final, para el PT, hoy, el Parlamento, el Poder Judicial y los medios son aliados en la lucha contra Bolsonaro. ¿Por qué quieren dar otro golpe ahora si ya lo dieron en 2016? Y, ¿por qué el sector que dio el golpe original, hoy piensa apoyar al propio PT contra Bolsonaro?

Veamos qué dicen los petistas. El diputado José Guimarães (PT-CE) afirma que “Bolsonaro atenta contra la democracia al deslegitimar el papel del Congreso”. Pero, ¿el Congreso ya no dio un golpe en 2016? El diputado Paulo Texeira (PT) dice que la gestión de Bolsonaro “constituye crimen contra las instituciones democráticas y puede motivar el impeachment”. ¿Cómo? ¿Son democráticas hoy y dieron un golpe antidemocrático en 2016, siendo que uno es continuidad del otro?

Es evidente que frente a un ataque de Bolsonaro contra las instituciones de la democracia burguesa, destruyendo al mismo tiempo la mayoría de las libertades democráticas, impidiendo a los trabajadores tener libertad de opinión, de expresión, de organización y de lucha, es preciso defenderlas. Si la situación ya es ruin con el STF y el Congreso Nacional funcionando, peor aún es para los trabajadores si el régimen en el Brasil fuese basado en un presidente con poderes dictatoriales, o en las Fuerzas Armadas o en cualquier institución elegida.

Si las elecciones son una farsa y la democracia actual es de los ricos, peor aún sería sustituir eso por una dictadura, que también sería una farsa y también sería de los ricos, donde se acabaría con el derecho de huelga y manifestación, se arrestaría, torturaría y mataría a quien osase discordar con ella. Ese es el proyecto de los sueños de Bolsonaro, y de sus hijos y los militares que lo apoyan, que defienden la dictadura cívico-militar de 1964 y el AI5 de 1969. Gente que tiene como héroe a un torturador como Brilhante Ustra.

Pero, el problema aquí con el PT es cómo se encaja, en su visión, el querer defender y preservar las instituciones –que ellos se la pasaron llamando de golpistas– contra el golpe de Bolsonaro. Entonces, aquí, ¿es un golpe de golpistas contra golpistas, donde el PT se alía a los primeros golpistas contra la segunda ola del golpismo? Hasta podría ser. Existen golpes dentro de los golpes, pero ahí habría que evidenciar en cuál institución se apoyaría Bolsonaro. ¿El Ejército? Pero el problema es que, como el PT defiende el régimen democrático burgués como estrategia y confía en ese juego de los ricos, llega a embellecer todas las instituciones e incluso hasta la cúpula de las Fuerzas Armadas.

Jacques Wagner, del PT, exalta el Ejército, especialmente su cúpula, contra los soldados oprimidos, al afirmar que “Las Fuerzas Armadas son infinitamente mayores que la irresponsabilidad de este gobierno” y que Bolsonaro “no satisfecho con demoler la imagen de nuestras relaciones exteriores en el mundo, ahora intenta destruir la línea maestra del Ejército brasileño, de jerarquía y disciplina, estimulando la insubordinación. El Ejército de Caxias no se transformará en un ejército de milicianos”.

Las incongruencias de la narrativa del PT ganan tonos ridículos cuando vemos que es el ministro del STF, Alexandre de Moraes, el escogido por el “golpista” Temer, el que toma la delantera en arrestar a los milicianos digitales e insufladores de un golpe reaccionario. Mientras el ex presidente redacta la carta de rendición táctica de Bolsonaro. O incluso gana contornos de comedia cuando vemos la aprobación que los senadores del PT dieron a Augusto Aras en la reconducción del mismo a la Procuraduría General de la República. Y las razones pasaron por el hecho de que cupo al gobierno Bolsonaro enterrar la Lava Jato, hecho conmemorado por el PT.

La Lava Jato, Sérgio Moro y Dallagnol nunca fueron imparciales. Y nunca quisieron acabar con corrupción alguna. El hecho de que Sérgio Moro fuera para el gobierno Bolsonaro solo refuerza eso. El juez Moro, que se tornó ministro de Bolsonaro ignorando a corruptos y milicianos [parapoliciales], apoyando un gobierno que defiende tortura y dictadura, mostró que no merecía confianza, y que está más para el Opus Dei que para combatiente contra la corrupción.

Así como el STF tampoco fue nunca imparcial. Todo el sistema judicial obedece a las presiones de la burguesía brasileña. La pregunta que resta es: ¿cambió eso en el episodio de absolución de Lula? Por ejemplo, ¿el STF era golpista hasta la prisión de Lula; después, cuando pasó por alto la sospecha de Sérgio Moro y rehabilitó a Lula, pasó a ser un STF no golpista?

Recordemos que era esencialmente el mismo tribunal. Así como lo estamos diciendo, más o menos el mismo Congreso y las propias instituciones de 2016 hasta acá. Entonces, ¿qué hay de nuevo que justifique el cambio en el que se contradice el PT?

Esta pregunta está mal formulada. Porque el problema no es qué cambió, sino sí que los fundamentos que el PT usa para explicar el Brasil no pasan la prueba de los hechos. Y la cuestión de cómo las fracciones y sectores se comportaron, incluyendo aquí el propio PT, muestra que, en realidad, en los últimos cinco años, vivimos una encarnizada lucha entre varios sectores de la burguesía. Y no un golpe de la burguesía contra un gobierno de los trabajadores, porque, incluso, no estaba este gobierno. El gobierno Dilma era un gobierno de determinadas alas de la burguesía, con el cual organizaciones claves de la clase trabajadora adoptadas por el Estado colaboraban, y en esta lucha, su táctica fue intentar ganar más sectores burgueses y no menos.

Poder Judicial, Lava Jato, STF, oposición en el Congreso Nacional, Fuerzas Armadas, Fiesp, prensa, PT y demás partidos del orden, son todas fracciones y representaciones de diversos sectores burgueses, representaciones de bloques y fracciones de la burguesía. De 2013 en adelante, entraron en una lucha por el control del gobierno y del Estado para aplicar los ataques a los trabajadores, cada uno a su modo en un intento de reestabilizar el país después de la gran explosión social y política que significó Junio de 2013. Y aquí es donde, por lo menos el PT es coherente, ya que tiene el coraje que le falta a algunas otras organizaciones de izquierda, de afirmar que fueron los millones en las calles, en 2013, el pecado original que desató todo el mal del mundo, donde todo comenzó a caer. Lo que, claro, no pasa de una fantasía petista, pero este ya es otro asunto.

El PT intenta confundir el carácter de clase y la naturaleza de la disputa política en curso dividiendo la realidad entre golpistas y golpeados en 2016. Entre izquierda y derecha, donde izquierda era la que estaba con el PT y derecha la que estaba en contra suyo. Al dividir entre los supuestos defensores de los trabajadores y los pobres contra los defensores de los ricos, al intentar llevar la lucha de la fracción burguesa que representaba contra la otra, en la supuesta lucha de burguesía versus proletariado, de gobierno progresivo contra la vuelta del gobierno de la barbarie, encubre y mistifica la realidad. La narrativa del PT, abrazada por la amplia mayoría de la izquierda, arroja un velo sobre la realidad e impide una visión nítida, de clase, y de independencia de clase sobre la historia reciente del país.

Muchas pretendidas explicaciones sobre la realidad política del país tratan esas aparentes contradicciones como accidentes, como desvíos de ruta de una novela muy redonda donde todo se encaja, donde el PT sería el bien y el resto el mal. Cuando esas contradicciones son, en realidad, puntos centrales que deben ser explicados y solo pueden ser entendidos si miramos la realidad tal como ella es: dilacerada por los intereses y conflictos de clases sociales antagónicas.

No es verdad que el PT gobernaba el Brasil en pro de los trabajadores y que la burguesía quería medidas contra el pueblo y el PT se negó a aplicarlas y, por eso, fue derrocado. Esos no son los hechos.

La burguesía y el mundo no se encajan en la explicación dada por el PT. El Brasil no está dividido entre PT y derecha. Sino dividido entre clases sociales y la burguesía se mueve entre proyectos políticos en el poder en la medida en que atentan contra sus necesidades. El hecho de que la burguesía se librara de Collor no significa que este no defendiera sus intereses. Así como el desgarramiento que está teniendo Bolsonaro-Guedes no significa que este no es burgués hasta la médula.

El PT se apoya, evidentemente, en elementos reales que, aparentemente, corroborarían su tesis, pero que son partes unilaterales de la realidad, que ignoran la totalidad. Y parte de la juventud, hoy, frente a la desesperación y viendo cómo empeoran las cosas, ven que parece ser verdadera la tesis del PT.

Desde la dictadura militar, no hay nada peor que Bolsonaro, y él representa lo peor de la burguesía brasileña e internacional. El Brasil y el mundo avanzan cada vez hacia la barbarie. No obstante, eso no quiere decir que los gobiernos del PT eran las mil maravillas, o que para derrotar la marcha hacia la barbarie tenemos que compartir la visión del PT. Al contrario de lo este que dice, no solo no es verdad que son una alternativa, como también los años de acuerdos y alianzas con la derecha en Brasil propiciaron el surgimiento de esa nueva derecha. Baste recordar dónde estaban las figuras que hoy ocupan algunos puestos centrales en el gobierno Bolsonaro y cómo él mismo era de un partido de la base aliada del gobierno Lula (podríamos citar muchos otros sectores), además de seguir confiando en las instituciones del régimen burgués y capitalista, incluso afirmando que 2016 fue un golpe y que hoy se trata de un régimen de excepción.

El PT se va adaptando más al régimen, a la burguesía y al capitalismo. Y va profundizando su programa, que se basa en la tesis de golpe en 2016, para afirmar que la solución de todo, la salida para acabar con el “golpe de 2016” y con la posibilidad de golpe en 2021 es elegir a Lula; entonces, vale todo para ganar la elección. Es una teoría justificativa para disfrazar que el gobierno del PT sería algo diferente de un gobierno burgués, como si no hubiese atendido a los intereses de los ricos. Y esconde, incluso, que ahora pretende retomar el mismo proyecto, solo que empeorado y contando con la presencia de todos los sectores burgueses golpistas, golpeados, de derecha, ex bolsonaristas. En nombre de gobernar, para el PT eso importa poco.

Dilma, por ejemplo, llega a llamar el impeachment de golpe neoliberal. Pero está en las resoluciones del propio PT que el giro neoliberal más fuerte comenzó en su propio gobierno. Y cualquier análisis como el de un estudioso serio como André Singer testifica ese hecho. La ex presidente afirma incluso que el golpe de 2016 permitió “dos crímenes inmediatos” contra el país: el techo de los gastos del Estado y la destrucción de la Amazonía.

Aquí cabe la pregunta: ¿electo el PT, revertirá el techo de los gastos, las reformas laboral y previsional, y las privatizaciones? ¿Va a rever todas las leyes que permiten al agronegocio deforestar la Amazonía y va a desmontar el embrollo antiecológico de Belo Monte [hidroeléctrica]? ¿Va a defender a los sectores oprimidos hasta el final, o de nuevo va a vetar el kit antihomofobia y pactar con pastores corruptos y reaccionarios?

Al final, ¿qué es un golpe?

La ventaja que tenemos hoy en día es poder comparar las situaciones históricamente próximas. Con el proyecto golpista de Bolsonaro, podemos ver más claramente qué sería un golpe y retomar cómo estos fueron caracterizados a lo largo de la historia. Golpes reaccionarios son instrumentos de fuerza donde una institución del régimen gana poderes dictatoriales en relación con otras. Donde se instituye un régimen no democrático, tomando formas diferentes, como bonapartista, dictatorial, fascista o militar.

Muchos hablan de golpe de nuevo tipo, golpe parlamentario, golpe judicial, etc. Sería un golpe sin alteración de régimen y sobre la base de medidas en el designio del dominio propio de cada sector. El problema es que, si consideramos eso correcto, entonces tendríamos que considerar cualquier maniobra o acción política como golpe. Entonces, podríamos llamar, por ejemplo, a la aprobación de una ley, que el parlamento defienda y que el presidente esté en contra, como golpe. O un impeachment de Bolsonaro sería “golpe” y el propio impeachment de Collor habría sido “golpe”. O llamar de golpe a las acciones del poder Judicial de las que el Legislativo no guste.

Así, el régimen burgués sería un régimen de golpe permanente contra los trabajadores, porque todo los días se ejercen acciones políticas y de fuerza contra el pueblo. Lo que, claro, es verdad, es de hecho un régimen así, pero usar el término “golpe” para definir eso no nos ayudaría a entender un fenómeno muy específico de la realidad que es el ejercicio político de fuerza para imponer alteraciones drásticas en el régimen político en el sentido de tornarlo más autoritario, no de a poco si no a los saltos. ¡Es instrumento de la contrarrevolución por excelencia! Confundir eso con cualquier cosa es confundir todo.

El hecho es que el PT y la mayor parte de la izquierda menosprecian que la política es, en última instancia, un ejercicio de fuerza. Menosprecian la posibilidad de un régimen asentado exclusivamente en el uso de la fuerza, y embellecen la democracia burguesa como un régimen pacífico. Y, al no vislumbrar la posibilidad de golpes reales de fuerza, transforman cualquier cosa en golpe.

Lo curioso es que, cinco años atrás, al no defender ni el impeachment ni el gobierno Dilma, decíamos que no se trataba de un golpe justamente porque no provocaría ningún cambio de régimen. El impeachment fue una maniobra política, el resultado de una lucha política encarnizada entre los dos bloques políticos que se fueron formando en el país frente a la crisis económica y social que iba agravándose. Y alertábamos que llamar aquella maniobra política burguesa asquerosa y reaccionaria de golpe serviría para desarmar la lucha contra golpes reales que pudieran surgir. Además, es bueno recordar, que tortuga no sube a los árboles. Temer, “¡el golpista!” no era nada más y nada menos que el vice de Dilma, es decir, el vice del gobierno del PT, elegido por el PT.

Hoy, cuando aparece la necesidad de una lucha seria contra una amenaza autoritaria de Bolsonaro, no solo la izquierda reformista (la izquierda capitalista) capitula a los sectores de la burguesía con su frente amplio, como también, por la confusión que el PT ayudó a crear entre los trabajadores, se dificulta la comprensión del tamaño real del peligro. Al fin y al cabo, este acto desleal del PT en la conciencia de los trabajadores es el gran problema.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 22/10/2021.-

Traducción: Natalia Estrada.