Los medios internacionales presentan un panorama en que la política del gobierno de Joe Biden sobre el tema de los inmigrantes habría dado un giro completo sobre la aplicada por el republicano Donald Trump. La realidad, sin embargo, es muy diferente de esta superficialidad periodística.

Por Alejandro Iturbe

Tal como hemos analizado en otros artículos de esta serie, los partidos demócrata y republicano expresan sectores diferentes de la burguesía imperialista y también diferencias de estilo político. Pero tienen objetivos e intereses comunes y, por lo tanto, continuidades políticas más allá de qué partido gobierne.

Una de ellas es, precisamente, la política frente al tema de la inmigración. Para entender esta continuidad y cómo ella se expresa en la actualidad, nos parece necesario hacer un breve repaso histórico de algunos períodos.

Desde su independencia, a lo largo del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, Estados Unidos fue “un país de inmigración”. Los contingentes llegaban mayormente de Europa: entre 1836 y 1914, llegaron al país más de 30 millones de migrantes europeos. Es importante considerar que en 1910 la población del país era de 92 millones[1]. La dinámica expansiva del capitalismo estadounidense permitía incorporarlos a la estructura productiva como obreros e, incluso, que desarrollasen sus propias empresas y, en ese proceso, que fuesen obteniendo la ciudadanía. Era un primera versión del “sueño americano” y de “la tierra de las mil oportunidades”.

La Estatua de la Libertad, un regalo del Estado francés, luego transformada en un símbolo de Nueva York, también terminó siendo una especie de símbolo de esa inmigración. Hoy, algunas de la palabras escritas en la placa de bronce situada en su base, parecen una cruel ironía: “¡Tierras de antaño quédense con su historias pomposas!” exclama ella, con labios silenciosos. “Dadme tus cansados, tus pobres, tus masas amontonadas gimiendo por respirar libres…”.

Sin embargo, no se trataba de un paraíso, ya que cuando esos obreros inmigrantes seguían el camino de la lucha de clases, la burguesía estadounidense los reprimía sin consideraciones, como es el caso de los Mártires de Chicago o el de Sacco y Vanzetti.  

Hubo también una migración forzada: la de los pueblos africanos traídos como esclavos. Entre 1626 y 1875, más de 300.000 personas fueron traídos a la fuerza, primero a las colonias británicas y luego a Estados Unidos para ser vendidos como esclavos y ser obligados a trabajos forzados[2].

En este período, ya es necesario considerar la inmigración mexicana, luego de la anexión (robo) de todo el norte de México después de la guerra entre ambos países (1846-1848) y el Tratado de Guadalupe Hidalgo que se firmó al final de la guerra de invasión por parte de EEUU. México perdió el territorio que corresponde a los actuales Estados de Texas, California, Nuevo México, Arizona, Colorado y Utah. Lo cierto es que 80.000 mexicanos que vivían en esos territorios pasaron a residir en lo que ahora era parte de Estados Unidos, en una situación de difícil clasificación, ya que si bien el Tratado estipulaba sus derechos bajo el dominio norteamericano, estas estipulaciones fueron incumplidas desde un principio. Además, después de esos tratados, se estima que otros 50.000 mexicanos entraron como inmigrantes al ahora territorio estadounidense[3].

Tras la ocupación de California y los territorios del oeste norteamericano, a mediados del siglo XIX, y la expansión de los ferrocarriles hacia el oeste, también llegaron unos 300.000 migrantes chinos, contratados o como trabajadores libres. Una ola de xenofobia antichina, plasmada en Ley de Exclusión China de 1882, cerró el flujo migratorio desde ese país hasta 1965, quedando esas comunidades marginadas en guetos (llamados despectivamente chinatowns).

Un cambio de perfil

La crisis de 1929 y su secuela de un gran aumento del desempleo en el país abren un impasse en esta dinámica inmigratoria, que se continúa durante la Segunda Guerra Mundial. A partir del ingreso de EEUU en este conflicto (1941), y el reclutamiento de numerosos jóvenes, para reemplazarlos en sus empleos se produce un ingreso masivo de mujeres estadounidenses al mercado de trabajo.

En 1942 inicia la importación temporal de mano de obra mexicana para trabajar en la agricultura, bajo el llamado Programa Bracero, que duró hasta 1964, con una media anual de 200.00 migrantes sin derecho a permanencia en el país tras sus contratos. Durante todo el periodo de este programa, los braceros nunca fueron una fuerza laboral dócil, lanzándose a la huelga en varias ocasiones y culminando con las del Valle Imperial en California en los años sesenta, bajo la United Farm Workers.

Después de la Segunda Guerra, si bien hay una nueva leva inmigratoria desde Europa, esta es mucho menor que la que ya describimos. Al mismo tiempo, se produce un cambio de perfil inmigratorio. La expansión económica e industrial del período del “boom de posguerra” genera una gran demanda de trabajadores que comienza a ser cubierta, en parte importante, por inmigrantes de México y, en menor medida, de países centroamericanos. En un cuadro del material ya citado se puede ver que en el período comprendido entre 1945 y 1970 se produce un crecimiento de esa inmigración –con su pico en 1965– y una secuencia en décadas posteriores, con intensidades menores pero con un flujo permanente[4]. Más allá de las fluctuaciones, la clase trabajadora mexicana pasó a ser, en los hechos, parte del “ejército industrial de reserva” de la burguesía estadounidense, que comprehende 25% de la población inmigrante en EEUU (censo 2017). Al mismo tiempo, era una válvula de escape a las limitaciones de la burguesía y los gobiernos mexicanos.

Ha habido también otras oleadas inmigratorias significativas, aunque motivadas por razones diferentes y con características distintas. Nos referimos en especial a la inmigración proveniente de la India: entre los años 2015 y 2019 hubo un flujo que superó los dos millones de inmigrantes anuales[5], en la medida en que “Estados Unidos va llenando sus requerimientos actuales y futuros de trabajadores altamente calificados”, como expresa un trabajo especializado sobre este tema[6]. Se estima que actualmente hay unos diez millones de residentes de ese origen, o sea 6% de la población inmigrante. La inmensa mayoría ha ingresado legalmente al país, pero existe una minoría que lo hace indocumentada. La inmigración china, por otra parte, se mantiene constante desde 1965 hasta el presente, llegando a comprehender a un 5,5% de la población inmigrante (censo de 2017).

Algunas cuestiones de términos

Nos parece importante ver el sgnificado de algunos términos que no siempre son utilizados de la misma forma en diferentes países y pueden generar confusión. Inmigrante es aquella persona nacida en un país que emigra hacia otro para radicarse en él; en general de manera permanente, aunque existen inmigrantes temporarios por razones de estudio o de períodos de trabajo, que también se identifican a sí mismos como “migrantes”.

En el caso de Estados Unidos, una parte de esos inmigrantes logró obtener la ciudadanía, otra parte permanece con distintas categorías visas de residencia entre ellas la “permanente (green card). Y, finalmente, están aquellos que la legislación burguesa califica como “ilegales” (nosotros los denominaremos indocumentados), es decir, aquellos que ingresaron al país sin permiso migratorio o cuyas visas han vencido.

Luego, debemos considerar el concepto de “comunidad de origen inmigrante” que incluye no solo a los nacidos en otro país sino también a la segunda y la tercera generaciones. Dado que en Estados Unidos existe el jus soli (los nacidos en el país tiene el derecho a la ciudadanía), estas nuevas generaciones dejan de ser considerados inmigrantes. La excepción son situaciones de altos niveles de crimen o problemas sociales, entonces, incluso a los estadounidenses de origen migrante se les acusa de “no haberse adaptado” y “ser un problema en el país”. En varios casos, se les ha retirado la ciudadanía y fueron deportados, como ocurrió con jóvenes de varios países centroamericanos.

En este concepto de “comunidad” entran a jugar factores como la conservación del idioma materno (sea como lengua principal o en carácter bilingüe) y otros aspectos culturales. Estos elementos lingüísticos y culturales son muy fuertes en las comunidades de origen latinoamericano, del este asiático y de la India. Cuando esto se va perdiendo, la sociología considera que se está produciendo un proceso de “asimilación”.

Como un dato general, en 2019 la ONU informaba que en EEUU había cerca de cincuenta y un millones de inmigrantes, la cifra más grande del mundo y, al mismo tiempo, representa casi 15% de la población del país[7]. Dentro de este total, la cantidad de indocumentados es menos precisa: con estimaciones que varían entre 10,5 y 12 millones. Más allá de ello, la cantidad viene disminuyendo desde un pico de 12,6 millones, estimado en 2016[8].

Los “latinos”

El gobierno de Estados Unidos define  como «hispano o latino» a una «persona de cultura u origen cubano, mexicano, puertorriqueño, sudamericano, centroamericano u otro origen español, independientemente de la raza»[9]. Es una definición profundamente discriminatoria y, en los censos, se considera por separado del concepto de “blanco” (existen también otras categorías como “asiático”, afro-americano”, etc.). Como un consecuencia de ello, muchas veces las comunidades defienden esta clasificación porque por las llamadas “leyes de discriminación positiva” les permite obtener “cuotas raciales” en escuelas, becas universitarias y empleos.

De acuerdo con ese criterio, en 2006 la oficina del censo informaba 31,7 millones de inmigrantes “hispanos”, de los cuales 11,5 millones eran mexicanos. Si consideramos el concepto de “comunidad”, la cantidad se multiplica, ya que con la segunda y tercera generaciones, las familias de origen mexicano sumaban cerca de 30 millones de personas[10]. Las ciudades con mayor cantidad de latinos son, en ese orden, Los Ángeles, Nueva York, Houston, Riverside/San Bernardino, Dallas, Chicago, Miami, Phoenix, San Antonio y San Francisco[11].

Si bien se utiliza la categoría “latino” de modo general, es necesario precisar que, dentro de ese conjunto, existen diferencias importantes. En Estados como California, Texas y Arizona predominan claramente los mexicanos, como un componente central del proletariado de la región. Debemos considerar también una cantidad de inmigrantes temporarios que vienen a trabajar estacionalmente. También, aunque de modo minoritario, han surgido sectores burgueses y pequeñoburgueses. En general, se alinean con el partido demócrata. Al mismo tiempo, los mexicanos son un elemento dinamizador de la lucha de clases: conmemoran el 1º de Mayo como día de lucha de los trabajadores (en Estados Unidos esa fecha intentó ser ocultada con el nombre de Labour Day, en otra fecha y con un contenido festivo totalmente diferente), han impulsado el “día sin inmigrantes”, son partícipes activos de las luchas por el salario de 15 dólares la hora, enfrentan permanentemente la política de expulsión de inmigrantes indocumentados, etcétera.

En la franja que va desde Nueva York a Chicago, es muy notoria la presencia portorriqueña (en 2018, se estimaba un total cercano a los seis millones en el país), incluso con barrios propios, como el East Harlem de Nueva York (también llamado Harlem Hispano). Como provienen de un “Estado Libre Asociado” (una forma especial de colonia), tienen la ventaja de obtener automáticamente la ciudadanía estadounidense al emigrar al continente. También hay presencia de dominicanos, estimados en unos dos millones, en el norte de distrito de Manhattan y en el Bronx. La tendencia de ambos sectores es a alinearse con los Demócratas.

Finalmente, en Florida, especialmente en Miami, la comunidad  mayoritaria es la cubana. Podemos hablar de dos oleadas diferentes. La primera son los sectores burgueses y pequeñoburgueses (los “gusanos”) que huyeron después de la revolución de 1959 (muchos de ellos ya tenían negocios y propiedades). Conformaron un sector burgués que se integra en la coalición republicana. La segunda es la de los “marielitos” (llamados así porque provenían del puerto de Mariel). Se trata de sectores obreros y populares que huyeron de la pobreza que generó el llamado “período especial” en Cuba, en las décadas de 1980 y 1990. Por esa misma razón, hubo una tendencia a acompañar las posiciones políticas de los “gusanos”. Aquí debemos referirnos a la política de “pies secos, pies mojados”, vigente entre 1995 y 2017, por la cual los cubanos que, luego de la trayectoria en balsas, lograsen pisar suelo estadounidense, tenían el derecho de permanecer en el país. Fue derogada por Obama hacia el final de su mandato[12].

Más recientemente, se ha producido una inmigración venezolana, estimada en 2020 en más de 350.000[13], como parte de una emigración mucho más amplia de ese país a diferentes destinos. En EEUU presenta características mayoritariamente burguesas y pequeñoburguesas. Recientemente, Biden acaba de otorgarles un “estatus de protección temporal” (TPS por sus siglas en inglés) que, mientras esté vigente, los protege de la deportación y les permite trabajar legalmente. El TPS es, como su nombre lo indica, temporal y no permanente; además de tener que pagar al Estado tanto al inicio como con su renovación anual. Sin embargo, muestra el carácter con que los demócratas manejan este tema, discriminando a los inmigrantes según el contexto político del país de origen y de cómo se ubica EEUU en ese contexto.

Las políticas migratorias discriminatorias y persecutorias se centran cada vez más en los latinoamericanos y, especialmente, en los mexicanos. No solo por una cuestión numérica sino también por lo que podemos llamar “porosidad” en una frontera muy extensa. Finalmente, como vimos, porque son muchas veces impulsores y “chispas” de la lucha de clases.

El capitalismo imperialista y los inmigrantes

Las migraciones masivas han existido siempre en la historia de la humanidad. Entre otras causas, por la necesidad de pueblos o sectores de ellos de garantizar su supervivencia. Pero el capitalismo imperialista ha aumentado y acelerado estos procesos y, si vale el término, los ha internacionalizado.

Como un factor central, tal como ya mencionamos, utiliza la inmigración de proletariado de otros países como un ejército industrial de reserva, al que apela para mantener equilibrados los mercados nacionales de trabajo. Regula el flujo de ese ejército a través de las leyes inmigratorias que se ablandan o se endurecen según las necesidades de cada período.

En la otra punta del proceso, la situación de pobreza y miseria que ocasiona la explotación de los países colonizados (más recientemente, el colapso ambiental en zonas inundables o desérticas altamente pobladas causado por el cambio climático), crea sectores cada vez mayores de trabajadores para los cuales la emigración pasa a ser la única salida posible para alimentar a su familia, ya sea trasladándose con ella o emprendiendo solos la aventura para así poder enviar remesas de dinero. El volumen total de dinero que vuelve al país de origen por la vía de estas remesas es muy grande: varios miles de millones de dólares. En algunos países, como El Salvador y el Ecuador ha pasado a ser un componente esencial de la economía nacional y de su PIB. En el caso de El Salvador ha originado una fuente financiera de capital para empresas.

Por eso, muchas veces, los emigrantes no dudan en arriesgar sus vidas en las travesías o en tener una vida casi clandestina en el país de destino. En las recientes caravanas de hondureños que intentaban entrar a Estados Unidos atravesando el territorio mexicano, varios de los participantes declararon; “No nos vamos porque queremos, nos expulsa la violencia y la pobreza”[14].

Obama y la máquina de expulsar inmigrantes

Lo que hemos analizado sobre los flujos migratorios en el capitalismo imperialista es especialmente válido para los latinoamericanos y Estados Unidos. En las últimas décadas, este país tuvo siempre una legislación represiva y persecutoria contra los inmigrantes no legalizados. Pero esta legislación se aplicó con mayor o menor rigidez según las necesidades del mercado laboral. Algo que tiene poco que ver con si el gobierno es Demócrata o Republicano. El Demócrata Bill Clinton (1993-2001), en un momento de auge económico, expulsó “apenas” 870.000; durante los gobiernos del republicano George W. Bush (2001-2009) esa cantidad más que se duplicó (2.100.000).

Pero quien acabó llevándose el “premio” fue Barack Obama: durante sus mandatos (2009-2017) fueron deportados casi 2.800.000 inmigrantes. Peor, fue más lejos aún: en 2004, Bush había centralizado diversas agencias que realizaban esta represión: el Citizenship and Immigration Services (Servicio de Inmigración y Ciudadanía, llamado “migra” por los latinos), la Immigration and Customs Enforcement (Fuerza de Inmigración y Aduana) y la Customs and Border Protection (Protección de Fronteras y Aduanas). Con Bush, esa unidad tenía 28.000 agentes y un presupuesto de 4.900 millones de dólares. Obama aumentó el número de agentes a 48.000 y subió su presupuesto a 18.000 millones[15]. No es casual que, al final de su segundo mandato, algunos medios de izquierda y de la comunidad latina hablaran de la “máquina de deportaciones que Obama construyó para el presidente Trump”, además de ganarse el sobrenombre de “deportador en jefe”.

¿Qué pasó con Trump?

A pesar de lo que pueda creerse, en este aspecto la política del gobierno de Donald Trump no significó ningún salto cualitativo con respecto al de Obama. Trump se montó sobre la “máquina de deportaciones” que había construido Obama. Incluso, en su primer año de mandato (2017) “deportó 177.000 inmigrantes menos que Barack Obama en 2009, [durante] su primer año en la Casa Blanca, de acuerdo con datos de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos​ (CBP, por su sigla en inglés)”[17].

La diferencia es que mientas Obama actuaba “de callado” y manteniendo su sonrisa, Trump actuó con cara de enojado y de modo vociferante, con un discurso xenófobo ya desde su campaña electoral, y con acciones públicas repugnantes como presidente, como la expulsión sumaria de diez mil inmigrantes detenidos en medio de la pandemia (para que “no propagaran el virus”)[18]; el anuncio de la construcción de un muro fronterizo con México (que debería pagar el gobierno mexicano); la detención en jaulas de niños inmigrantes (una imagen que recorrió e indignó al mundo)[19]; la negativa a otorgar asilo político a todos los refugiados que lo solicitaban, etcétera.

Dentro de esas medidas “ruidosas”, una de ellas provocó una fuerte crisis: el llamado “veto a los musulmanes”. Es decir, la orden ejecutiva firmada en enero de 2017, poco después de asumir, por la que prácticamente se prohibía el ingreso al país de personas provenientes de varios países de Medio Oriente, e incluso se les negaba el derecho de retorno a aquellos que ya tenían diversos tipos de visas de residencia en Estados Unidos. La orden provocó movilizaciones contrarias en varios aeropuertos del país (en especial el Kennedy de Nueva York); demandas de asociaciones de abogados; resoluciones judiciales en contra, como la de una jueza federal de Nueva York que autorizó los ingresos. La medida fue suspendida en su aplicación, pero en 2018 la Corte Suprema (en una votación muy dividida) consideró “legal” la orden, de la que Trump había hecho una segunda versión.

Pero, por fuera de esta actitud más “beligerante”, Trump estuvo muy lejos de cumplir con su promesa electoral de expulsar a las “once millones de personas que vinieron ilegalmente a este país”. Sin embargo, mientras con Obama el promedio de deportaciones anuales fue de 350.000 personas, el gobierno Trump recién en 2019 alcanzó la cifra de 269.000, según  datos del MPI (Migration Policy Institute)[20]. Lo que sí aumentó fue el número de detenidos en la frontera con México: de una media mensual de 35.000 a una de 40.000. También aumentó el número de operativos de “caza de ilegales” en los lugares de trabajo, como el que realizó el ICE en Odessa (Texas), con métodos muy violentos, en fábricas de la Koch Food Inc., cuyos dueños se encuentran entre las familias más ricas del país y fueron apoyadores de Trump[21].

No fue por falta de voluntad de Trump que las cantidades de deportados no fueran mayores. Por un lado, como vimos, debió enfrentar movilizaciones de masas en contra e incluso fuertes roces con sectores burgueses que aprovechan la explotación de indocumentados e inmigrantes para aumentar sus ganancias, además de tenerlos como clientes que pagan en efectivo, porque muchos de ellos no cuentan con tarjetas de crédito.

Por el otro, hubo algunas incipientes manifestaciones de crisis moral en quienes deben ejercer la represión contra los inmigrantes indocumentados. Un guardia fronterizo de la ciudad de Tucson, Arizona, declaró al New York Times: “La gente realmente nos odia. Nos dicen asesinos de niños. No podemos ir a comer a muchos restaurantes por temor a que nos escupan la comida”. En el mismo Estado, un agente renunció porque “encarcelar a la gente por una actividad no violenta comenzó a carcomerme por dentro”[22].

El famoso muro

Durante su campaña electoral, Trump prometió la construcción de un muro que recorrería toda la frontera con México y dijo que el costo de su construcción sería pagado por ese país. Incluso, apenas asumió, firmó una orden ejecutiva que autorizaba la obra y sobre el final de su mandato (ya derrotado en las elecciones por Joe Biden) se fotografío con esta y expresó que esperaba que su sucesor mantuviese esa “obra de mi gobierno”.

La realidad, sin embargo, es muy diferente de esta fanfarronada de Trump. La frontera entre Estados Unidos y México tiene una longitud de 3.142 kilómetros. Antes de que él llegase a la Casa Blanca ya había barreras o vallas de separación en un tercio de esa frontera, unos 1.050 km[23].

En las zonas más urbanas, las barreras están hechas para impedir el paso de peatones y vehículos. Las vallas son de diversos tipos: en algunos segmentos son paneles de chapa o acero corrugado, en otras partes hay una malla de alambre o varias superpuestas, y en ciertos sectores hay barras verticales que miden entre 5,5 y 9,1 metros de altura colocadas sobre cemento y separadas por pequeños espacios. En el puesto fronterizo entre San Diego y Tijuana, las vallas se adentran hasta 100 metros en el mar y están hechas por materiales resistentes al óxido y la corrosión salina. A veces las barreras con simples (primarias) y en otras se duplican en paralelo (secundarias).

En las áreas más remotas, el gobierno usa «cercas vehiculares», postes de madera cruzados (generalmente obtenidos de las vías ferroviarias) que impiden el paso de vehículos pero que pueden ser superados por peatones. En gran parte del resto de la frontera, hay zonas montañosas, desiertos, humedales y canales en torno al río Bravo (o río Grande) y no existe una estructura hecha por el ser humano porque en teoría la naturaleza forma su propia barrera.

El 28 de agosto pasado, luego de Convención Nacional Republicana, Trump declaró que había construido «300 millas (480 kilómetros) del muro fronterizo». Pero esto no era cierto: hubo obras en 507 kilómetros, pero la mayor parte (451 kilómetros) fueron sustituciones o reparaciones de estructuras ya existentes. De los 56 km restantes, 43 corresponden a nuevas vallas secundarias. Es decir, solo hubo 13 kilómetros de muro realmente incorporados.

Sin embargo, a pesar de la extensión de muro ya existente, de la vigilancia oficial en el lado norte, y de la represión, esa frontera sigue siendo un “colador”, con túneles clandestinos que la atraviesan y con partes no controladas, en las que la naturaleza debía cumplir su papel de barrera. Esos “agujeros” son utilizados tanto por los cárteles del narcotráfico como por los “coyotes”, una siniestra actividad que traslada clandestinamente migrantes (muchas veces en condiciones infrahumanas) a cambio del pago del “servicio”.

Algunos grupos de las milicias de extrema derecha que operan en el país se dedican a “cazar” inmigrantes clandestinos que no fueron detectados por la Patrulla de Fronteras. Otros avanzan aún más y planifican ataques incluso contra aquellos que obtuvieron asilo. Un artículo de 2017 informa: «En octubre fue descubierto un complot de una milicia en Kansas para explotar un edificio que abrigaba inmigrantes somalíes.»[24]. En 2019, en la ciudad de El Paso (Texas), un joven blanco de 21 años disparó contra la gente en un importante centro comercial, matando a 20 personas e hiriendo a 26, casi todas latinas. Antes de esa acción, el asesino había escrito un manifiesto (que no se hizo público), y al ser detenido fue procesado por “crimen de odio”[25]. Este fenómeno no empezó con Trump pero se exacerbó en su gobierno.

El acuerdo con López Obrador

Con un muro que no avanzaba y que solo cumplía parcialmente su función, Trump buscó otros caminos para intentar resolver el tema de la “frontera sur”. Lo hizo apelando al servilismo de los gobiernos burgueses de los países colonizados. Algo así como “tercerizar el servicio”.

El primero en acompañarlo en este camino, y el más importante para esta política, fue el supuestamente “progresista” presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO). A inicios de 2019, él ya había aceptado la renegociación del TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte, entre EEUU, Canadá y México, NAFTA por sus siglas en inglés) aceptando condiciones aún peores que las que ya imponía el tratado original[26].

Pocos meses después, Trump “chantajeó” a AMLO con la amenaza de aumentar los aranceles de importación de los productos mexicanos si el gobierno mexicano no comenzaba a actuar como “muro” y policía del lado sur de la frontera entre ambos países, para controlar el flujo migratorio. AMLO, por supuesto, acabó obedeciendo y su gobierno comenzó a cumplir ese rol interno en México[27].

Pero esta medida no solo afectaba al pueblo mexicano sino también a migrantes provenientes de otros países (incluso de África y de Asia) para los que el territorio mexicano era la “puerta de entrada” a EEUU. México debía ser una especie de “dique de contención” para que el problema no llegase a la frontera. AMLO dejó de lado su promesa electoral de una política migratoria “humanitaria” y pasó a jugar el papel de guardia fronteriza de EEUU[28]. Eso se expresó en el “Programa Permanecer en México” que requería que los migrantes no mexicanos que buscaban asilo esperaran en México hasta su fecha de audiencia en Estados Unidos. Esto provocó, entre otras cosas, el establecimiento de campamentos, en condiciones que no siempre eran las ideales, del lado mexicano de la frontera, incluidos aquellos en que permanecía la primera caravana de hondureños.

Para las siguientes caravanas provenientes de este país, “el dique de contención” se ubicó aún más al sur y con métodos más violentos: fue el gobierno guatemalteco (este sí se reconoce abiertamente de derecha) el que les impidió entrar en México y quien los reprimió duramente en su lado de la frontera[29].

¿Qué cambia realmente con Biden?

Hemos dicho que la prensa transmite la idea de que el nuevo gobierno ha dado un giro completo sobre la política de Trump frente a los inmigrantes. Por ejemplo, la edición en español de la CNN expresa: Una de las primeras políticas en inmigración del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, es lograr una mayor apertura hacia los inmigrantes y, en general, de bienvenida a los extranjeros”[30].

Luego enumera una serie de medidas que fundamentan esta apreciación, como nombrar a la inmigrante cubana Esther Olavarría como presidente del Consejo de Políticas Nacionales de Inmigración de la Casa Blanca. Rápidamente, también anuló el “veto a los musulmanes” dictado por Trump, prometió resolver el tema de la unificación familiar de 600 hijos de inmigrantes separados de sus padres deportados (acción en la que se espera que participe la esposa de Biden) y anuló la continuidad de las inscripciones en el Programa Permanecer en México. En este último tema, sin embargo, la política propuesta será esencialmente la misma de Trump: “Biden buscaría con los próximos decretos proteger a los migrantes que se encuentran cerca de sus hogares a través de un sistema de asilo en los países vecinos”[31].

El cambio más significativo, hasta ahora, sería el cumplimiento de su promesa electoral de aumentar el cupo de admisión de 15.000 “refugiados” impuesto por Trump (vigente legalmente hasta setiembre próximo) a 125.000. Pero, incluso en este aumento, el concepto de refugiados es confuso: ¿se refiere al total de visas con permiso de residencia que se otorgarán o solo a aquellos que soliciten ingresar en este carácter?

Estas medidas y la ambigüedad entre lo que se declara y lo que se ejecuta han generado confusión en ambos lados de la frontera. Del lado estadounidense, algunas madres centroamericanas con sus hijos han sido liberadas de los centros de detención, del lado mexicano, miles siguen esperando en albergues y campos en Matamoros y otras ciudades mexicanas[32].

Al mismo tiempo, Biden ha enviado al Congreso el Proyecto de Ley de Ciudadanía de los Estados Unidos: “La propuesta incluye un camino de ocho años para que la mayoría de los 11 millones de inmigrantes que viven ilegalmente en los EEUU obtenga la ciudadanía, refuerza los sistemas de refugio y asilo, y pide que se use tecnología adicional para ayudar a proteger la frontera Sur…”[33].

Este proyecto repite esencialmente el presentado por Obama en 2014, que Trump dejó de lado. El camino para obtener la ciudadanía es largo y engorroso, lleno de trámites y etapas burocráticas. Por otro lado, no queda claro si será más amplio que aquel en el que quedaban encuadrados apenas la mitad de los indocumentados mientras en este, por lo menos en su presentación pública, se habla de la “mayoría”. Pero, ¿qué significa “mayoría”? ¿Quiénes serán excluidos y por qué? Al mismo tiempo, el gobierno ya anunció que “está abierto a dividir el paquete en partes”, para ganar el apoyo de legisladores republicanos, y, que, mientras tanto, va a avanzar con “medidas menores”. Por otro lado, es muy posible que el costo de la iniciación del trámite sea mucho más caro que con Obama: se habla de un multa de 10.000 dólares (casi lo mismo que cobra un coyote por traer alguien al país).

Queda, finalmente, el tema de aquellos que quieren ingresar actualmente para vivir y  trabajar legalmente en EEUU. Por un lado, como vimos, la promesa de Biden ha sido ampliar el cupo anual a 125.000 solicitantes, una cantidad muy por debajo de la demanda real, lo que seguirá alimentando tanto la acumulación de contingentes de personas en los “diques de contención” en México y Guatemala como el flujo de ingreso de indocumentados.

Frente a esa realidad, se usará “tecnología adicional” para “proteger la frontera Sur”. Ya sabemos lo que ese término representa en boca del imperialismo. Es decir, puede haber un cambio de forma en los mecanismos pero la política de “pararlos en la frontera” seguirá siendo la misma.

Este concepto (cambio de forma y de mecanismos con continuidad de fondo con relación a Trump) se aplica al conjunto de la política de Biden hacia los inmigrantes. Trump decía que “los inmigrantes se tenían que ir” (es decir, ser expulsados), los demócratas no utilizan esa terminología, pero recordemos que Obama fue el “deportar en jefe”.

En este tema, quizá pueda haber un cierto cambio de Biden sobre Obama. Pero es por razones de la situación política y no por “filosofía humanitaria”. Las comunidades inmigrantes ya deben estar aproximándose a unos cien millones de habitantes. Solo las comunidades latinas deben aproximarse a unos sesenta millones. Como hemos visto, la mayoría de los que han obtenido la ciudadanía apoyaron a Biden contra Trump. Al mismo tiempo, son solidarios con sus familiares y compatriotas amenazados de deportación y, muchas veces, participan de las luchas contra eso y en las rebeliones antirracistas de los últimos años.

Junto con esto, cada vez son más los legisladores de origen latino (en su gran mayoría en las listas demócratas), varios de los cuales se ubican en el “ala izquierda” de ese partido, como Alexandria Ocasio-Cortez, de origen portorriqueño que, con 29 años, se convirtió en la mujer más joven en entrar en la Cámara de Representantes, y se revindica “socialista”.

Biden no tiene entonces condiciones políticas de lanzar una deportación masiva de inmigrantes, como hizo Obama, sin el riesgo de enfrentar fuertes movilizaciones y rebeliones en su contra y, en una escala menor, de sufrir rupturas significativas del ala izquierda de su partido y de su base electoral.

Algunas propuestas

Hemos dicho que es el capitalismo imperialista el responsable de la realidad que viven los trabajadores inmigrantes y sus familias, porque es el que genera la pobreza y la miseria que obliga a los pueblos de los países dominados a migrar y porque los utiliza como ejército industrial de reserva, para mantener equilibrado sus mercados nacionales de trabajo. Pero lo hace con leyes discriminatorias y represivas, cuya aplicación endurece cuando necesita disminuir ese flujo. Las utiliza, al mismo tiempo, para que ese sector de trabajadores “se porte bien” ante la amenaza permanente de deportación.

Luchar contra esta realidad es una tarea que debe tomar toda la clase trabajadora del país de inmigración, porque la burguesía la utiliza en un doble sentido. En momentos de auge de la economía, para presionar hacia abajo los salarios y las condiciones de trabajo. En los momentos de descenso, para dividir a la clase acusando a los inmigrantes de “robar el trabajo”, tal como hizo de manera desembozada Trump, y eludir su responsabilidad en la crisis. Tal como dijo Marx, ya en el siglo XIX, “un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”. Por eso, ningún hombre o mujer pueden ser considerados ilegales por su origen geográfico, su raza, su etnia o sus creencias religiosas.

En este sentido, un primer nivel de reivindicaciones de lucha en Estados Unidos debe responder a los graves problemas actuales. La primera es la inmediata legalización de todos los inmigrantes que ya residen en el país, con plenos derechos para residir, trabajar, estudiar y recibir atención pública de salud. Como exigieron los inmigrantes en Europa: papeles para todos, como un primer paso, luego el derecho pleno a la ciudadanía. Relacionado con esto, de modo específico, está el derecho de reunificación de aquellas familias que fueron separadas por las deportaciones.

La segunda reivindicación es el fin inmediato de las redadas en todo el país, la derogación de la legislación represiva y la disolución de los organismos que la aplican, como la ICE y la “migra”. Frente a los ataques de los grupos fascistas y racistas, reivindicamos el derecho de autodefensa de las comunidades agredidas, un derecho que creemos también es válido frente a la violencia policial. Luchar por estas reivindicaciones es imprescindible e inmediato.

Un segundo nivel se refiere a los muchos que, por las necesidades ya descritas, quieren emigrar a EEUU. Las fronteras nacionales, las leyes discriminatorias contra la libre emigración y la represión a ella son mecanismos de las burguesías nacionales para mantener un “coto cerrado de explotación”.

Todo trabajador y su familia tienen que tener el derecho de elegir el país donde residir y trabajar, porque la burguesía ya tiene ese derecho, en los hechos y en las leyes. Reivindicamos una legislación migratoria en la que emigrar e inmigrar en cualquier país sea solo un registro administrativo.

Pero este segundo nivel nos lleva a un problema mucho más profundo: la necesidad de luchar contra el capitalismo imperialista en su conjunto, porque es el que crea las condiciones actuales, tanto la necesidad de emigrar como las leyes que reprimen a los migrantes. Solo derrotando el capitalismo imperialista, a través de una revolución que inicie la construcción de una sociedad más justa y humana (el socialismo), podremos hacer realidad el objetivo planteado en el himno La Internacional: “La Tierra será el paraíso de toda la Humanidad”.

Notas:

[1] https://blog.remitly.com/es/inmigracion/breve-historia-de-la-migracion-en-los-estados-unidos/#:~:text=En%20el%20siglo%20XVIII%2C%20muchos,llegaron%20a%20los%20Estados%20Unidos.

[2] Ídem.

[3] Ver el trabajo La migración mexicana hacia los Estados Unidos. Una breve radiografía, de Adolfo Albo y Juan Luis Ordaz Díaz en: https://www.bbvaresearch.com/wp-content/uploads/mult/WP_1105_Mexico_tcm346-246701.pdf

[4] Ídem, gráfico 2.

[5]https://datosmacro.expansion.com/demografia/migracion/emigracion/india?anio=2019#geo0

[6] KHADRIA, Binod; India: migración calificada a los países desarrollados; Colección América Latina en http://meme.phpwebhosting.com/~migracion/rimd/coleccion_america_latina/migracionYdesarrollo/c4.pdf

[7] https://www.un.org/development/desa/pd/data/world-population-policies

[8] Datos tomados de un cuadro elaborado según datos del Pew Research Center en: https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-48893783

[9] https://www.bbc.com/mundo/noticias-49505207#:~:text=El%20gobierno%20de%20Estados%20Unidos,%2C%20independientemente%20de%20la%20raza%22.

[10] Ver trabajo citado en nota [3], gráfico 3.

[11] Ver nota [9].

[12] https://elpais.com/internacional/2017/01/12/estados_unidos/1484257647_081706.html

[13] https://r4v.info/es/situations/platform

[14] https://litci.org/es/caravana-inmigrantes-hondurenos-hacia-ee-uu-no-nos-queremos-nos-expulsa-la-violencia-la-pobreza/

[15] http://www.teinteresa.es/mundo/Obama-presidente-mas-inmigrantes-deportado-deporter_in_chief_0_1687031367.html

[16] http://g1.globo.com/mundo/noticia/2014/11/obama-anuncia-plano-de-imigracao-que-protege-5-milhoes-da-deportacao.html

[17] https://www.bbc.com/mundo/noticias-42411724

[18] https://www.lavanguardia.com/internacional/20200410/48403339046/trump-deportado-inmigrantes-pandemia-coronavirus.html

[19] https://litci.org/es/secuestro-tortura-muerte-menores-inmigrantes-estados-unidos/

[20] https://expansion.mx/mundo/2020/10/30/trump-prometio-millones-de-deportaciones-pero-no-cumplio

[21] https://litci.org/es/represion-masacres-alentados-la-politica-trump-los-trabajadores-inmigrantes/

[22] www.nytimes.com/es/2019/09/17/espanol/mundo/ice-deportaciones.html

[23] Los datos de este subtítulo han sido tomados de https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-54022541

[24] https://www.bbc.com/portuguese/internacional-42371433

[25] https://brasil.elpais.com/brasil/2019/08/03/internacional/1564858805_623559.html

[26] Sobre este tema, ver la parte sobre México de: https://litci.org/es/latinoamerica-avance-del-dominio-imperialista-parte-2/

[27] https://litci.org/es/trump-chantajea-lopez-obrador-obedece/

[28] https://nuso.org/articulo/mexico-trump-amlo-migracion-acuerdo/

[29] https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-55698861

[30] https://cnnespanol.cnn.com/2021/02/01/biden-inmigracion-politica/

[31] Ídem.

[32] https://www.prensalibre.com/pl-plus/internacional/biden-modifica-las-politicas-migratorias-de-trump-y-la-confusion-reina-en-la-frontera/

[33] https://oglobo.globo.com/mundo/projeto-de-biden-para-dar-cidadania-11-milhoes-de-imigrantes-chega-ao-congresso-24888051 (en portugués en el original, traducción nuestra).