Sabemos que la política en los Estados Unidos cambió drásticamente desde 2016. La crisis de legitimidad del sistema bipartidista y de sus dos partidos que, al final del segundo mandato de Obama, eran muy parecidos, fue superada momentáneamente por el ascenso de Bernie Sanders y el movimiento socialdemócrata (consustanciado en el crecimiento de los Socialistas Democráticos de América (DSA, y la nueva popularidad de una versión tibia de “socialismo”). Además, esa crisis se manifestó a la derecha con el ascenso de Trump y del trumpismo, o sea, el populismo de derecha que apela a los pobres blancos que se sienten olvidados por el sistema.

Por La Voz de los Trabajadores -EEUU

El primer mandato de Trump no resolvió esa crisis. Al contrario, creció la polarización en la clase trabajadora, y también las movilizaciones de masas en el periodo poselectoral (Marcha de las Mujeres en 2017, récords de huelgas en 2018 y 2019, y la fantástica rebelión en masa de mayo-junio de 2020 que siguió al asesinato de George Floyd).

Las elecciones de 2020 tuvieron como objetivo renovar la confianza del pueblo americano en el sistema quebrado de la democracia liberal y del capitalismo.

¿Biden y Kamala Harris tuvieron éxito en canalizar las luchas hacia el sistema electoral, restaurando la legitimidad del sistema democrático burgués? Parcialmente, pero no totalmente. Y es claro que la lucha de clases será el factor determinante.

Ni es preciso decir que hubo una participación récord en esta elección. Los grandes medios burgueses insisten continuamente con que eso representa una “victoria de la democracia”. De forma distorsionada, muestra las aspiraciones de traducir algunas de las luchas de la clase, especialmente alrededor de la rebelión por justicia para los negros luego del asesinato de George Floyd, hacia las elecciones, con muchas pesquisas sugiriendo que la justicia racial fue un factor motivador para votar contra Trump. Pero prevemos varios elementos que indican que esa crisis puede continuar. En primer lugar, es preciso reconocer que aún existe una gran parte de la clase trabajadora que no vota o no puede votar. En segundo lugar, sabemos que el trumpismo, un fenómeno populista de derecha, vino para quedarse por lo menos algunos años. Y por fin, sabemos que la severa crisis sanitaria y económica, así como la injusticia racial, probablemente provocarán nuevas movilizaciones y explosiones, así como la esperada insatisfacción y frustración con el nuevo gobierno Biden.

El otro lado del récord en la participación electoral

La participación en las elecciones de 2020 fue proyectada en 66,3%, que sería la mayor participación en una elección en los Estados Unidos desde 1900. Ese número, no obstante, aún es pequeño en comparación con la participación en muchos países alrededor del mundo, incluyendo otros países occidentales ricos. En esta elección, los no electores representaron más de 30% del electorado, lo que no es pequeño. Estudios revelan que los no electores son desproporcionadamente de la clase trabajadora. Un estudio descubrió que 44% de los no votantes ganan una renta familiar de U$S 50.000 o menos (esta es la mayor franja de renta entre aquellos que respondieron a la pregunta, ya que 17% no respondió a la pregunta o respondieron que no sabían).

Los no electores tienen mayor probabilidad que los electores activos de desilusionarse tanto con los principales partidos políticos como con el sistema político en general. Esas personas expresan que no sienten que los políticos en Washington traigan cambios sustantivos en sus vidas y que, por lo tanto, sus votos no tienen un impacto significativo. Por ese motivo, los no electores son menos partidarios que los electores activos y tienen mayor probabilidad de decir que no pertenecen a ningún partido político.

Muchos no electores quieren votar, pero no lo hacen debido a las barreras al voto, como la imposibilidad de salir del trabajo, los obstáculos burocráticos en el proceso de registro electoral, la falta de información y otras barreras que, juntas, forman un sistema mayor de supresión de electores que afecta particularmente a las comunidades no blancas de la clase trabajadora. Los no electores también tienen mayor probabilidad de ser jóvenes, lo que representa un grupo demográfico importante para el trabajo político permanente. Ellos viven en los Estados azules (demócratas), rojos (republicanos), y en los Estados péndulo (swing states – sin hegemonía republicana o demócrata, ndt). Tanto el hecho de que esos distritos electorales no consideren que sus votos importan como el hecho de que muchos enfrentan barreras para votar muestra la naturaleza fundamentalmente antidemocrática de nuestro sistema electoral.

Finalmente, recordemos que actualmente existen 44,5 millones de inmigrantes o no ciudadanos viviendo y trabajando en los Estados Unidos que no tienen derecho a voto y constituyen 13,7% de la población total. A eso tenemos que sumar entre seis y doce millones de inmigrantes sin documentos.

Como socialistas, creemos que todos ellos merecen tener derechos políticos. Además, de acuerdo con el Sentencing Project, “en 2016, 6,1 millones de americanos fueron prohibidos de votar debido a leyes que privan a los ciudadanos condenados por crímenes dolosos” – un número desproporcionado de ellos son negros y latinos. Existen solo dos Estados, Maine y Vermont, que no restringen el derecho de voto de cualquier persona con una condena por crimen, incluyendo lo que están en la prisión.

Un partido que lucha por la clase trabajadora puede organizar tanto a aquellos desesperanzados que votan a pesar de sus frustraciones con el sistema bipartidista, como a aquellos que no votan por causa de su desilusión con el sistema, la supresión electoral, o ambas.

Sabemos que la lucha de clases no acabó. Podemos esperar un aumento de la polarización y de las protestas alrededor de la cuestión de las Vidas Negras, como vimos en 2013-2015 durante el gobierno Obama, además de las luchas debidas a la crisis económica y la pandemia.

El trumpismo vino para quedarse

Además, el trumpismo y el populismo de derecha no terminaron. Trump aumentó su base electoral, incluso luego de cuatro años de un gobierno desastroso, obteniendo más de setenta millones de votos (siete millones más que la última vez). Esos votos no fueron dados solo por electores blancos de la clase trabajadora sino también por un sector de los trabajadores latinos en Florida, especialmente aquellos de origen centroamericano, cubanos, venezolanos, debido a la agitación de Trump sobre los peligros del socialismo/comunismo, su estrecha relación con el cristianismo evangélico por medio de Mike Pence, y la propagación del miedo de que Biden capitulase a la “izquierda radical”. El drama poselectoral está contribuyendo a solidificar la idea de Trump como representante de la clase trabajadora y de Biden como el candidato de Wall Street y del Big Business.

Nuestro error fue no ver o enfatizar el hecho de que las movilizaciones del Black Lives Matter (BLM) también fortalecieron a un sector de la clase trabajadora que cree en la Ley y el Orden y está propenso a abrazar las ideas de la supremacía blanca.

Estábamos discutiendo la dificultad de Biden en traer a los electores a las urnas y reconectarse con su base electoral. Creíamos que Trump podría perder parte de su base electoral, ¡pero no preveíamos que aumentaría en siete millones!

Los demócratas aún no encontraron su “alma”

Sabemos que esta elección también fue un desafío para un partido demócrata dividido en encontrar respuestas claras para un camino de búsqueda de su “alma”. Sin embargo, los resultados que obtuvieron no van a ayudar a resolver su propia crisis interna. Ellos mal ganaron las elecciones presidenciales, y las batallas dentro del partido aún no terminaron.

En una entrevista al The New York Times, Alexandria Ocasio Cortez, que junto con otros miembros de la izquierda demócrata organizados alrededor del grupo ‘The Squad’ fueron al Congreso, atribuyó las derrotas electorales de diputados a la incapacidad del Partido Demócrata para defender las plataformas Vidas Negras Importan, Medicare para todos, y New Deal Verde (Medicare es un plan de salud público para mayores de 65 años; New Deal verde es un programa capitalista ecológico). “[I] internamente, (el partido demócrata) ha sido extremadamente hostil a cualquier cosa que incluso huela hasta progresista… Yo ni sé si quiero estar en política. Usted sabe, de verdad, en los primeros seis años de mi mandato ni sabía si iba a concurrir a la reelección este año… es la falta de apoyo del propio partido. Es su propio partido pensando que usted es el enemigo”.

La estrategia reformista de “ruptura” impulsada por el DSA (Socialistas Democráticos de América) y su publicación The Jacobin es una estrategia electoralista de socialistas usando el Partido Demócrata para conquistar cargos y, en un momento indeterminado separarse del partido Demócrata para formar una alternativa política independiente, [lo] parece cada vez más improbable con la derrota de Bernie Sanders y la victoria de Biden.

La izquierda, en lugar de usar un partido de la clase dominante, dominado por imperialistas, racistas, burócratas y banqueros, para promover un proyecto socialista, fue quien usó a la izquierda para elegir a Biden. Biden pidió que los apoyadores de Trump fuesen vistos como compatriotas americanos, “no enemigos”, extendiendo la mano a un Partido Republicano que también está totalmente comprometido con su propia agenda de supremacía blanca y de derecha. Con el control del Senado y una mayoría demócrata relativamente pequeña en la Cámara de los Representantes, el Partido Republicano está listo para bloquear las acciones de Biden y de su gabinete, [a] las cuales los propios demócratas no ofrecerán ninguna resistencia significativa.

Las próximas elecciones parlamentarias de medio [tiempo] de mandato y para las presidencias probablemente serán tomadas por la derecha como oportunidades para mitigar los desastres del Partido Demócrata –o sea, el aumento de la lucha de clases y la crisis de lucratividad– votando en políticos del Partido Republicano, que aprendieron a través de estas elecciones que un programa público y osado de supremacía blanca puede dar el poder a su partido.

La cuestión es si el derecho del Partido Demócrata conseguirá derrotar y expulsar a los progresistas, que ellos culpan abiertamente por sus malos resultados, o si estos últimos, que fueron un tanto reforzados con varias nuevas poltronas conquistadas y otras reelecciones de demócratas progresistas prevalecerán y la crisis y las luchas internas continuarán. Eso aumentará la polarización y la lucha política dentro del Partido Demócrata, que continuará buscando alianzas con el ala neoliberal del Partido Republicano –muchos de los cuales dieron su apoyo a Biden– para fortalecerse contra su ala izquierda.

La próxima crisis en el Partido Republicano

También existe una crisis equivalente en el partido republicano (GOP). Sabemos que el GOP está entrando en una crisis profunda porque la derrota de Trump destruyó el partido, marginó todas las voces críticas y se comportó de manera despótica, y, al mismo tiempo, conquistó el mejor resultado electoral del Partido Republicano en números brutos: ¡71 millones de votos!

Además, aumentó su base electoral sobre la base de una agenda abiertamente racista y nacionalista, lo que será un obstáculo en potencial para mantener electores no blancos que están tornándose la mayoría del electorado.

No está claro si el GOP puede descartarlo, a pesar de su derrota y de su resistencia en reconocerla, incluso porque no hubo un liderazgo alternativo a él en los últimos cuatro años.

El GOP tendrá que decidir si Trump aún es un patrimonio turbulento que puede ser controlado o si precisa comenzar a buscar un sustituto. Lo que está claro es que ellos no pueden sustituirlo inmediatamente y tendrán que juntarse a él –si es posible– hasta que encuentren un nuevo liderazgo.

El factor decisivo será la lucha de clases

Todos los factores analizados arriba son importantes, pero sabemos que el desatino de la situación política en los EEUU será definido por nuestras luchas –o por la ausencia de ellas–. Los trabajadores en los EEUU enfrentan una emergencia cuádruple, sanitaria, económica, social y ambiental y, como dijimos durante la campaña electoral, ni Trump ni Biden tienen una solución real para eso.

Nuestro único camino a seguir es organizar y luchar por nuestra sobrevivencia, y en el curso de nuestra lucha construir las herramientas de nuestra emancipación: organizaciones independientes y democráticas de la clase trabajadora (¡precisamos retomar nuestros sindicatos!), y la organización de un partido político independiente que esté enraizado en nuestra clase y en sus luchas, que gane experiencia en las conquistas obreras y que pueda proporcionar una salida independiente, una salida socialista.

Traducción del portugués al castellano: Natalia Estrada.