Hace 67 años, el 7 de junio de 1954, el matemático, criptoanalista (estudioso del descifrado de códigos) y pionero de las ciencias de la computación Alan Turing fue encontrado muerto en su casa, en Wilmslow, Inglaterra, al lado de una manzana parcialmente mordida, que se cree habría sido rellenada con cianuro.

Por: Wilson Honório da Silva

Esta habría sido la forma bastante dramática que él escogió para poner fin a su propia vida después de perder la batalla contra la depresión, desencadenada por haber sido obligado, 18 meses antes, a hacer una “elección” entre dos años de prisión o la llamada “castración química”, luego de ser detenido y condenado por “homosexualismo”.

Turing murió dos semanas antes de cumplir 42 años, pero ya había dado contribuciones inestimables a la humanidad, que, literalmente, ayudaron a moldear el mundo desde entonces. La más conocida de ellas fue su participación decisiva para descifrar el Enigma, el código secreto del nazismo, durante la Segunda Guerra Mundial. Una hazaña que, con todo, debe ser entendida como parte de estudios e investigaciones mucho más amplios, que le garantizaron el título de “padre” de la Ciencia de la Computación.

Su muerte fue responsabilidad del Estado británico. Una entre las millares provocadas por la criminalización de la homosexualidad, que estuvo vigente en el Reino Unido hasta 1967 y, también, ejemplo abominable de la llamada “cura gay”, aún hoy defendida por fundamentalistas y LGBTfóbicos en todo el mundo.

Así como la tentativa de prácticamente apagarlo de la historia hasta muy recientemente (rota principalmente con el lanzamiento del filme “El juego de la imitación”, en 2014), es típica de la hipocresía de una sociedad para la cual lésbicas, gay, bisexuales, transexuales, travestis e intersexos pueden hasta hacer contribuciones imprescindibles sin que eso signifique que siquiera sean tratados como parte de la humanidad.

Turing en la representación del filme “El juego de la imitación”.

Una mente brillante apasionada por el funcionamiento de la mente

Nacido en una tradicional y conservadora familia británica, el 23 de junio de 1912, Turing fue uno de aquellos jóvenes cuya sensación de “inadecuación” al mundo tuvo como consecuencia el sumergirse en los libros y el aislamiento social que, en muchos casos, permite una mirada más cuidadosa y detenida sobre el mundo alrededor. Una sensación típica de quien, aún adolescente, se vio apasionado por un amigo, Christopher Morcom, cuya muerte precoz y repentina (en 1930, por tuberculosis bovina) lo marcó profundamente.

En aquella que es considerada la mejor biografía sobre el matemático, “Alan Turing: The Enigma” (1983), el escritor Andrew Hodges recuerda que Turing no solo se refería a Morcom como su “primer amor”, sino también afirmaba que fue el deseo de continuar el legado intelectual del compañero (muerto a los 19 años) lo que impulsó sus estudios y, también, hicieron de él un ateo convencido y un materialista.

La importancia y el significado de esta relación quedaron registrados en la correspondencia que Turing mantuvo con la madre de Morcom durante toda su vida. “Tengo certeza de que no podría haber encontrado en lugar ninguno otro compañero tan brillante y, al mismo tiempo, tan glamoroso y humilde. Yo consideraba mi interés en mi trabajo, y en cosas como astronomía (que él me presentó), como algo a ser compartido con él y creo que él sentía lo mismo por mí (…). Yo sé que debo poner mucha energía e interés por mi trabajo como si él estuviese vivo, porque es eso lo que él gustaría que yo hiciese”, escribió Turing para Isobel Morcom.
También, según Hodges, aún en la adolescencia, Turing comenzó a demostrar un interés excepcional por todo lo que tenía que ver con el funcionamiento del mundo, algo que hizo que se dedicase al estudio de Biología, Química, Física y Neurología. Pero su mayor fascinación era el funcionamiento de la mente y, de forma muy especial, la posibilidad de crear máquinas que pudiesen reproducir los procesos mentales; o sea, que fuesen capaces de aprender, “pensar” y ejecutar tareas.

A los 15 años, Turing ya resolvía problemas matemáticos complejos y había desarrollado el interés por reproducir, a través de ecuaciones y cálculos, el funcionamiento del cerebro y de los razonamientos lógicos. Cuestiones que pasó a perseguir cuando ingresó en el renombrado King’s College, de la Universidad de Cambridge, en 1931.

Padre de la Computación y de la “inteligencia artificial”

En una serie de ensayos y estudios publicados en la década de 1930, todos ellos considerados esenciales en el desarrollo de la Matemática, Turing demostró, teóricamente, que sería posible construir una “máquina de computación universal” capaz de realizar cualquier tarea matemática concebible, caso ella pudiese ser representada a través de un algoritmo. O sea, a través de una secuencia finita de instrucciones y procedimientos (precisos y estandarizados) destinados a la solución del problema previamente establecido.

Esa noción, publicada en artículos como “Sobre las Máquinas Computables” (1937), cuando él tenía solo 25 años, es lo que, hoy, le posibilita a usted, lector o lectora, estar leyendo este texto en su computadora o celular, pues fue a partir de ella que se creó lo que quedó conocido como “Máquina de Turing”, un modelo teórico, que proponía la posibilidad de construir un equipamiento (mecánico o electrónico) que, a través de cálculos previamente establecidos, cambiaría de función (pasando a una nueva fase) conforme la necesidad, permitiendo definir y, cuando fuera posible, resolver problemas por medio de una secuencia de etapas.

Además, también debemos a él el llamado “Test de Turing”, que consiste en pedir a una persona que mandase una serie de preguntas para el computador y, después de analizar las respuestas dadas por él, intentar diferenciar si la respuesta dada por el sistema fue elaborada por el ser humano o por la máquina. O sea, su objetivo era verificar si el computador sería capaz de imitar y pensar como el cerebro humano, lo que no es más que la base de lo que hoy llamamos “inteligencia artificial”, una noción que él desarrolló en un artículo publicado en 1950 (“Maquinaria Computacional e Inteligencia”), en el cual desarrolló la noción de “juego de la imitación”.

Descifrando el enigma nazista

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Turing fue convocado para integrar el servicio de inteligencia británico y, entre 1939 y 1941, se juntó a un equipo destinado a decodificar los mensajes intercambiados por los países del Eje (Alemania, Japón e Italia) y, particularmente, los creados por un equipo conocido como Enigma, cuya mayor dificultad residía en su capacidad de criptografar (codificar) los mensajes con configuraciones que eran alteradas todos los días.

Turing y su equipo (cabe destacar también al matemático Gordon Welchman) fueron piezas fundamentales para el desarrollo de nuevas versiones de decodificadores mecánicos que ya habían sido desarrollados por polacos y eran conocidos como “bombas electromecánicas”.

Solo para tener una idea de la complejidad y dimensión de la tarea encarada por Turing, vale citar algunos datos de la máquina, sin siquiera entrar en detalles sobre los procedimientos, comandos y cálculos que esta era capaz de realizar. La enorme computadora pesaba casi una tonelada y tenía cerca de 1,80 de altura. Conocida como “La bomba”, el armatoste tenía 108 ejes, agrupados en nueve líneas, con 12 espacios cilíndricos encajados en tambores que, después de programados manualmente, por medio de cartones con pequeños agujeros, giraban simultáneamente, combinando las letras de cada tambor con los mensajes captados en agrupamientos de tres letras, analizando, al final de cada ciclo, un total de 17.576 posiciones diferentes, identificando los fragmentos que se repetían y determinando cuáles serían las letras siguientes.

Complejidad aparte, lo importante es que el equipamiento fue esencial para prever los movimientos de las tropas del Eje y posibilitar que los Aliados se anticipasen o trazasen sus planes, por ejemplo, el desembarque de las tropas en Normandía, en el llamado “Día D”, y muchas de las batallas realizadas en el norte de África.

La inadecuación a un mundo opresivo

Encarar la exhaustiva tarea no fue nada fácil para Turing, incluso hasta por la necesidad del trabajo colectivo, algo bastante difícil para alguien considerado un “excéntrico” (un “raro”, como se diría hoy) que no daba mucha atención a las llamadas “reglas sociales” y vivía en un mundo aparte. Una característica que también se reflejó, para bien o para mal, en la forma como Turing lidió con su homosexualidad.

Lo que se sabe es que, entre los más próximos, él no tenía problema en admitir su orientación sexual. Por el contrario. Para los amigos, él declaraba que no tenía vergüenza alguna de ser quien era y no hacía mucho esfuerzo para esconder sus relacionamientos. Frente al resto del mundo, él simplemente creía que no era necesario dar satisfacciones sobre su vida personal.

Parte de esta postura probablemente fue alimentada por la ilusión de que el Estado le debía, como mínimo, algún reconocimiento y respeto, en función de sus estudios y, principalmente, del papel que cumpliera durante la Segunda Guerra. Una creencia un tanto ingenua, como quedó probado, pero que también tenía raíces en el ambiente de relativa libertad en que Turing vivió, en sus tiempos de universidad.

En los años 1930, la Universidad de Cambridge era una especie de gueto, bastante elitista, que abrigaba a un exitoso grupo de intelectuales y artistas conocido como el “Grupo de Bloomsbury”, que tenía entre sus famosos miembros a varios gays, lésbicas y bisexuales, como los escritores E. M. Forster, Virginia Woolf y Vita Sackville-West; los pintores Lytton Stratchey y Duncan Grant; y el economista y matemático John Maynard Keynes (dígase de paso, bastante reconocido, incluso dentro de un sector de la izquierda, por sus teorías económicas, pero raramente recordado por sus innumerables relaciones afectivas con hombres).

Blindado por la posición social, por casamientos de fachada (o simplemente de acuerdo con la bisexualidad) y la restricción a segmentos artísticos e intelectuales, el Grupo de Bloomsbury, de cualquier forma, permitió que jóvenes como Turing transitasen por un ambiente de relativa aceptación a gays y lésbicas, manteniéndose a una distancia razonablemente segura de la legislación británica que, hasta 1861, castigaba las “prácticas indecentes” y el “pecado nefando” (tan abominable que el nombre siquiera podría ser pronunciado) con la pena de muerte.

De cualquier forma, en los años 1940, Turing llegó a proponer casamiento a una amiga científica (Joan Clarke), percibiendo que su proximidad a los altos escalones del gobierno podría ponerlo en peligrosa evidencia. Los dos acabaron llegando al a conclusión de que el casamiento sería una pésima idea y Turing adoptó para su vida afectiva y sexual la misma perspectiva que tenía frente a la ciencia: encarar el “problema”, buscando la forma más simple y directa de resolverlo.

Una postura ciertamente loable y audaz, pero que acabó costándole muy caro, como queda evidente por la secuencia de eventos que lo llevaron a la muerte.

Una víctima del intento de “recomposición del orden” en la posguerra

La naturalidad con la cual encaraba su homosexualidad y su postura medio desencadenada con las “cosas del mundo” llevaron a Turing a cometer un error fatal. En 1952, su casa fue robada y, buscando colaborar con las investigaciones, el matemático declaró abiertamente que el asaltante probablemente había sido un amigo de su compañero en la época, Andrew Murray, un joven de 19 años.

Fue así que él entró en la delegación en condición de víctima y salió como criminal, siendo condenado, por “indecencia grosera”, como determinado por la Ley de 1885, a dos años de prisión o a la llamada castración química, a través de una inyección de un cóctel de hormonas. Murray fue condenado a prisión condicional.

De inmediato, Turing rechazó la hipótesis de la prisión, que significaría su alejamiento de los estudios, creyendo, incluso, que podría encarar los efectos del cóctel con cierta tranquilidad. Con todo, la “terapia” resultó en impotencia, drásticos cambios físicos (como crecimiento de los senos) y alteraciones de humor que, junto con el aislamiento social provocado por el escándalo, lo pusieron en un estado de profunda depresión.

Una depresión en mucho agravada por el hecho de que él pasó a ser visto como una “amenaza a la seguridad nacional”, lo que significó la negación de acceso a las agencias gubernamentales (las únicas que ofrecían reales condiciones para el desarrollo de un trabajo de punta), lo que lo obligó a limitar su actividad a la investigación académica.

Motivos que llevan a creer que la hipótesis más probable para su muerte haya sido, de hecho, el suicidio (al contrario de un supuesto envenenamiento provocado por los remedios, como también se pensó). Con todo, suicidio o no, el hecho es que Turing fue una víctima de la LGBTfobia institucionalizada por el Estado británico y, también, de la ola conservadora (o “restituidora del orden”) que barría el mundo en el período de posguerra.

Después de casi una década de conflictos, con movilizaciones de tropas y desplazamientos poblacionales (léase, seres humanos) en una escala jamás vista, el mundo y, muy particularmente, los llamados sectores oprimidos atravesaban por una situación ultra peculiar.

Al final, mujeres habían “aprendido” a vivir, por años, lejos de la tutela de los padres, maridos y hermanos, asumiendo las redes de sus propias vidas y ocupando los más diversos puestos en el mercado de trabajo y en la sociedad. LGBTIs, que se pensaban “aberraciones” solitarias y únicos ejemplares de su propia especie, habían abandonado sus pueblitos y encontrado a otros como ellos/ellas mismos. Negros y negras, incluso en pelotones segregados, lucharon por la libertad y la democracia que históricamente les eran negadas, pasando a ser vistos (incluso por blancos) como “compañeros de armas”.

Y, pasada la Guerra, la burguesía estaba dispuesta a hacer lo que fuese necesario para volver a poner orden en esta situación. En los Estados Unidos, ese proyecto asumió la forma de una violentísima caza de brujas, que entró en la historia con el nombre de Macartismo, en referencia al senador Joseph McCarthy, cuyas audiencias inquisitorias promovieron un proceso de purgas de comunistas, socialistas, LGBTIs o cualesquiera otros considerados amenazas al sistema.

Los homosexuales, particularmente, eran considerados símbolos de la “degeneración social”, amenazas al orden y potenciales riesgos a la seguridad nacional, ya que servían al proyecto comunista de destrucción del mundo capitalista y sus valores. ¿El resultado? Solamente en los Estados Unidos, entre 1947 y 1950, cerca de 1.700 pedidos de empleos federal fueron negados; 4.380 personas fueron dispensadas del servicio militar, y otras 420 fueron despedidas de sus empleos en el gobierno, bajo la “sospecha de homosexualismo”.

En 1952, la Asociación Americana de Psiquiatría incluyó el “homosexualismo” en el Manual de Diagnóstico y Estadísticas (DSM), como un trastorno mental, medida semejante a la que pasó a regir en todo el mundo. Así como también se popularizaron las campañas de “prevención a la perversidad” (con asquerosos filmes de propaganda) en las escuelas. Y vale recordar que el estalinismo no se quedó atrás en esta historia, creando sus propios mecanismos de represión, al considerar el “homosexualismo” un “desvío antinatural” y un síntoma de la “decadencia burguesa”.

A largo plazo, el clima de terror instaurado está en la raíz de los movimientos de negros(as), de mujeres y LGBTIs que explotaron en la década siguiente. Con todo, Turing no sobrevivió para conocer esto, tornándose parte de la larga historia de opresión y LGBTfobia en el Reino Unido, que, en el pasado, ya había llevado a millares a prisión, como el poeta y dramaturgo Oscar Wilde (condenado a dos años de prisión, con trabajos forzados, en 1885), a los manicomios judiciales o a la sumisión a prácticas “médicas” que no pasaban de crueles métodos de tortura, como la lobotomía (intervenciones quirúrgicas en el cerebro) y la castración química, entre otros.

La hipocresía del Estado y la conquista, en la lucha, de la “Ley Turing”

No son pocos los historiadores que afirman que la mantención del sigilo, hasta el inicio de los años 1970, sobre la existencia del equipo liderado por Turing en el proyecto Enigma fue, en gran medida, causada por la vergüenza del propio Estado para asumir la responsabilidad en la muerte de Turing.

Y como es típico de la burguesía, el ajuste de cuentas con la historia asumió, en los últimos años, el formato de la más pura hipocresía. El “primer acto” fue protagonizado en 2009 por el entonces primer ministro del Reino Unido, Gordon Brown, en un pedido oficial de disculpas por los sufrimientos impuestos a Turing.

“Alan y muchos otros millares de hombres gays que fueron condenados por leyes homofóbicas, fueron tratados terriblemente. En nombre del gobierno británico y de todos aquellos que viven en libertad gracias al trabajo de Alan, yo estoy muy orgulloso de decir: disculpe, usted merecía cosas mucho mejores”, dijo Brown.

Por su parte, la monarquía, con su característica lentitud y resistencia a los cambios, solo entró en escena en 2013, cuando la reina Elizabeth II ofreció un “perdón real” a Turing. En realidad, fue obligada a hacerlo. En 2012, el centenario del nacimiento del matemático detonó una campaña, con petitorios y protestas, que pusieron a Turing en el centro del debate sobre la LGBTfobia.

Al mismo tiempo, el filme “El juego de la imitación” (lanzado en 2014) ya estaba en proceso de producción y, evidentemente, con o sin el “perdón real”, el público mundial tendría plenas condiciones de “juzgar” la historia, incluso hasta porque el filme dirigido por Morten Tyldum es extremadamente simpático y honesto en la representación de Turing (vivido en una inspirada interpretación de Benedict Cumberbatch).

El saldo más positivo de los debates iniciados en 2012 fue una campaña continua, encabezada por los familiares del científico y los movimientos LGBTIs, para hacer de la trágica historia de Turing algo que tuviese un sentido más “histórico” y de alcance más amplio que los pedidos formales de disculpa, lo que resultó, en 2017, en la aprobación de la “Ley Turing”, que dio amnistía política y canceló, solo en Inglaterra y el País de Gales, la condena de todos los que fueron injustamente perseguidos hasta la caída de la legislación LGBTfóbica, en 1967 (que, dicho se a de paso, fue sustituida por otra que es aún de las más retrógradas del mundo, al determinar que “actos homosexuales” solo no son crímenes si son practicados, consensualmente, entre personas con 21 años o más).

Incluso siendo un acto “simbólico”, la ley tuvo un impacto bastante concreto para la vida de millares, ya que significó “limpiar el nombre” de alrededor de 75.000 personas que habían sido perseguidas y presas, siendo que 15.000 de ellas aún están vivas y, consecuentemente, pudieron rescatar derechos políticos o, como mínimo, darse el gusto de algún tipo de justicia.

Ya desde el punto de vista de la tortuosa y cínica lógica de la burguesía y de la realeza británica, el último lance en la “rehabilitación” de Turing fue estampar la imagen del científico en el billete de 50 libras que comenzará a circular el próximo 23 de junio (fecha de su aniversario). En el anuncio, hecho en marzo, Andrew Bailey, dirigente del Banco Central, afirmó que la elección se debe al hecho de que Turing incorpora “el espíritu de nación”. Al ponerlo en este nuevo billete de 50 libras esterlinas, celebramos [a Turing] por sus realizaciones y por los valores que él simboliza, de los cuales todos podemos estar muy orgullosos”.

Un “orgullo” no solo tardío y cínico sino también completamente desconectado de la realidad. Según un artículo publicado en The Guardian el 14 de junio de 2019, los crímenes de odio motivados por la LGBTfobia (incluso la persecución, el asedio y la agresión violenta), más que se duplicaron en Inglaterra y en el País de Gales a lo largo de cinco años. Entre 2013-2014 fueron registrados 4.600 casos, entre 2017-2018, el número saltó a 11.600 crímenes, lo que corresponde a un aumento de 144%, índice que es aún mayor cuando se combina con factores como raza y ataques dirigidos particularmente contra la comunidad transgénero.

Como en el resto del mundo, más allá de la violencia, la pandemia acentuó las desigualdades socioeconómicas entre las LGBTIs, más afectadas por el desempleo, pérdida de ingresos, etc. Lo que, evidentemente, no será amenizado con la presencia de un ícono LGBT en el billete de 50 libras.

¿Hétero? Ni soñando…

El hecho es que nada que haga el gobierno británico ahora podrá corregir no solo el crimen cometido contra Turing sino también contra toda la humanidad, ya que su muerte nos privó de las muchas contribuciones que él podría habernos dado.

Por eso, rescatar su historia, hoy, debe servirnos para recordar por qué debemos luchar contra toda y cualquier forma de opresión y, particularmente, contra la tentativa absurda de “curarnos”. Cosa que, sabemos, ni siquiera los fundamentalistas creen que sea posible y solo sirve como una forma literalmente enfermiza y cruel de tortura.

Algo que Alan Turing intentó encarar hasta donde pudo. Hasta el punto en que él se vio frente a la posibilidad de tornarse una “imitación” mal hecha de sí mismo. Lo que, para él, sería insoportable. Y es loable que, incluso en su peor momento, sufriendo con los efectos de la castración química, Turing haya demostrado, con su humor sarcástico, que no había sido vencido, como quedó registrado en una carta escrita a un amigo, donde ironizaba la posibilidad de que el tratamiento alcanzase su supuesto objetivo de “suprimir sus impulsos homosexuales”.

“Yo tuve un sueño que claramente indicaba que estoy en camino de tornarme hétero; aunque no lo acepte [esta hipótesis] con entusiasmo alguno. Ni despierto ni en sueños”, escribió Turing.

En un artículo publicado por el diario The Guardian el 23 de agosto de 2015, donde son reproducidos fragmentos de esta y otras cartas escritas, el biógrafo Andrew Hodges nos recuerda que, al leerlas, es posible tener una dimensión extremadamente emocionante de esta figura que fue, así como sus cálculos y ecuaciones, formada por una infinidad de variables que, con todo, cuando alineadas, se combinaban de forma genial.

“Excéntrico, solitario, melancólico, vivaz, resignado, furioso, impulsivo, descontento”, fueron algunos de los trazos destacados de la personalidad de un sujeto que mantuvo, hasta sus últimos días, una mente inquieta y cuestionadora.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 7/6/2021.-
Traducción: Natalia Estrada.