La cumbre del G7 terminó, entre otras resoluciones, con la promesa de donar 870 millones de dosis de vacunas anticovid “para los más necesitados”, hasta 2022. Durante la reunión habían anunciado mil millones, pero la declaración mostró que maquillaron los números contando dosis y dinero comprometido mucho antes de esa cita. La liberación de las patentes de los inmunizantes quedó fuera del debate. Ocurrió lo mismo que en el encuentro del G20, que ignoró esta alternativa en sus resoluciones finales.

Por Daniel Sugasti

El gobierno de Biden, que el 5 de mayo hizo un escueto anuncio en el que declaró estar abierto a negociar la cuestión de las patentes, hasta ahora no dio ningún paso en ese sentido. En la reunión del Consejo del Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC) de la Organización Mundial del Comercio (OMC), realizada entre el 8 y 9 de junio, el representante de Washington no apoyó la propuesta acotada de India y Sudáfrica –la única que promueve una suspensión temporal de las patentes de vacunas y medicamentos para combatir el Covid-19–, sino que manifestó estar dispuesto a discutir “un gran compromiso por parte de todos para dar cabida a los puntos de vista de todos”, formulación tan amplia que no dice nada. Cuando Washington realizó aquel comunicado “histórico”, muchos “progresistas” no ocultaron su entusiasmo y vaticinaron que, a partir de ahí, la liberación de las patentes era un objetivo cercano. La reunión de la OMC demostró lo contrario. El máximo acuerdo alcanzado por las delegaciones consistió en expresar “su voluntad de entablar un debate constructivo basado en las propuestas presentadas”.

A fines de mayo, las multinacionales Pfizer/BioNTech, Moderna y Johnson & Johnson prometieron que entre 2021 y 2022 ofertarán 3.500 millones de dosis a los países pobres a precio de costo o reducido. En sintonía con esa iniciativa, antes de viajar a Europa para participar del G7, Biden anunció la donación de 500 millones de dosis compradas de la Pfizer, aunque el precio se mantuvo en sigilo. La donación estadounidense, con la que pretende mejorar su posición ante China y Rusia en la llamada “diplomacia de las vacunas”, también se completará el año que viene.

En otros artículos hemos detallado más el fondo del problema, aquí basta señalar que la línea del imperialismo no pasa por una flexibilización de las leyes que regulan la propiedad intelectual de las herramientas médicas indispensables para enfrentar la pandemia sino por la mera filantropía.

Los países ricos, que acapararon hasta diez inyecciones por habitante de sus respectivas poblaciones y concentran 85% de las dosis aplicadas, ahora se sienten más seguros para hacer política mostrándose caritativos con el resto del planeta. La clase trabajadora no puede sino indignarse al ver cómo esos gobiernos, protectores de un puñado de grandes corporaciones farmacéuticas, promueven un genocidio en la periferia del sistema desde hace más de un año y recién ahora, movidos por intereses mezquinos, pretenden posar de salvadores del mundo destinando partidas de dosis sobrantes. Las recientes reuniones del G20, de la OMC y del G7 demostraron, una vez más, la incapacidad del imperialismo para derrotar la pandemia. Lo máximo que este sistema puede ofrecer a la humanidad son las migajas que caen de la mesa de los más ricos.

La obscena desigualdad continúa y millones seguirán muriendo por una enfermedad para la que existen varias vacunas eficaces. Mientras EEUU cuenta con 44% de su población completamente vacunada y el Reino Unido con 45%, países como Vietnam o Nigeria no sobrepasan 0,4 y 0,1%, respectivamente.

Datos al 10/06/2021

Nadie puede engañarse. Las cantidades que anunciaron los líderes mundiales y las farmacéuticas están muy lejos de los 15.000 millones de dosis que se necesitan para inmunizar a 75% de la población mundial. Para empeorar la cosa, son promesas basadas en una producción que ni siquiera existe, exactamente porque un oligopolio de cinco a seis empresas controla 90% de la fabricación y distribución de las vacunas disponibles. Además, la declaración del G7 es deliberadamente confusa. No aclara qué recursos son completamente nuevos ni cuántas dosis donará cada potencia.

Esto no se solucionará simplemente con donaciones porque el cuello de botella está en la producción. La exención de las patentes, en rigor una medida mínima que cuenta con antecedentes en la propia legislación burguesa, sería un primer paso para aumentar la producción de las vacunas aprovechando la capacidad industrial ociosa en Asia, África o las Américas. Pero, incluso una medida elemental como esa aterroriza a los mercados y el puñado de Estados imperialistas que domina el mundo mueve montañas para no tocar los intereses de un cártel que se apropió del conocimiento colectivo, recursos públicos y de la producción social para lucrar a pesar de la muerte de millones de personas. Como pocas veces en la historia, el modus operandi del imperialismo aparece de modo tan evidente.

La situación podría ser diferente. Con los actuales adelantos tecnológicos y logísticos, la inmunidad colectiva sería posible en pocos meses. El problema es la lógica del capitalismo, donde la producción social se organiza de acuerdo con la expectativa de lucro de una ínfima minoría de la sociedad. Sin acabar con la economía de mercado, intrínsecamente anárquica, por medio de una revolución socialista mundial que reorganice y planifique la economía global al servicio de atender las necesidades de la especie humana y del planeta, la dinámica hacia la barbarie se fortalecerá. Y solo la clase trabajadora, organizada democráticamente para llevar a cabo un programa revolucionario, puede cambiar este rumbo.