Joaquín Salvador Lavado Tejón, el humorístico gráfico argentino, Quino, falleció a los 88 años, víctima de un accidente cerebrovascular (ACV), el 30 de setiembre pasado, causando una ola de lamentos y homenajes que, literalmente, se extendieron por el mundo, en función de su creación más conocida: la experta, curiosa, inquieta y desconcertante Mafalda.

Por: Wilson Honório da Silva*

Homenajes más que justos y merecidos, ya que Quino, con seguridad, dejó su marca en la historia. Y, dicho sea de paso, es impresionante que haya hecho esto principalmente con un personaje que, a priori, vivió entre 1964 y 1973.

Al final, en un mundo marcado por aquello que el historiador Eric Hobsbawm llamó de “presenteísmo”, o sea, la “destrucción del pasado” y el aprisionamiento de la humanidad en un tipo de “presente continuo”, una dictadura de “aquí y ahora”, frutos directos del infeliz casamiento del destructivo inmediatismo neoliberal y las ideologías posmodernas, no es poca cosa que Mafalda, su familia y sus amigos (más allá de otras creaciones de Quino) continúen estampando “memes”, camisetas, carteles de protestas, además de ser publicadas y republicadas en más de treinta idiomas.

Quino, el humanismo en la punta del lápiz

Nacido en la ciudad de Guaymallén, Mendoza, el 17 de julio de 1932, hijo de padres oriundos de Andalucía, España, Quino muy temprano se orientó hacia el dibujo y después de un breve pasaje por la Escuela de Bellas Artes de su ciudad natal y sin concluir el curso, pasó a dedicarse enteramente a las historias en cuadritos [historietas], mudándose a los 18 años para Buenos Aires, para intentar ganarse la vida publicando sus creaciones en diarios de la capital.

Batallando para ganarse la vida, en 1963 aceptó una propuesta tentadora para crear un personaje para la campaña publicitaria de una firma de electrodomésticos. Fue así como nació Mafalda y su familia que, sin embargo, fue rechazada por el cliente.

El proyecto quedó guardado hasta setiembre del año siguiente, cuando la atrevida niña volvió a ganar vida en las páginas del seminario Primera Plana. Un año después, Mafalda migró para seis ediciones semanales en El Mundo, uno de los diarios más importantes de la época. Y el resto es historia. Mafalda ilustró álbumes y colecciones, fue traducida en todo el mundo y llegó a las pantallas en dibujos animados.

Una historia que podría haber acabado en julio de 1973, cuando Quino publicó su última tira. Oficialmente, la cuestión era que precisaba de un tiempo. Con todo, el hecho de haberse exilado en España poco después, en 1976, parece ser más relevante. Mafalda, como veremos, ya incomodaba a muchos.

El hecho es que en 1977, el personaje se convirtió en “celebridad” internacional al ser elegida por el Fondo de Emergencia Internacional de las Naciones Unidas para la Infancia, un órgano de las Naciones Unidas (Unicef) para ilustrar la “Declaración de los Derechos del Niño”.

Pero, su permanencia entre nosotros, hasta hoy, tiene que ver con algo mucho más importante que la “fama”. Mafalda es atemporal, porque Quino fue demasiado humano y, como sintetizó la dibujante Laerte supo como pocos traducir esto para el mundo de los HQs [historias en cuadritos]: “Quino nos enseñó que es posible tratar los problemas de fondo de la sociedad y, al mismo tiempo, retratar nuestro entorno, el sujeto de la panadería, el vecino, los amiguitos de nuestros hijos… (…) Es difícil encontrar quien consiga construir un paralelo como ese sin ser algo tan “sanitizado” [higienizado, también en el sentido de preso a los padrones ‘aceptables’] como hacen los norteamericanos.

Mucho de una época, un poco de todos nosotros

Mafalda es fruto de las contradicciones típicas de su época. Es prima hermana de la juventud rebelde del Mayo Francés, compañera de las mujeres que rompieron padrones con sus minifaldas y la quema de soutiens; solidaria con negros y vietnamitas, atenta al hambre en el África, enemiga de la ganancia capitalista. Su sintonía con el mundo, dicho de pasada, dio origen a algunos de sus mejores momentos, en sus impagables conversaciones con el globo terrestre.

Además, los que la rodean son, al mismo tiempo, expresiones de las contradicciones de aquel período, pero también de aquello que gravita sobre nosotros hasta hoy. Al final, vivimos bajo el mismísimo capitalismo. Más allá de sus padres, permanentemente desconcertados por la hija contestadora, sus amigos son, como Laerte dijo, gente con quien la gente puede toparse todos los días.

Susanita, para horror del feminismo precoz de la protagonista, parece haber salido de una telenovela para vivir, aún en la infancia, el sueño-ilusión del príncipe encantado y de los hijos obedientes que le garanticen el futuro. Por su parte, el pequeño capitalista Manolito, hijo del dueño del almacén, que, con su razonamiento lento y tortuoso solo piensa en ganancias y es portavoz de un conservadorismo estampado desde el corte de cabello al trajecito infantil, es contrapunto constante para la rebeldía antisistema y la sagacidad burlona y cínica de Mafalda.

Felipe es un soñador, contrario al estudio formal pero dueño de una encantadora sensibilidad. Y dos figuritas que surgieron en los años finales también evocan a aquellos rebeldes, pero repercuten hasta hoy: Miguelito, el amante del jazz, medio dejado y filósofo diletante, y Libertad, una existencialista, educada por una madre aficionada por Sartre, cuya esencia está en el propio nombre.

Nuestra hermanita

Para aquellas y aquellos que vivieron y militaron entre el final de los años 1960 y 1970, Mafalda aún es un símbolo de algo importantísimo: la resistencia latinoamericana a las sanguinarias dictaduras militares que infectaron no solo nuestro continente.

No es casualidad que haya sido censurada por aquí, y también por la dictadura del general Franco, en España. Como también vale recordar el lamentable episodio en 1976, cuando un cartel con el dibujo en el que Mafalda apunta hacia una porra policial, llamándola “palo de abollar ideologías”, fue puesto por los militares al lado de los cuerpos torturados y calcinados de tres padres y dos seminaristas que actuaban en la lucha contra la canallada militar.

En la época, Mafalda ya era casi como una militante clandestina, cuyos originales circulaban de país en país, llevados en las valijas de gente que se exilaba o iba a la lucha en los países vecinos. También fue así en el Brasil, cuando “nuestra hermanita”, al lado de los trabajos de gente como Henfil, ilustró millares de panfletos, boletines, carteles y camisetas, en las luchas contra la dictadura.

Por estas y tantas otras cosas, solo podemos agradecer a Quino. Y desear que Mafalda continúe inspirándonos hasta que, juntos, podamos celebrar, también con ella, un mundo que sea libre de todo aquello que siempre la irritó tremendamente, y contra lo que ella se rebeló de forma tan inolvidable.

*Wilson Honório da Silva es miembro de la Secretaría de Formación del PSTU-Brasil
Artículo original disponible en www.pstu.org.br
Traducción: Natalia Estrada.