No faltan en la prensa económica y corporativa brasileña elogios a la postura emprendedora de Israel, muchas veces llamada “startup nation”[1]. El término se popularizó luego de la publicación, en 2009, del libro Nación emprendedora: El milagro económico de Israel y lo que él nos enseña (Start-up nation: The Story of Israel’s Economic Miracle), publicado por aquí por la editora Évora. Sus autores, Dan Senor y Saul Singer, son, respectivamente, un ex consultor de política externa de los Estados Unidos y un ex editorialista del The Jerusalen Post. Hecho que por sí solo es suficiente para cuestionarnos sobre las intenciones del libro.

Por: Jorge Mendoza

No obstante, los números parecen confirmarlo: Israel es hoy uno de los principales países en concentración de startups del mundo, especialmente en lo que respecta a innovación y tecnología. Según el Índice Global de Innovación 2021 de la Bloomberg, Israel ocupa la séptima posición en el mundo entre las naciones innovadoras. Según la Forbes, las startups en Israel prácticamente duplicaron las inversiones recibidas en 2021, llegando a la cifra de 17,8 mil millones de dólares. La ocupación sionista tiene, incluso, su propio “Valle del Silicio”: el Silicon Wadi, en los alrededores de Tel Aviv.

La explicación romántica de los liberales, repetida en los alrededores de la Faria Lima [avenida en San Pablo, nuevo centro empresario de la ciudad, ndt.], es que el mérito de Israel son los méritos naturales de la cultura judaica-israelí, preponderantemente volcada al trabajo arduo y disciplinado, que los llevó a “superar los conflictos y desafíos políticos” y a construir un “libre mercado y única democracia de la región”, como les gusta decir a algunos comentaristas por aquí. Una cultura emprendedora, por así decir.

Nada más falso que eso.

Los liberales adoran explicar las cosas por el mérito, por el esfuerzo, por la vocación, por el don, en fin, por cualquier cosa que escape de las raíces históricas del proceso (y Fukuyama decretando el fin de la Historia es el ejemplo inolvidable de ese miedo liberal). Y en la explicación del caso de Israel, la colocan casi como una nación predestinada al éxito, gracias a su vocación natural. Y aquí las cosas se hacen aún más sospechosas.

Parte importante de la propaganda del proyecto de sionista de ocupación, colonización y limpieza étnica de Palestina es su justificativa reviviendo pasajes míticos del Pentateuco (Torá judaica o parte del Antiguo Testamento en la Biblia cristiana). Según los mitos judaicos-cristianos, al pueblo elegido de Dios (los judíos, obviamente) estaba reservada la tierra prometida (Canaán – región de Palestina), tierra que “mana leche y miel” (Deuteronomio 26:9). Vean la propia elección del editor al poner en el subtítulo del libro “milagro económico de Israel”. No debe ser por casualidad. Y esa idea, de Palestina como tierra prometida por Dios a los judíos, es un argumento fuerte para la ocupación sionista de la región. No en vano muchos cristianos en el mundo –vide los evangélicos neopentecostales en el Brasil– apoyan ciegamente la ocupación colonial en la región única y exclusivamente por la narrativa bíblica. La bandera de Israel siempre presente entre los apoyadores de Bolsonaro tampoco es una casualidad.

Economía de guerra

Bien, pero si la explicación para la innovación sionista no es la vocación natural de su cultura o la predestinación de Dios, entonces, ¿cuál es?

La explicación para el grado de “inversión en innovación” por parte de Israel está en la explicación del propio proyecto colonial de ocupación y limpieza étnica de la región. Proyecto que solo puede ser sostenido, obviamente, por una fuerte intervención estatal y una economía de guerra. Según datos del Banco Mundial, entre 1967 y 1994 los gastos de Israel con asuntos militares nunca estuvieron por debajo de 10% del PIB. Hoy, esa inversión está en alrededor de 5,6% del PIB (12% de todo el gasto gubernamental), valor aún por arriba de la media mundial. Estados Unidos, para tener una idea, invierte 3,7% y el Brasil 1,4%. Además, el proyecto militar sionista obliga a que todos los jóvenes –casi sin excepción– se alisten en las Fuerzas Armadas (Fuerza de Defensa de Israel – IDF, en inglés). Y son tres años de alistamiento para los hombres y dos para las mujeres. Obviamente, el costo de eso todo corre por cuenta del Estado.

Y, dentro de la estructura de las fuerzas armadas sionistas, algunas unidades se destacan. La primera de ellas es la Unidad 8200, especializada en servicios de inteligencia, como espionaje, interceptación de señales, y criptografía de datos. Unidad que, según los datos filtrados por Edward Snowden en el escándalo de espionaje en masa en los Estados Unidos, tiene una asociación con la NSA (Agencia Nacional de Seguridad, en inglés).

La Unidad 9900, responsable por la recolección de imágenes aéreas y por satélite, es otro gran “granero” tecnológico. Israel es hoy líder mundial en tecnologías de análisis de imagen y, según datos del Financial Times, la inversión pública y privada en este tipo de tecnología prácticamente se duplicó entre 2017 y 2018, alcanzando más de 500 millones de dólares.

Por fin, es preciso mencionar la Unidad 81, conocida como una unidad secreta de tecnología de la División de Operaciones Especiales. Muchos de los veteranos y ex militares que pasaron por esas unidades –especializadas en tecnología– acaban migrando al mudo corporativo y, especialmente, de las startups. Es lo que apunta un relevamiento hecho por el Calcalist, uno de los grandes diarios económicos de Israel. El diario es enfático al decir que los veteranos de la Unidad 81 son responsables por el actual boom tecnológico de Israel.

Toda esta situación hace que sea formado, por demanda militar, un bolsón de ingenieros y científicos que tarde o temprano acaban siendo absorbidos por el mundo corporativo y llevando consigo la experiencia militar.

No por casualidad, muchas de esas startups están relacionadas a tecnologías como comunicaciones, inteligencia artificial, ciberseguridad, reconocimiento facial, vehículos no tripulados y drones: son tecnologías con gran chance de ser vendidas para las Fuerzas Armadas que, como ya vimos, son muy bien financiadas en Israel. Es una gran oportunidad para que ex militares se aventuren en el mundo corporativo desarrollando ese tipo de tecnología. Y no solo eso: Israel es también un gran exportador de tecnología militar –tecnología debidamente testada en la represión y limpieza étnica contra los palestinos–. Vale mencionar la Latin America Aero & Defense – LAAD, conocida como “Feria de la Muerte”, realizada en el Brasil para el comercio de armas. Tecnologías como la “ametralladora de Rambo” –adquirida por la PMSP, o las “calaveras” del Bope-RJ [Batallón de Operaciones Policiales Especiales, de Rio de Janeiro, ndt.], o el Pegasus –software de espionaje que Carlos Bolsonaro quería adquirir– son todas tecnologías militares producidas en Israel.

Incluso la industria farmacéutica y química, responsable por casi 10% de las exportaciones en Israel según la Organización Mundial del Comercio, tiene fuerte relación con la economía de guerra colonialista. Además de la medicina militar, hay innumerables denuncias hechas por organizaciones internacionales de que prisioneros palestinos son usados como cobayas vivas de los fármacos producidos por allá.

Además de las fuerzas armadas como gran compradora, el fenómeno de las startups sionistas debe ser explicado también por la masiva inversión del gobierno en el área. Según datos de la propia Autoridad para la Innovación en Israel (IIA), su presupuesto en 2019 fue de más de 550 millones de dólares y, de ese total, 154 millones (28%) fueron destinados a fondo perdido para las startups. La meta para el presupuesto de 2022 es que esa cuota suba para 35%. Dinero que acaba convirtiéndose en una especie de inversión indirecta en tecnología militar.

Vieja propaganda sionista

Por lo tanto, ni predestinación ni vocación ni libre mercado ni democracia. Lo que está por detrás del desarrollo tecnológico en Israel es su proyecto de ocupación colonial y de limpieza étnica en Palestina, su posición de enclave militar occidental en el mundo árabe, y las fuertes inversiones estatales en esa economía de guerra. Inversión directa en tecnología militar o que acabará produciendo tecnología militar indirectamente, por el fuerte peso de las Fuerzas Armadas en la economía de Israel.

Son esos los factores que crean condiciones favorables para la proliferación de startups en el país. Checkpoints, drones, blindados, espionaje, todo eso es previamente testado contra la resistencia palestina antes de ser vendido al mundo como “tecnología de seguridad”. Y muchas de esas tecnologías, cuando no alcanzan sus fines militares, acaban siendo vendidas a los civiles como “servicios innovadores”.

Cualquier intento de explicar el fenómeno de las startsups en Israel a partir de una supuesta vocación moral no pasa de propaganda –aunque no tenga esa intención– del proyecto colonial sionista. La misma lógica está por detrás de la supuesta ayuda humanitaria enviada por Israel a Brumadinho durante el crimen de la Vale [cuando la ruptura de una represa de esa empresa, en el Estado de Minas Gerais, Brasil, ndt.], o del financiamiento del “bloque de Tal Aviv” en la Parada del Orgullo en San Pablo, en 2018 (política llamada pink washing por el movimiento).

En el fondo, tal discurso no pasa de la vieja propaganda sionista que se pinta como “pueblo esclarecido y democrático en medio del salvajismo árabe”. Israel se vende como la dádiva de Dios en la Tierra, desempeñando un papel casi mítico de salvación de la civilización (occidental), como los procuradores en el presente de un futuro high tech. Cultivar en el desierto es probar que aquella tierra mana leche y miel. Poco a poco, todo se encaja en la propaganda hecha por el proyecto sionista. En un paralelo con el término usado por el movimiento LGBTQ, lo que Israel pinta de sí mismo sobre la tecnología es una especie de “tech washing”, intentando disfrazar sus crímenes contra los palestinos bajo un manto de innovación y disrupción. Crímenes sistemáticos contra la humanidad no pueden ser justificados con el pretexto de la innovación y el desarrollo. Y nos parece que las explicaciones por aquí solo repiten esos argumentos, o por ingenuidad o por alineamiento con ese proyecto etnocida.

Por fin, como está muy de moda hablar de innovación y disrupción, vale la reflexión sobre el papel del desarrollo tecnológico en todo esto y cómo la lógica del capital lo distorsiona. Los liberales por aquí saludan el escenario en Israel pero cierran los ojos para todas las atrocidades. ¿Vale la innovación por la innovación, tal como plantea el capitalismo? ¿Aunque sea a costa de una limpieza étnica? La respuesta obvia, lógica y moral, debe ser no. Pero no es eso que el capitalismo reserva para la innovación tecnológica. En lugar de la búsqueda de libertad, el capitalismo pone el desarrollo tecnológico al servicio de la destrucción del plantea y del propio ser humano. Desconfíen de quien defiende la técnica por la técnica o la innovación por la innovación. Si no estuvieran ligados a un proyecto político de sociedad y libertad humana, pueden producir monstruos. Y es eso que el “milagro” de innovación en Israel nos muestra al no pasar de una maldición para los palestinos y tantos otros pueblos que viven bajo la mira de esas armas. La tecnología tiene el universo para ofrecernos, pero para mostrar todo su potencial debe ser liberada del yugo del capital.

Nota:

[1] Startup Nation, juego de palabras que hace referencia a la categoría de empresas innovadoras llamadas start-up, ndt.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 17/1/2022.-
Traducción: Natalia Estrada.