Es un hecho conocido que Bolsonaro se prepara para la posibilidad de perder las elecciones e intentar un golpe militar. Si este golpe tendrá éxito o no, dependerá de la relación de fuerzas concreta, en caso de que suceda.

Por: Eduardo Almeida

Sin embargo, solo la existencia de esta intención, abiertamente preparada desde la presidencia de la República, con el apoyo abierto de sectores de las Fuerzas Armadas, la policía, las milicias armadas[1], debería provocar una discusión seria por parte del movimiento de masas en el Brasil.

No obstante, no es lo que existe. Las direcciones del PT y del PSOL, así como las centrales sindicales mayoritarias, simplemente apuestan por la victoria de Lula-Alckmin y en las instituciones de la democracia burguesa para “evitar el golpe”’.

Hoy nos parece que la mayoría de la gran burguesía nacional, así como los sectores mayoritarios del imperialismo, no apoyan una propuesta de golpe militar, por tener asegurada a través de alguna de las listas mayoritarias en las urnas (Bolsonaro o Lula) la continuidad de sus planes económicos. Pero eso no excluye que Bolsonaro intente un golpe, con consecuencias impredecibles.

Además, Bolsonaro expresa una ultraderecha que llegó para quedarse. Gane o pierda las elecciones, intente un golpe de Estado o no, la extrema derecha está más organizada que nunca en la base y provocará enfrentamientos en el futuro.

Hay milicias (bandidos y policías interconectados), grupos neofascistas o fascistas armados, policías civiles y militares, sectores de las Fuerzas Armadas en número creciente en el Brasil, así como en gran parte del mundo. Hay una polarización de la lucha de clases en nivel internacional, y una de sus manifestaciones es precisamente la creciente presencia de la extrema derecha.

La amenaza más visible e inmediata es la posibilidad de un intento de golpe, dada la probable derrota electoral de Bolsonaro. Pero los enfrentamientos de grupos armados de extrema derecha contra huelgas de trabajadores, manifestaciones de mujeres, LGBTQ, y otras, podrían convertirse en algo común en el futuro. Lo que ya existe hoy en el campo, con pistoleros del agronegocio asesinando a líderes campesinos, quilombolas e indígenas (como fue el caso del ataque a los yanomamis), puede trasladarse a los centros urbanos.

Esto, en cierto modo, ya existe en los barrios populares con el genocidio de la juventud negra por parte de la policía, muchas veces asociada a las milicias. Varios de estos sectores policiales están hegemonizados por grupos de ultraderecha.

La creciente presencia de la ultraderecha es expresión de la polarización de la lucha de clases, que tenderá a agudizarse en los próximos años. Los elementos de barbarie, hambre y desempleo aumentan con la aplicación de los planes neoliberales. Esto acabará provocando más resistencia de los trabajadores y del pueblo pobre. Hoy hay huelgas como la de la Compañía Siderúrgica Nacional (CSN), Avibrás [industria aeronáutica], Chery [terminal automotriz de origen chino], empleados públicos. Y habrá más durante el año. Pero, al final, todo se encauzará hacia las elecciones de octubre.

Después de las elecciones, muchas cosas dependerán de quién sea el vencedor. Pero, incluso con la victoria de Lula, la realidad del capitalismo mundial impone la continuidad de los planes neoliberales, sin la posibilidad dada por el boom de las commodities en 2003. Aunque haya una confianza inicial en el gobierno, es probable que surjan luchas, movilizaciones. Ni siquiera se puede excluir la posibilidad de explosiones sociales.

La burguesía utiliza el aparato de Estado, con las Fuerzas Armadas, la policía y la justicia, para “mantener el orden” y reprimir las movilizaciones. Pero puede utilizar también estos grupos organizados y armados en la base. Un grupo armado puede disolver una asamblea o una manifestación.

El caso es que la ultraderecha se prepara activa y públicamente, tanto para la posibilidad de un golpe como para los enfrentamientos cotidianos con el movimiento obrero.

Sin embargo, el otro polo, el movimiento de masas, no está preparado. Y eso comienza por la mala educación política sobre este tema. La estrategia de las corrientes mayoritarias, articuladas en torno a las direcciones del PT y PSOL, es electoral, por dentro de las instituciones de la democracia burguesa. Todo está orientado hacia las elecciones de octubre y la confianza en la justicia, en el Congreso, en las Fuerzas Armadas. Jamás llaman a la autoorganización del movimiento y menos aún a su autodefensa.

Las instituciones burguesas no merecen ninguna confianza ni siquiera para resistir un intento de golpe, y menos para defender las luchas de los trabajadores.

La justicia, incluido el Supremo Tribunal Federal (STF), ya demostró su carácter de clase burgués y su cobardía frente a la extrema derecha, encubriendo crímenes como el asesinato de Marielle Franco y las masacres policiales en los barrios de Río de Janeiro. El Congreso, dominado por el centrão [partidos de centro], puede venderse al mejor postor. Las Fuerzas Armadas y la policía probablemente estarán divididas ante un golpe. Además, históricamente están en contra de las luchas de las masas.

Incluso si estas instituciones resisten un golpe, la resistencia será parcial y limitada. Pueden salir victoriosos, pero nada lo garantiza. Y, si estos grupos armados entran en escena contra sectores desarmados, tendrán mayores posibilidades de éxito.

La única posibilidad real de resistencia es del movimiento de masas. El pueblo en las calles derrocó la dictadura en el Brasil en 1984, en Argentina en 1982, en Bolivia varias veces (la última derrotando el golpe de 2019), impidió el golpe imperialista en Venezuela en 2002.

Pero, para eso, es necesario que los trabajadores se preparen. Tanto para la posibilidad de un golpe como para las luchas de los próximos años. Exactamente como ya lo está haciendo la ultraderecha. Esto significa organizar la autodefensa de los trabajadores.

La necesidad imperiosa de la autodefensa

Los trabajadores son la mayoría absoluta en la sociedad, y producen todo lo que se come, se viste y donde se vive. Pero quien controla el Estado y la sociedad es una pequeña minoría, la burguesía, dueña de las grandes empresas. Esa minoría gobierna hoy con Bolsonaro y, aunque con otro rostro, estará en el poder con Lula.

La dominación de la burguesía tiene una parte ideológica y política, asegurada por las instituciones (gobierno, congreso, partidos políticos), que aseguran el conformismo, la aceptación de la dominación. Parte importante de esa dominación es, en la democracia burguesa, la posibilidad de cambiar los gobiernos repudiados por la población (como hoy Bolsonaro) por otros (como Lula) en los cuales existan expectativas. Así, el desgaste y la crisis de los gobiernos pueden canalizarse a través de elecciones, siempre controladas por el gran capital.

La parte esencial y decisiva de la dominación burguesa es de las Fuerzas Armadas y de la policía, que en definitiva garantizan el “orden burgués”, es decir, la explotación capitalista de las grandes empresas, por la fuerza de las armas, de la represión.

Nosotros defendemos las libertades democráticas dentro de las Fuerzas Armadas y la policía, para dificultar esta represión. Reivindicamos el derecho de los soldados y suboficiales a organizar sindicatos y huelgas, así como el derecho de elegir a los oficiales y la desmilitarización de la Policía Militar. Evidentemente, mientras exista el capitalismo, la policía siempre estará al servicio de la represión del pueblo. Por eso, nuestro programa es la construcción de otro Estado y el fin de todos los órganos de represión contra el pueblo. Al defender, frente a la realidad actual, la desmilitarización de la Policía Militar (PM), una policía unificada donde exista el derecho de organización de los soldados y, al mismo tiempo, control de la población, estamos tratando de dar pasos hacia el desmantelamiento de las fuerzas represivas.

Pero eso no existe hoy. La realidad es la dura represión a las masas por parte del aparato represivo del Estado.

El monopolio de las armas por parte del Estado burgués es parte fundamental de esta dominación, vista como “normal” por la población y defendida por la mayoría de los partidos burgueses y reformistas.

El resultado es que la represión policial a menudo logra poner fin a manifestaciones y huelgas. La policía puede actuar como tropa de ocupación en las comunidades, hiriendo y matando a la juventud negra.

Además, están los grupos armados paraestatales de la burguesía, como los yagunzos en el campo, que asesinan a dirigentes campesinos. Bolsonaro fomenta el armamento, pero de la burguesía y la alta clase media, para defender sus propiedades y apoyar su golpismo.

Los trabajadores, a pesar de ser mayoría absoluta, aceptan su dominación y explotación por el control ideológico y político. Y, cuando se rebelan, son reprimidos por el aparato armado estatal y paraestatal dirigido por una minoría: la gran burguesía.

La lucha contra esta situación comienza por la política. Los trabajadores tienen todo el derecho de defenderse contra la violencia de la burguesía. No es correcto aceptar pasivamente la represión del Estado o de los grupos armados de la burguesía.

Esto no tiene nada que ver con la defensa de la guerrilla, de grupos desvinculados del movimiento de masas, que pretenden suplantar la acción de las masas. O las propias masas se defienden, o nada. La experiencia de 2013 mostró cómo algunos grupos de vanguardia, como los Black Blocs, con acciones al margen de las masas, solo facilitan la represión policial. Además, por veces son infiltrados por la policía.

Cuando las masas entran en acción y asumen su defensa, pueden salir victoriosas, acumulan conciencia y organización.

Esto ocurre, muchas veces, como consecuencia de las luchas directas. En las huelgas se forman piquetes, que sirven para convencer a los que dudan, y también para usar la fuerza contra los rompehuelgas. Los piquetes son ejemplos de autodefensa de las masas.

En momentos más avanzados de la lucha, por ejemplo, durante las huelgas de ocupación en la década de 1980 en la Mannesman y Belgo en Minas Gerais, así como en la GM de São José dos Campos, los piquetes también impidieron la entrada de la policía a las fábricas y garantizaron la victoria de las huelgas.

Como afirmó Trotsky: “En el fondo, el piquete es el embrión de la milicia obrera. Quien crea necesario renunciar a la lucha física, debe renunciar a toda lucha, porque el espíritu no puede vivir sin la carne.”

En la ocupación del Pinheirinho, ubicado en la ciudad de São José dos Campos (SP), en 2012 la población organizó la resistencia contra la invasión de la policía. La policía ocupó el Pinheirinho, pero aun así, la población resistió de manera heroica. El ejemplo de la resistencia en el Pinheirinho se convirtió en referencia para otras ocupaciones.

En el ascenso revolucionario en Chile, en 2019 y 2020, se organizó la “Primera Línea”. Eran grupos de activistas que defendían los actos y marchas contra la policía. Estas no fueron acciones individuales, por fuera de las masas, como los Black Blocs en las movilizaciones de 2013. La Primeira Línea fue parte directa del movimiento, reivindicada por las masas.

Vemos una tendencia de la lucha de clases a agudizarse y polarizarse. Los trabajadores necesitan organizarse para luchar contra la violencia de la burguesía, ya sea por la policía, las milicias de derecha o las Fuerzas Armadas.

Por eso, afirmamos la necesidad de comenzar desde ya la organización para la autodefensa del movimiento de masas. El enfrentamiento con la posibilidad de un golpe de Bolsonaro es solo la expresión de una necesidad más profunda de las masas.

Como dijimos, esto comienza con un debate político sobre esta necesidad, que debería ser asumida públicamente por los partidos y las centrales sindicales mayoritarios del movimiento, como PT, PSOL y CUT.

Esto significa armar equipos de autodefensa en todos los sindicatos, movimientos sociales (campesinos, ocupaciones de tierras urbanas y rurales, quilombolas, contra la opresión de las mujeres, LGBTQ, contra el racismo), de la juventud, asociaciones de barrios. Formar equipos de autodefensa para el entrenamiento en artes marciales y defensa en manifestaciones, piquetes de huelga, etc. Incluye preparar equipos de autodefensa también para las elecciones, preparando la respuesta en caso de golpe.

La cuestión del derecho al armamento

Parte de este debate tiene que ver con el derecho o no del pueblo a armarse. Esto incluye el proceso colectivo, como dijimos arriba, de la autodefensa de las masas a partir de sus organizaciones de lucha. Y también incluye el derecho individual de armarse.

Esta polémica está abierta en el movimiento. Y parte de ella tiene que ver con la defensa sistemática de Bolsonaro sobre el armamento de la burguesía y de la clase media. Tanto el PT y el PSOL, como la mayoría de los partidos burgueses, responden a esto con una postura pacifista, contraria al armamento.

Sin embargo, esta posición solo debilita el derecho de defensa del movimiento de masas y de la población en su conjunto contra la violencia del Estado y de los grupos bolsonaristas de ultraderecha. Es un hecho que, en los primeros tres años del gobierno de Bolsonaro (2019 a 2021), el registro de armas de fuego por parte de la Policía Federal más que se triplicó en comparación con los tres años anteriores (2016 a 2018). Los “clubes de tiro” de la clase media y de la burguesía se multiplican en el país. Las milicias bolsonaristas se arman de forma ostensiva.

Frente a esta realidad, los pacifistas abogan por el desarme. No tenemos un acuerdo con eso. El armamento de la población es un derecho democrático. Fue fundamental en las revoluciones burguesas, empezando por la francesa. En la revolución democrático burguesa de los EE. UU., la población también estaba armada, y esta conquista sigue asegurada en la Constitución, que dice que un ciudadano desarmado no puede ser un ciudadano libre.

¿Por qué no asegurar el derecho colectivo de los trabajadores al armamento? ¿Por qué no asegurar el derecho individual de la población brasileña al armamento, como en la Constitución de los Estados Unidos? ¿Por qué el movimiento no puede defenderse de la policía, de los yagunzos de la burguesía y de la ultraderecha? ¿Por qué el pueblo no puede defenderse en las comunidades pobres, tanto de los bandidos como de la policía?

Contra el armamentismo bolsonarista, nosotros defendemos el derecho democrático del pueblo pobre al armamento.

Nota:

[1] En el Brasil, se denomina “milicia” a grupos de extrema derecha formados por policías y militares en actividad o retirados que se formaron para combatir a las bandas de narcotraficantes en los barrios más pobres de las ciudades y acabaron transformándose ellas mismas en una organización delincuencial [N. de T.].

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 16/5/2022.-

Traducción: Natalia Estrada.