Primero de enero de 2003. Lula tomó posesión como presidente de la República. Por primera vez, un dirigente obrero llegaba al gobierno. Una enorme esperanza entusiasmó a los trabajadores y trabajadoras de todo el país. Como vicepresidente, Lula trajo a José Alencar, representante de la burguesía industrial. En aquel momento, el PSTU afirmó que la alianza con la burguesía frustraría las expectativas de los trabajadores. En la época, pocos nos escucharon pero, todo acabó, sin embargo, en una enorme frustración.

Por: Eduardo Almeida

Hoy, nuevamente, las esperanzas de la mayoría de los trabajadores y de la juventud se vuelven hacia Lula para las elecciones de 2022. Se espera que en enero de 2023, Lula saque al odiado Bolsonaro del gobierno y cambie los planes económicos neoliberales.

No obstante, una vez más, Lula busca un vicepresidente que exprese la presencia de la burguesía en su gobierno. Esta vez, quiere expresiones aún mayores del capital. Llegó a conversar con el PSDB y con el PP. Cuando cuestionamos esa alianza con la burguesía, la respuesta que escuchamos con mucha frecuencia es la misma: “vale todo para derrotar a Bolsonaro”.

Alianzas con la burguesía: el camino para nuevas frustraciones

Defendemos la mayor unidad de acción en la lucha por derribar a Bolsonaro, ya, incluso con sectores de la burguesía que se dispongan a eso. Pero eso es muy diferente de tener un proyecto de gobierno con la burguesía. Derrocar a Bolsonaro es abrir la posibilidad de cambio. Formar un gobierno con la burguesía es dar continuidad a los planes económicos neoliberales contra los trabajadores, pero con otra cara.

Al contrario de sumar, la alianza con la burguesía disminuye y sustrae. Obliga a hacer un gobierno en los marcos del programa burgués. Lula dio un ejemplo de esto en un posteo hecho en las redes sociales el 26 de julio, en una declaración contra la tasación de las grandes fortunas: “El problema no es tasar las grandes fortunas, porque usted puede tasar las grandes fortunas y ellas volar para otro país”. O sea, solo se puede hacer aquello con lo que los grandes empresarios estén de acuerdo.

Podemos estar frente a nuevas y grandes frustraciones. Es sobre eso que queremos hablar, recordando cómo fueron los gobiernos del Partido de los Trabajadores.

Balance: recordando los primeros gobiernos del PT

Cuando se hace un gobierno en los límites de la alianza con la burguesía, las posibilidades estarán dentro de la realidad de la economía capitalista. En los primeros gobiernos del PT, la realidad de la economía mundial y brasileña era muy diferente de la situación actual. Y eso favoreció al PT.

Lula asumió en 2003, en una situación de crecimiento de la economía mundial, antes de la gran recesión internacional de 2007-2009, con un “boom de las commodities” (o sea, la explosión en la comercialización de productos de alta escala que sirven como materia prima, como los agrícolas y los minerales). Eso posibilitó años de crecimiento capitalista en el Brasil, con índices de 4, 5 y 6% por año.

El gobierno petista mantuvo todo el plan neoliberal y dio largos pasos en su implementación. En primer lugar, mantuvo y amplió todo el dominio de los bancos en el país. En los ocho años de gobiernos Lula, las ganancias de los bancos fueron de R$ 254,76 mil millones. Cuatro veces más que los 63,63 mil millones de los dos gobiernos de Fernando Henrique Cardoso (FHC), entre 1994 y 2002. En 2003, la deuda pública con los bancos era de R$ 1,2 billones. Incluso con Lula y Dilma pagando R$ 3,4 billones, el endeudamiento aumentó para R$ 4,3 billones, según el Instituto Latinoamericano de Estudios Socioeconómicos (Ilaese). (*)

Lula tenía razón cuando dijo en 2006 que “los banqueros nunca ganaron tanto dinero como en su mandato”.

Lula, con el entonces presidente norteamericano George Bush, con quien realizó el acuerdo de ocupación de Haití comandando la Minustah

Excelentes relaciones con el imperialismo y el capital extranjero

El PT mantuvo excelente relación con el imperialismo. Profundizó seriamente la penetración del capital extranjero, comenzando por la Petrobras. Con el descubrimiento del pré-sal en 2008, Lula podría haber avanzado en la consolidación de una Petrobras 100% estatal y en la autosuficiencia en petróleo. Hizo lo opuesto: avanzó en la privatización de la empresa, iniciada por FHC, con la 10° y la 11° subastas del petróleo y la abertura del capital accionario para los inversores extranjeros.

Los gobiernos petistas abrieron la economía para las multinacionales. De 1993 a 2002, las multinacionales remitieron U$S 47,1 mil millones para sus matrices. En los gobiernos petistas, entre 2003 y 2015 remitieron U$S 293 mil millones. Para completar el servilismo al imperialismo, Lula atendió un pedido de Bush y el Ejército brasileño comandó la Minustah, una fuerza de ocupación militar de la “ONU” en Haití, al servicio de las multinacionales.

Sin reforma agraria

En relación con el campo, el balance es impresionante. No para la reforma agraria, como esperaban los activistas. Como dijo el insospechado João Pedro Stedile, en 2012: “En los últimos diez años, no hubo avances en términos de reforma agraria. En los últimos diez años, se amplió la concentración de la propiedad de la tierra. Y peor, se concentró incluso en las manos de empresas por fuera de la agricultura y del capital extranjero”.

Lo que avanzó en el campo durante los gobiernos petistas fue el agronegocio. Las grandes empresas nacionales y multinacionales invadieron el campo, produciendo para la exportación. No por casualidad, Kátia Abreu, una de las mayores dirigentes de la burguesía agraria, se quedó con Dilma hasta el final, discursando en el Congreso contra el impeachment.

Concesiones

Lula y Dilma gobernaron para y con el capital nacional e internacional. Pero, en los gobiernos de Lula, con el crecimiento económico hubo también concesiones a los sectores más pobres, como el Bolsa Familia, que alcanzó a 13,6 millones de personas, y una pequeña elevación del salario mínimo. El crecimiento económico permitió un aumento del empleo, mientras el desempleo permaneció en niveles bajos, de 4 a 5%.

Esa combinación de factores creó la impresión de “mejora de la situación de vida de los trabajadores”, lo que fue ampliamente capitalizado por el PT.

Pero no se trató, como decía el PT, de que los pobres se volvieran una “nueva clase media”. Como fue discutido por el Ilaese: “De los 21 millones de nuevos empleos generados entre 2000 y 2010 (la mayor parte durante los dos mandatos de Lula), 20 millones se dieron en el esquema de precarización neoliberal. Desde ese punto de vista, al contrario de la propaganda oficial, aumentó el tamaño de la clase trabajadora (especialmente de los sectores que ganan menos) y disminuyó el peso de los trabajadores de ‘clase media’, que ganaban más de cinco salarios mínimos mensuales”. (**)

El PT aplicó toda la receta neoliberal en un momento de crecimiento económico. Garantizaron la estabilidad y las altas ganancias para la burguesía, por 14 años, con pequeñas concesiones para los trabajadores.

Dilma Rousseff con la dirigente burguesa del agronegocio, Kátia Abreu.

Impeachment: la crisis del gobierno Dilma

Cuando las condiciones de vida empeoraron, explotó el ascenso espontáneo de 2013, que desgató a todos los gobiernos, incluyendo el de Dilma. Comenzó, ahí, la enorme ruptura de las masas con el PT.

Pero, el PT consiguió reestabilizar la situación y Dilma ganó un segundo mandato. Vino, entonces, la recesión económica de 2015 (-3,5%) y más ataques a los trabajadores. El desgaste del PT se amplió y, ahí, surgieron los escándalos de corrupción. Dilma llegó a tener un rechazo de 71%, que consideraban su gobierno malo o pésimo, índice mayor del que Bolsonaro tiene hoy.

La mayoría de la burguesía, a la que le fue muy bien con el PT por 14 años, rompió con Dilma y apoyó el impeachment. El PT ya no tenía bases para conseguir implementar los nuevos planes de reformas que la burguesía quería.

Así, la burguesía aprobó el impeachment y puso al vicepresidente de Dilma, Michel Temer, en el poder. El PT construyó una ideología de que eso fue un “golpe” para sacar a Dilma, porque el PT, supuestamente, “defendía los derechos de los trabajadores”.

En verdad, los gobiernos petistas estuvieron completamente al servicio de la implementación de los planes neoliberales. Por eso, se desgastaron con la población y la burguesía pudo imponer el impeachment. No hubiera existido ninguna condición para que la derecha sacase al PT del poder si Dilma aún hubiese tenido apoyo de masas, como en los primeros gobiernos del PT.

Con el impeachment, no hubo ningún cambio en relación con el régimen democrático burgués. Si hubiese habido realmente un golpe, habría habido un cambio hacia un régimen represor, hacia una dictadura. Pero eso no ocurrió.

El impeachment fue una maniobra parlamentaria de la derecha (la misma que por 14 años apoyó al PT, con el mismo Centrão que hoy sostiene a Bolsonaro), porque la burguesía no precisaba más del PT para gobernar. Porque Dilma ya no tenía la fuerza para aplicar las reformas, a pesar de estar de acuerdo con ellas. Tanto que la reforma de la Previsión, después aplicada por Temer, fue elaborada en el gobierno Dilma.

En aquel momento, el PSTU, correctamente, no salió en defensa del gobierno burgués de Dilma ni apoyó la maniobra para poner en el poder a Temer, defendiendo el “¡Fuera Todos Ellos!”.

Alerta: gobernar en unidad con la burguesía es mantener la miseria de los trabajadores

Hacer un balance de los gobiernos del PT tiene un motivo: queremos alertar a los activistas, en particular de la juventud, para lo que puede ocurrir en un posible nuevo gobierno Lula.

El proyecto de gobierno ya anunciado por el PT incluye alianzas con la mayoría de la burguesía internacional y nacional. Lula se adaptará a los límites del capital, en un momento mucho peor que el de los tiempos de sus primeros gobiernos. La realidad pos recesiones de 2007-2009 y 2020 es de un crecimiento anémico, con ataques mucho más duros a los derechos de los trabajadores.

Durante los primeros gobiernos Lula, había crecimiento de la economía y el desempleo era bajo. Hoy, las proyecciones apuntan un crecimiento de la economía de 1,9% en 2022; y el desempleo está en 14,6%, según el IBGE [Instituto Brasileño de Geografía y Estadística]. Incluso con el actual boom de las commodities eso no será revertido.

El “Anuario Estadístico del Ilaese de 2021”, a ser divulgado, muestra que la realidad es mucho peor, con 23,36% de la población sin empleo y 17,14% con empleo precarizado. O sea, más de 40% de la población está en el ejército industrial de reserva.

La burguesía aprovechó la pandemia para “passar uma boiada” [en el caso, deteriorar mucho] las condiciones de vida de los trabajadores. Temer y Bolsonaro impusieron las reformas de la Previsión y Laboral, en el Congreso.

Esa es la realidad de la economía mundial y nacional. Y las perspectivas, incluso, son de empeorar. Con los avances de la industria 4.0, la internet 5G, la inteligencia artificial, el desempleo aumentará mucho más. Las tendencias son de ampliación de la desindustrialización relativa, de la desnacionalización de la economía, y de mayor precarización de las relaciones de trabajo.

No hay cómo cambiar esta situación sin una ruptura con el imperialismo y con la burguesía nacional. No existe siquiera una manera de volver a los tiempos del primer gobierno Lula sin enfrentamientos con la gran burguesía.

Y Lula no está dispuesto a eso. Quiere traer para su gobierno a los mismos sectores de la burguesía que estuvieron junto a Bolsonaro. Incluso hasta los parlamentarios del Centrão, que ya lo apoyaron en el pasado y pueden volver a hacerlo.

Para los que tengan dudas, basta ver si los pronunciamientos de Lula apuntan a la reestatización de la Eletrobras y de los Correos. O hacia la revocación de las reformas laboral y previsional.

La lógica es la misma por detrás de su negativa de tasación de las grandes fortunas. Eso significa limitar las medidas a los acuerdos posibles con el gran capital.

El plan de Lula, en esencia, es volver al Bolsa Familia reconvertido y potenciado, que es una recomendación del Banco Mundial para todos los gobiernos, siendo hoy aplicado por gobiernos de “izquierda” y de derecha, en todo el mundo, incluso el de Bolsonaro. Eso no cambiará el país. Solo traerá una frustración más.

El Brasil precisa de una ruptura con el capital. Precisa avanzar hacia una revolución socialista, para evitar la barbarie que está creciendo. Para eso, varios activistas y el PSTU están impulsando la formación de un Polo Socialista y Revolucionario para intervenir en las luchas directas para derrocar a Bolsonaro ya, y también para las elecciones. No aceptamos la lógica de gobernar en unidad con la burguesía para mantener la miseria de los trabajadores.

En un próximo artículo haremos un balance de las políticas del PT en relación con las mujeres, negros(as) y LGBTIs, además de sus medidas en relación con el medio ambiente.

(*) “El legado del PT en el gobierno (2003-2016): un balance en perspectiva histórica”, Ilaese, 2019.

(**) “Un balance crítico del gobierno del PT”, Ilaese (con textos de Nazareno Godeiro, Erika Andreassi y Daniel Romero. Disponible en: https://www.pstu.org.br/wp-content/uploads/2020/04/cartilha_Ilaese_governopetista_versao_web.pdf.

Artículo de Opinião Socialista n.° 619, agosto de 2021, reproducido en la página www.pstu.org.br

Traducción: Natalia Estrada.