“Cerca de 6,8 millones de judíos israelíes y 6,8 millones de palestinos viven hoy entre el mar Mediterráneo y el río Jordán, un área que abarca Israel y el Territorio Palestino Ocupado (TPO), este último formado por Cisjordania, incluyendo a Jerusalén Oriental, y la Franja de Gaza. […] En todas esas áreas y en la mayoría de los aspectos de la vida, las autoridades israelíes privilegian metódicamente a los judíos israelíes y discriminan a los palestinos. Leyes políticas y declaraciones de importantes autoridades israelíes dejan claro que el objetivo de mantener el control israelí judaico sobre la demografía, el poder político y la tierra hace mucho orienta la política gubernamental. En busca de ese objetivo, las autoridades despropiaron, confinaron, separaron a la fuerza y subyugaron a los palestinos en virtud de su identidad, en varios grados de intensidad. En ciertas áreas, conforme descrito en este informe, esas privaciones son tan graves que equivalen a los crímenes contra la humanidad del apartheid y de la persecución”.

Por Soraya Misleh

Así comienza el informe de la organización internacional Human Rights Watch divulgado el 27 de abril último, titulado “Un límite cruzado: autoridades israelíes y los crímenes del apartheid y la persecución”, reúne en 213 páginas descripción detallada de por qué el HRW concluye que los palestinos están sometidos a régimen de apartheid institucionalizado.

Solamente este año, es la tercera organización en reconocer la segregación que los que viven bajo ocupación criminal denuncian hace tiempo. Amnistía Internacional reveló en enero el racismo institucionalizado en la campaña de vacunación sionista. El mismo mes, la ONG israelí BT’Selem declaró que “esto es apartheid”, del río Jordán al mar Mediterráneo. Además de eso, en febrero último, el Tribunal Penal Internacional (TPI) decidió abrir investigación contra Israel por crímenes cometidos en los territorios ocupados en 1967, prioritariamente durante la masacre de Gaza en 2014, en relación con la expansión colonial vía construcción de asentamientos ilegales y presos políticos palestinos.

No son solo los palestinos hablando, sino que crecen las denuncias internacionales ante la segregación descarada y abierta con la pandemia. Es hora de que esas voces sean oídas.

Las mismas cantilenas

El mismo día en que el mundo divulgaba en titulares la conclusión de la Human Rights Watch, Israel corría a clasificar las afirmaciones como “ficticias” e inventadas, “absurdas y falsas”.

La tentativa de descalificar denuncias es praxis de ese Estado colonial y enclave militar del imperialismo, fundado en falsificación histórica, representaciones y mitologías para la limpieza étnica sistemática en la continua Nakba –la catástrofe consolidada con la creación de Israel el 15 de mayo de 1948 mediante limpieza étnica planificada–.

También es praxis inventar alguna amenaza inexistente para desviar la atención y seguir con su política de muerte. Una vez más han hecho movimientos que indican un nuevo posible ataque a Gaza, el blanco preferido desde que el bloqueo deshumano fue instalado hace casi 14 años. La mentira es la de siempre: “defensa” o “seguridad”, en territorio ocupado. Eso muestra la desesperación frente al mar de denuncias y el agravamiento de la crisis interna.

Dirigentes sionistas están reticentes en relación con el bombardeo masivo en este momento y de hecho han preferido la opción de matar a cuentagotas desde la gigantesca movilización internacional contra la masacre en 2014, pero en el discurso público mantienen la retórica ofensiva. No obstante, viniendo del Estado sionista, cuya naturaleza racista desafía la racionalidad, todo es posible.

Los defensores de ese Estado de apartheid repiten cantilenas a cada nueva denuncia. Ha sido así con la abertura de investigación por el TPI. Fue así con la denuncia de Amnistía Internacional y de la BT’Selem. Además de la mentira de llamar de antisemitismo, propaganda y chantaje predilecta para silenciar a los críticos, culpan a los que están bajo colonización criminal por no haber habido avances en las “negociaciones” –en que la alternativa en la mesa siempre fue la “paz de los cementerios”– y juegan con la presencia de la Autoridad Palestina (AP), para negar el régimen de segregación y su responsabilidad como potencia ocupante.

No es de hoy que los palestinos denuncian que no hay ninguna autonomía y que en la práctica la AP –fundada bajo los auspicios de los desastrosos Acuerdos de Oslo firmados en setiembre de 1993 entre la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) e Israel, bajo intermediación del imperialismo estadounidense–, se tornó de hecho gerente de la ocupación, con cooperación de seguridad con el Estado sionista y pasó a formar una nueva clase capitalista totalmente dependiente económicamente de la ocupación.

La propia HRW, en su informe, recomienda que esa cooperación termine, por contribuir a “facilitar los crímenes contra la humanidad del apartheid y de la persecución”. Lo que también los palestinos reivindican hace décadas; voces que hasta ahora encontraron oídos sordos.

La máscara comienza a caer

Netanhayu ha arrojado la imagen de buen mozo de Israel a la basura, mantenida por la “izquierda sionista”, que no abre mano de la defensa de ese Estado colonial y planificó de hecho la limpieza étnica que sigue. La diferencia es que los crímenes contra la humanidad de Israel eran maquillados por retórica más aceptable cuando la “izquierda sionista” estaba en el gobierno. Y la llamada “comunidad internacional”, cómplice de la situación en que se encuentran los palestinos, hasta denunciaba con una mano, pero acariciaba con la otra, como muestran innumerables resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Insistía en la idea de responsabilidades de los dos lados para encontrar la supuesta paz. Así, en general, evitaba dar nombre a los bueyes. Ahora la máscara comienza a caer.

Aunque en general las organizaciones internacionales concentren las denuncias sobre lo que ocurre en los territorios palestinos ocupados en 1967, no dirigiéndose al crimen basal en 1948, revelan el apartheid institucionalizado más allá de lo que ocurre en 22% de la Palestina histórica, o sea, Cisjordania, Gaza y Jerusalén Oriental.

El informe de la Human Rights Watach, por ejemplo, evidencia el racismo institucionalizado a que están sometidos los palestinos de 1948 [donde el mundo denomina Israel] y trae en la contextualización las expulsiones y la destrucción durante la Nakba. También describe la política de “judaizar las regiones de Galilea y del Negev” –localizadas donde hoy es Israel y que alcanzan a gran parte de la población palestina–. “Haaretz [el diario israelí] describió los esfuerzos para desarrollar esas áreas como posiblemente el ‘mayor esfuerzo de asentamiento dentro de la Línea Verde [definida en el armisticio de 1949, que separa los territorios ocupados en 1948 de los de 1967] en los últimos 25 años”.

Vacunación, un ejemplo de segregación

En la misma semana en que la HRW divulgó su informe, otra noticia podía ser vista en los diarios: un día sin muertes por Covid-19 en Israel, en función de la “campaña exitosa de inmunización”.

Mientras tanto, apenas 0,9% de los palestinos habían sido vacunados. Frente al apartheid sanitario, como informó la BBC, “en media, mueren actualmente 25 personas por día por Covid en Palestina. Son registrados cerca de 1.600 nuevos casos, casi diez veces más que en Israel”.

Solamente en Gaza, que alcanza una población de dos millones de habitantes bajo bloqueo deshumano sionista hace casi 14 años y bombardeos frecuentes, son más de mil casos notificados por día. Como hay carencia de todo, incluso de testes, ese número debe ser tristemente mucho mayor. Y pocos miles de vacunas llegaron hasta este momento. Además, 70% de la población está desempleada. La crisis humanitaria es dramática. En 2012, la ONU llegó a afirmar que Gaza se tornaría inhabitable hasta 2020, o sea, el límite ya fue extrapolado. La población sigue resistiendo a condiciones absolutamente insostenibles. Parte de la resistencia heroica y histórica hace casi 73 años es sobrevivir.

Mientras los palestinos esperan por vacunas, el 19 de abril Israel firmó contrato con la farmacéutica americana Pfizer para obtener más millones de dosis para seguir con la campaña hasta finales de 2022. En la punición colectiva, los palestinos están en la rebarba de la fila. En la limpieza étnica, la pandemia se torna un instrumento más.

Justicia, no “paz de los cementerios”

Recomendación importante a empresas y países fue hecha en el informe de la HRW y de otras organizaciones, en dirección al boicot a los moldes de la campaña de solidaridad internacional que ayudó a poner fin al apartheid en el África del Sur en los años 1990, lo que puede comenzar a cambiar ese escenario y aislar política, económica y culturalmente al Estado de Israel.

Al lado de la resistencia heroica, la alianza de los oprimidos y explotados en todo el mundo en la lucha contra los enemigos de la causa palestina –imperialismo/sionismo, regímenes árabes y burguesía árabe y palestina–, debe presionar para ese paso necesario y urgente, rumo a la justicia, no a la “paz de los cementerios”.

El cerco que se forma a partir de las denuncias crecientes es muy positivo y muestra la decadencia del sionismo, ya alertada hace algunos años. Como expone la columnista Asa Winstanley en el portal Monitor de Oriente, “si incluso hasta la Human Rights Watch está finalmente admitiendo la verdad que los palestinos han dicho todo el tiempo, entonces es una señal de que será cada vez más difícil para Israel y sus defensores negar la verdad obvia”.

Ella revela “pequeña indicación de eso el martes [27/4]”, cuando el grupo británico pro Israel, el Consejo de Diputados de los Judíos Británicos, postó la declaración en Twitter, “descaradamente encubriendo el apartheid israelí, el grupo defendió ‘las medidas de seguridad de Israel’; llamó el apartheid de ‘calumnia’ y acusó a Human Rights Watch de ser el autor de un informe ‘ficticio’. Las respuestas de los electores a ese Consejo de Diputados en la plataforma de medios sociales fueron absolutamente contundentes y casi totalmente críticas al grupo sionista, acusándolo de hipocresía”.

Tales denuncias no pueden ser, con todo, instrumentalizadas para presionar por la búsqueda por nueva “negociación” de la no solo injusta desde siempre sino ya muerta y enterrada solución de los dos Estados, paso que la AP está ansiosa por dar.

Al contrario, las denuncias deben ser apropiadas como un recurso más para pavimentar el camino rumbo a la Palestina libre, del río al mar, con retorno de los dos millones de refugiados a sus tierras. Ya es hora de oír las voces de los que enfrentan la colonización cotidianamente.

Traducción: Natalia Estrada.