La difusión de teorías negacionistas del Covid es de hecho un dato. Si bien el fenómeno tiene indudablemente aspectos psicológicos –cuando una realidad es difícil de aceptar se tiende a negarla, construyendo un mundo que ofrece un ilusorio consuelo– sería reduccionista considerarlo solo desde el punto de vista de la psiquis individual. Es evidente que se trata de una fenómeno social: el negacionismo se está difundiendo en amplios estratos de la población y, sobre todo, se está convirtiendo en la ideología de grupos, movimientos y partidos políticos que, en algunos países, dan vida también a manifestaciones de masa. En este artículo trataremos de explicar, entonces, el origen social. Creemos que la causa principal de la difusión del negacionismo radica en una característica típica del capitalismo en la fase de crisis y decadencia: el empobrecimiento en masa de la pequeña burguesía y de las clases medias (drásticamente acelerado por la pandemia).

Por: Fabiana Stefanoni

Negacionistas de derecha

Con el término «negacionismo» nos referimos a un conjunto de creencias, teorías, actitudes destinadas a negar, de una manera más o menos descarada, la existencia de una emergencia sanitaria (es decir, de una pandemia) que requiere medidas de protección extraordinarias. El espectro de sostenedores de esta ideología es muy amplio e incluye sectores aparentemente heterogéneos desde el punto de vista de la posición económica y cultural.

Las expresiones más extravagantes (y peligrosas) están representadas por los llamados movimientos No Mask (Sin Máscaras) que han dado vida, sobre todo en algunos países europeos –Alemania, Francia, España, Inglaterra– a la participación en manifestaciones de protesta contra las medidas de cuarentena (que serían lesivas de la «libertad individual»): estas manifestaciones son en muchos casos hegemonizadas por grupos de extrema derecha, neonazistas y populistas (también en Italia los partidos de extrema derecha han promovido manifestaciones contra la «dictadura sanitaria», si bien por ahora con menor participación que en otros Países). En algunos casos, estas creencias son paralelas a extrañas teorías complotistas (como aquella sobre el inescrutable poder del 5G) y las creencias xenófobas y reaccionarias (los «infectadores» serían los extranjeros, en particular chinos e inmigrantes africanos).

Posiciones descaradamente negacionistas tienen también expresiones institucionales, en particular en los países gobernados por líderes populistas y de derecha: en Brasil, por ejemplo, es el propio presidente Bolsonaro el que se convirtió en portavoz del negacionismo. De igual modo, Putin y el ahora ex presidente Trump a menudo han promocionado teorías de este tipo, afirmando explícitamente que no existe ningún peligro serio ligado a la epidemia.

Queremos agregar que se trata de un fenómeno heterogéneo también desde el punto de vista cultural: no son exclusivamente personas ignorantes, como «Angela da Mondello» [una mujer del pueblo que se convirtió en Italia en un personaje famoso porque frente a una cámara de televisión gritó “no hay covid” en el idioma de su pueblo, ndt.], las que han intentado hacernos creer que el virus no existe o no es peligroso. También entran en esta categoría médicos, intelectuales, artistas y periodistas de renombre. Y no se trata de incomodar solo los casos grotescos (los Zangrillo y los Sgarbi* de turno, por así decirlo): en Italia el mensaje de que el virus no representaba una amenaza ha tenido más portavoces de los que hoy queremos creer (y no solo de derecha).

Para explicar este fenómeno social, para explicar por qué la ideología negacionista se está difundiendo en amplios estratos de la sociedad dando vida también a manifestaciones de masa (como en Alemania), hay que mirar la sociedad, y, más precisamente, a una clase social: la pequeña burguesía.

Pequeña burguesía y crisis económica

Cuando hablamos de pequeña burguesía (o clases medias) nos referimos a un grupo social amplio y heterogéneo, que comprende todos los estratos sociales intermedios entre la clase obrera y la gran burguesía industrial y financiera: comerciantes, pequeñas empresas, artesanos, empleados, intelectuales, gerentes, propietarios de pequeñas empresas de gestión familiar, pequeños y medianos propietarios de tierras, etc. Es una clase heterogénea, que comprende tanto sectores ricos, que en términos de condiciones económicas y estilo de vida son similares a la gran burguesía (pensemos en managers de empresas [fieles a los grandes capitalistas y que defienden su intereses], por ejemplo), como sectores pobres, que se confunden con el proletariado (y a veces con los lúmpenes). Marx la definía una «clase intermedia en el interior de la cual se suavizan los intereses de las dos clases» y que por eso «se imagina superior a los conflictos de clase»[1].

En las fases de profundo cambio histórico y, en particular, en los momentos de crisis económica (como la que estamos viviendo), la pequeña burguesía se empobrece, así como se engrosan las filas de la clase baja. En estas fases, se registran frecuentemente fenómenos –de carácter ideológico y político– como estos de los que estamos hablando.

Si la clase obrera, por responsabilidad de sus direcciones oportunistas, se mantiene al margen y no asciende al campo como protagonista de la vida política, la pequeña burguesía toma la escena. Se trata de una clase mucho más débil que la clase obrera: esta última controla de hecho los medios de producción y de transporte y puede, con sus acciones de huelga y de lucha, cambiar el curso político de los acontecimientos. La pequeña burguesía no tiene esta fuerza: es una clase atomizada, desorganizada, cuyos miembros están aislados y encerrados en un horizonte estrecho, a veces mezquino («polvo de humanidad», la definía Trotsky). Sin embargo, es una clase que, si el escenario está libre, puede hacerse sentir, incluso en voz alta: como decía Marx, no le importa presentarse como «superior a los conflictos de clase».

Volviendo al contexto actual, en los últimos años, sobre todo en los países imperialistas, la pequeña burguesía ha sufrido un rápido empobrecimiento en masa. Ya en los años anteriores, el descontento de este amplio estrato social –que siendo numéricamente consistente tiene un peso visible en las elecciones– ha dado vida a fenómenos políticos nuevos, autodenominados «ni de derecha ni de izquierda» (del M5S [Movimiento Cinco Estrellas, de Italia, al Podemos del Estado español), y ha llevado a la cúspide de los Estados a personajes grotescos, privados de cualquier profundidad política (de Di Maio a Conte, de Trump a Bolsonaro).

Si, parafraseando a Marx, la historia del mundo parece haberse reducido, de elección en elección, a una sucesión de burlas[2], la razón está, antes que todo, en el fenómeno social que hemos descrito. Impacientes por el drástico empeoramiento de sus propias condiciones de vida, las masas pequeñoburguesas, incapaces, por su propia composición heterogénea y fragmentada, de una expresión política realmente autónoma, han encontrado la única unidad posible en un voto de protesta, dando su consentimiento a figuras tan limitadas como limitado es, por la fuerza de las circunstancias, el horizonte de vida del comerciante: al final del día las cuentas deben cerrar, cueste lo que cueste, en términos de respetabilidad, cultura e inteligencia.

Y vino el Covid…

La pandemia ha asestado un nuevo duro golpe a las condiciones de vida de las clases medias y, en particular, de sus sectores más pobres. Cuando van al gobierno, los partidos que deben su fortuna electoral al malestar de la pequeña burguesía se suman al vagón de la gran burguesía: no desarrollan una política autónoma, sino que terminan por apoyar políticas que benefician a la gran industria y las finanzas. Los gobiernos de todo el mundo, incluso aquellos con una presencia significativa de partidos con base en la pequeña burguesía (como el M5S o Podemos), han atacado duramente, con sus políticas, no solo a la clase obrera sino también a estos estratos intermedios. Debiendo elegir entre la gran burguesía industrial y financiera y las otras clases sociales, estos gobiernos no dudaron sobre cuál lado tomar: se han dado enormes recursos públicos a la gran industria, mientras a los asalariados, comerciantes, trabajadores autónomos se les han arrebatado hasta las migajas. Las tímidas medidas de cuarentena adoptadas por los gobiernos de todo el mundo raramente han puesto a la orden del día el cierre de las fábricas, mientras se cierran los restaurantes, los bares y las pequeñas empresas sin ningún subsidio económico digno de ese nombre.

Bajo la ola de la desilusión, constatando que sus bolsillos están cada vez más vacíos, la pequeña burguesía puede entrar en campo con acciones de protesta, como está ocurriendo en Italia con las manifestaciones contra las medidas de lockdown. En el plano ideológico –de la mentalidad, como se acostumbra decir– las teorías negacionistas sobre el Covid encontraron en esta clase pauperizada un terreno fértil. Si llegar a fin de mes ya era difícil para los restaurantes y los pequeños comercios, el cierre de las actividades y las consiguientes pérdidas económicas son un espectro a exorcizar. «¡Si el Covid me cierra el negocio, entonces el Covid no existe! ¡Si la obligación de máscaras va a la par de la pérdida de clientela, cortemos con las máscaras!»: así se inducirá a pensar al pequeñoburgués que alrededor del negocio de su tienda [o local comercial] ha construido todo el sentido de su vida.

No es casualidad que grupos fascistas y de la extrema derecha se hayan aprovechado de la situación para convertirse en portavoces del malestar de estos sectores. A su lado se han juntado incluso sectores de la «izquierda» que, no teniendo una perspectiva de clase y de sistema, ven en cualquier protesta un signo positivo de rebelión[3].

Entendámonos: la pequeña burguesía es realmente una víctima de las vergonzosas políticas burguesas de los gobiernos. Sobre todo, es un sector que siempre ha desempeñado un papel importante en las revoluciones: Trotsky en los años ’30 del siglo pasado escribía que, para que una crisis social pueda desembocar en revolución, «es necesario que las clases pequeñoburguesas se dirijan con decisión hacia el proletariado»[4]. Pero no pueden estar a la cabeza de las movilizaciones: deben encontrar en la clase obrera organizada una sólida guía para la acción en la lucha, que pueda representar, en la mente del pequeñoburgués, una alternativa radical y creíble a las tentadoras sirenas de la extrema derecha.

La clase dominante deja hacer

Si la base de clase de la ideología negacionista está en las clases medias, es al mismo tiempo verdad que la clase dominante –aquella que detenta los medios de producción, ergo la gran burguesía– se muestra totalmente incapaz de oponerse a ella. Al contrario, en los últimos meses se ha echado al abandono, lo que ha servido para dar fuerza y vigor a estas teorías reaccionarias. No queriendo implementar medidas eficaces y reales de cuarentena generalizada, preocupada esencialmente por mantener activa la producción y la compraventa de mercaderías (y, entonces, de mantener altas tasas de ganancia), ha secundado, en acuerdo con sus gobiernos, la falsa convicción de que es posible «convivir con el Covid».

Los gobiernos burgueses de todo el mundo, quien más quien menos, han avalado la idea de que la pandemia no representa un peligro real para las masas populares: de Macron a Sánchez, de Conte a Merkel todos los principales líderes de los países capitalistas han justificado la relajación de las medidas de cuarentena con discursos destinados a ocultar la existencia de una pandemia en pleno apogeo. Los argumentos usados han sido de lo más disparatados: desde el argumento de que el virus estaba controlado (mientras en cambio se registraban centena de contagiados) hasta la falsa creencia de que había mutado (en todo caso, menos mortal y peligroso).

La gran burguesía, se sabe, controla también los medios de comunicación: y no por casualidad en Italia toda la prensa burguesa y todas las transmisiones radiotelevisivas (intercaladas con publicidades que invitaban a comprar como si la vida hubiese vuelto a la absoluta normalidad) han ofrecido un sostén no insignificante al discurso negacionista. Por meses han ocultado o minimizado los datos sobre el Covid, dejando entender que la emergencia estaba terminada. En Italia, el enorme espacio mediático que han tenido personajes “raros” como Zangrillo, a menudo invitado en transmisiones de orientación política opuestas a las del propio Zangrillo, que es una marioneta de Berlusconi (pensemos en la Annunziata o en Gruber, ambas conductoras de transmisiones televisivas muy fieles a la línea del Partido Demócrata, el principal partido burgués de centro-izquierda), no ha sido casual: creaba confusión en las conciencias de las masas siempre más pobres y ansiosas de volver a la «normalidad». «El virus está clínicamente muerto», «No, no ha muerto pero se ha debilitado», «Zangrillo exagera pero, efectivamente, con el calor las cosas van mejor», «el virus parece menos agresivo», etc.: bastaba encender la TV o la radio para escuchar que se repetían obsesivamente argumentos de este tipo. No es de extrañar que, en este marasmo de ideas, los jóvenes fueran a las discotecas o a tomar un aperitivo en grupo al Navigli [barrio de los canales en Milán, donde los jóvenes van a beber, ndt.]. Si los hechos se presentan de modo nebuloso y ambiguo, tanto vale creer la versión que cuesta menos sacrificios.

En la mejor de las hipótesis, ha surgido una peligrosa confusión en torno al peligro del Covid: y esta confusión ha resultado muy útil a las ganancias de la burguesía. Creer que la emergencia había terminado ha servido para reactivar el mercado: ¿quiénes, al fin y al cabo, se habrían comprado un automóvil o una casa nueva sabiendo que tienen que pasar un invierno como el que estamos viviendo, en el cual se arriesgan a morir de hambre o entonces de Covid?

Si ahora nos encontramos cada día con centenas de nuevas muertes, con decenas de miles de nuevos contagiados, con los hospitales colapsados, sabemos a quien agradecer: ¡los capitalistas han preparado el plato, los medios de comunicación lo han sazonado, y, por fin, el gobierno lo ha servido!

El papel de la clase obrera

Una vez más, en la historia, la solución está en manos de la clase obrera. Solo la clase trabajadora, dirigida por el partido revolucionario, podrá ofrecer una salida al desastre en curso. Ya en marzo, los obreros en Italia han dado pruebas de no estar destinados al papel de pasivos espectadores: han salido al campo, han organizado huelgas a ultranza, con adhesiones que no se veían hacía años, muchas veces en oposición con las propias indicaciones de sus dirigentes sindicales (que los invitaban a renunciar). También en estos días los obreros están organizando duras luchas y huelgas, de las que se habla poco: de la Whirlpool de Nápoles a la Ex-Ilva de Génova hasta la Sevel (grupo FCA) de Atessa. Numerosos huelgas están en curso en otros sectores, desde la escuelas hasta los correos, del transporte a la sanidad. Es a partir de estas experiencias, que necesitan organizarse y generalizarse, que pueden sentarse las bases para una reanudación de la lucha de clases también en Italia, capaz de arrastrar también a los sectores de la pequeña burguesía empobrecida, en la perspectiva de derrocar el capitalismo.

Muchos, también el proletariado, de hecho se habían creado ilusiones sobre el fin de la emergencia sanitaria. Las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante y contaminan también la conciencia de los asalariados. La realidad se presenta ahora como lo que es: una realidad amarga. Pero cuando se rasga el velo del engaño, cuando el monstruo se saca la máscara –el capitalismo que sacrifica millones de vidas humanas por la sed de ganancia– se abre también la posibilidad de un cambio de conciencia en la vanguardia de las luchas. Las trabajadoras y los trabajadores han asistido a un dura escuela, que ha supuesto altos costos en términos de vida y de salud. Pero es, al mismo tiempo, una escuela de verdad: el fin de la ilusión sobre que este sistema puede aún garantizar una existencia digna puede devenir en el inicio de una transformación revolucionaria.

Notas

* Alberto Zangrillo es conocido en Italia como «el médico de Berlusconi» y dijo, por ejemplo, «es hora de dejar de aterrorizar el país»; «el virus ya no existe clínicamente», mientras cada día se registraban entre 300 y 500 nuevos casos de Covid-19. Por su parte, Vittorio Sgarbi, político de derecha, ex diputado por Forza Italia, crítico e historiador de arte, hoy columnista de il Giornale y que también escribe para la revista Panorama, está siempre muy presente en la televisión y dice que el Covid no es un verdadero problema, ndt).

[1] MARK, Karl. El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852).

[2] Se refiere a un célebre pasaje de La lucha de clases en Francia, donde Marx define la elección de Luis Bonaparte a presidente de la República francesa (10 de diciembre de 1848) una “burla de la historia mundial» (la alusión no es peregrina ya que ese resultado electoral tuvo como causa principal el descontento de los campesinos).

[3] Es el caso, por ejemplo, de algunos centros sociales (“autonomistas”), pero también de algunos sectores sindicales, que se han sumado a las manifestaciones contra el cierre de actividades comerciales

[4] TROTSKY, León. ¿Y ahora? )1932).

Artículo publicado en el sitio del Partido de Alternativa Comunista, PdAC-Italia, 15/11/2020. Original disponible en: https://www.partitodialternativacomunista.org/
Traducción: Natalia Estrada.