Dom Sep 25, 2022
25 septiembre, 2022

Oslo, la paz de los cementerios para la continua Nakba

Esta semana se cumpen 29 años de los desastrosos acuerdos de Oslo entre el Estado racista de Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), bajo intermediación del imperialismo estadounidense. Firmados el 13 de septiembre de 1993 sobre la base de la ya muerta e injusta “solución de dos Estados”, reconociendo la colonización sionista en la Nakba (catástrofe) de 1948 en 78% de las tierras palestinas, sus terribles consecuencias para la población palestina han sido raramente presentadas como fruto de su fracaso.

Por: Soraya Misleh

Como afirmó el científico político y académico Adam Hanieh en artículo publicado en el sitio web Socialist Worker titulado The Oslo Illusion, “El problema con esta evaluación es que confunde los objetivos declarados de Oslo con sus objetivos reales. Desde el punto de vista del gobierno israelí, el objetivo de Oslo no era acabar con la ocupación de Cisjordania y de la Franja de Gaza, o abordar las cuestiones de fondo de la expropiación palestina, sino algo mucho más funcional. Al crear la percepción de que las negociaciones conducirían a algún tipo de ‘paz’, Israel consiguió retratar sus intenciones como un socio, y no como un enemigo de la soberanía palestina”.

Este autor continúa: “Basado en esta percepción, el gobierno israelí usó Oslo como una hoja de parra para encubrir su control consolidado y cada vez más profundo sobre la vida palestina, empleando los mismos mecanismos estratégicos ejercidos desde el inicio de la ocupación en 1967. Construcción de asentamientos, restricciones a la movilización palestina, encarcelamiento de miles, y comando de las fronteras y de la vida económica: todo se unió para formar un complejo sistema de control. Un rostro palestino puede presidir la administración cotidiana de los asuntos palestinos, pero el poder final permanece en manos de Israel”.

En otras palabras, los acuerdos de Oslo fueron absolutamente exitosos en sus objetivos reales. Además de no contemplar a la mitad de la población palestina refugiada o en la diáspora alrededor del mundo ni a los aproximadamente 1,9 millones de palestinos que permanecen en las áreas ocupadas en 1948, incluidos los 5,4 millones que viven en 22% del territorio histórico de Palestina contemplados por los acuerdos (área ocupada militarmente en 1967), estos nefastos acuerdos no pasaron de paz de los cementerios.

La sociedad palestina es muy joven. Bajo ocupación en Cisjordania y Gaza, apenas 3% tiene 65 años o más, según estadísticas oficiales. Más de 1/3 tiene menos de 14 años. La realidad es la de una agresiva expansión colonial sionista continua en la Nakba, facilitada por la cooperación de seguridad  de la entonces creada Autoridad Palestina (AP) con Israel, como un desdoblamiento de Oslo.

Como denunció el intelectual palestino Edward Said poco después de la firma ampliamente celebrada y televisada, “un instrumento de rendición palestina, un Versalles palestino [en referencia al tratado firmado por las potencias europeas vencedoras y la derrotada Alemania luego de la Primera Guerra Mundial]” para que no quepan dudas.

“Bantustanización”

Tras la primera Intifada palestina (levantamiento popular masivo), que comenzó en 1987, Oslo representó, por lo tanto, una oportunidad para que Israel sedimentara su proyecto colonial y de apartheid, consolidando una economía dependiente de los lucros con la ocupación. Para eso, desmovilizaría la solidaridad internacional y debilitaría la resistencia palestina.

La idea difundida al mundo era que el control de 22% de la Palestina histórica pasaría gradualmente a manos de los palestinos. Inicialmente, Cisjordania se mantendría dividida en áreas A (bajo administración de la Autoridad Palestina, equivalente a 18%), B (mixta, entre Israel y la Autoridad Palestina, 22%) y C (bajo control militar exclusivo israelí, 60%).

Poco después de la firma, Israel amplió la construcción de asentamientos y aparatos como rutas exclusivas para colonos que impidieron cualquier autonomía por parte de los líderes palestinos. Un año después, como complemento, se firmaron los Protocolos de París, que sellaron la consecuente cooperación en materia de seguridad de la AP con Israel, es decir, la Autoridad Palestina pasó a administrar la ocupación, reprimiendo la resistencia palestina.

Según un artículo de Leila Farkash en Le Monde Diplomatique, titulado “Los bantustanes de Palestina”, “la aplicación de los acuerdos de Oslo condujo a una fragmentación territorial de Cisjordania y de la Franja de Gaza. Aunque la Autoridad Palestina estuviese encargada de dirigir la casi totalidad de Cisjordania desde 1966, en julio de 2000 solo controlaba 19% (zona A10)”. Al estilo de Sudáfrica, como añade, “las colonias constituyen otra clave para la ‘bantustanización’ de los territorios palestinos. Las Zonas C, controladas exclusivamente por los israelíes, dividen Cisjordania en tres grandes sectores, subdivididos a su vez en pequeñas reservas de población por los cuatro grandes bloques de colonias (Jerusalén, Ariel/Shomron, Gush Erzuib, Benjamin/Valle del Jordán) y las carreteras de circunvalación. Entre 1993 y 2000, la población de las colonias (incluida Jerusalén Oriental) se duplicaría, llegando a 410.000, es decir, alrededor de 15% de la población de los territorios. E Israel construiría más de 400 kilómetros de carreteras de circunvalación y 72 nuevas colonias”. Si en 2000 este era el escenario, 22 años después la colonización ha avanzado aún más y sigue a un ritmo acelerado.

Farkash concluye: “Jurídicamente, los acuerdos de Oslo acercaron el estatus de los palestinos al estatus de los habitantes de los bantustanes”. En medio del apartheid, la pobreza y el desempleo alcanzan niveles alarmantes, mientras la violación de derechos humanos fundamentales es la regla. Sobre todo en el caso de Gaza, con la imposición de un inhumano cerco israelí durante 15 años y los permanentes bombardeos masivos o con cuentagotas, la crisis humanitaria es dramática.

El cambio en la estructura social es presentada por Hanieh, quien afirma que se ha formado una nueva clase capitalista palestina a partir de Oslo, económicamente dependiente de Israel. Es decir, vinculada a la ocupación.

Como señala la periodista Naomi Klein en su libro The Shock Doctrine – The Rise of Disaster Capitalism [La doctrina del choque – el ascenso del capitalismo de desastre], Oslo fue un punto de inflexión en una política que siempre tuvo en su base la limpieza étnica de los palestinos. Desde 1948 hasta entonces, “todos los días, unos 150.000 palestinos abandonaban sus hogares en Gaza y en Cisjordania para limpiar calles y construir caminos en Israel, mientras agricultores y comerciantes cargaban camiones con productos para vender en Israel y en otras partes del territorio”. Después de los acuerdos de 1993, el Estado judaico se cerró incluso para esta mano de obra barata, reemplazándola por una nueva ola de inmigrantes sionistas.

Al mismo tiempo, Israel comenzó a presentarse, en palabras de la periodista, “como una especie de shopping center de tecnologías de seguridad nacional”.  Tecnologías estas que son vendidas al mundo. Lamentablemente, el Brasil se tornó en los últimos 12 años el quinto mayor importador de esta industria de la muerte. Armas de exterminio indígena y genocidio negro y pobre que sostienen la colonización y el apartheid sionistas.

En medio de este escenario, los palestinos y palestinas reclaman, en estos 29 años de Oslo, la ruptura de esos acuerdos y el desmantelamiento de toda la estructura creada para sostenerlos. Para avanzar en su lucha por la liberación nacional hacia una Palestina libre del río al mar, este es un paso determinante.

Fuente: https://www.monitordooriente.com/

Artículo republicado en www.pstu.org.br, , 15/9/2022.-

Traducción: Natalia Estrada.

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