Vie Feb 23, 2024
23 febrero, 2024

Marx y la reforma agraria

La reforma agraria es una de las demandas presentes en los programas de las más diversas organizaciones políticas, desde partidos burgueses hasta marxistas y movimientos populares. Su origen se remonta a la Revolución Francesa de 1789, que inauguró una nueva era en la historia de la humanidad, la del poder burgués en el continente europeo. Entre los partidos marxistas es común afirmar que la reforma agraria es una de las reivindicaciones democráticas incumplidas por la burguesía después de la revolución europea de 1848, porque temía más a la naciente clase obrera y su acción revolucionaria que a los representantes de los restos feudales, con los que podía negociar salidas conservadoras para las crisis. Y que, por lo tanto, le correspondería al partido revolucionario su ejecución cuando tomara el poder. Sin embargo, ¿qué es la reforma agraria y, sobre todo, cuál es su significado hoy?

Por: Marcos Margarido

La reforma agraria en la Revolución Francesa

En vísperas de la Revolución, la sociedad francesa estaba polarizada, con la nobleza y el clero de un lado y una clase de comerciantes, que daría origen a la burguesía moderna, del otro. Todavía no se podía hablar de una clase obrera consolidada, los campesinos constituían alrededor de 80% de la población, formada, en su mayor parte, por arrendatarios hereditarios (los censiers [incensarios]), que pagaban un alquiler fijo en dinero, y por los siervos (mainmortables [manos mortales]), que pagaban alquiler en forma de trabajo en las tierras de los nobles, cerca de tres días por semana. Además, pagaban varios otras tasas e impuestos feudales, de los que estaban exentos la nobleza y el clero. La Revolución derrocó el ancien régime [Antiguo Régimen] y el orden feudal e introdujo la reforma agraria.

La reforma agraria revocó las propiedades feudales, liberó a todas las personas de la servidumbre, abolió los tribunales y todos los privilegios feudales, canceló todos los pagos que no se basaban en propiedad real, incluidos los diezmos. Sin embargo, después de que se aprobó la ley, los campesinos tomaron la tierra y se negaron a pagar alquileres o tasas de rescate; en 1792 se cancelaron finalmente todos los pagos. Las tierras de la nobleza pasaron a ser propiedad de los campesinos que las trabajaban.

En noviembre de 1789, la Asamblea Nacional Constituyente aprobó una ley que declaraba a disposición de la nación todos los bienes eclesiásticos. A partir de 1790, las tierras de la Iglesia y de los emigrantes políticos (fugitivos de la revolución) fueron confiscadas y vendidas en remate, así como las tierras comunitarias. Se estima que alrededor de 10% del territorio francés fue vendido en subastas, lo que equivale a más de 1,1 millones de propiedades de la Iglesia o de emigrantes. Sin embargo, las condiciones de venta a menudo favorecían a los ricos, lo que llevó al surgimiento de una nueva clase de grandes propietarios de tierras, que se convirtieron en la base de apoyo de Napoleón.

Los campesinos ya eran, en general, libres (los arrendatarios) y, no pocas veces, propietarios de tierras. Las propiedades nobles cubrían solo una quinta parte de la tierra, las propiedades del clero cubrían alrededor de 6,5%. En la diócesis de Montpellier, por ejemplo, los campesinos que eran propietarios ya poseían de 38 a 40 % de la tierra, la naciente burguesía de 18 a 19 %, los nobles de 15 a 16 % y el clero de 3 a 4 %, mientras que una quinta parte era de tierras comunitarias. En realidad, sin embargo, la gran mayoría no poseía tierra o tenía una cantidad insuficiente (Hobsbawm, The Age of Revolutions [La era de las revoluciones]).

La revolución reforzó la propiedad privada e individual, haciéndola posible para los campesinos que aún no la poseían, incluidos los siervos. La pequeña propiedad familiar ha caracterizado la agricultura francesa desde entonces.

Políticamente, conquistó el apoyo incondicional de los pequeños y medianos propietarios campesinos, pequeños artesanos y comerciantes. Sin embargo, la transformación capitalista de la agricultura y de la pequeña empresa, la condición esencial para un rápido desarrollo económico, fue trabada, y con ella la velocidad de la urbanización, la expansión del mercado doméstico, la multiplicación de la clase trabajadora y, en consecuencia, el ulterior avance de la revolución proletaria (Hobsbawm, La era de las revoluciones).

Este atraso en el desarrollo económico del campo en Francia debido a la división de la tierra en pequeñas parcelas (lo que, por supuesto, no elimina la existencia del agronegocio, como la Doux, la Saint Louis Sucre, Tereos, etc.) persiste hasta los días de hoy. La agricultura francesa recibe subsidios del gobierno francés y de la Unión Europea (así como otros países) para mantenerse competitiva. Es el mayor beneficiado por la UE, con subvenciones de 9.100 millones de euros al año entre 2014 y 2020. En 2016, por ejemplo, los pequeños productores recibieron incentivos fiscales del gobierno francés en la forma de exención de impuestos, del orden de 500 millones de euros debido a la caída de los precios de los lácteos y de la carne.

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La política de Marx para la reforma agraria

Marx y Engels vivieron en el período de libre competencia y expansión del capitalismo y aún bajo la presión de las conquistas de la Revolución Francesa. Participaron activamente del último acto revolucionario que cerraría el ciclo de las revoluciones burguesas, la revolución europea de 1848.

Pero nunca se dejaron llevar por el atractivo de la reforma agraria realizada en Francia, que consistió (aunque no del todo) en el reparto de la tierra y en su propiedad por los campesinos. En octubre de 1869, en carta a Engels, Marx criticaba la debilidad y las estupideces de “Wilhelm [Liebknetcht] y sus amigos” al responder a los ataques de los representantes del Partido del Pueblo.

¿Ni siquiera se le ocurrió a uno de esos idiotas preguntar a los aulladores liberales si no existe, tal vez, en Alemania, lado a lado con la pequeña propiedad campesina, también la gran propiedad agraria, que forma la base de la economía feudal sobreviviente; si no será necesario acabar con eso en el curso de una revolución, aunque sólo sea para acabar con la actual economía del Estado; y si eso se puede hacer de la anticuada manera de 1789?

Por «la anticuada manera de 1879» Marx se refiere a la transferencia de las tierras confiscadas (y parceladas) de los señores feudales a los campesinos.

En verdad, la reforma agraria implantada por la Revolución Francesa nunca fue parte del programa revolucionario de Marx y Engels. El programa del partido comunista en Alemania durante la revolución de 1848 ya defendía que “Las propiedades de los príncipes y otras propiedades feudales, así como las minas, los pozos, etc., pasasen a ser propiedad del Estado. Las propiedades deben ser cultivada en gran escala y con los dispositivos científicos más modernos, en interés de toda la sociedad” (Engels, Historia de la Liga Comunista). Y eso ocurrió 21 años antes de que Marx criticara la manera anticuada de reforma agraria de 1789.

En el famoso Mensaje del Comité Central a la Liga Comunista, donde Marx denuncia la traición y cobardía de la burguesía liberal alemana contra el pueblo, por no llevar hasta el final su propia revolución (de 1848), incluso la reforma agraria, y preveía que la próxima revolución sería dirigida por la pequeña burguesía democrática, Marx escribe:

El primer punto en el que los demócratas burgueses entrarán en conflicto con los obreros será la abolición del feudalismo. Como en la primera Revolución Francesa, los pequeñoburgueses darán las tierras feudales a los campesinos como propiedad libre, es decir, intentarán hacer pasar hambre al proletariado rural y formar una clase campesina pequeñoburguesa, que pasará por el mismo ciclo de empobrecimiento y endeudamiento en el que aún sigue preso el campesino francés. Los obreros deben oponerse a ese plan en interés del proletariado rural y en su propio interés. Deben exigir que la propiedad feudal confiscada permanezca como propiedad del Estado y sea convertida en colonias de trabajadores cultivadas por el proletariado rural asociado con todas las ventajas de la agricultura en gran escala, por medio de la cual el principio de propiedad común obtiene inmediatamente una base firme en medio de relaciones de propiedad burguesa en crisis. Así como los demócratas se unen a los campesinos, los trabajadores deben unirse al proletariado rural”.

La posición de Marx no se limitó a los programas. No podemos olvidar nunca que Marx y Engels eran hombres de acción, aunque una acción siempre basada en la teoría. Después del largo reflujo causado por la derrota de la revolución de 1848, Marx participó en la fundación de la I Internacional (Asociación Internacional de los Trabajadores) en 1864, y pronto se convirtió en su principal dirigente.

En octubre de 1869, se fundó en Londres la Land and Labor League [Liga de la Tierra y el Trabajo], bajo la inspiración directa del Consejo General de la Primera Internacional, que tenía más de diez miembros en su Consejo General. En la misma carta de Marx a Engels citada anteriormente, Marx decía que “La creación de la Liga de la Tierra y el Trabajo debe ser considerada como un resultado del Congreso de Basilea; aquí, el partido obrero [es decir, la Internacional] hace una clara ruptura con la burguesía, siendo la nacionalización de la tierra el punto inicial” (énfasis en el original).

La Liga ocupó el interés de Marx durante el corto tiempo de su existencia bajo dirección revolucionaria. Desde finales de 1870 en adelante, pasó a sufrir la influencia de elementos burgueses y perdió contacto con la Internacional. Como dijo en su carta, esta representó una clara ruptura con la burguesía, y podría desempeñar un papel importante en la construcción de un partido obrero con independencia de clase en Inglaterra e Irlanda.

Así, se llevó a cabo una reunión de la sección de Manchester de la Primera Internacional para discutir el tema de la nacionalización de la tierra. En ella, Marx esboza su documento programático más importante sobre este tema: Sobre la nacionalización de la tierra, publicado en The International Herald en junio de 1872.

Comienza diciendo que “La propiedad del suelo es la fuente originaria de toda riqueza y se ha convertido en el gran problema de cuya solución depende el futuro de la clase trabajadora”. Y explica que la tarea de los ideólogos burgueses es disfrazar la toma forzosa de la tierra como un “derecho natural”, convirtiéndola en propiedad privada de unos pocos. Y concluye: “Si la propiedad privada de la tierra fuera, de hecho, basada en tal consentimiento universal, evidentemente se extinguirá a partir del momento en que la mayoría de la sociedad no esté de acuerdo con justificarla”.

Marx mostró que el desarrollo económico, el crecimiento y la concentración de la población, “las propias circunstancias que obligan al estanciero capitalista a aplicar trabajo colectivo y organizado en la agricultura, y a recurrir a maquinaria y artificios semejantes, harán cada vez más de la nacionalización de la tierra una ‘necesidad social’”, pues “los medios técnicos de agricultura que dominamos, como la maquinaria, etc., nunca podrán aplicarse con éxito si no es para el cultivo de la tierra en gran escala”, y que daría un impulso aún mayor a la producción si se aplicara en dimensiones nacionales.

Al analizar la cuestión de la tierra en Francia, reafirma que “la división en pequeñas parcelas cultivadas por hombres de escasos recursos… conduce a la fragmentación del cultivo, al mismo tiempo que excluye todos los dispositivos de mejoras agrícolas modernas, convierte al propio agricultor en el enemigo más acérrimo de progreso social y, sobre todo, de la nacionalización de la tierra”.

Encadenado al suelo en el cual tiene que gastar todas sus energías vitales para obtener un retorno comparativamente pequeño, … él todavía se aferra fanáticamente a su pedazo de tierra y a su propiedad meramente nominal. De esta forma, el campesino francés se vio envuelto en un antagonismo fatal con la clase trabajadora industrial. Siendo la propiedad campesina el mayor obstáculo para la nacionalización de la tierra, Francia, en su estado actual, ciertamente no es el lugar donde debemos buscar una solución para este gran problema”.

Pero tampoco sería útil la nacionalización si la tierra se arrendara “en pequeños lotes a individuos o sociedades de trabajadores, bajo un gobierno burgués”. Esto «sólo generaría una competencia desenfrenada entre ellos y, así, resultaría en un aumento progresivo de los ‘ingresos’ que, a su vez, proporcionaría nuevas facilidades a los apropiadores para alimentarse de los productores«.

La solución para el problema era la creación de grandes propiedades nacionalizadas, bajo el control del Estado, donde se pudieran aplicar las más modernas técnicas para aumentar la productividad del campo y, así, se pudiesen atender las “crecientes necesidades del pueblo, por un lado, y [acabar con] el precio cada vez más alto de los productos agrícolas, por el otro”.

Pero no cualquier Estado: “La nacionalización de la tierra provocará un cambio completo en las relaciones entre el trabajo y el capital y, finalmente, eliminará la forma capitalista de producción, sea esta industrial o rural”.

La centralización nacional de los medios de producción será la base nacional de una sociedad compuesta por asociaciones de productores libres e iguales, que conduzcan los asuntos sociales sobre la base de un plan común y racional.”

“Tres líneas” sobre el programa agrario del partido bolchevique

Aunque no es el objetivo de este texto, sería imposible no abordar brevemente el programa agrario del partido bolchevique, enteramente elaborado por Lenin. La interpretación de este programa, en la forma en que fue practicado en la Revolución Rusa, hecha de manera diferente por los partidos obreros –sean estos estalinistas, reformistas o marxistas– se convirtió en un modelo de política para el campo.

En diciembre de 1907, Lenin presenta una propuesta de cambio del programa agrario para el POSDR, basado en la experiencia de la revolución rusa de 1905. En ese texto, Lenin hace la propuesta (o la rehace, pues ya la había presentado en el Congreso de Estocolmo) de nacionalización de la tierra, lo que incluía las tierras de la nobleza, de la Iglesia, y las grandes y pequeñas propiedades de los campesinos. Su propuesta apuntaba a cambiar el programa del POSDR en vigencia, que defendía la municipalización de las tierras de la nobleza y de la Iglesia y el mantenimiento de la propiedad privada de las tierras de los campesinos. Las tierras administradas por las autoridades municipales (municipalización) podría entonces distribuirse a los campesinos.

Cabe recordar que el argumento de Lenin a favor de la nacionalización de la tierra no estaba basado en consideraciones políticas, sino económicas, a partir de Marx, principalmente del Libro III de El Capital. En él dedica el primer capítulo de su libro/propuesta (El Programa Agrario de la Socialdemocracia en la Primera Revolución Rusa de 1905-1907) a las bases económicas y a la esencia de la revolución agraria en Rusia. Una “esencia” siempre de carácter económico. Para apoyar su tesis, por lo tanto, hizo un extenso estudio económico del problema del campo en Rusia para llegar a la propuesta de nacionalización contra la de municipalización.

Lenin afirma: “Por lo tanto, el concepto de nacionalización de la tierra, reducido a la esfera de la realidad económica, es una categoría de la sociedad mercantil y capitalista… Bajo las relaciones capitalistas, la nacionalización de la tierra es la entrega de los ingresos al Estado, ni más, ni menos” (énfasis de Lenin). Es decir, era una propuesta de revolución campesino-burguesa para el desarrollo capitalista del campo (propuesta condensada en la famosa tesis de Lenin de Dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos).

Respecto de los fundamentos teóricos para la elaboración de su propuesta, Lenin afirma que “el defecto de las discusiones realizadas en el Congreso de Estocolmo es que predominan las consideraciones prácticas sobre las teóricas, las políticas sobre las de orden económico”. Pero también advierte que “debemos estudiar las condiciones objetivas de la revolución agraria campesina en Rusia, que se desarrolla en sentido capitalista… y determinar, teniendo en cuenta estos cambios económicos reales, qué exigen los intereses del desarrollo de las fuerzas productivas y los intereses de la lucha de clases del proletariado”.

Estas declaraciones, claro, son válidas para cualquier país y en cualquier época, cuando el objetivo es elaborar un programa para el campo científicamente fundamentado.

Sin embargo, el programa del partido bolchevique se implementó solo en parte en la revolución de 1917. Es bien conocido el acuerdo hecho por los bolcheviques con los socialistas revolucionarios de izquierda sobre la cuestión del campo, con el fin de obtener su apoyo a la nueva República de los Soviets. Pero ese acuerdo no lesionó el principio de nacionalización de la tierra, sino el mantenimiento de la posesión (pero no la propiedad) de la tierra por los campesinos que ya la trabajaban o de las que habían ocupado durante la revolución.

El primer decreto sobre la tierra, aprobado por el Segundo Congreso Nacional de los Soviets el 26 de octubre de 1917, afirmaba:

1) La propiedad agraria es abolida inmediatamente, sin ninguna indemnización.

2) Las propiedades agrícolas, así como todas las tierras de la corona, del monasterio y de la iglesia, con todo su ganado, implementos, edificios y todo lo que les pertenece, se pondrán a disposición de los comités agrícolas de volost y de los Soviets de Diputados Campesinos de uyezd hasta la convocatoria de la Asamblea Constituyente”.

Y, como apéndice al decreto, figuraba el Mandato Campesino sobre la Tierra, basado en un relevamiento de 242 mandatos campesinos locales, para ser seguidos por todos los Comités agrícolas campesinos soviéticos. En él se puede leer:

1) La propiedad privada de la tierra debe ser abolida para siempre; la tierra no puede ser vendida, comprada, arrendada, hipotecada o enajenada de otra forma.

Todas las tierras, sean del Estado, de la corona, del monasterio, de la iglesia, de la fábrica, de propiedad agrícola, privadas, públicas, de campesinos, etc., serán confiscadas sin indemnización y pasarán a ser propiedad de todo el pueblo, pasando para el uso de todos aquellos que las cultiven

Por lo tanto, el decreto abolía la propiedad privada de la tierra y el apéndice expropiaba todas las tierras, sin excepción, y las consideraba propiedad de todo el pueblo, es decir, del Estado.

A finales de 1917, un nuevo decreto declara monopolio del Estado todas las máquinas y herramientas, ya fabricadas o en proceso de fabricación o importadas del exterior, para abastecer a las aldeas con los implementos agrícolas necesarios.

Y, en febrero de 1918, se publica la Ley Fundamental de Socialización de la Tierra, cuyos primeros artículos afirman:

«Artículo 1. Queda abolida para siempre toda propiedad privada de tierras, minerales, aguas, bosques y recursos naturales dentro de los límites de la República Federativa Soviética de Rusia.

Así, la abolición de la propiedad privada del suelo y su nacionalización por el Estado soviético se extendía al subsuelo y a todos los recursos naturales. Garantizaba el derecho de uso a las “masas trabajadoras” que las “cultivan con su propio trabajo”, independientemente de “sexo, religión, nacionalidad o ciudadanía”. E incluía el derecho de los organismos del poder soviéticos a utilizar una “parte de la reserva de tierras… para granjas modelo y estaciones experimentales”, en cuyos casos se permitiría el trabajo asalariado. Además, confirma el “monopolio del comercio de maquinaria agrícola y semillas” y del “comercio de granos, tanto extranjero nacional”.

Es importante destacar que existe una nota de Lenin posterior al decreto del 26 de octubre (no está claro si la nota fue publicada con el decreto) donde él alude a que este fue fruto de un acuerdo con los socialistas revolucionarios. En la nota, Lenin responde: “¿Y qué? ¿Importa quién los elaboró? Como gobierno democrático, no podemos ignorar la decisión de las masas populares, aunque no estemos de acuerdo con ella. Al calor de la experiencia, aplicando el decreto en la práctica y ejecutándolo localmente, los propios campesinos percibirán dónde está la verdad”.

Esta nota es importante para entender que el partido bolchevique no abandonó su programa debido al acuerdo alcanzado, y que Lenin confiaba en que el campesinado, después hacer la experiencia con el decreto, sabría quién tenía la posición correcta. Es una doble lección; atenerse al programa (como dije, con base científica), aun cuando las circunstancias no lo permiten, y tener confianza en las masas.

Traducción: Natalia Estrada.

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