¡Trabajadoras contra la violencia y el hambre, por trabajo, derechos y respeto!

Por: Secretaría de la Mujer PSTU, Brasil

La pandemia de Covid-19 ha expuesto y profundizado los males y desigualdades del sistema capitalista mundial. Dos años de pandemia y crisis representan para las mujeres trabajadoras un legado de violencia, desempleo, hambre y sobrecarga doméstica.

La mitad de las mujeres ha vivido alguna situación de violencia durante la pandemia, según la ONU. En el Brasil, entre marzo y abril de 2020, los feminicidios crecieron 22% y se registró una denuncia de violencia doméstica por minuto a lo largo del año. Los procesos por acoso sexual en el trabajo aumentaron 21%.

La violencia contra las mujeres negras es mayor. Las adolescentes negras tienen tres veces más riesgo de sufrir múltiples violencias y 66% de los feminicidios se cometen contra mujeres negras. Entre las violencias contra las mujeres LBTs se destacan las violaciones correctivas y los transfemicidios, muchas veces cometidos con requintes de crueldad.

De los empleos perdidos en el mundo, 54% fueron de mujeres y 23 millones de mujeres se sumaron a la pobreza solo en América Latina y el Caribe, sobre un total de 118 millones viviendo en estas condiciones.

Brasil cerró 480.300 empleos formales en 2020, de los cuales 96,4% pertenecían a mujeres. El desempleo femenino es un 46,7% más alto que el masculino y muchas mujeres que continúan trabajando están en la informalidad.

En el sector doméstico, donde las trabajadoras son 96%, la mayoría negras, 826.000 perdieron sus empleos. La informalidad saltó de 71,3% al 75,6%, mientras que el ingreso medio cayó de R$ 979 a R$ 929.

Cabe destacar la sobreexplotación y violencia contra las mujeres inmigrantes, 93,1% de las mujeres rescatadas de situaciones de trabajo esclavo en el país son inmigrantes.

Las mujeres asumieron incluso la mayor parte del trabajo extra en el hogar, particularmente entre las familias más pobres, con hasta un 39% más del tiempo. La mitad de las mujeres brasileñas pasó a cuidar a alguien en la pandemia. Incluso las trabajadoras que lograron mantener sus trabajos informaron un aumento de la doble jornada.

Y eso sin mencionar la discriminación y la falta de derechos. En promedio, las mujeres tienen 75% de los derechos legales de los hombres en el mundo.

Todo este flagelo se agrava en el Brasil por la existencia de Bolsonaro, un gobierno de ultraderecha, genocida, sexista, racista, LGBTfóbico y defensor de una dictadura en el país, cuyo discurso de odio potencia la violencia contra sectores oprimidos. Durante su gobierno estalló la violencia doméstica, los feminicidios y transfemicidios, las violaciones y otras formas de violencia contra mujeres, negros, LGBTIs, indígenas, inmigrantes, personas con necesidades especiales, etc.

La ministra Damares, apoyada por organizaciones fundamentalistas y de extrema derecha, promueve una ofensiva ideológica, conservadora y reaccionaria, llegando al colmo de intimidar a una niña de 10 años, víctima de violación, para impedir que aborte. Desmantela políticas públicas dirigidas a las mujeres y trata de imponer cambios en la legislación que atentan contra los derechos sexuales y reproductivos, e incluso quiere acabar con los pocos casos en los que el aborto está permitido por ley.

Frente a estos ataques, este 8 de marzo defendemos la unidad más amplia por el Fuera Bolsonaro, Mourão y Damares, por lo que somos parte de la construcción del 8M y estaremos en las calles fortaleciendo los actos, por empleo, derechos, contra la violencia y el hambre.

Pero en el marco de la unidad, nosotras, mujeres trabajadoras, debemos organizarnos con independencia de clase, para luchar contra el machismo y también contra el capitalismo, fuente de toda la opresión y explotación que sufrimos.

Manifestación de #EleNão en São Paulo, en octubre de 2018.

La lucha de las mujeres gana cada vez más visibilidad y moviliza cada vez más, e incluso durante la pandemia miles de mujeres salieron a las calles a defender sus derechos, como en Argentina, donde ganaron la legalización del aborto, y en México, donde fue despenalizado. Estas conquistas son importantes y fortalecen nuestra lucha, por lo que estamos a la vanguardia de ellas. Pero bajo el capitalismo todas son limitadas y efímeras, mientras exista este sistema estarán amenazadas.

La opresión es funcional al sistema, mantiene divididos a los trabajadores, asegurando la dominación burguesa y aumentando la explotación de nuestra clase, pagando salarios más bajos a mujeres, negros e inmigrantes; economizando el gasto social con el trabajo doméstico no remunerado y manteniendo un ejército de reserva que presiona a la baja los salarios. Por lo tanto, si realmente queremos acabar con la opresión, tenemos que acabar con el capitalismo, fuente de toda desigualdad y opresión.

Pero no es caminando de la mano con burgueses “progresistas”, como defiende el PT, ni encauzando todo el descontento de las mujeres y el ascenso hacia la elección de candidaturas “feministas”, como hace el PSOL, que venceremos al capitalismo y resolveremos los problemas de las mujeres trabajadoras.

En nombre de derrotar a Bolsonaro, el PT y Lula quieren como vicepresidente a Alckmin, la misma persona que ordenó el desalojo violento de Pinheirinho en 2012, arrojando a la calle a decenas de familias, muchas encabezadas por mujeres; que reprimió las manifestaciones de 2013 contra el aumento de los pasajes y contra la Copa de injusticias en 2014; y que cuando se postuló para presidente en 2018, dijo que si era elegido, privatizaría todo lo que pudiese.

También buscan el apoyo de burgueses como Luiza Trajano, que predica políticas “inclusivas” mientras se enriquece a costa de la sobreexplotación, el acoso y la violación de los derechos de sus trabajadoras.

De hecho, mujeres como Luiza Trajano, Kátia Abreu, Simone Tebet, Carmem Lucia, etc., no son nuestras aliadas. Como representantes de la burguesía y del agronegocio defienden los intereses de estos sectores, por eso están a favor de la reforma laboral y de la flexibilización de derechos, de las privatizaciones, del fin del servicio pública, del marco temporal y de la expulsión de los pueblos indígenas y quilombolas de sus tierras. Ni siquiera se comprometen con las pautas de las mujeres, como la ministra Carmem Lucía, que abandonó un almuerzo promovido por dirigentes femeninas por desacuerdo sobre el aborto.

Este 8 de marzo, nosotras trabajadoras debemos rescatar e inspirarnos en la tradición revolucionaria del movimiento de mujeres socialistas y de Clara Zetkin, quien en 1910 propuso un día internacional de lucha de las mujeres trabajadoras. Debemos organizarnos junto con nuestra clase, para luchar por poner fin al machismo y el capitalismo y construir el socialismo.

Los hombres trabajadores también deben hacer su parte, deben romper con su propio machismo y luchar junto a las mujeres en defensa de la igualdad, por derechos y contra la violencia, porque cuando reproducen el machismo y oprimen a sus compañeras, les hacen el juego al patrón, ayudan a mantener la dominación burguesa, la explotación y el sistema.

Este 8 de marzo llamamos a todas las mujeres trabajadoras a decir: ¡Basta de machismo y capitalismo! ¡Fortalezcamos el polo clasista, socialista y revolucionario, y un bloque clasista en los actos, al servicio de la lucha por el Fuera Bolsonaro, Mourão y Damares! ¡Por nuestras vidas, contra la violencia y el hambre, por trabajo, derechos y respeto!

  • ¡Por el fin de la violencia y los feminicidios!
  • Abajo el hambre: ¡empleo, salario y derechos!
  • ¡Igualdad de oportunidades, igual salario por igual trabajo!
  • Legalización del aborto: ¡educación sexual para prevenir, anticonceptivos para no quedar embarazada, aborto legal y seguro para no morir!
  • Socialización del trabajo doméstico: guarderías y escolarización de tiempo completo para nuestros hijos, lavanderías públicas y restaurantes comunitarios, igual responsabilidad entre hombres y mujeres en la crianza de los hijos y en el cuidado de la casa!

Declaración publicada en www.pstu.org.br, 17/2/2022
Traducción: Natalia Estrada.