El día mundial del medio ambiente se celebra el 5 de junio, desde su creación en 1972. Este año 2021 adoptó como tema la restauración de los ecosistemas y demarcó el lanzamiento de otra Década de las Naciones Unidas por la Restauración de Ecosistemas (2021-2030). Sabemos que la restauración no solo es una necesidad, es también un imperativo para mantener la vida en el planeta, pues, para quedarnos solo con un ejemplo, cada tres segundos el mundo pierde un área de selva que daría para cubrir un campo de fútbol. Solo en el Brasil, en 2020, fueron derribados 24 árboles por segundo[1]. No obstante, resta la pregunta: ¿será posible recomponer los ecosistemas considerando las condiciones de producción y reproducción del sistema capitalista?

Por: Lena Souza, 23/6/2021.-

De década en década se pierde más biodiversidad y las metas de restauración nunca son cumplidas

Esta discusión sobre la biodiversidad del planeta se inició en la década de 1980, cuando la Organización de las Naciones Unidas comenzó a reunir a los países para debatir el tema, su conservación y utilización. Después de más de una década de mucho debate resultó en la Convención sobre la Diversidad Biológica (CDB) presentada en 1992 en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (CNUMAD), realizada en la ciudad de Rio de Janeiro. En esa Conferencia, además de la CDB, se elaboró y se presentó también la Declaración de Rio sobre Medio Ambiente y Desarrollo y otros tres documentos conocidos como Convención-Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático; Agenda 21; y Declaración de Principios para un Consenso Global sobre Manejo, Conservación y Desarrollo Sostenible de Todos los Tipos de Selvas.

El texto de la CDB dice que sus dispositivos y principios “están volcados a alcanzar tres objetivos principales: la conservación de la biodiversidad, la utilización sostenible de sus componentes, y la repartición justa y equitativa de los beneficios derivados de la utilización de los recursos naturales”. Cabe resaltar que “Tanto el preámbulo como los artículos de la Convención citan la importancia del conocimiento tradicional y de los pueblos tradicionales[2].

Como otras convenciones relacionadas con el medio ambiente, aunque se valga de bellísimas palabras y objetivos altamente humanitarios y solidarios, son orientaciones, principios y reglas no obligatorios y hechos para engañar, o sea, hacer de cuenta que se está haciendo algo, mientras la destrucción continúa. Así, en 1993 la CDB ya contaba con la firma de 168 países, pues de esa forma, es fácil para los dirigentes de los países suscribir el documento y posar de preservacionistas.

En 2002, la cúpula ambiental (COP6) avanzó hacia la definición de un conjunto de metas para el periodo que iría hasta 2010. Considerando que tales metas también se encuadraban en compromisos hechos por gobiernos que solo pretendían dejarlos en el papel, cuando fueron evaluadas en la COP10 (2010), realizada en la ciudad de Nagoya, provincia de Aichi en el Japón, la conclusión fue que las metas no habían sido alcanzadas.

Nuevamente, en la COP10, líderes de 196 países aprobaron un nuevo Plan Estratégico de Biodiversidad para el periodo 2011-2020. Esta vez, el plan denominado Metas de Aichi para la Biodiversidad, se concretó en veinte proposiciones y en cinco grandes objetivos estratégicos[3]: 1) tratar las causas fundamentales de pérdida de biodiversidad a través de la concientización de gobiernos y sociedad sobre las preocupaciones con la biodiversidad; 2) reducir las presiones directas sobre la biodiversidad y promover el uso sostenible; 3) mejorar la situación de la biodiversidad a través de la salvaguarda de ecosistemas, especies y diversidad genética; 4) aumentar los beneficios de biodiversidad y servicios ecosistémicos para todos; y, 5) aumentar la implantación, por medio de planificación participativa, de la gestión de conocimiento y capacitación.

Fueron 196 países los que concordaron con el plan y el establecimiento de los objetivos estratégicos para la conservación de la biodiversidad en el planeta. El lector de este artículo, sin necesidad de mucha investigación, ya debe tener una conclusión previa sobre cuál fue el balance de los resultados obtenidos en el año 2020. Pero, de cualquier forma, es importante reforzar que la propia ONU, en un balance hecho el año pasado, llegó a la conclusión de que ninguna de las metas fue alcanzada, por el contrario, todos los factores que presionan para la pérdida de biodiversidad se intensificaron[4].

¿A qué punto llegamos?

El 22 de mayo de este año, El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) alertó, en ocasión del Día Internacional de la Biodiversidad, sobre la destrucción del ecosistema y el impacto de las alteraciones climáticas en el mar Mediterráneo”[5]. Según este artículo, la pérdida de biodiversidad y los impactos de la crisis climática, sumados a la presión de los sectores económicos, pueden causar cambios irreversibles en el Mediterráneo.

Vemos este tipo de alertas todos los días, hechos por estudiosos, científicos y organismos gubernamentales y no gubernamentales que estudian y acompañan la destrucción y las modificaciones de los ecosistemas, pues el mundo ya está hace décadas en este descompás. Se utilizan más recursos naturales del planeta de lo que este es capaz de regenerar, considerando los recursos renovables; sin embargo, tenemos también los no renovables que están escaseando. La vegetación, por ejemplo, es cortada a una velocidad que, incluso si se intentasen plantar otras mientras de destruyen las selvas, el ritmo de crecimiento no tendría capacidad de acompañar el corte. Así como se capturan más peces que la velocidad de reproducción de las especies… y así sucesivamente. La llamada huella ecológica[6] media general del planeta está en 1,5, o sea, el planeta precisa de 1,5 años para regenerar los recursos renovables que son consumidos en un año.

Está en curso la sexta extinción

Algunos científicos dicen que en los últimos 500 años se desencadenó, y se aceleró en las últimas décadas, una destrucción de la biodiversidad del planeta con decadencia poblacional que se compara en tasa y magnitud a las cinco extinciones en masa de las especies vegetales y animales ya ocurridas en la historia del planeta.

En los 4,5 mil millones de años (estimados) de existencia de la Tierra, el planeta pasó por diversos periodos en los que casi llegó a su fin. Esas catástrofes son caracterizadas por los paleontólogos como las mayores extinciones o extinciones en masa. En los últimos 500 millones de años, según esos estudiosos, la vida en la Tierra casi se extinguió por cinco veces[7].

Esas cinco extinciones, de manera resumida, fueron: la primera, hace cerca de 443 millones de años, en el Periodo Ordovícico, que extinguió entre 60% y 70% de las especies del planeta; la segunda, hace aproximadamente 354 millones de años, en el Periodo Devónico, que incidió sobre 75% de las especies; la tercera, ocurrió hace alrededor de 248 millones de años, en el Periodo Pérmico y aproximadamente 95% de las especies del planeta fueron extintas; la cuarta, hace cerca de 200 millones de años, en el final del Periodo Triásico, en la cual alrededor de 85% de las especies desaparecieron; y la quinta, hace más o menos 65 millones de años, hacia el final del Periodo Cretácico, que acabó con los dinosaurios (no voladores) y una gran parte de las demás especies existentes en la época.

Para parte de los científicos estamos ya viviendo la sexta extinción, como consecuencia de las actividades humanas en sí y del calentamiento global a ellas relacionado. De acuerdo con estudios desarrollados “un creciente cuerpo de evidencias indica que las tasas actuales de extinción de especies son más altas que la tasa de fondo prehumana…”[8]. La tasa de fondo es la tasa normal de extinción en el planeta[9].

La sexta extinción puede ser más aniquiladora que las cinco precedentes, pues esta no es resultado de un evento excepcional sino consecuencia de un proceso que viene ampliándose a partir de la destrucción inherente al modo de producción capitalista. Y junto con la sexta extinción está el riesgo para la especie humana, pues la vida humana en la Tierra es totalmente condicionada por la biodiversidad para su sustento, ya que es parte y al mismo tiempo dependiente de ella.

La sexta extinción, según los científicos, también es más aniquiladora debido a su rapidez. De acuerdo con un estudio relatado en un artículo de la PNAS[10]: “… bajo la tasa de fondo de los últimos dos millones de años, se espera que dos especies se extingan en un siglo por cada 10.000 especies. Por lo tanto, para las 29.400 especies de vertebrados evaluadas en nuestro estudio, sería de esperar, en un escenario hipotético, 1.058 especies extintas hasta 2050. Por lo tanto, la tasa de extinción en 2050 sería 117 veces mayor que la tasa de fondo”.

De las 29.400 especies de vertebrados terrestres analizados en ese estudio, 515 ya están al borde la extinción por tener menos de 1.000 individuos, y cerca de la mitad de estas tiene menos de 250 individuos restantes. El informa de las Naciones Unidas sobre biodiversidad y servicios ecosistémicos evalúa que 25% de todas las especies están amenazadas de extinción, y parte de ellas en solo décadas.

Como estamos bombardeados por ideas negacionistas, se podría pensar que 25% es poco, no obstante, para aquellos/as que piensan solo matemática e individualmente, es preciso considerar que cuando una especie desaparece tiene impacto en todo el ecosistema, lo que puede hacer que el proceso se acelere aún más. Como indica el mismo informe, cuando dice que “Los efectos de las extinciones van a agravarse en las próximas décadas, en la medida en que las pérdidas de unidades funcionales, redundancia y variabilidad genética y cultural cambian ecosistemas enteros”.

A una pregunta hecha en una entrevista a Elizabeth Colbert, autora del libro La sexta extinción, sobre el debate de si realmente estamos en la sexta extinción, ella responde: “Para ser honesta, este es uno de esos debates en que creo que estamos concentrándonos en la cosa equivocada. Cuando tengamos respuestas definitivas para esa pregunta, es posible que tres cuartos de todas las especies de la Tierra puedan haber desaparecido; nosotros realmente no queremos llegar al punto en que definitivamente podamos responder a esa pregunta”[11]

¿De dónde viene tanta destrucción?

Esa verdadera destrucción de los ecosistemas viene por dos vías complementarias: como consecuencia directa e inmediata de las actividades de producción y reproducción de la vida en el sistema capitalista, y a través del reflejo sistémico de potencialización de impactos.

Las principales causas de esa aniquilación del planeta son la destrucción de bosques para actividades agrícolas, pecuarias, minería, garimpo, explotación maderera, etc., que al mismo tiempo que priva al planeta de bosques, que son sumideros de carbono, también emiten CO2, que alimenta el calentamiento global.

Se agrega a eso el tráfico ilegal de especies, que también pasó a ser un negocio lucrativo dentro del capitalismo. Es considerada la tercera mayor actividad ilícita en el mundo, una de las actividades más lucrativas actualmente. El comercio ilegal está centrado en animales raros para coleccionadores, para investigación y producción de medicamentos e incluso para la utilización del cuero, las plumas, las garras y los colmillos, por la industria de la moda. Además, de acuerdo con la Red Nacional de Combate al Tráfico de Animales Silvestres (Renctas – Brasil), 9 de cada 10 animales traficados mueren antes de llegar a manos del consumidor final.

Y esa explotación y destrucción desenfrenadas en busca de ganancias no son insostenibles solamente desde el punto de vista de la destrucción de los ecosistemas en sí, sino también desde el punto de vista de las posibilidades de proximidad con virus y bacterias con los cuales tomamos contacto a partir de la destrucción de los bosques para campos de cultivo, criadero de animales y otras actividades, en los laboratorios de investigación genética para mejoramiento de la producción, en el tráfico de animales, etcétera…

El aumento de la producción de aceite de palma en Guinea Bissau, por ejemplo, no solo destruyó selvas sino también propició el brote de ébola en 2013. Por su parte, la gripe aviar y la gripe porcina, se desarrollaron a partir del proceso de industrialización intensiva en la cría de aves y cerdos. El cambio en el clima global agregado a la destrucción de los bosques para tales actividades económicas son responsables también por la concentración de murciélagos, considerados reservorios de virus, en pequeñas áreas y, en general, próximas al ser humanos.

El conjunto de esos procesos y sus consecuencias ya generaron 50 brotes epidémicos de enfermedades virales y bacterianas que afectaron al ser humano en los últimos treinta años, probando así que los impactos son sistémicos y se retroalimentan. Para aquellos que creían que faltaba el ser humano o se preguntaban qué tenemos que ver con eso –además de perder la fuente de sobrevivencia con la destrucción de los ecosistemas–, somos víctimas de desastres y desequilibrios ambientales provocados por el calentamiento global, y hay también una aceleración en el exterminio del propio ser humano, y la pandemia de coronavirus es la prueba de eso.

Los ricos destruyen y los pobres sufren las consecuencias

Frente a las consecuencias que el colapso ambiental viene causando y que se prevé causará, tanto los gobernantes como sus patrocinadores, los ricos, quieren hacernos creer que estamos en el mismo barco y que los impactos nos alcanzan de la misma forma. Lamentablemente, ese argumento convence a un sector de la población y también de los ambientalistas.

Pero es importante destacar que todos esos impactos, provenientes de la destrucción de los recursos naturales del planeta, como la pérdida de viviendas, de la tierra fértil, que fuerza la migración y trae hambre, las epidemias y pandemias que arrebatan la vida de millones de personas, afectan de lleno al ser humano pobre. Mientras tanto, el ser humano rico, responsable por esa devastación, posee medios para protegerse. Esos impactos agravan las vulnerabilidades y aumentan las amenazas a las poblaciones más pobres en relación con las más ricas, aumentando las grandes desigualdades ya existentes entre ellas, así como también aumentan las desigualdades entre países pobres y ricos.

La pandemia que estamos sufriendo es el más evidente ejemplo global de eso, aunque tengamos muchos otros ejemplos localizados de impactos provenientes de desastres ambientales o epidemias que sesgaron o impactaron la vida de millones de seres humanos pobres.

Aquí entra el sistema de producción y reproducción, al cual los/as trabajadores/as, población pobre, y los recursos naturales del planeta están sometidos/as, donde un puñado de ricos tiene como principal y único objetivo explotar los recursos naturales y la mano de obra para transformarlos en mercaderías, visando únicamente la ganancia, sin ninguna preocupación con la preservación del planeta y de la vida presente en él.

Varias fuentes de destrucción y un único culpable: el sistema capitalista, incapaz de revertir el proceso

En el capitalismo, el alimento, el remedio, la vivienda, y todo lo que involucra la vida, se transforma en mercadería, que necesariamente tiene que generar la ganancia, que queda concentrada en manos de una minoría. Minoría esta que se divide entre aquellos que niegan cualquier posibilidad de colapso ambiental del planeta y otros que pregonan la ilusión de que el propio sistema es capaz de revertir la tendencia a ese colapso. Pero los dos sectores tienen un punto en común: mantener a cualquier costo el sistema que los privilegia, incluso al costo del colapso del planeta y de la vida humana.

Entre aquellos que se denominan de izquierda, lamentablemente, hay un sector de activistas y organizaciones que diseminan esa idea de que es posible un capitalismo sostenible, fortaleciendo la ilusión, como mínimo peligrosa si consideramos la realidad actual y todo el histórico en este tema. El capitalismo, por su propia anarquía de funcionamiento, no es capaz de encuadrarse en marcos regulatorios ambientales en nivel mundial, pues su dinámica es predatoria. No fue por falta de marcos regulatorios que la dinámica no se revirtió sino sí porque la clase que hoy está en el poder es incapaz de hacer eso, ya que sería en su propio perjuicio.

Eso no significa que sectores de la burguesía mundial no se aprovechen de las gordas inversiones públicas en áreas que buscan otra fuente energética, como los automóviles eléctricos, en el que gobiernos como el de Biden incentivan e invierten, con el único objetivo de sacar provecho y ganancia de un dinero que es público. Iniciativas como esas tienen como objetivo incentivar las ilusiones e intentar apaciguar el movimiento ambientalista, mientras continúa, en esencia, todo como está o peor, pues a largo plazo el capitalismo siempre priorizará sus ganancias. Incluso el desarrollo de una tecnología que aparentemente podría permitir menos impactos ambientales como el automóvil eléctrico, por utilizar batería y energía eléctrica y consecuentemente no emitir gas carbónico (CO2) durante su uso, puede servir solo para llenar los bolsillos de algunos ricos empresarios del sector automovilístico, ya que en el mundo, gran parte de los países aún utiliza el carbón, el gas natural y combustibles fósiles en su matriz energética. Entonces, ¿la salida debería ser inundar el mercado de automóviles eléctricos o discutir el modelo de transporte?

Nosotros continuamos diciendo que la única salida que realmente puede resolver el problema de la destrucción de los ecosistemas, así como el calentamiento global y junto con eso la amenaza a la vida en el planeta, será el cambio del sistema capitalista por el sistema socialista. Lo que nosotros trabajadores y trabajadoras y población pobre del planeta precisamos es organizar a nuestra clase para impedir que un puñado de ricos, total minoría en el mundo, dirija nuestras vidas y la vida en la Tierra hacia una catástrofe. No podemos decir que esto nos tomó de sorpresa. Tenemos dos posibilidades: o cambiamos el sistema completamente por un verdadero sistema socialista mundial, o iremos a la barbarie de la cual ya tenemos varias muestras.

Notas:

[1] https://www.pstu.org.br/brasil-perdeu-24-arvores-por-segundo-em-2020/

[2] Revista de Direito da Cidade, vol 5, nº2, p. 106-136 . Desafíos de la Convención sobre la diversidad biológica. Rosemary de Sampaio Godinho y Maurício Jorge Pereira da Mota.

[3] https://www.wwf.org.br/natureza_brasileira/especiais/biodiversidade/dialogos_biodiversidade/metas/

[4] https://brasil.un.org/pt-br/90967-relatorio-das-nacoes-unidas-alerta-para-perda-de-biodiversidade-sem-precedentes-na-historia

[5] https://greensavers.sapo.pt/onu-alerta-para-a-destruicao-do-ecossistema-do-mar-mediterraneo/

[6] La huella ecológica es una metodología de contabilidad ambiental que evalúa la presión del consumo de las poblaciones humanas sobre los recursos naturales. Lea más en: https://www.wwf.org.br/natureza_brasileira/especiais/pegada_ecologica/o_que_e_pegada_ecologica/

[7] https://www.nationalgeographicbrasil.com/historia/2020/01/terra-passou-por-mais-extincoes-em-massa-do-que-imaginavamos

[8] https://advances.sciencemag.org/content/1/5/e1400253

[9] http://ecologia.ib.usp.br/evosite/evo101/VIIB1dMassExtinctions.shtml

[10] Publicación oficial de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos (PNAS), en: https://www.pnas.org/content/117/24/13596#sec-6

[11] https://www.nationalgeographicbrasil.com/meio-ambiente/humanos-sobreviverao-sexta-grande-extincao

Foto del artículo: https://revistaamazonia.com.br/sexta-extincao-em-massa-de-animais-selvagens/

Traducción: Natalia Estrada.