Una “teoría” recalentada surgió en el estalinismo para explicar el crecimiento económico de China en las últimas décadas y, al mismo tiempo, justificar lo que llaman socialismo chino. Uno de sus mayores divulgadores es el Partido Comunista del Brasil, a través de Elias Jabbour, miembro de su Comité Central.

Por: Marcos Margarido

Se trata de la Economía de Proyectos, un modelo económico teorizado, según Elias Jabbour, por Ignacio Rangel, compuesta por la unión, o combinación, de los mecanismos keynesianos, de la economía monetaria moderna y de la planificación soviética. Otros ingredientes serían adicionados, en este siglo de conquistas tecnológicas, con la introducción de “nuevas formas de organización industrial” basadas en la “incorporación de la internet, big data y la inteligencia artificial a la economía real”, en las palabras del dictador chino Xi Jinping (según artículo de Elias Jabbour)[1], para designar la Nueva Economía de Proyectos.

Según sus defensores, la adopción de este modelo por el gobierno chino es responsable por el crecimiento del PIB de cerca de 10% al año, en media, en el inicio del siglo XXI y que pone el socialismo chino en primer plano, transformando aquel país es una potencia mundial. Todo eso sería caracterizado, una vez más conforme Elias Jabbour, por tres “grandes narrativas” de este inicio de siglo: 1) proyectos nacionales de desarrollo; 2) socialismo; y 3) nuevas y superiores formas de planificación económica.

En realidad, no se trata de nada nuevo, es más un plato recalentado para hacernos tragar una fábula del socialismo en la China actual, o como dicen los dirigentes chinos, aunque cada vez menos, del ‘socialismo de mercado’. En primer lugar, es preciso dejar claro que, desde finales de la década del ’70 del siglo pasado, dejó de existir una economía de transición al socialismo en China, esto es, una economía bajo el control de un Estado obrero. La restauración capitalista llevada a cabo por Deng Xiaoping con sus “cuatro modernizaciones” a partir de 1978 no dejó piedra sobre piedra de las conquistas de los trabajadores y campesinos chinos obtenidas con la victoria de la revolución de 1949.

Es a partir de una serie de eventos desde 1978, que introdujeron relaciones capitalistas de producción en la economía china –por ejemplo, las zonas económicas especiales en el litoral sur y las empresas familiares en el campo– y reforzados por la masacre en la Plaza Tiananmen en 1989, que el capitalismo chino recibió el impulso y la estabilidad política necesarios para su reconstrucción en un país donde ya no había más burguesía, pero que hoy, según la revista Forbes, tiene 400 multimillonarios listados en su ranking, transformándose en el segundo país del mundo en alcanzar esta triste marca.

El hombre más rico de China, Ma Huateng, dueño de la empresa de internet Tencent, tiene una fortuna de U$S 60.400 millones. Tenía más dinero que Mark Zuckerberg, el todopoderoso CEO de Facebook, antes de la pandemia. Es ridículo hablar de socialismo en un país donde una población de 1.300 millones de habitantes es explotada por 400 multimillonarios, sin hablar de los millares de millonarios que habitan incluso los congresos y el Comité Central del Partido Comunista de China. El propio Xi Jinping estaría entre los 400 multimillonarios, con una fortuna personal (sin origen rastreable) estimada en 1.500 millones de dólares.

Es solo olvidándose de este hecho básico –la existencia de la explotación– que se puede hablar de algo como “socialismo” en China. La propia definición de “socialismo de mercado”, inaugurada por Deng Xiaoping haría a Marx salir de su tumba –como el fantasma del Manifiesto Comunista– para asombrar a esos ‘marxistas’ vulgares. Pues Marx dejó claro que en la primera fase del comunismo –que se dio en llamar socialismo– el primer hecho económico sería el fin de la vigencia de la ley del valor y, por lo tanto, de la existencia del mercado, aunque algunas normas del derecho burgués pudiesen persistir por algún tiempo[2].

¿Antiimperialismo?

Otro argumento muy utilizado por los defensores del “socialismo” chino es su supuesto antiimperialismo. La reciente guerra comercial iniciada por Trump contra China evidentemente parece reforzar esta posición. Pero, no cuesta recordar la famosa frase –muchas veces citada– “It’s the economy, stupid”, creada en la electoral de Bill Clinton.

Cabe resaltar, primero, que tener un gobierno que se enfrente con el imperialismo no transforma el país que aplica tal política en socialista. Sin embargo, ¿podemos decir que el gobierno chino es antiimperialista?

En la edición de The Economist del 3/9 se afirma:

“No obstante, en una parte de la economía global, el padrón es de participación de superpotencia, no de distanciamiento: alta finanza. La Black Rock, un gigantesco gestor de activos, recibió señal positiva para crear un negocio de fondos de inversiones en China. La Vanguard, una rival, debe cambiar su sede asiática para Shanghái. El Banco JP Morgan Chase puede gastar mil millones de dólares para tener el control de su emprendimiento de gestión financiera en China. Los gestores de los fondos extranjeros compraron casi 200.000 millones de dólares de acciones y títulos chinos el año pasado” (“Why is Wall Street expanding in China?”).

Es evidente que un Estado obrero, como fue la Rusia revolucionaria hasta la muerte de Lenin, debe hacer negocios con los países capitalistas, principalmente por estar aislado como una isla en un océano capitalista. Pero, el problema son los criterios para negociar con el enemigo de clase. Recordemos que, incluso durante la NEP [Nueva Política Económica], la Rusia soviética mantuvo un estricto control del comercio exterior (al contrario de la opinión de Stalin), mantuvo la nacionalización de los medios de producción, y autorizó la capitalización controlada en el campo sin abrir mano de la nacionalización de la tierra. Obviamente, nunca abrió mano del control estatal del sistema financiero y de su nacionalización. Nada de eso ocurre en China.

Al contrario, el gobierno chino está relajando las reglas de acceso del capital extranjero al mercado financiero chino, hasta entonces bajo un control estatal muy restrictivo por los padrones imperialistas, permitiendo la realización de operaciones financieras con el mercado internacional por los bancos extranjeros y facilitando la compra y venta de acciones de empresas privadas en las bolsas de valores.

Como vemos, no hay nada de antiimperialismo en estas decisiones del gobierno chino, sino solo la facilitación de la entrada del capital financiero extranjero para equilibrar su balanza de pagos, un procedimiento vulgar entre gobiernos proimperialistas de todo el mundo.

¿Qué es la economía de proyectos?

La economía de proyectos es definida como la unión de las tres corrientes económicas citadas arriba. ¿Es posible unirlas? Desde el punto de vista de la economía capitalista actual, que Marx llamaría de vulgar, puede ser posible unir algunas características de cada una de estas corrientes, desde que hagamos abstracción de la existencia de relaciones sociales de explotación en la sociedad capitalista. Dejemos esta discusión a los economistas. Pero, ¿es posible hablar de la utilización de este tipo de economía en un país socialista?

Los keynesianos de izquierda hace mucho tiempo intentan demostrar que la economía marxista –o mejor, la crítica de la economía política hecha por Marx en El Capital— y las elaboraciones de John Maynard Keynes en su libro Teoría General del empleo, del interés y de la moneda reman en el mismo barco. Para eso, hicieron lo que los apologistas de la economía de proyectos hacen hoy: despojan al marxismo de cualquier vestigio de lucha de clases y lo transforman en una caricatura, en un sistema económico para ser enseñado en las universidades. Se olvidan que para Marx la ley general de la acumulación capitalista se basa exactamente en la explotación de la clase obrera y de todos los trabajadores por la burguesía, que tiene en el ejército industrial de reserva su principal base de sostén (por la fuerza de las armas, claro).

Esta tentativa de unir keynesianismo y marxismo fue destruida teóricamente por el marxista inglés Geoff Pilling en su libro The Crisis of Keynesian Economics, A Marxist View (La crisis de la economía keynesiana, una visión marxista), publicado en 1987. Pilling polemizó con la economista keynesiana de izquierda Joan Robinson y mostró que los dos sistemas se oponen por el vértice. En realidad, ni se puede llamar keynesianismo de una teoría, pues es una juntura de conceptos empíricos que fueron destruidos por la propia evolución de la economía. La posición de los keynesianos, de que una fuerte inversión del Estado en la economía es necesaria para acabar con el desempleo y regular el funcionamiento del capitalismo es, por sí sola, una afirmación antagónica a la visión marxista de que la existencia de un ejército de desempleados es fundamental para el desarrollo –y la regulación– del capitalismo.

Por su parte, la Economía Monetaria Moderna no pasa de una renovación de la vieja jerga de que el dinero tiene valor por sí mismo, es decir, que no es un “representante” fetichizado del valor de las mercaderías producidas en el capitalismo, y que bastaría crear dinero de la nada para posibilitar la realización de inversiones que resultasen en el fin del desempleo. Esta teoría es, también, antagónica al marxismo, por las mismas razones del keynesianismo: no reconoce la ley del valor desarrollada por Marx como la base del funcionamiento de la economía capitalista e inventa esquemas espectaculares para acabar con el desempleo, algo imposible en el capitalismo. Vale la pena decir que ninguno de los proponentes y seguidores de estas dos corrientes burguesas defiende la sustitución del sistema económico capitalista por un modo de producción superior, sino solo quieren volverlo “viable”. Es decir, esperan que sus recetas consigan mantener tranquilamente la continuidad de la explotación de los trabajadores por la burguesía.

¿Planificación es sinónimo de economía marxista?

Por fin, los estalinistas pro China afirman que estos dos modelos fueron unidos con la planificación soviética para, junto con las nuevas técnicas de producción del siglo XXI, propiciar el progreso de China. Como dijimos arriba, ellos realizan una limpieza en el marxismo, “limpiando” todo lo que remite a la lucha de clases, a la explotación, a las jornadas de trabajo de 18 horas del siglo XIX pero existentes aún hoy en las industrias textiles del Pakistán, el trabajo esclavo e infantil, y transforman la crítica marxista de la economía burguesa en… planificación.

La planificación, aunque importante para el buen funcionamiento de las economías de los Estados obreros, no pasa de una técnica, y solo es posible efectivamente después de la expropiación de la burguesía, el control obrero de los medios de producción a través de sus instituciones democráticas, el fin de las relaciones de explotación, el fin del mercado y de todo lo que remita a la anarquía de la producción capitalista. Varias economías capitalistas tienen algún tipo de planificación central para intentar organizar y restringir de alguna forma las crisis, y no lo consiguen, pues hay una contradicción entre el mercado, o sea, la búsqueda de la ganancia, de competencia intrínseca al capitalismo, y una planificación real de la economía. Con el criterio de esos adoradores del modelo chino, Italia y Francia de los años ’60 serían socialistas.

Pero, el centro de la cuestión para el socialismo no es la planificación en sí sino el fin de la explotación. Algo que, evidentemente, no existe en China.

A no ser que esté surgiendo en China un “nuevo modo de producción” llamado “Nueva Economía de Proyectos” y que, por lo tanto, debe ser superior al hipotético socialismo chino. ¿Estaríamos, en fin, llegando al “comunismo en un solo país”? Es lo que afirma Jabbour en sus fantasías sobre el paraíso chino.

Para nosotros, la vida es más simple. El desarrollo económico de China fue posible debido a la restauración del capitalismo y la consecuente superexplotación de la clase obrera, y a la metamorfosis del Partido Comunista de China, que se transformó en un partido burgués, tanto en sus estatutos como en su base social, y pasó a defender con uñas y dientes a la clase capitalista luego de la restauración. Esa metamorfosis no alcanzó solo al partido sino a la mayoría de sus dirigentes, que se volvieron capitalistas y se pasaron a las filas de los explotadores.

Este “nuevo modelo de producción” no precisa ningún nuevo nombre ni una nueva teoría para ser explicado. Basta leer El Capital de Karl Marx.

Traducción: Natalia Estrada.