Lun Ene 30, 2023
30 enero, 2023

La LIT-CI y su combate al reformismo

Cuatro décadas sosteniendo la estrategia de la revolución socialista

Albert Camus, filósofo y escritor existencialista francés, dedicó un ensayo al mito griego de Sísifo. La mitología cuenta cómo Sísifo es castigado por los dioses a subir por una cuesta una gran roca, que con esfuerzo logra subir hasta la cima, para luego caer rodando de vuelta; y así, Sísifo es condenado a este trabajo inútil y absurdo de subir la roca eternamente sin concluir su labor. Camus, como buen existencialista, aunque lúcidamente usa el mito de Sísifo como metáfora del hombre moderno, más específicamente del obrero que realiza una y otra vez un trabajo alienado sin sentido y sin final, ante la imposibilidad de terminar con el absurdo propone que “El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso”[1].

Por Jorge Martínez

Eduard Bernstein, amigo y discípulo de Engels, terminó negando el marxismo proponiendo algo similar, al postular que al socialismo se podía –y debía llegar– ya no por medio de una revolución y la dictadura del proletariado, sino a través de la lucha por reformas paulatinas que impulsaran la tendencia del capitalismo a superarse a sí mismo a través de un movimiento de democratización continuo. Sintetizó toda su concepción cuando escribió: “Este objetivo (El objetivo final del socialismo), sea lo que sea, no significa nada para mí; el movimiento lo es todo”[2]. Esta, que es la premisa fundamental del reformismo se presenta como la conciencia feliz de Sísifo que propone Camus. Para el reformismo, el sentido y objetivo de la lucha en el capitalismo es la satisfacción de la obtención de reformas, careciendo de toda importancia práctica la superación de la sociedad capitalista y la llegada al socialismo.

¿Qué fuerza extraña hace que los obreros, al igual que Sísifo luchen una y otra vez obteniendo triunfos para luego perderlos y tener que empezar de nuevo? León Trotsky hacía conciencia de esta tragedia en el Programa de Transición cuando sentenciaba que “la crisis histórica de la humanidad se reduce a la dirección revolucionaria”[3]. Con esto pretendía mostrar cómo el imperialismo decadente a las puertas de la Segunda guerra mundial, no podía traer nada progresivo a la humanidad; y, por el contrario, demostraba que las condiciones objetivas para la revolución y el socialismo no solo estaban más que maduras, sino que empezaban a descomponerse. En consecuencia, la superación del capitalismo dependía de que la clase obrera pudiera superar los obstáculos que la separaban de la conciencia y el programa revolucionario. Y en últimas, el obstáculo decisivo eran las direcciones mayoritarias del movimiento obrero que conducían sus luchas al movimiento perpetuo del reformismo.

Por eso, una de las más importantes tareas de los revolucionarios es romper este círculo vicioso. Romper el hechizo que, al igual que el castigo a Sísifo, condena a la clase obrera y con ella a toda la humanidad a soportar el absurdo y decadente sistema capitalista. Es lograr desterrar la influencia y el control de la burguesía sobre la conciencia de la clase obrera. Esta influencia se expresa directamente en la propaganda y las ideologías burguesas que naturalizan el capitalismo como la única sociedad posible, o que es posible transformarla mediante la “buena voluntad”, o las reformas paulatinas.

La LIT-CI y su origen frente al reformismo

La LIT-CI surge en medio de varias polémicas y discusiones al interior del trotskismo. La corriente dirigida por Nahuel Moreno se fue forjando hace casi 80 años de manera diferenciada de las otras corrientes trotskistas, sobre la base de defender tres cuestiones fundamentales: el programa revolucionario sintetizado en el Programa de Transición de Trotsky, una política de lucha y movilización dirigida a la clase obrera y la construcción de partidos revolucionarios independientes de las organizaciones pequeñoburguesas, reformistas y centristas en el marco de una internacional centralizada democráticamente. De estas polémicas se desprendían políticas distintas hacia las distintas formas del reformismo y la presión que ejerce sobre el trotskismo.

En la década de los setenta, en la crítica al fenómeno del eurocomunismo y la postura capituladora que desarrollaron Ernest Mandel y el Secretariado Unificado de la IV Internacional, subyace una crítica a posturas que capitulan al reformismo estalinista y a la socialdemocracia europea, que al renunciar al núcleo del programa marxista, la dictadura del proletariado, transitan el camino del abandono de la estrategia revolucionaria, para cambiarla por la exaltación de las formas de la democracia burguesa.

Paralelo a estas discusiones se desarrollaba una fuerte polémica en torno a un asunto fundamental de la lucha de clases, el auge del guerillerismo en América Latina entre 1960 y 1970. Gran parte de la izquierda de entonces se dejó seducir por la imagen del guerrillero en armas contra la tiranía, e incluso parte del trotskismo (una vez más Mandel) capituló a estas vanguardias no obreras. Desde nuestra corriente se desarrolló una crítica a la estrategia guerrillerista por imponer una táctica, válida en ciertas circunstancias, como estrategia permanente que sustituía el papel revolucionario de la clase obrera y las masas por un partido-ejército.

Pero la crítica no se redujo a los métodos guerrilleros, sino que apuntó a sus programas. La gran mayoría de las organizaciones guerrilleras tenían un programa democrático y pequeñoburgués que no rompía con el capitalismo, configurando una especie de “reformismo armado” que, aunque enfrentaba a tiros los regímenes burgueses, en la práctica nunca rompían con el capitalismo. Durante la década de los ochenta, la gran mayoría de estas organizaciones terminaron negociando su incorporación a los regímenes de cada país, incluso integrando regímenes bonapartistas y gobiernos capitalistas, especialmente en Centroamérica.

También la lucha contra la política de frentes populares del estalinismo se dio por medio de una confrontación a las estrategias reformistas que los agenciaban. Frente al gobierno de Allende en Chile, y a variantes de frentes nacionalistas o incluso dichos antimperialistas, nuestra corriente mantuvo una crítica permanente y una política de unidad de acción y de defensa de conquistas cuando fuera necesario, sin capitular a su programa, llegar al apoyo político ni desistir de la tarea de construir partidos revolucionarios independientes.

La llegada de Francois Mitterrand y el retorno del Frente popular a Francia[4], trajo consigo un gran debate, sobre cuál debe ser la postura del trotskismo ante ese gobierno, sus medidas “progresivas” y eventuales ataques de fracciones burguesas de derecha. La Organización Comunista Internacional de Pierre Lambert terminó asumiendo una política de apoyo al gobierno, rompiendo así con la independencia de clase frente a un gobierno burgués, y cediendo a las presiones reformistas del frente popular.

En 1982 se funda la LIT luego de estos debates y los intentos infructuosos de reconstruir la IV Internacional unificándose con la CORCI de Lambert. La nueva organización internacional surge con la convicción en la necesidad de reconstruir la IV Internacional sobre la base del programa revolucionario, la movilización permanente de las masas hacia la toma del poder y la construcción del partido revolucionario en los diferentes países y a nivel internacional. También, el combate permanente al reformismo tanto a la socialdemocracia y el estalinismo como al centrismo y el revisionismo al interior del trotskismo fueron tareas cotidianas de la política de la LIT.

El aluvión oportunista, una prueba decisiva

La década de los ochenta culmina con hechos históricos que sacudieron al mundo. La caída del Muro de Berlín fue el símbolo de un proceso de restauración del capitalismo en los Estados obreros burocráticos, mal conocidos como el “socialismo real”. La restauración capitalista conducida por la burocracia estalinista en complicidad con el imperialismo, enfrentó procesos de revolución política en los que la clase obrera de esos países se levantó contra la burocracia, pero fue sucesivamente derrotada.

Con la restauración del capitalismo en la URSS y los demás Estados obreros, el imperialismo impuso importantes derrotas al movimiento obrero mundial. Fue el triunfo de la política de lo que llamamos Reacción Democrática del imperialismo, con la cual se privilegiaba los mecanismos de la democracia burguesa para desviar y derrotar procesos revolucionarios. La ola de privatizaciones y retroceso de importantes conquistas y la imposición de las políticas neoliberales fue acompañada de una ofensiva ideológica contra el socialismo y el marxismo.

Entre la izquierda, estos hechos significaron también una gran crisis. Para muchos la caída de los Estados obreros significó el desvanecimiento de la perspectiva de la revolución y el socialismo, se le adjudicó al marxismo y al bolchevismo el fracaso que, en realidad, sólo le correspondía al estalinismo, la negación de ambos.

Los retrocesos de la clase obrera mundial profundizaron la debilidad de una perspectiva revolucionaria socialista, proceso que se correspondió con un creciente escepticismo y la adaptación al dominio imperialista y de la permanencia del capitalismo. El terreno abonado por el reformismo fue tierra fértil para que en la izquierda y el movimiento obrero se debilitara la perspectiva del socialismo.

El marxismo fue reemplazado por ideologías ligadas al postmodernismo, la estrategia revolucionaria contra el sistema capitalista fue sustituida por la fragmentación de movimientos que luchaban por transformaciones “posibles”. La socialdemocracia en los gobiernos aplicó las políticas neoliberales, el estalinismo se socialdemocratizó, las organizaciones centristas se cristalizaron en el reformismo, y muchas de las organizaciones revolucionarias ocuparon el campo del centrismo para rápidamente transitar entusiastas hacia el reformismo.

Todo este fenómeno significó una dura prueba para los revolucionarios. Significó un verdadero aluvión oportunista que como un vendaval arremetió contra las débiles direcciones revolucionarias consecuentes, trayendo consigo su destrucción o, en el mejor de los casos, produciendo grandes estragos.

La LIT no fue inmune a este proceso. La caída de los Estados obreros produjo muchos debates en su interior, en el cual muchos tomaron el camino de negar el marxismo y el trotskismo (rompiendo con la LIT), a la vez que la presión por la adaptación a la democracia burguesa adquirió mayor fuerza. Ese abandono del marxismo arrastró a varios sectores de la LIT, por distintas vías al reformismo, sobre todo a partir de revisiones teóricas, que se expresaban en capitulación en la política y en las tácticas. Esto puso a la LIT al borde de su disgregación y disolución a mediados de la década de los noventa. Sin embargo, la LIT persistió.

El retorno de los levantamientos

Pese al retroceso y la situación defensiva de la clase obrera y las masas en el mundo, la rebelión contra los efectos negativos de la ofensiva neoliberal no demoró en estallar. En Sudamérica, rebeliones de masas estallaron en varios países contra sus gobiernos y la aplicación de feroces planes antiobreros.

Gobiernos cayeron en Argentina, Ecuador y Bolivia; mientras que en el mundo una nueva vanguardia se levantaba contra los efectos de la globalización imperialista. Las cumbres de los más ricos en Seattle, Ginebra, Davos se convirtieron en verdaderos campos de batalla en que el capitalismo fue nuevamente cuestionado, planteándose la alternativa de “otro mundo es posible”. Pero ante la ausencia de verdaderas direcciones revolucionarias que encaminaran esos nuevos alzamientos hacia una alternativa anticapitalista, esos procesos fueron canalizados por salidas reformistas, llenando de contenido reformista el llamado movimiento antiglobalización.

Los levantamientos en América Latina fueron canalizados hacia una primera ola de “gobiernos alternativos” que bajo distintas formas (gobiernos de frente popular, gobiernos nacionalistas burgueses) tuvieron en común la aplicación de las políticas neoliberales en las que fracasaron sus predecesores, gracias a que matizaron estas mediadas con el asistencialismo y la cooptación de las burocracias sindicales y la gran mayoría de la izquierda reformista.

La LIT tuvo el mérito de no sucumbir a este fenómeno, manteniendo vivo el programa revolucionario, la independencia de clase y la estrategia de la revolución socialista. Mientras, otras corrientes provenientes del trotskismo fueron deslizándose hacia el reformismo.

Surgieron los llamados partidos anticapitalistas, en los cuales estas corrientes trotskistas se fundían con los reformistas. Las fronteras y distancias entre ellos se difuminaron, convirtiéndose en su estrategia principal disolver sus partidos en movimientos más amplios como el NPA en Francia o el PSOL en Brasil. Además, entraron a hacer parte de gobiernos de Frente popular y nacionalistas burgueses.

El PSOL y el PCdoB se sumaron a la campaña de Lula y apoyan su futuro gobierno

La LIT, en la medida que se iba recuperando y creciendo, fue sintiendo de forma cada vez más fuerte la presión de la democracia burguesa y el reformismo. Las elaboraciones en torno al “aluvión oportunista” y la actualización programática que profundizó en el legado de la III Internacional sobre el parlamentarismo y el necesario combate al reformismo, a la par que se fue estudiando a fondo los procesos y las presiones sobre los revolucionarios en el siglo XXI, implicaron nuevas rupturas de sectores que ya se habían adaptado; sectores que terminaron rompiendo con la LIT en 2016 para seguir libres el curso de integración a proyectos reformistas, especialmente en Brasil y Portugal.

Actualmente, luego del fracaso y degeneración de varios de estos proyectos de gobiernos de colaboración de clases, en muchos países la derecha burguesa recuperó el gobierno, para aplicar de nuevo más ataques contra la clase obrera, el campesinado, los indígenas y la juventud. A la par que nuevas crisis económicas dieron al traste con la ilusión de un capitalismo todopoderoso, el orden de dominación imperialista en el mundo, impuesto con la restauración del capitalismo en los Estados obreros, se desmorona.

Como antes, las masas luchan contra las políticas de ajuste y de ataque a las condiciones de vida de las masas. La lucha contra las opresiones y contra la precarización y criminalización de la juventud adquieren nuevo aire. Procesos revolucionarios y prerevolucionarios vuelven a surgir en América Latina, como en Chile y Colombia. La amenaza del colapso ambiental y la crisis climática causada por el capitalismo es cada vez una realidad más cercana.

Estas nuevas luchas también plantean el constante retorno del reformismo, ya sea con sus viejas concepciones clásicas, o bajo nuevas formas neorreformistas, que ya no reivindican el socialismo, sino una pretendida democracia radical dentro del capitalismo. La tarea de los revolucionarios/as es combatir no solo a la burguesía, sino también a sus agentes. Es desenmascarar el reformismo como agentes de la burguesía y el imperialismo, mostrar a la clase obrera y las masas explotadas el papel de esos sectores.

La gran mayoría de la izquierda mundial vio en los partidos reformistas Syriza y Podemos, ejemplos a seguir.

Hoy vuelven a surgir gobiernos de colaboración de clases. Boric en Chile, Petro en Colombia, Lula en Brasil; pero esta vez ya no tienen los márgenes económicos que tuvieron a su favor en el pasado, para otorgar reformas y concesiones a las masas para sofocar y desviar las luchas. Esta nueva situación se plantea como un nuevo reto para la LIT, pues nuevamente las presiones del reformismo se fortalecen, y la necesidad de enfrentarlas con políticas y un programa correcto se vuelven una necesidad cada vez más apremiante.

La LIT ha tenido el mérito histórico de mantenerse –no sin errores sectarios y desvíos oportunistas– en el marco del marxismo, el legado de Nahuel Moreno y nuestra corriente y la clase obrera. Es ahí, en esos elementos donde encontrará nuevamente las herramientas para continuar la lucha contra los obstáculos para que la clase obrera derrote al capitalismo imperialista.

No hay dioses que impidan que la rueda de la historia llegue a la cima, y que, al superar el capitalismo, la clase obrera pueda, por fin, emprender el camino del socialismo. Es la tarea a la que la LIT se consagró hace 40 años y en la que continúa con convicción, abnegación y entusiasmo revolucionario.


[1]     Camus, Albert, El Mito de Sísifo.

[2]     E Bernstein, ‘The theory of collapse and colonial policy’ Neue Zeit January 19 1898, in JM Tudor, op.cit. pp168–69. Citado en: Mulholland, «Cuando Bernstein asaltó la “ortodoxia” marxista». Disponible en: https://ctxt.es/es/20161012/Politica/8882/socialismo-marxismo-Bernstein-revolucion-rosa-luxemburgo-psd-socialdemocracia.htm

[3]     Trotski, Programa de Transición.

[4]     Francia ya había vivido una experiencia de gobierno de Frente Popular con León Blum en 1936. El fenómeno la política hacia los frentes populares es desarrollada ampliamente por Trotsky en su trabajo ¿A donde va Francia?.

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