El mundo quedó aprensivo luego del ataque de los EEUU en Bagdad que mató al general Qasem Soleimani, hombre fuerte del régimen de los Ayatolás y responsable por las operaciones de Irán en el exterior. El temor a una escalada militar en Medio Oriente, a partir del grado de respuesta del gobierno iraní a la afrenta de Trump, impactó en el precio del petróleo, del dólar, y las principales bolsas registraron caídas.

Por Daniel Sugasti

Teherán, en medio del funeral de Soleimani que reunió más de un millón de personas, había asegurado una dura “venganza”, contra EEUU y sus aliados, si fuese necesario incluso en suelo norteamericano. Trump, por su parte, advertía que tenía una lista con 52 objetivos militares (incluyendo sitios históricos y culturales) en Irán, que atacaría “muy rápido y muy fuerte” en caso de represalia.

El régimen iraní, acosado por una convulsión social desde octubre y habiendo elevado su retórica tras el ataque de EEUU, no podía simplemente dejar pasar la muerte del “números dos” del país. Eso daría una señal de debilitad extrema ante el mundo y, sobre todo, en la región. Así, lo que restaba saber era cuál sería la represalia y su dimensión.

En la noche del martes, finalmente Irán ejecutó su anunciada revancha. Decenas de misiles impactaron dos bases estadounidenses en Irak: la de Ain Al Asad, en el oeste del país, y una en Erbil, en el Kurdistán iraquí.

El ataque, sin embargo, quedó muy atrás del nivel de amenazas que profirieron los líderes iraníes. No hubo baja alguna y los daños a la infraestructura fueron mínimos. Es más, ahora se sabe que antes de lanzar sus misiles, Teherán informó que ocurría el ataque al primer ministro iraquí, Adel Abdul Mahdi, que evidentemente dio parte a los norteamericanos.

De la manera que ocurrió, el ataque iraní estuvo calculado para causar el menor daño posible. Especialistas que corroboraron las instalaciones  confirmaron que los misiles impactaron en áreas deshabitadas de las bases. La acción estuvo más interesada en presentar el ataque como una bofetada al Gran Satán y así demostrar fortaleza en el ámbito interno.

En ningún momento los Ayatolás se prepararon para un enfrentamiento de mayor envergadura después del ataque imperialista. Sus líderes saben que eso implicaría apoyarse en la fuerza de la movilización popular, armar a las masas iraníes e incentivar la lucha contra EEUU en todo Medio Oriente, aprovechando el profundo sentimiento antiimperialista que se expresó en la región. Pero ese camino supone exactamente todo aquello que Teherán quiere evitar o reprimir.

Por eso, la tímida medida militar nunca pretendió iniciar una guerra que, al menos por ahora, no parece interesar a ninguna de las partes, sino que estuvo al servicio de negociar por lo menos un alivio a las duras sanciones que el imperialismo impuso al país a cambio de renunciar a su programa nuclear.

“No buscamos una escalada o una guerra, sino defendernos contra cualquier agresión”, manifestó sin demora el ministro iraní de Exteriores, Mohammad Javad Zarif. Enseguida, aclaró en Twitter que sus ataques a tropas estadounidenses habían “concluido”.

La moderada represalia iraní dio pie a la declaración del presidente Trump, que en los hechos renunció a una escalada militar inmediata contra Irán. Eso sí, EEUU endurecerán las sanciones económicas, en el contexto de su política de “máxima presión” contra el “peligro terrorista” encarnado en los Ayatolás.

Ni bien se supo del ataque iraní, Trump escribió estaba “todo bien”, que no había víctimas norteamericanas. En su sombría declaración oficial, rodeado del vicepresidente y de los altos mandos militares, aseguró que Teherán “parece estar retirándose” y que en realidad buscaba la paz. Asimismo, instó a los demás firmantes del pacto nuclear (las principales potencias europeas más Rusia) a “abandonar sus restos”.

“El pueblo estadounidense –según palabras de Trump– debería estar agradecido y contento. No hubo ningún herido, no sufrimos víctimas, y solo un mínimo daño en nuestras bases militares”. Aparentemente, Trump salió algo más fortalecido de este embate. Complicado internamente por el proceso de impeachment y con la campaña electoral en marcha, consiguió presentar una “conquista” de su política: eliminar una figura molesta para EEUU, una alternativa estuvo sobre la mesa de otros presidentes, sin bajas americanas.

Por su parte, Teherán consiguió salvar la cara. Respondió militarmente y logró ser una referencia en la región para amplios sectores antiimperialistas, o simplemente anti-EEUU.

Los últimos hechos parecen indicar que una escalada militar está descartada por el momento.  Lo que no significa que la crisis está cerrada. La región está convulsionada y las reacciones en Irak y en el propio Irán, atravesados por procesos de intensa movilización popular, son imprevisibles. A esto hay que sumar que en ambos países se dieron fuertes protestas antiimperialistas antes y después del asesinato de Soleimani, que se sintetizaron en la consigna: ¡Muerte a América! La dinámica de la situación está marcada por la inestabilidad y posibilidad de hechos inesperados.

Pero vale resaltar que el cruce de medidas militares, de ambas partes, estuvo al servicio de posicionarse mejor ante una eventual negociación sobre el problema nuclear, no de un enfrentamiento militar abierto y prolongado.

Trump, que rompió con el pacto en 2018, quiere un nuevo acuerdo. Los Ayatolás, que ya capitularon en 2015, necesitan atenuar el peso de las sanciones. El régimen iraní, sin salir del acuerdo, anunció tras el ataque de EEUU que no se sentía obligado a respetar los limites de enriquecimiento de uranio. Pero, a renglón seguido, se apresuraron a enfatizar que eso dependía de la revisión o no de las sanciones, el principal problema para los negocios iraníes.

Con más razón ahora que Teherán se enfrenta a un creciente descontento social, que salió de la escena durante esta semana por causa de la presión para “unir el país” en contra del atentado que acabó con Soleimani, aunque ese desvío de atención será pasajero. Nada autoriza a pensar que la bronca popular será calmada por mucho tiempo. La crisis económica en Irán es gravísima y el régimen no tiene condiciones de hacer concesiones reales a su pueblo.

Sin otorgar ningún apoyo político al régimen teocrático y dictatorial de los Ayatolás, es más, alentando la resistencia de las masas contra ese régimen nefasto, sigue en la orden del día el repudio hacia cualquier agresión imperialista en Irán y la región.

Sigue vigente el rechazo categórico a las sanciones económicas impuestas por Washington y la defensa del derecho soberano de los iraníes a desarrollar un programa nuclear propio.

Es posible que Trump no lo dimensione, pero su hostilidad hacia Irán, su afilada retórica, sus provocaciones y ataques pueden estar despertando un movimiento antiimperialista siempre latente en la región. La presión ante el reciente ataque fue tanta, que hasta el Parlamento de Irak tuvo que votar el pedido de retirada de los soldados norteamericanos que ocupan su país. Trump, en sí mismo, es un permanente elemento de polarización.

En ese sentido, es altamente positivo que, como ocurrió en Medio Oriente, en varias ciudades de EEUU se hayan dado manifestaciones contra una posible guerra contra Irán. El sentimiento y las acciones antiimperialistas deben crecer: ¡Fuera manos de Trump de Irán y Medio Oriente!