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Estalinismo y trotskismo frente a los procesos del Este europeo

Cuando las masas derrumbaron los regímenes estalinistas, la burguesía hizo un balance burdo y simplista: “las masas derrotaron al socialismo, y el capitalismo mostró su supremacía”. El estalinismo, sin embargo, no pudo ni siquiera hacer eso.

Por: Martín Hernández. Artículo publicado originalmente en la revista Correo Internacional n.° 17, mayo de 2017, pp. 44-47.

Es que la paliza que le dieron las masas del Este fue tan grande que sus intentos de justificar su derrota se parecían a los de un boxeador noqueado que, desde la lona, con los ojos bamboleantes, trata de explicarle al juez, entre balbuceos, que fue solo un tropiezo.

La caída del aparato estalinista significó el fin de la mayor farsa de la historia del movimiento obrero mundial. Los estalinistas aparecían como los representantes de la Revolución de Octubre, como los grandes luchadores contra el fascismo, como los que expropiaron a la burguesía, como los que enfrentaban al imperialismo, y como los que defendían, incondicionalmente, los Estados obreros (el “socialismo real”), cuando la realidad es que nacieron combatiendo la Revolución de Octubre, capitulando al fascismo, luchando contra la expropiación de la burguesía, apoyando al imperialismo y, por fin, restaurando el capitalismo en los ex Estados obreros.

El “socialismo en un solo país”: la teoría del estalinismo para justificar sus traiciones

Para los bolcheviques, la Revolución Rusa no era más que una palanca para el desarrollo e impulso de la revolución mundial, como única forma de llegar al socialismo en su propio país.

Para Stalin (después que desplazó a la clase obrera del poder), y para la burocracia que él encabezaba, la revolución mundial era algo muy arriesgado, que podría cuestionar sus privilegios. Por eso elaboró la teoría, antimarxista, del “socialismo en un solo país”.

Esa teoría defendía la utópica idea de que un país atrasado (la URSS), en el marco de un mundo controlado por el imperialismo, podría llegar a superar a las potencias imperialistas y, por esa vía, llegar al socialismo sin precisar de una revolución internacional. Esa teoría utópica se concretó en una política reaccionaria: la “coexistencia pacífica con el imperialismo”.

Ese fue uno los justificativos para asesinar a la mayoría de los dirigentes de la Revolución Rusa, los cuales, según Stalin, por estar en contra de esa teoría, estaban en “contra de la victoria del socialismo en la URSS”.

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El estalinismo y su “lucha” contra el fascismo

A inicios de la década de 1930, Stalin, en función de su disputa con el aparato de la socialdemocracia, se negó a llamar a la unidad de la clase obrera alemana para impedir, en las calles, la victoria de Hitler. Por otra parte, a nivel de la URSS impuso un régimen similar o peor que el fascismo y, por fin, en el año 1939 realizó con Hitler un pacto de no agresión y de división de áreas de influencia, que llevó a la invasión de Polonia por parte de ambos ejércitos (las tropas de Hitler y las de Stalin). Este pacto solo acabó en 1941, cuando Hitler lo rompió e invadió la URSS, obligando a la burocracia a entrar en la Segunda Guerra, de la cual salió victoriosa por el heroísmo de las masas.

El estalinismo y su “lucha” contra el imperialismo

Siempre armado con la teoría del “socialismo en un solo país” y la coexistencia pacífica con el imperialismo, al final de la Segunda Guerra Mundial Stalin firmó el pacto de Yalta y Potsdam, con los jefes del imperialismo americano e inglés.

Estalinismo
Conferencia de Yalta y PotsdamAz

El objetivo de ese pacto fue enfrentar el gran ascenso mundial que, después de la Segunda Guerra, puso a la orden del día la liquidación del imperialismo. Este nuevo pacto consistió en la división del mundo en áreas de influencia, para así controlar el ascenso revolucionario de las masas.

Si bien ese pacto contrarrevolucionario no consiguió impedir el gran ascenso de la posguerra (no impidió, por ejemplo, el triunfo de las revoluciones en Yugoslavia, China y Cuba), fue determinante para impedir la liquidación del imperialismo y la victoria del socialismo en escala del planeta.

Fue producto de ese pacto que, en Francia, Italia y Grecia el estalinismo entregó la revolución al imperialismo y, de esa forma, Europa central, semidestruida por la guerra, fue reconstruida sobre bases capitalistas.

Por otra parte, ese pacto impidió (con la excepción de Yugoslavia) el triunfo de la revolución en el Este europeo. El Ejército Rojo, en acuerdo con el imperialismo, ocupó la mayoría de esos países en un intento de construir gobiernos con las burguesías, en su mayoría ex colaboradoras del nazismo. Al no conseguirlo, el Ejército Rojo se vio obligado a expropiarlas dando origen a nuevos Estados obreros burocratizados.

Ese pacto contrarrevolucionario se mantuvo hasta la caída de la burocracia estalinista y tuvo una importancia decisiva, hasta sus últimos días, para impedir la expropiación de la burguesía en muchos países, y esto no ocurrió solo en la inmediata posguerra. Lo mismo se dio en Francia durante el “mayo francés”; en Nicaragua; en El Salvador; en las ex colonias portuguesas en el continente africano; y en varios países más.

Cómo el estalinismo “defendía” los Estados obreros

Las economías de los Estados obreros burocráticos, contradictorias con el capitalismo, siguieron siendo parte de la economía mundial, controlada por el imperialismo.

Al no extenderse la revolución a las grandes potencias capitalistas, las economías de estos Estados, que en los primeros años y como producto de la expropiación de la burguesía habían tenido un importante desarrollo, a posteriori, como producto del cerco imperialista y de la conducción burocrática, fueron quedando estancadas y cada vez más en crisis. A mediados de los años ’50, las economías de los Estados del Este europeo seguían creciendo pero a un ritmo menor. La utópica y reaccionaria idea estalinista de construir el “socialismo en un solo país” comenzaba a cobrar su precio.

La salida para superar esa realidad no era económica sino política: se trataba de democratizar la conducción de la economía planificada, de forma de aprovechar todo el potencial humano al servicio del desarrollo económico y fundamentalmente de expandir la revolución social hacia las grandes potencias capitalistas. Pero estas opciones (democracia obrera y revolución internacional) eran las únicas que las burocracias gobernantes no estaban dispuestas a asumir. Para defender sus intereses, la única opción, para ellas, era estrechar las relaciones económicas con las grandes potencias. Primero fue por medio de un gran desarrollo del comercio entre oriente y occidente, que terminó con una profundización de la crisis de los Estados obreros como consecuencia del comercio desigual.

La respuesta de la burocracia estalinista fue estrechar aún más sus relaciones con el imperialismo, ahora por medio de los préstamos “baratos”. Así, esos Estados obreros se transformaron en dependientes del imperialismo por el mecanismo de la deuda externa. A principios de los ’80 las economías estaban destrozadas y la burocracia de la URSS amenazada por una posible explosión social. Fue ese análisis, el de la crisis sin salida de la economía, lo que llevó a la burocracia estalinista a plantearse la necesidad de la restauración.

El proyecto restauracionista surgió en la URSS de la misma forma que había surgido en Yugoslavia y China: del corazón de la burocracia, y lo mismo habría de ocurrir después en Cuba y en Vietnam.

Cuba, China, Vietnam: cómo explicar lo inexplicable

Las corrientes estalinistas responsabilizaron al accionar de las masas por la restauración del capitalismo en el Este. Pero les fue más difícil explicar lo que había pasado en China, Vietnam o Cuba, en donde el capitalismo fue restaurado sin que existiesen movilizaciones contra los regímenes “comunistas”.

Frente a esta realidad, batiendo todos los récords de mentiras, dijeron que en esos países el capitalismo no había sido restaurado. ¿Y cómo justificaban que en esos países ya no existía una economía planificada sino una economía de mercado? Diciendo que se estaba haciendo lo mismo que había hecho Lenin en la URSS, con la NEP (Nueva Política Económica).

De esta forma, la política de los bolcheviques, de hacer concesiones al capitalismo (preservando una parte importante de las empresas nacionalizadas, la economía centralmente planificada y el monopolio del comercio exterior) para fortalecer el Estado obrero (semidestruido por la guerra civil), era igualada a la política de la burocracia de desmontar el Estado obrero para restaurar el capitalismo.

Por más que lo nieguen los estalinistas y filo-estalinistas, el capitalismo fue restaurado por la burocracia en todos los ex Estados obreros, y esto merece una reflexión: centenas de miles de revolucionarios fueron perseguidos, calumniados, torturados y asesinados en nombre del “socialismo” por el estalinismo. ¿Para qué? Para lo que previó Trotsky. Para restaurar el capitalismo. Eso es el estalinismo. Ese es su verdadero balance que, lógicamente, ellos no pueden hacer.

Un balance que solo el trotskismo tiene condiciones de hacer

Solo el trotskismo tiene condiciones de sacar todas las conclusiones de lo que pasó en el Este europeo sin necesidad de falsificar la realidad y sin entrar en contradicción con sus bases programáticas.

Porque surgió señalando que el socialismo solo se podría concretar en nivel internacional y que la política de la burocracia soviética, del “socialismo en un solo país” y de “coexistencia pacífica con el imperialismo”, era el camino para la restauración del capitalismo.

  • Que los privilegios de la burocracia eran tales que su nivel de vida se asimilaba al de la burguesía: “… los estratos superiores de la sociedad soviética viven como la alta burguesía de los Estados Unidos y de Europa…” [1].
  • Que, para defender y ampliar sus privilegios, la burocracia precisaba restaurar el capitalismo: “La evolución de las relaciones sociales no cesa. Es evidente que no puede pensarse que la burocracia abdicará en favor de la igualdad socialista… En el futuro será inevitable que busque apoyo en las relaciones de propiedad… No basta ser director del trust, hay que ser accionista” [2].
  • Que la burocracia, en defensa de sus intereses, había impuesto un régimen similar o peor al del fascismo en los países capitalistas: “Igual que en los países fascistas, de cuyo aparato político el de Stalin solo difiere por su salvajismo más desenfrenado” [3].
  • Que la única forma de retomar el camino en dirección al socialismo pasaba por expulsar del poder a la camarilla burocrática gobernante, por medio de una revolución política que devolviese el poder a la clase obrera y a la dirección revolucionaria.
  • Que la restauración del capitalismo provocaría una caída catastrófica en la economía y la cultura de la URSS. Por lo que la batalla por la revolución política incluía la defensa de las empresas estatizadas, el monopolio del comercio exterior y la economía centralmente planificada.
  • Que la clase obrera, solo excepcionalmente podría llegar a tener una política de frente único con la burocracia para defender los pilares económicos del Estado obrero: “…aunque no sea admisible negar por anticipado la posibilidad, en casos perfectamente delimitados, de [un frente único] con el sector thermidoriano de la burocracia, contra un ataque abierto de la contrarrevolución capitalista, la tarea política principal en la URSS sigue siendo el derrocamiento de esta misma burocracia thermidoriana”[4].
  • Que, si la clase obrera no derrotaba a la burocracia, la burocracia restauraría el capitalismo: “El pronóstico político tiene un carácter alternativo. O bien la burocracia, convirtiéndose cada vez en el órgano de la burguesía mundial en el Estado obrero, derrocará las nuevas formas de propiedad y volverá hundir al país en el capitalismo, o bien la clase obrera aplastará a la burocracia y abrirá el camino para el socialismo” [5].

Este análisis, pronóstico y política del trotskismo, ha sido confirmado por lo ocurrido en los ex Estados obreros. Tal como lo previó Trotsky, explotaron revoluciones políticas en varios países, pero ellas fueron derrotadas. La burocracia se mantuvo en el poder y restauró el capitalismo.

Por fin, confirmando nuevamente el programa trotskista, la restauración del capitalismo significó un importante retroceso en la economía y la cultura de los ex Estados obreros. No de la magnitud que se preveía en la década del ’30 (“catastrófica”), porque ya las economías de esos países habían sido destrozadas por el imperialismo y la burocracia, pero lo que quedó claro fue que esas economías en lugar de avanzar con la restauración continuaron retrocediendo, especialmente en lo que se refiere a la “economía popular”.

Los procesos del Este, al confirmar categóricamente el programa trotskista, por la negativa y por la positiva, significaron el mayor triunfo programático y político de la historia del trotskismo. Por la negativa, porque la derrota que significó la restauración del capitalismo a manos de la burocracia no solo confirmó el pronóstico trotskista sino mostró que éramos la única corriente, en todo el mundo, que teníamos una política para evitarla: la revolución política en el marco de la revolución mundial.

Y, por la positiva, ya que la destrucción del aparato estalinista por el movimiento de masas, ese triunfo colosal de la revolución mundial, es, antes que nada, un triunfo del trotskismo, la única corriente que comprendió el verdadero carácter contrarrevolucionario del estalinismo y tuvo una política consecuente para derrotarlo.

Sobre la crisis de la dirección revolucionaria del proletariado

Trotsky señaló, en el año 1938, en el Programa de Transición, que la crisis de la humanidad se resumía a la crisis de la dirección revolucionaria del proletariado.

Con base en esta idea, Moreno agregó que a partir de la Primera Guerra Mundial “… se invierten las relaciones causales, transformando el más subjetivo de los factores –la dirección revolucionaria– en la causa fundamental de todos los otros fenómenos, incluso los económicos” [6].

La pregunta central que debemos plantearnos es: ¿los procesos del Este, profundizaron la crisis de dirección revolucionaria o, por el contrario, dieron pasos en el sentido de su superación? Es en torno a la respuesta a esta pregunta que podremos determinar si hoy existen mayores o menores posibilidades para construir nuestros partidos.

La crisis de dirección revolucionaria, que Trotsky había identificado con tanta claridad en 1938, pegó un nuevo y gran salto al final de la Segunda Guerra Mundial:

“Desgraciadamente este gran ascenso revolucionario se da junto con el agravamiento de la crisis de la dirección revolucionaria, es decir, con un fortalecimiento de los aparatos contrarrevolucionarios” [7].

En realidad, el agravamiento de la crisis de la dirección revolucionaria, a partir del fin de la guerra es doble, porque, por un lado se fortalece cualitativamente el estalinismo y, por el otro, se debilita el trotskismo, también cualitativamente, en función del asesinato de Trotsky en 1940.

Por lo tanto, la crisis de dirección revolucionaria que se abrió desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del aparato estalinista fue, sin duda, la más grande de la historia.

Ese agravamiento extremo posibilitó que una gran victoria, como fue la derrota del nazismo (la mayor de la historia, según Nahuel Moreno), diera origen a una gran derrota: la conformación de un pacto contrarrevolucionario, el de Yalta y Potsdam, entre la principal dirección internacional del movimiento obrero y el imperialismo.

Entonces, actualizando la elaboración de Moreno, cuando cae el aparato estalinista por la acción revolucionaria de las masas, la crisis de la dirección revolucionaria no se fortalece sino que se da un paso, muy importante, en el sentido de su superación. En nuestras elaboraciones anteriores no nos hemos referido con claridad a esta cuestión central, la más importante a balancear de los procesos del Este.

Balance

Y, en la actualidad, existen muchos camaradas que sostienen la tesis de que los procesos del Este profundizaron la crisis [de dirección] revolucionaria. Esto, evidentemente, tiene que ver, en última instancia, con una incomprensión sobre el papel contrarrevolucionario que jugó el estalinismo.

Al afirmar que los procesos del Este dieron un paso, importante, en dirección a la superación de la crisis de dirección revolucionaria, no estamos afirmando que ya se superó tal crisis o que estamos próximos a superarla. Estamos diciendo, simplemente, que dimos un paso adelante y no un paso (o muchos pasos) atrás, como señalan muchos camaradas.


REVOLUCIÓN RUSA | Martín Hernández habla sobre el stalinismo y los procesos del Este europeo (2016)

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Notas:

[1] TROTSKY, León. “En vísperas de la Segunda Guerra Mundial”, 23 de julio de 1939, Escritos, Editorial Pluma.

[2] TROTSKY, León. La revolución traicionada.

[3] TROTSKY, León. “El Programa de Transición”.

[4] TROTSKY, León. “El Programa de Transición”, Bolivia: Ediciones Crux, p. 72.

[5] Ídem, p. 70.

[6] MORENO, Nahuel. Actualización del Programa de Transición, Tesis II.

[7] MORENO, Nahuel. Actualización del Programa de Transición, Tesis VII.

 

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