En el asesinato del presidente de Haití, Jovenal Moïse, perpetrado el pasado 7 de julio, han sido implicados 26 ex militares colombianos- si bien hay fuentes que indican que al menos 6 estarían en servicio activo- y de los cuales varios tienen procesos vigentes por los llamados falsos positivos, pertenecientes a una empresa de mercenarios cuyos socios están ligados al uribismo y son cercanos al gobierno criminal de Duque, como el reclutador Antonio Intriago, que aparece en fotos con Duque en Miami.

Por Antonio Romero

No sería de extrañar que el Gobierno estuviera enterado del “operativo”, ya en una ocasión el embajador en Estados Unidos fue parte de una reunión donde se fraguaban acciones militares injerencistas contra Venezuela.

La participación de ex soldados colombianos en agresiones imperialistas no es nueva, de hecho el Gobierno de Uribe promovió el reclutamiento de cientos de militares en la Invasión a Irak y Afganistán, pero va más allá de eso, hace parte de la doctrina militar de las Fuerzas Armadas de Colombia, que desde hace decenios conforma una máquina de guerra mercenaria.

El Ejército de Colombia, que desde la implementación del Plan Colombia, comenzó un proceso de ‘profesionalización’ que implica el cambio de concepción de empleado público a un profesional de la guerra que asesina y reprime a sueldo. A esto se suma el adoctrinamiento militar – orientado desde la Escuela de las Américas y el Comando Sur de Estados Unidos – del enemigo interno.

La mayoría de los ejércitos de América Latina, recurrieron a los golpes de estado para controlar el ascenso de masas a mediados del siglo XX, en Colombia, después de la Junta Militar y de la dictadura de Rojas Pinilla, la burguesía asumió en control del ejecutivo bajo el modelo de alternancia política entre los dos principales partidos burgueses – liberal y conservador – y una férrea política de represión bajo la figura del Estado de Sitio.

Con la Constitución del 91, se reguló el Estado de Sitio pero no se cambió la doctrina militar, que siguió siendo la de tratamiento como enemigo interno a los luchadores sociales y al uso de bandas paramilitares que actuaran como batallones no legales que apoyaban a las fuerzas militares.

Con la implementación del Plan Colombia en el gobierno de Pastrana y la desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia en el gobierno de Uribe, a los altos rangos militares se les ofrece otra oportunidad de negocios: la creación de “empresas de seguridad” que son bandas de mercenarios para ser contratados en acciones internacionales o por empresas, terratenientes y narcotraficantes a nivel nacional.

El mismo Ejército de Colombia promueve al interior de sus fuerzas el mercenarismo, como fue el caso de los llamados Falsos Positivos, los 6.402 homicidios fuera de combate que cometieron militares colombianos contra campesinos, que eran pasados como civiles a cambio de beneficios. Uno de los implicados en estos falsos positivos, Francisco Eladio Uribe, es uno de los detenidos por el magnicidio en Haití.

Por ello, el uribismo está tan ligado a estas empresas de mercenarios y más allá de las pugnas entre facciones imperialistas que pudieron dar con la muerte de Moïse, lo que revela es la maquina mercenaria que es el Ejército de Colombia. Y demuestra la urgente necesidad de continuar el proceso de luchas a nivel continental para derrotar de conjunto a los regímenes asesinos que nos gobiernan y que no dudan incluso en asesinarse entre ellos cuando del reparto de los negocios se trata.