Mié Nov 29, 2023
29 noviembre, 2023

Crisis del capitalismo, de la democracia burguesa y crecimiento de la extrema derecha

El avance de la extrema derecha es un fenómeno mundial. En Europa, Georgia Meloni llegó al poder a través del Partido Fratelli d’ Italia, que afirma ser una rama del Movimiento Social Italiano (MSI), fundado por seguidores de Mussolini. Aunque no está al frente de un gobierno y u  régimen fascistas, Meloni fue elegida defendiendo una política antiinmigratoria y reivindicando “Dios, Patria y Familia”.

Por: Mariucha Fontana

En Suecia, el partido “Demócratas Suecos”, de raíces neonazistas, sorprendió al convertirse en la segunda fuerza más votada, al pasar de 5,7% de los votos en 2010 a 20,5% ahora. En Hungría, el primer ministro Viktor Orban está en el poder desde 2010. Apoyándose en la defensa de las políticas antiinmigración, cambió el régimen instituyendo lo que llama “democracia iliberal” (o “democracia parcial o guiada”).

Polonia, como Hungría desde 2015, ha retrocedido rápidamente en la libertad de prensa, la independencia del poder judicial y los derechos de protesta y manifestación. Allí gobierna el partido “Ley y Justicia”. En Francia, en Alemania, en el Estado español y en Portugal, la extrema derecha ha ido avanzando y ganando cada vez más escaños en el parlamento.

Esparcidos por el mundo y articulados

Aquí, en América Latina, el nuevo presidente de El Salvador, el autócrata Nayib Bukele, ha impuesto la reelección, destiuyendo al Supremo Tribunal Federal (STF) de ese país y persiguiendo a la oposición y a la prensa.

Y, por supuesto, Trump, en los Estados Unidos, y Bolsonaro, en el Brasil, son quizás los máximos exponentes de esta extrema derecha, que se articula en nivel mundial, aunque tenga sus especificidades y no represente lo mismo en términos sociales, en diferentes países.

Aún así, formaron una coalición que reúne a 30 países y lanzaron la “Declaración de Ginebra”, donde “Dios, Patria, Familia y Libertad” es el eslogan común.

Estos partidos y movimientos no son la reedición del nazismo y el fascismo de los años 1920 y 1930. Y no todos implican, de momento, medidas de ruptura con el régimen democrático en regímenes abiertamente bonapartistas o prebonapartistas, o incluso dirigiendo organizaciones nazis (lea, al final del artículo, las definiciones de Trotsky para estos diferentes regímenes).

Pero estos líderes no se incomodan en utilizar diversas simbologías de aquella época, de forma más o menos velada. Y, por otro lado, este proceso no es estático. Es dinámico y avanza al compás de la crisis capitalista.

Las bases económico-sociales y políticas de la nueva derecha

Ante el crecimiento de la nueva derecha han surgido varios conceptos que buscan explicarla. Explicaciones que van desde la subestimación del fenómeno, viéndolo como un mero “voto castigo” contra gobiernos impopulares, hasta el uso del término fascista como insulto.

Pero es necesario estudiar, en primer lugar, las profundas bases sociales y políticas que permiten tanto su surgimiento como que su discurso tenga sentido para tantas personas. Y también su dinámica, a partir de la evaluación de la crisis actual, de la lucha de clases y de la correlación de fuerzas entre las clases.

No debe ser subestimada, sino correctamente caracterizada, en lo que tiene en común y en lo que es específico, para que el proletariado pueda, de forma independiente y con sus métodos, enfrentarla.

Trotsky alertaba, en la década de 1930, sobre la necesidad de hacer un análisis concreto de la realidad concreta. Orientaba que es necesario saber diferenciar las situaciones transitorias, los diferentes gobiernos y regímenes: prebonapartistas, bonapartistas, fascistas, bonapartistas “sui generis”, semifascistas, y sus dinámicas.

Bases de la ultraderecha: crisis profunda, descomposición del capitalismo, y elementos de barbarie

La crisis de la democracia liberal expresa una crisis profunda del capitalismo. En este sentido, tiene similitudes con las décadas de 1920 y 1930. Estamos en una crisis estructural del capitalismo monopolista, que lleva a la descomposición social y la tendencia a regímenes autoritarios, bonapartistas.

Para la valorización y acumulación de capital, el sistema necesita atacar por todos los medios al proletariado y a la pequeña burguesía, avanzar en fuerzas destructivas en los países centrales y, más aún, en la periferia, utilizando métodos de acumulación primitiva, expolio, pillaje, opresión y barbarie.

En Europa, desde el fin del “boom” de posguerra, la crisis capitalista y el desmantelamiento del Estado del Bienestar Social por gobiernos de derecha, conservadores, liberales o socialdemócratas, están en la base de la crisis de la democracia liberal.

Con la crisis abierta en 2008, este proceso se agudizó, con desempleo y oleadas masivas de inmigración.

La ultraderecha defiende el ultraliberalismo económico, asociado a una agenda contra la inmigración, a favor de la xenofobia y todas las opresiones; desviando y movilizando el descontento y el resentimiento de sectores de la clase media, e incluso del proletariado blanco o nativo, contra refugiados, inmigrantes y miembros de otros sectores étnico-raciales. La inferiorización y deshumanización de sectores del proletariado justifican el uso de la violencia, la represión y otras barbaridades contra ellos.

Brasil: bolsonarismo, la especificidad brasileña

El gobierno de Bolsonaro constituyó un gobierno prebonapartista, en un régimen democrático burgués en crisis, en un país semicolonial en proceso de recolonización. No tenía correlación de fuerzas para cambiar el régimen. Pero, nunca ocultó su apoyo a la dictadura de 1964 y su proyecto autoritario.

Él organiza y moviliza un sector en defensa de una intervención militar. Si llegó al gobierno como un “outsider” (“fuera de la política tradicional”, como solía decir), sale ahora más organizado que hace cuatro años.

Con un apelo entre sectores importantes de la policía y de las Fuerzas Armadas, que dan cobertura a sus manifestaciones golpistas, así como el apoyo de un sector de la burguesía, moviliza a parte de la pequeña burguesía e incluso del proletariado. También cuenta con sectores paramilitares: milicianos, yagunzos o incluso sectores vinculados a los CAC (coleccionadores, tiradores deportivos y cazadores) en acciones extraparlamentarias, como cortes de rutas y intentos de lockout patronal.

En el Brasil, las Fuerzas Armadas salieron intactas del final de la dictadura, cuando gobernaron durante 21 años, y quieren volver a la política (aunque sean dirigidas por la mayoría de la burguesía y del imperialismo, que hoy no quieren un golpe). Pero 8.000 militares formaban parte del gobierno de Bolsonaro, 4.000 de los cuales estaban activos.

Debate: la izquierda institucional y la extrema derecha

La extrema derecha tiene raíces en la crisis del capitalismo y en la decepción con la izquierda institucional y sus gobiernos, como los de la socialdemocracia en Europa o el PT en el Brasil.

No se puede entender el bolsonarismo y el apoyo de un sector de las masas a su discurso xenófobo contra el Nordeste, de opresión de clase, misógino, LGTBfóbico, racista, de apelación a la violencia en defensa del orden y de la propiedad si no comprendemos el profundo proceso de decadencia del capitalismo brasileño. Un proceso de regresión colonial y desindustrialización, con el agronegocio, la industria extractiva y el saqueo del país como banderas de la economía.

La Nueva República, el PSDB y el PT manejaron este proceso y la corrosión social que da bases al bolsonarismo.

El PT construyó una narrativa de que sus gobiernos fueron víctimas de una “ola conservadora”. El PT habría sido víctima de un “golpe”, producto de manifestaciones conservadoras en 2013 y 2015, que generaron una reacción “fascista” al desarrollo y el avance civilizatorio llevado a cabo durante sus gobiernos.

Pero esto esconde la larga decadencia que vive el Brasil, como parte subalterna y subordinada de un mundo capitalista cada vez más destructivo y decadente. El PT y el PSDB administraron esta decadencia capitalista. Si bien, manejando un “boom” de commodities (recursos utilizados como materia prima, como minerales, aceites, productos agrícolas, etc.), en el caso del PT, hicieron pequeñas “concesiones” a los más pobres, a través de políticas focalizadas, en detrimento de los sectores acomodados de la clase trabajadora y de la pequeña burguesía, sin tocar jamás a los superricos.

O, incluso, conteniendo la inflación, como el PSDB, a expensas de la desnacionalización, de las privatizaciones y del desempleo. Pero, en ambos casos, administraron la reversión colonial impuesta por el imperialismo y construyeron las bases sociales para el agotamiento de la Nueva República y el surgimiento del bolsonarismo.

El fracaso de las ilusiones predicadas por el “progresismo”

El intento de realizar gobiernos burgueses “progresistas”, buscando contener algunos de los males del capitalismo, no evitó el profundo retroceso en la estructura productiva del país. Como dice el profesor Luiz Barbosa dos Santos, una erosión de la clase trabajadora, a través de la precarización del trabajo, de la individualización, de la competencia y del estímulo al “emprendedorismo”, en el que los trabajadores son llamados a ser “emprendedores de sí mismos”.

El “progresismo” fue regresivo. Por eso, fue cuestionado, por abajo, en las explosiones de 2013. Y, por arriba, en la medida en que se cuestionaba el mantenimiento del orden. Bolsonaro es el “modo barbarie acelerada” de la decadencia capitalista y de la subordinación del Brasil al imperialismo.

Para el PT, “derrotar el fascismo” es restaurar un pasado idealizado. No representa un proyecto de futuro, sino de mal menor. La reedición de un gobierno de unidad con la burguesía, sin confrontar el capitalismo brasileño, no nos llevará más lejos, nos seguirá haciendo avanzar hacia la barbarie.

Es necesario construir la organización, la movilización y la independencia de la clase trabajadora, para cambiar el país y enfrentar la extrema derecha.

Trotsky: Bonapartismo y Fascismo

Trotsky, en las décadas de 1920 y 1930, elaboró ​​sobre el fascismo y el bonapartismo de la época imperialista, así como sus formas transitorias, prebonapartistas, y también la especificidad del bonapartismo y el semifascismo en los países semicoloniales.

“El fascismo es un sistema de Estado particular, basado en el exterminio de todos los elementos de la democracia proletaria en la sociedad burguesa. La tarea del fascismo no consiste solamente en destruir la vanguardia proletaria, sino también en mantener a toda la clase en un estado de fragmentación forzada. Para esto, el exterminio físico de la camada obrera más revolucionaria es insuficiente. Es necesario destruir todos los puntos de apoyo del proletariado.

El bonapartismo es un gobierno supraparlamentario, que gobierna apoyándose en la policía y en el ejército (…), es el régimen en el que la clase dominante se ve obligada a tolerar –para preservar su propiedad– la dominación del gobierno por un aparato militar y policial.

Lo que hemos dicho demuestra la importancia de distinguir entre la forma bonapartista y la fascista. No obstante, sería imperdonable caer en el extremo opuesto y convertir el bonapartismo y el fascismo en dos categorías lógicamente incompatibles.

Libros de Trotsky, publicados por Editora Sundermann: A Luta contra o fascismo (Alemania) y A onde vai a França.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 10/11/2022.-

Traducción: Natalia Estrada.

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