Mar Abr 23, 2024
23 abril, 2024

Asumió el gobierno de Lula-Alckmin: ¿y ahora qué?

El acto de asunción del nuevo gobierno intentó reunir y expresar a los sectores más marginados de la sociedad. Ante la cobarde ausencia de Bolsonaro, la banda presidencial pasó a Lula por medio de un grupo que pretendía representar a los trabajadores, las mujeres, los negros, los pueblos indígenas, las personas con discapacidad y otros sectores oprimidos.

Por PSTU-Brasil

La presentación pública del gobierno de Lula-Alckmin fue diseñada para marcar un contrapunto a la gestión ultraderechista, oscurantista y criminal de Bolsonaro. Y las imágenes que recorren el mundo, de hecho, muestran algo diferente de lo que hemos soportado, a duras penas, en los últimos cuatro años. Es comprensible la emoción y las expectativas que estas imágenes provocan en los activistas y sectores que enfrentaron al gobierno de Bolsonaro.

Es necesario, sin embargo, reflexionar en este momento sobre si el mensaje que transmitió en ese acto es, en realidad, lo que será este nuevo gobierno. Y la respuesta es: lamentablemente no. Es hora de encarar el debate sobre a quiénes servirá el gobierno Lula-Alckmin, sobre el carácter de clase del proyecto que se implementará y los desafíos planteados para la clase obrera, la juventud y los sectores oprimidos.

La composición del nuevo gobierno

Lula nominó sectores de derecha y ultraderecha en los ministerios, algunos incluso elogiaron a Bolsonaro, como el nuevo ministro de Defensa José Múcio, o bolsonaristas de la União Brasil de Bivar, que tiene tres ministerios. La “tercera vía” que la burguesía trató de promover en las elecciones también está presente en el gobierno con ministerios, y en una posición central con Tebet en Planificación.

En otras palabras, la formación del nuevo gobierno confirma lo prometido desde que se anunció como vicepresidente a Alckmin, el verdugo de la masacre de Pinheirinho y quien encabezó a la Policía Militar (PM) que más mató en ese período: un gobierno de unidad nacional, con todos los sectores que aceptaron entrar y que se opusieron, al menos por ahora, a los arrebatos autoritarios del gobierno de Bolsonaro y algunos aspectos de su política económica.

Lula y Alckmin

Esto se materializa en un gobierno que engloba y representa a sectores del mercado financiero, nacional e internacional, ávidos de cierta estabilidad política para mantener sus negocios, a sectores de la burguesía nacional, esta última cada vez más ligada y sumisa al imperialismo, a las multinacionales e, incluso, a grandes sectores de la gran agroindustria, también vinculados umbilicalmente al gran capital financiero y al imperialismo, que dependen de las exportaciones a China y otras regiones. De ahí el apoyo explícito recibido por líderes como Biden, Macron, Scholz y la Unión Europea, así como Xi Jiping de China.

Gran parte de la izquierda celebra nombres como Marina Silva en Medio Ambiente, Silvio Almeida en la cartera de Derechos Humanos o Sônia Guajajara del PSOL. Trabajan con la lógica de que el problema del gobierno de Lula serían los ministros que no son de izquierda y que cuantas más posiciones tenga la izquierda, mejor. Como si el gobierno no tuviera un programa, no sirviera a la clase dominante, con el apoyo incluso de los países imperialistas, independientemente de cuántos ministros sean de partidos de derecha o no. La realidad es que será una gestión enfocada en los intereses de sectores del imperialismo, multinacionales, banqueros y agropecuarios. No serán uno, dos o tres ministros diferentes, o supuestamente más de izquierda, los que podrían cambiar eso.

El problema es que incluso los distintos ministros del PT que se supone son “representantes de la izquierda” aplicarán una política de derecha, es decir, en defensa del mercado, del capitalismo y de los intereses de los ricos. No se puede esconder el hecho de que, por ejemplo, Marina Silva construyó y fue candidata de un partido con fuertes lazos con Itaú y, en Medio Ambiente, defiende un capitalismo verde vinculado a Natura.

Veamos el caso del nuevo ministro de Hacienda que, a pesar de cierta «heterodoxia» que hace que la Faria Lima (centro financiero) se tape la nariz, en realidad representa una política económica «contracíclica» que incluso se aplica hoy en EEUU, con los paquetes de gasto público de Biden, de billones de dólares. No es casualidad que Haddad se haya fijado como principal tarea rediseñar una política de techo fiscal en los próximos meses. No es que se vaya a acabar la política neoliberal del techo, sino que el viejo plan será sustituido por un nuevo techo. Pero el objetivo sigue siendo el mismo: garantizar excedentes para remunerar a los capitalistas a través del mecanismo de la deuda pública.

No hay gobierno en disputa. No hay un sector progresista en el gobierno. Lo que existe es un gobierno amplio con varias corrientes capitalistas diferentes que se combinan entre sí. No es que no haya diferencia, el tema es que, en general, tienen un acuerdo. Tanto es así que están en el mismo gobierno.

Es lamentable notar que, ya sea con altos cargos, como el PSOL, o sin ellos, como la UP o el PCB, todas las demás organizaciones de izquierda apoyan al gobierno del PT en los más diversos grados, algunas reivindicándose independientes y otras más descaradamente. Tanto es así que todos fueron a la toma de posesión y ninguno habla de construir una oposición de izquierda contra el gobierno burgués de Lula y contra la oposición de derecha bolsonarista.

Las diferencias con 2002

En los últimos 20 años, muchas cosas han cambiado, incluido el PT. Lo que fue el gobierno de Lula en 2002 será muy diferente de lo que será Lula en 2023. Baste decir que el actual es mucho más un gobierno de unidad nacional que de colaboración de clases. Ni mucho menos es un “Frente Popular”, porque, en esencia, el gobierno de Lula es un gobierno burgués normal que, si bien no era el favorito de todos sus sectores, es plenamente aceptado por la burguesía y el imperialismo.

Tampoco es exactamente lo mismo que un gobierno de colaboración de clases como el PT allá por el 2002. Es bueno recordar que ese fue un gobierno que sirvió para estabilizar el sistema capitalista y el régimen democrático-burgués, y también sirvió para cooptar las organizaciones obreras, por la desmovilización del proletariado, sacándolo de escena y operando la deconstrucción de la conciencia de clase para que quedara a la zaga de la burguesía.

El gobierno del PT de hoy, en un frente amplio con la burguesía, sigue teniendo importantes rasgos de colaboración de clases (ya que en él están casi todas las organizaciones obreras, con honrosas excepciones). Pero busca ser un gobierno de unidad nacional, es decir, capaz de unir al grueso de la burguesía nacional e imperialista, salvo el sector bolsonarista, que hoy es razonablemente minoritario. Y, al mismo tiempo, impedir la acción independiente de la clase obrera, colocándola enteramente a remolque del “campo” burgués supuestamente “democrático”.

El gobierno de Lula-Alckmin tratará de unir y representar la unidad del grueso de la burguesía y el imperialismo en defensa del sistema capitalista, en primer lugar, y su gestión por el régimen democrático burgués, sometiendo a la clase obrera enteramente a los designios de la dominación de clase y el imperialismo. Es decir, del sector que representa menos del 0,5% más rico del país. Aunque de una manera diferente a Bolsonaro. Así como Biden, a diferencia de Trump, intenta implementar políticas económicas contracíclicas, pero sin cambiar efectivamente el sistema.

Es evidente que la mayor parte de la burguesía preferiría tener un partido totalmente propio que la representara. Buscó mucho una tercera vía, prefirió algo que hubiera nacido de sus entrañas, como clase. Pero, aunque el PT haya nacido de la clase y, por fuera del Estado burgués, hace mucho tiempo que no es un partido de la clase obrera. Desde hace mucho tiempo, la colaboración de clases ha tomado cuenta de ese partido. Como es un partido burgués, para representar a la clase obrera, tendría que romper consigo mismo.

El PT, sin embargo, como partido, es producto de un desarrollo desigual y combinado. En 30 años, en un país semicolonial (una submetrópolis), tomó el camino que la socialdemocracia europea tardó más de 120 años en recorrer. Esto, junto con algunas otras características que no tenemos espacio para desarrollar aquí, le permiten un mayor grado de engaño, ilusiones y también contradicciones.

Ciertamente, un gobierno diferente al de Bolsonaro

Muchos activistas, e incluso periodistas de la prensa convencional, celebraron algunos de los nombres del nuevo gobierno. Es obvio que Silvio Almeida no tiene nada que ver con la fundamentalista Damares Alves. De la misma manera, Marina Silva es muy diferente al criminal Ricardo Salles. En realidad, el gobierno de Lula-Alckmin en su conjunto es diferente al gobierno de Bolsonaro. La pregunta es: ¿diferentes en qué? ¿Sería un gobierno capitalista y el otro socialista? ¿Sería un gobierno de los ricos contra un gobierno de los trabajadores?

Bolsonaro es la expresión más cruda y violenta de la barbarie capitalista, del proceso de recolonización y entrega del país y el consiguiente despojo. Todo ello envuelto en un discurso oscurantista, dictatorial y reaccionario. Bolsonaro en realidad defiende una dictadura para aplicar el ultraliberalismo de Pinochet y Thatcher.

El nuevo gobierno, en cambio, defiende la democracia burguesa, asume la prédica contra las privatizaciones, en defensa del medio ambiente y de los derechos sociales, adoptando, sin embargo, un programa liberal o “social-liberal” para ambas cosas. Es decir, en la práctica está aliado y gobernará precisamente con los mismos sectores que estuvieron al frente de las privatizaciones (cabe recordar que designó para la Secretaría Ejecutiva de Hacienda al pupilo de Lara Resende, Gabriel Galípoli, el banquero que articuló la privatización de Cesp en São Paulo y Cedae en Río); o los sectores que lucran con la deuda pública, e incluso los responsables de la deforestación y la destrucción del medio ambiente.

En un gobierno social-liberal, los multimillonarios ganan en las bonanzas y en las crisis. Por otro lado, la clase obrera y los pobres, en períodos de crecimiento económico, pueden obtener algunas concesiones muy limitadas. Ya en la crisis, sufren todos los ataques, se intensifica la explotación y son llamados a pagar la cuenta entera.

Más que eso, a largo plazo, en medio del proceso de crisis del capitalismo y de relegación del país a la condición de mera semicolonia del imperialismo, los trabajadores y los pobres ven cada vez más rebajado su nivel de vida, y se multiplica los signos de barbarie. Y esto es independiente de la política económica, sea esta el ultraliberalismo de Guedes, o en el “desarrollismo” de Mantega. Basta recordar que fue precisamente durante los primeros gobiernos de Lula que Brasil se erigió como un gran exportador de commodities, estableciendo su nuevo papel en la división internacional del trabajo y su posición aún más subordinada en el sistema imperialista.

El programa del PT, y el del gobierno Lula-Alckmin, no se opone a esta tendencia, ya que, para que eso suceda, sería necesario romper con el imperialismo y con el parasitismo de la burguesía nacional subalterna. Es decir, estar dispuesto a cambiar el sistema, no a protegerlo. Esto significa que el próximo gobierno no revertirá este proceso de degradación, rendición y sobreexplotación. No acabará, por ejemplo, con la precariedad del trabajo o el desempleo, revertirá la destrucción de la educación o la salud pública, y mucho menos resolverá el problema histórico del saneamiento básico, que, por cierto, no hizo durante los 14 años en que estaban en el poder, en coaliciones supuestamente más a la izquierda que ahora.

Ni siquiera en relación al Medio Ambiente se puede esperar un cambio significativo. Si es cierto que Marina no es Salles, también es cierto que, para detener el proceso de destrucción de la Amazonía, la deforestación y el consecuente exterminio de las poblaciones indígenas y ataques a los quilombolas, es necesario enfrentar el agro, las grandes empresas mineras, y el gran capital asociado a ellas. Algo que no hará el gobierno que asuma.

En resumen: Lula y Bolsonaro son diferentes en cuanto al régimen político y la democracia burguesa. Pero no se cuestiona el carácter de clase del propio régimen. Incluso por eso, Lula ahora está tratando de calmar los ánimos y no castigar a los golpistas ni intervenir en el golpismo de las Fuerzas Armadas. En el terreno económico, si bien tienen diferencias, estas también son mucho menores, pues ambas se mantienen en el marco de la defensa de una política económica procapitalista. El debate, incluyendo las diferencias económicas que existen entre “más liberales” o “más desarrollistas”, es táctico para el PT, con el propio Haddad afirmando que no tiene un recetario y transita por todas las “escuelas de economía”.

Las organizaciones socialistas no pueden apoyar al nuevo gobierno

Es comprensible que la toma de posesión del nuevo gobierno provoque algunas expectativas, sobre todo después de lo que fue el gobierno de Bolsonaro. Sin embargo, es inadmisible que los partidos y organizaciones socialistas se integren y apoyen a Lula-Alckmin.

Incluso no posicionarse como una oposición de izquierda, o decir que defienden las medidas progresistas del gobierno, ya es una forma de apoyo. Esto refuerza la ilusión de la clase obrera en este gobierno y en la política de alianza con la burguesía y el imperialismo, desarmando a la clase. Para Trotsky, apoyar al gobierno desde afuera es incluso peor que participar en él, porque, según él, eso refuerza las ilusiones, dificulta la experiencia e impide la independencia de clase, generando una falsa ilusión de independencia.

Sectores como la corriente del PSOL, el MES, por ejemplo, afirman que se mantendrán independientes, apoyando sólo al “gobierno de Lula en las buenas luchas a favor del pueblo”, en palabras de la diputada Sâmia Bonfim. Cualquier activista que vea esto podría pensar que se trata de una posición coherente y de izquierda. Pero está lejos de serlo. En la década de 1980 hubo una importante polémica sobre la posición de los revolucionarios frente al gobierno de Mitterrand en Francia. Un gobierno mucho más a la izquierda de lo que sería hoy Lula-Alckmin. ¿Qué defendía Nahuel Moreno, el principal dirigente de la LIT-CI en ese momento? Consecuente con la historia del trotskismo, defendió que no se le diera ningún apoyo al gobierno y luchó por la total independencia política de los revolucionarios de ese gobierno, aún contra todas las ilusiones de la clase obrera.

En una polémica con la actual OCI (encabezada por Pierre Lambert), Moreno criticó la orientación de esta organización de brindar apoyo a aspectos supuestamente progresistas del gobierno. Y, en ese momento, la OCI ni siquiera dijo que apoyaba medidas gubernamentales que consideraba correctas, como las propuestas hoy por el MES en relación a Lula-Alckmin, sino los “pasos” señalados por el gobierno a favor de la clase obrera (en la práctica era una cuestión de apoyo, pero no llegaron a decirlo). Moreno argumentó que no se debe dar apoyo a ninguna medida de ningún gobierno burgués, sin importar su color: sea de “izquierda”, nacionalista, fascista o lo que sea.

¿Y por qué esto debe ser así? No se trata de ningún tipo de “purismo” o preciosismo, sino simplemente de eso, cualquier medida de un gobierno burgués que, incluso en apariencia, está a favor de los trabajadores, en el fondo es contrarrevolucionaria. Aparece como una concesión espontánea de un gobierno burgués, lo fortalece frente a la población y la clase, para que pueda atacarlos más fácilmente.

Pero ¿qué pasa con el «fascismo»? Muchos sectores de la izquierda aceptan los acuerdos de Lula-Alckmin con la derecha, e incluso el bolsonarismo, argumentando que es necesario aislar y derrotar a la ultraderecha. Pues bien, en plena guerra civil española, cuando el entonces gobierno de frente popular (que evidentemente no se puede comparar con el PT) luchaba contra el franquismo, Trotsky abogó por votar en contra de la propuesta del gobierno de un presupuesto militar para la guerra. Es decir, defendió votar en contra de la propuesta del Gobierno de dedicar una parte del presupuesto a enfrentar militarmente a los fascistas.

Dijo que, si el gobierno estaba dispuesto a dar 1 millón para la guerra, el partido debía oponerse y exigir 2 millones, y que estos fueran entregados directamente a los trabajadores, lo cual, por supuesto, el gobierno no aceptaría. Frente a esto, defendía Trotsky, era necesario dirigirse a los trabajadores y decirles: ¿lo ven? Este gobierno realmente no quiere armarlos para luchar contra el fascismo.

Así, un gobierno de unidad con la burguesía sería desenmascarado e incapaz de llevar la lucha hasta el final con coherencia. Trágicamente, la historia le ha dado la razón a Trotsky, aunque por la negativa.

Luchar con independencia del gobierno, construir una oposición de izquierda y fortalecer una alternativa socialista

La tarea que se le plantea a la clase obrera en este momento es avanzar en su organización y movilización independiente, junto a los pobres, indígenas, quilombolas, LGBTI, mujeres y negros, para luchar contra futuros ataques y por sus reclamos.

Luchar por trabajo para todos, con plenos derechos y salarios dignos, aumentando los salarios, empezando por el propio sueldo mínimo. También por la derogación total de la reforma laboral, y también de la Previsión Social, acabando también con la tercerización. No sólo para frenar las privatizaciones, sino para renacionalizar, bajo control obrero, las empresas entregadas al capital privado e internacional.

Revertir el proceso de recolonización, rompiendo con el imperialismo y el sistema de endeudamiento con los banqueros. Invertir en salud, educación pública y otros servicios públicos.

Es necesario, para ello, exigir a las organizaciones del movimiento, principalmente a sus direcciones, que no se aten al gobierno y se mantengan independientes. Solo la organización independiente de la clase puede luchar por esto, y enfrentar, consecuentemente y hasta el final, a la ultraderecha, que permanecerá organizada y movilizada.

Pero no basta con luchar, es necesario tener una posición política. La clase obrera tiene el reto de construir su propio proyecto, con independencia de clase, frente a este gobierno actual y también frente a la oposición de derecha. Esto solo es posible posicionándose como una oposición de izquierda a este gobierno. Que no se le otorgue ni un milímetro de apoyo político y que, al mismo tiempo, sea capaz de hacer frente a los ataques de la oposición de ultraderecha.

Solo así es posible avanzar en la organización y fortalecimiento de un proyecto revolucionario y socialista, que es crucial para superar al PT, que limita a la clase a apoyar un proyecto de gobierno del capitalismo en crisis. Construyendo así las condiciones para que implementemos un programa de derrocamiento del capitalismo y construyamos nuestro propio, de la clase trabajadora, sin ningún tipo de explotación ni opresión, en el que gobiernen quienes producen la riqueza del país a través del trabajo.

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