Desde hace varias semanas se viene haciendo publicidad del acuerdo para exportar carne de cerdo a China, remarcando la cantidad de puestos de trabajo que se crearían y el dinero que generaría el proyecto. Sin embargo, la realidad es otra: ese acuerdo solo traerá destrucción, subdesarrollo, sometimiento….y ganancias para unos pocos.

Por: Nepo, Argentina

La caída de la producción de carne de cerdo en China por la fiebre porcina africana, llevó al gigante asiático a buscar un nuevo proveedor de esos productos alimenticios. Y los sectores vinculados al agronegocio no perdieron la oportunidad.

Demostrando su íntima relación con esos sectores, el canciller Felipe Solá (responsable político de los asesinatos de Kosteki y Santillán), operó por cuántos canales tuvo a su alcance para meter a la Argentina en ese negocio. Pero la respuesta no se hizo esperar.

Una multitud de sectores salieron a atacar el acuerdo. Los defensores de los derechos de los animales, denunciando los sufrimientos a los que son sometidos los porcinos. Los ambientalistas, alertando del impacto que producirán no solo las factorías que se piensan instalar en las provincias del norte (factorías que han sido foco inicial de pandemias en años recientes), sino el hecho de que deban ampliarse los territorios cultivados para abastecer a la enorme demanda de maíz y otros cereales. Todos ellos confluyeron en una acción nacional de lucha el 25 de agosto, tras lo cual la cancillería retrasó la firma del acuerdo tratando de buscar restarle fuerza a ese rechazo.

Un acuerdo de entrega colonial

Todas esas críticas son ciertas y no se puede más que compartirlas. Pero hay una realidad que engloba y explica todas estas cuestiones: el acuerdo que se quiere firmar no tiene más objetivo que el poner enormes recursos naturales al servicio de una relación comercial monopolizada por China. En una «remake» de lo que España hacía con el Río de la Plata hasta 1810 (o Inglaterra en la «década infame»).

El resultado es un saqueo destructivo que hunde al país y perpetúa el atraso, que une a las consecuencias denunciadas por ambientalistas y animalistas con el desperdicio de mano de obra argentina, la pérdida de soberanía alimentaria y productiva, y un daño a largo plazo para la economía. Este acuerdo es un claro ejemplo de las tan publicitadas «inversiones extranjeras», que lo único que hacen es ir colonizando, saqueando y destruyendo el país, sector por sector, reforzando el papel de expendio de materia prima impuesto desde la época del Virreinato. Algo que a su vez desvaloriza la mano de obra argentina, ya que un país centrado en la producción de carnes y granos no necesita técnicos calificados ni obreros especializados.

Hay que tirar el acuerdo: ¡No seamos el chiquero de nadie!

La suspensión hasta noviembre de la firma del acuerdo es un primer triunfo de la movilización. Ahora hay que lograr el triunfo completo echando abajo el proyecto. Para eso, es necesario ampliar la movilización, exigiendo a las organizaciones del pueblo trabajador, empezando por las centrales sindicales, que se unan a la lucha y denuncien ante sus bases que además de una afrenta a los derechos de los animales y una amenaza para el medio ambiente, este acuerdo es un ataque directo a la soberanía de nuestro país. Y por lo tanto es inaceptable desde cualquier punto de vista, por más cláusulas que le incorporen.

La salida de la crisis provocada por el Covid-19 no puede ser la entrega del país que proponen los sectores dominantes como el agronegocio y su agente Solá. Esta movilización contra el acuerdo porcino debe ser el punto de partida para lanzar una propuesta obrera y popular ante la crisis, una salida racional, centralizada y planificada teniendo en cuenta las necesidades reales del pueblo y del medio ambiente: una salida socialista a la crisis provocada por el capitalismo.

Artículo publicado en www.pstu.com.ar