Para apreciar justamente las ideas de Marx, es indispensable conocer las obras de su más íntimo correligionario y colaborador, Friedrich Engels. Es imposible comprender el marxismo ni exponerlo de un modo completo sin tener en cuenta todas las obras de Engels.

Lenin, 1914.

En 1893, poco antes de la publicación del tercer volumen de El Capital, el antiguo dirigente cartista Julian Harney escribió a Engels: “Estoy feliz de que su largo viaje con El Capital de Marx esté casi acabando […] Pienso que nunca, al menos en los tiempos modernos, un hombre tuvo un amigo y un defensor tan fiel, tan dedicado como el que Marx encontró en ti”[1]. Llevaba razón. Es casi imposible encontrar en la historia moderna una simbiosis intelectual tan perfecta como la de los autores del célebre Manifiesto Comunista.

Por Daniel Sugasti

No obstante, el nombre de Engels descansa a la sombra del de Marx. La reducción de su papel al de amigo y sostén financiero de la familia Marx es moneda corriente. Esta visión es equivocada por injusta, por más que el mismo Engels, en repetidas ocasiones, haya definido su contribución personal con excesiva modestia: “Lo que yo aporté […] pudo haberlo aportado también Marx aun sin mí. En cambio, yo no hubiera conseguido jamás lo que Marx alcanzó. Marx tenía más talla, veía más lejos, atalayaba más y con mayor rapidez que todos nosotros juntos. Marx era un genio; nosotros, los demás, a lo sumo, hombres de talento. Sin él, la teoría no sería hoy, ni con mucho, lo que es. Por eso ostenta legítimamente su nombre”[2].

Además de relegada, la obra de Engels ha sido sistemáticamente atacada por diversos intelectuales desde el siglo XX –György Lukács, Jean Paul Sartre, Louis Althusser, entre otros– que, en nombre de un pretendido marxismo purificado, se empeñaron en separar su pensamiento del de Marx, señalando supuestas diferencias teóricas, programáticas y metodológicas entre ambos[3].

Noviembre marca el bicentenario del nacimiento de Friedrich Engels, incansable revolucionario y uno de los intelectos más agudos del siglo XIX. El mejor modo de recordarlo es conocer, comprender y rescatar el verdadero significado de su legado como cofundador del socialismo científico.

Según nuestra visión, reivindicar su herencia teórico-política no es otra cosa que la defensa del marxismo como un todo. Coincidimos con Lenin: “Después de su amigo Karl Marx, Engels fue el más notable científico y maestro del proletariado contemporáneo de todo el mundo”. En otras palabras, el proletariado no posee uno sino dos maestros que, juntos, construyeron la “obra común” de enseñar a la clase obrera “…a conocerse y a tomar conciencia de sí misma, y sustituyeron las quimeras por la ciencia”[4].

Una dupla indivisible

Es inaceptable divorciar la obra de Marx de la de Engels. La influencia del uno sobre el otro, indistintamente, actuó como una constante fuente creadora para ambos.

El genio de Marx es incuestionable, pero la talla intelectual y el arrojo militante del “general”, como apodaron a Engels, no fueron menores. Fueron complementarios. Engels se declaró comunista antes que Marx. También fue el primero que se interesó por el estudio de la economía política. Su artículo titulado Apuntes para una crítica de la economía política, redactado a finales de 1843 y publicado en los Anales franco-alemanes, contribuyó sobremanera para que Marx se interesara por el estudio de la economía capitalista. El propio Marx reconoció este hecho en 1859: “Friedrich Engels, con el que yo mantenía un constante intercambio escrito de ideas desde la publicación de su genial bosquejo sobre la crítica de las categorías económicas (en los Deutsch‑Französische Jahrbücher), había llegado por distinto camino al mismo resultado que yo”[5]. Esto muestra, en parte, que la participación de Engels en la investigación que desembocaría en El Capital superó largamente el aporte material.

La intensa colaboración entre ambos alcanzó el punto en que es muy difícil discriminar qué parte escribió quién en las obras firmadas conjuntamente. Existen textos que llevan únicamente la firma de Marx, pero fueron completados por Engels, como es el caso de los dos últimos volúmenes de El Capital. O, como se supo mucho después, podemos mencionar los artículos publicados con el nombre de Marx en el periódico estadounidense The New York Daily Tribune durante la década de 1850, que fueron escritos enteramente por Engels –entre otros motivos, porque dominaba el inglés– para que Marx pudiera acceder a alguna renta. O bien el capítulo que Marx escribió para la célebre obra de Engels, el Anti-Dühring (tan criticado por ciertos “marxianos”), hecho que quizá nadie hubiera notado sin la revelación espontánea que hizo su autor en el prefacio a la segunda edición de 1886[6].

De pasada, digamos que la importancia de este libro –así como la publicación separada de una de sus secciones, que se conoció con el título Del socialismo utópico al socialismo científico– es inestimable. Riazanov escribió que “la joven generación que comenzó a militar hacia 1876-1880 supo por esa obra qué es el socialismo científico, cuáles son sus principios filosóficos y su método. El Anti-Dühring es la mejor introducción al estudio de El Capital […]”[7].

Cuando jóvenes, Marx y Engels escribieron La Sagrada Familia (1844), La ideología alemana (1846) y el Manifiesto del Partido Comunista (1848). Poco antes de esos trabajos comunes, en 1842, Engels ya había realizado los primeros contactos políticos y personales con el movimiento owenista y cartista y, tres años después, publicó su icónica Situación de la clase obrera en Inglaterra, sobre la base de un riguroso estudio de estadísticas oficiales y, sobre todo, de la observación directa de las terribles condiciones de explotación a la que estaba sometido el proletariado de Manchester, la ciudad-fábrica.

La intensa actividad intelectual de ambos se combinó siempre con la práctica revolucionaria. Organizaron la dura pelea programática que transformó la utópica Liga de los Justos en Liga de los Comunistas. Cuando comenzó la ola de revoluciones democrático-burguesas de 1848, abandonaron Bélgica para establecerse en Colonia. En esta ciudad publicaron, durante casi un año, el periódico Neue Rheinische Zeitung (Nueva Gaceta Renana). En 1849, un intrépido Engels se enroló como voluntario en el ejército revolucionario de Baden-Palatinado, específicamente en el destacamento al mando del general Willich. Allí participó en la elaboración de planes militares e intervino personalmente en cuatro grandes batallas. La contrarrevolución que sobrevino a la derrota de la Primavera de los Pueblos hizo que Marx y Engels, como miles de otros revolucionarios, sufrieran una dura persecución que obligó a que ambos emigraran a Londres.

Los años en Manchester

A finales de 1850, Engels debió instalarse en Manchester para trabajar en la firma de la que su padre era copropietario, la Ermen & Engels. La monotonía de estar sentado en un escritorio sumando columnas y atendiendo la correspondencia multilingüe de la empresa, además de terriblemente tediosa para un hombre con sus dotes intelectuales, dejaba poco tiempo para la actividad política práctica –“siento un tedio mortal aquí”, escribía a Marx–. Aunque detestara su rutina laboral en el “comercio inmundo”, comprendía que ese sacrificio era necesario para ganar el dinero que permitiera a Marx dedicarse enteramente a escribir su obra maestra.

El aporte material de Engels no siempre es valorado en su real dimensión. Las condiciones de vida de la emigración eran duras en extremo: “[…] de no haber sido por la constante y abnegada ayuda económica de Engels, Marx no solo no hubiera podido acabar El Capital, sino que habría sucumbido inevitablemente bajo el peso de la miseria”, explicó Lenin en 1914[8]. La esposa de Marx, Jenny von Westphalen, describió esos años como de “grandes dificultades, privaciones severas y continuas, miseria completa”[9].

Lo positivo de este largo periodo –de 1850 a 1870– es la correspondencia casi diaria que mantuvo con Marx, pródiga en lecciones acerca de numerosos problemas teóricos y políticos. Marx, que lo llamaba una “enciclopedia andante”, en muchas ocasiones le solicitó datos u opiniones para El Capital. De hecho, para él no existía juicio más autorizado que el de Engels.

Aunque separados físicamente, la estrecha colaboración intelectual también ofrecía momentos de profunda emoción que, a su manera, ayudan a ilustrar los lazos de camaradería y la humanidad entre ambos.

Entre otras, existe una carta conmovedora que Marx escribe a Engels para informarle que había finalizado el primer tomo de El Capital: “Por fin este tomo está terminado. Solo a ti debo el haber podido concluirlo. Sin tu ayuda ilimitada jamás habría podido dar término al trabajo prodigioso de tres tomos. Te agradezco con todo el corazón y te abrazo”[10].

“Sin ti, nunca habría podido llevar el trabajo hasta el final – escribía Marx a su amigo en mayo de 1867– y puedo asegurarte que siempre pesó sobre mí como una cruz en mi conciencia el que hayas permitido que tus preciosas energías sean desperdiciadas y se oxidaran en el comercio, principalmente por mi culpa, y, para peor, hayas tenido que compartir todas mis petites misères[11]. En efecto, el sostén brindado por Engels fue fundamental para la culminación de esta obra. Ante cada necesidad de Marx, teórica o personal, Engels siempre acudió incondicionalmente. La ayuda material, además de una muestra de profunda amistad, siempre fue concebida por Engels como un aporte concreto a una causa común. Ante cada pedido de Marx, su principio de siempre fue: “estoy dispuesto a hacer todo aquello que de mí dependa”. Cuando El Capital vio la luz, Engels sintió que sus años de sacrificio en Manchester, empantanado en un trabajo “desmoralizante”, habían sido coronados.

Sin pausa, Engels se puso a escribir reseñas desde muchos ángulos acerca del nuevo libro. Con el objetivo de contrarrestar la “conspiración burguesa del silencio”, envió sus artículos a periódicos obreros y burgueses en varios países. La osada campaña de divulgación que Engels encabezó contribuyó enormemente para que el marxismo se hiciera más conocido y, poco a poco, se fortaleciera en el movimiento obrero europeo.

Debieron pasar otros tres años hasta que Friedrich anunciara a su socio Ermen que dejaba la compañía. Así, el 1 de julio de 1869, un animado Engels pudo escribir a Marx: “¡Hurra! Hoy, se ha acabado para mí el dulce comercio y soy un hombre libre”[12].

El general estaba listo para retomar la acción. “En los últimos 18 años, no pude hacer casi nada directamente por nuestra causa, teniendo que dedicarme a actividades burguesas”[13], explicó a Friedrich Lessner, un veterano de 1848. A sus 49 años, estaba ansioso por reencontrarse con Marx en las mismas trincheras ideológico-políticas que juntos habían cavado desde la década de 1840. Lo mismo sintió Marx, que celebró la “fuga del cautiverio egipcio” de su fiel amigo dejándose llevar por la tentación de “beber una copa a su salud”[14].

Engels ahora podía disponer de todo su tiempo, energía y cualidades para dedicarse a la causa comunista. Rebosaba vitalidad: “Soy otro hombre y me siento diez años más joven”, escribió a su madre. Su concurso, indispensable, vendría en buen momento.

Regent’s Park Road, el cuartel general

En 1870, Engels volvió a Londres. Después de casi dos décadas, podía volver a trabajar presencialmente junto con Marx.

Engels quedó muy contento con la casa que terminó alquilando en la capital británica (un inmueble en el 122 de la Regent’s Park Road), principalmente porque “no quedaba ni a 15 minutos de distancia de Marx”[15]. El “moro”, como lo llamaban cariñosamente, residía en Maitland Park Road, hacia donde Engels se dirigía casi a diario. Eleanor, la hija menor de Marx, anotó que “a veces salían a caminar juntos, pero era igualmente común que se quedaran en el cuarto de mi padre […] era frecuente que caminasen juntos de aquí para allá en silencio, uno al lado del otro. O, entonces, cada uno hablaba sobre aquello que más ocupaba sus pensamientos hasta que quedaban de frente el uno para el otro y reían alto, reconociendo que habían estado reflexionando sobre proyectos contrarios durante la última media hora”[16].

El trabajó común poseía una división de tareas que Engels explicó: “A consecuencia de la división del trabajo que existía entre Marx y yo, me tocó defender nuestras opiniones en la prensa periódica, lo que, en particular, significaba luchar contra las ideas opuestas, a fin de que Marx tuviera tiempo de acabar su gran obra principal. Esto me condujo a exponer nuestra concepción, en la mayoría de los casos en forma polémica, contraponiéndola a las otras concepciones”[17].

Acerca de esa infatigable –y fundamental– labor de polemista y divulgador, comentó David Riazanov en una de sus conferencias de 1922: “Engels se sirve de un artículo cualquiera que le ha impresionado o de un hecho de actualidad para mostrar la profunda diferencia entre el socialismo científico y los otros sistemas socialistas, o para aclarar un problema práctico desde el punto de vista del socialismo científico y enseñar la manera de aplicar el método…”[18].

Engels, por supuesto, había participado en 1864 del proceso de fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), la Primera Internacional, pero hasta 1870 no desempeñó un papel principal. Una vez en Londres, Engels asumió una función protagónica en el Consejo General, la conducción cotidiana de la Internacional. Asumió las tareas de secretario responsable para las relaciones con Bélgica, Italia, España, Portugal y Dinamarca, además de miembro del comité de finanzas. Participó enérgicamente en toda suerte de disputas programáticas y organizativas contra la nociva influencia de los seguidores de Giuseppe Mazzini, de Lassalle, de Pierre-Joseph Proudhon, de Louis Auguste Blanqui, de los tradeunionistas (sindicalistas ingleses) y de Mijaíl Bakunin. La inmensa energía desplegada por Engels alivió el trabajo político y organizativo que hasta entonces había llevado adelante Marx, que así pudo dedicarse casi de lleno a sus estudios para los próximos tomos de El Capital.

En su lecho de muerte, Engels confesaría a Kautsky que aquellos años, de 1870 a 1872, habían sido los más importantes de la vida pública de Marx y de la suya propia.

Después de la muerte de Marx, Engels debió soportar todo el peso que implicaba continuar la tarea emprendida junto con su compañero. Pasó a ocupar el primer plano luego de haber ocupado toda su vida, según sus propias palabras, el segundo.

Asumió su nueva responsabilidad no sin preocupación. Nadie comprendía mejor que él la gravedad de haber perdido a Marx. En 1884 escribió a Becker: “Mi infortunio es que, desde que perdimos a Marx, se pretende que yo lo represente. He pasado una vida (…) tocando el segundo violín; y, sin dudas, creo que lo he hecho razonablemente bien. (…) Pero ahora, de repente, se espera que tome su lugar”[19].

Había mucho por hacer. Engels se dispuso a ordenar el legado científico de Marx. Entre sus papeles, encontró los manuscritos inacabados de El Capital. Dejó a un lado sus propias obras y se dedicó a completar lo que conocemos como el segundo y tercer libros de El Capital, publicados en 1885 y 1894, respectivamente[20]. Engels no tuvo tiempo de preparar para la prensa el cuarto tomo, que quedó conocido como Teorías de la plusvalía debido al título que le dio Kautsky cuando lo publicó en alemán entre 1905-1910.

La edición de los dos últimos tomos implicó un inmenso trabajo. Engels tuvo que ordenar los papeles y retomar el trabajo allí donde Marx lo dejara incompleto, especialmente los materiales del tercer tomo, que eran poco más que anotaciones sueltas; debió realizar nuevas pesquisas y profundizar otras; ordenar manuscritos y entender notas y abreviaciones con la caligrafía casi ilegible de Marx; cortar; editar; verificar rigurosamente las traducciones (“¡Intente ser más fiel al original!”). “Citas de fuentes sin ningún tipo de orden, pilas de ellas amontonadas, compiladas solamente con miras a una selección futura. Además, están los textos manuscritos que ciertamente no pueden ser descifrados por nadie más que yo y, incluso así, con dificultades”[21], escribió a Bebel un Engels aturdido ante el estado caótico en que hallaban los archivos de su amigo.

No obstante, Engels cumplió esta ardua tarea con satisfacción: “puedo realmente decir que, mientras trabajo en esta obra, estoy viviendo en comunión con él [Marx][22].

Sin Engels, la obra magna de Marx, el más profundo análisis científico acerca del funcionamiento de la producción capitalista y de la lucha que sobre su base entablan el burgués y el obrero, habría quedado incompleta. Esta tarea adquiere peso histórico, puesto que no existía otra persona capaz de concluirla. Con justicia, Lenin sentenció que: “En efecto, esos dos tomos de El Capital son la obra de los dos, Marx y Engels”.

En medio de la edición de las obras de Marx, Engels pudo publicar importantes obras suyas, como El Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884); Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana (1886); los manuscritos que compusieron luego Dialéctica de la naturaleza, además de escribir prefacios a las ediciones de textos anteriores.

Esto, sin contar que después de 1883 Engels también quedó como el principal dirigente del proceso de construcción de lo que sería la II Internacional, en el contexto de un notable fortalecimiento del movimiento obrero europeo, y del marxismo entre sus filas, aconsejando a cuadros y partidos de diversos países sobre problemas de principios, de táctica y de organización. En su casa se reunían dirigentes socialistas de distintos países. Hasta su muerte, el 122 de la Regent’s Park Road funcionó como sede del “Estado mayor” del socialismo europeo.

El final

El lado militante de Marx y Engels, como se sabe, es sistemáticamente minimizado – cuando no criticado o simplemente omitido– por distintas corrientes de literatos y académicos, por más que muchos de ellos se digan marxistas.

La academia presenta a los fundadores del socialismo científico como filósofos de gabinete. Esto es una falsificación histórica. Ni Marx ni Engels fueron comentaristas de la realidad. Todo su esfuerzo teórico estuvo al servicio de dotar al proletariado de un programa científico que pudiera ser asumido por los mejores elementos de la clase obrera.

Para ellos, no se trataba solo de interpretar el mundo, sino de transformarlo.

Engels, en ese sentido, además de un teórico brillante fue un político apasionado por problemas concretos planteados por la lucha de clases de su tiempo; por problemas sindicales; por problemas de construcción y organización partidarias; por la formación teórica de nuevas generaciones de cuadros comunistas. Poco antes de morir, mantenía el mismo espíritu inquieto, la misma pasión que inflamó su juventud. “Tengo que acompañar el movimiento en cinco países europeos grandes y en muchas naciones pequeñas, y en los Estados Unidos de América”, escribió para Laura Marx Lafargue en 1894. Le contaba, además, que su buzón de correos era “un pozo sin fondo de correspondencia internacional”. Ante las crecientes demandas exigidas por un movimiento marxista en crecimiento, todos acudían al viejo general. Poseía notable habilidad para concebir tácticas, pero siempre subordinándolas a los principios y al programa comunista que elaboró junto con Marx. Entre otros pasajes, en 1891, alertaba: “los oportunistas ‘honestos’ son los más peligrosos para la clase obrera”[23].

Entre finales de 1880 e inicios de 1890, el movimiento obrero inglés experimentó un resurgimiento esperanzador. En julio de 1888, la huelga de las obreras de la fábrica de fósforos Bryant & May (Matchgirls Strike) en Londres involucró a más de 3.000 trabajadores, de una forma u otra. En agosto de 1890 estalló una poderosa huelga de más de 100.000 trabajadores portuarios en Londres (Great Dock Strike), que terminó con una estruendosa victoria proletaria. El 4 de mayo de 1890, una impresionante marcha de 200.000 obreros en Hyde Park impactaba sobre la política británica. Engels, presente en el acto, exclamaba: “Qué no daría para que Marx pudiese haber visto este despertar, él que, en este mismo suelo inglés, estaba atento al mínimo síntoma”[24]. Tras la victoria de la huelga en los puertos londinenses, escribió: “Hasta ahora el East End[25] se encontraba en un estado de parálisis causado por la pobreza, siendo su marca registrada la apatía de los hombres, cuyo espíritu había sido doblegado por el hambre y que abandonaron toda y cualquier esperanza […] Y, entonces, el año pasado se dio la huelga victoriosa de las muchachas de los fósforos. Y, ahora, esta huelga gigantesca de los elementos más desmoralizados del mundo, los trabajadores de los muelles”[26].

Entre agosto y setiembre de 1888, viajó a los Estados Unidos. Presenció allí un movimiento obrero joven que, despojado de los vicios y tradiciones esclerosadas de la política europea, mostraba un tremendo “vigor americano”. En agosto de 1893, la Segunda Internacional se expandía en todo el continente europeo. Engels participó de su congreso en Zúrich. Los más de 400 delegados ovacionaron su discurso de cierre. En setiembre, conferenció en Berlín ante miles de militantes socialdemócratas y activistas obreros[27].  El futuro se mostraba promisor. Engels repetía: “Cómo me gustaría que Marx estuviese vivo para ver esto”.

Además de su pasión por la política, Friedrich Engels fue un hombre entusiasmado con los descubrimientos científicos y avances tecnológicos de fines del siglo XIX, principalmente en el campo de la biología, la antropología, la matemática, la física, la química… La ciencia militar, por otro lado, ocupó su mente durante muchos años.

Considerando esta apretada síntesis de la obra de Engels, es difícil admitir su modesta autodenominación de “segundo violín” en relación con Marx. Wilhelm Liebknecht –el padre de Karl– hizo notar la esterilidad de la discusión acerca del peso de ambos: “¿Qué aportó uno; qué, el otro? ¡Una pregunta ociosa! Es de una pieza, y Marx y Engels son una sola alma, tan inseparables en el Manifiesto Comunista como lo siguieron siendo hasta la muerte en todos sus trabajos y planes”[28].

La muerte impidió a Engels cumplir su deseo “de poder contemplar desde un agujerito la llegada del nuevo siglo”. En enero de 1895 había comenzado a trabajar en la edición de las obras completas de Marx y las suyas. En abril, empezó a preparar lo que debió ser el cuarto volumen de El Capital.  Planeaba, por otra parte, reeditar su obra La guerra de los campesinos en Alemania, además de escribir una biografía de Marx y una historia de la AIT. Todo quedó inconcluso.

Engels adolecía de un cáncer de esófago. El avance la enfermedad, entretanto, hizo poca mella en su personalidad vital, alegre, penetrante. Engels, para escándalo de ciertos medios académicos que destilan puritanismo, siempre celebró la vida. Buen anfitrión, le encantaba abrir las puertas de su casa a sus amigos y camaradas, regando las discusiones políticas con vino y cervezas tipo Pilsener. Las celebraciones de sus cumpleaños, la navidad o las reuniones que seguían el conteo de votos para el Reichstag alemán, solían extenderse hasta la madrugada. Era amante del arte, la poesía, la música, los idiomas, los viajes, adoraba andar a caballo, conocer personas y sitios nuevos. Disfrutaba al máximo de sus vacaciones en las playas de Eastbourne. En noviembre de 1894 legó una buena suma de dinero al partido alemán a los cuidados de Beber y Singer, a quienes pidió “bebed en recuerdo mío una botella de buen vino”. La última carta de la que se tiene conocimiento la dirigió a Laura Marx. Lamentó la “crisis que se aproximaba” en el doloroso “campo de papas” que se le había formado en la garganta. Luego, la despedida: “No tengo la fuerza para escribir largas cartas, así que adiós. Por tu salud, un vaso lleno de ponche de huevo con una dosis de coñac”[29].

Murió el 5 de agosto de 1895 con 74 años. De acuerdo con su “resuelto deseo”, las cenizas fueron lanzadas al mar en Beachy Head, cerca de Eastbourne.

Notas:

[1] HUNT, Tristam. Comunista de casaca. A vida revolucionária de Friedrich Engels. São Paulo: Record, 2010, p. 338.

[2] ENGELS, Friedrich. Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana [1886]. Madrid: Fundación de Estudios Socialistas Federico Engels, 2006, p. 37.

[3] WELMOWICKI, José. Las contribuciones de Engels al marxismo. Revista Marxismo Vivo – Nueva Época, n.º 16, 2020, pp. 55-68.

[4] LENIN, V. I. Federico Engels. Disponible en: <https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1890s/engels.htm>.

[5]  MARX, Karl. Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política. Disponible en: < https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/criteconpol.htm#_ftn5>.

[6] Escribe Engels: “Quiero hacer observar incidentalmente lo que sigue: como el punto de vista aquí desarrollado ha sido en su máxima parte fundado y desarrollado por Marx, y en su mínima parte por mí, era obvio entre nosotros que esta exposición mía no podía realizarse sin ponerse en su conocimiento. Le leí el manuscrito entero antes de llevarlo a la imprenta, y el décimo capítulo de la sección sobre economía («De la Historia Crítica») ha sido escrito por Marx; yo no tuve sino que acortarlo un poco, desgraciadamente, por causa de consideraciones externas. La colaboración de Marx se explica porque siempre fue costumbre nuestra ayudarnos recíprocamente en cuestiones científicas especiales”.

[7] RIAZANOV, David. Marx y Engels. Buenos Aires: Ediciones IPS, 2012, p. 276.

[8] LENIN, V. I. Carlos Marx. Breve esbozo biográfico, con una exposición del marxismo [1914]. Disponible en: < https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/carlos_marx/carlosmarx.htm#tactica>.

[9] HUNT, Tristam. Comunista de casaca…, p. 209. Estos son los años en que Marx y Jenny perdieron tres bebés debido a su miseria: Heinrich Guido, Franziska y Edgar.

[10] Ídem, p. 264.

[11] HUNT, Tristam. Comunista de casaca…, p. 265.

[12] MAYER, Gustav. Friedrich Engels: una biografía [1934]. Madrid: FCE, 1979, p. 537.

[13] HUNT, Tristam. Comunista de casaca…, p. 270.

[14] MAYER, Gustav. Friedrich Engels…, p. 537.

[15] HUNT, Tristam. Comunista de casaca…, p. 273.

[16] Ídem, p. 175.

[17] ENGELS, F. Contribución al problema de la vivienda. Disponible en: < https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/vivienda/index.htm>.

[18] RIAZANOV, David. Marx y Engels. Buenos Aires: Ediciones IPS, 2012, p. 273.

[19] Engels a Johann Philipp Becker, 15/10/1884.

[20] El tercer volumen fue publicado en Hamburgo, en diciembre de 1894, solo ocho meses antes de la muerte de Engels.

[21] HUNT, Tristam. Comunista de casaca…, p. 333.

[22] Ídem, p. 335.

[23] LENIN, V. O oportunismo e a falência da Segunda Internacional. Disponible en: < https://www.marxists.org/portugues/lenin/1916/01/falencia.htm#n7>.

[24] HUNT, Tristam. Comunista de casaca…, p. 356.

[25] East End era el área más pobre y descuidado de Londres, asociado con pobreza, enfermedades, hacinamiento y criminalidad.

[26] Ídem, p. 368.

[27] MAYER, Gustav. Friedrich Engels…, pp. 879-880.

[28] La izquierda diario. El joven Engels. Disponible en: <https://www.laizquierdadiario.com/El-joven-Engels>.

[29] HUNT, Tristam. Comunista de casaca…, p. 388.