El Comité Estocolmo otorgó el Premio Nobel de la Paz 2020 al Programa Alimentario Mundial (PAM o WFP por sus siglas), una agencia internacional afiliada a la ONU. Sin embargo, su declarado objetivo de llegar a una situación de “hambre cero” en el mundo está cada vez más lejos de ser alcanzado.

Por Alejandro Iturbe

El PAM fue creado en el año 1962 a raíz de una propuesta realizada un año antes por el entonces presidente estadounidense Dwight Eisenhower. Su objetivo inicial era llevar alimentos a la población de regiones afectadas por guerras o catástrofes. Luego se amplió a la provisión de alimentos a lugares de “emergencia alimentaria” en general y a dar asistencia para el desarrollo de la agricultura y la producción de alimentos de subsistencia en esas regiones.

Según datos de su propia página, en 2019 ayudó a 86,7 millones de personas en 83 países, con 15.000 millones de raciones de comida[1].

El otorgamiento del Premio Nobel al PAM eludió las polémicas políticas que generaron las propuestas presentadas para otorgárselo a figuras como Trump o Putin y se encuadró dentro de lo “políticamente correcto” de este tipo de distinciones[2].

El PAM y el mito de Sísifo

Si se observan las terribles consecuencias del sistema capitalista en la creación permanente de pobreza, miseria y hambre, la acción del PAM puede ser considerada como una política asistencialista a nivel mundial del tipo de la Bolsa Familia en el Brasil o los subsidios a los desempleados en otros países. Es decir, políticas destinadas a paliar algunas de las facetas más graves de esas consecuencias pero sin combatir ninguna de las causas estructurales que las generan y, por lo tanto, sin ninguna posibilidad de eliminarlas.

Por ejemplo, a inicios de la década de 1990, el PAM se trazó el objetivo de llegar a una situación de “hambre cero” en el mundo para 2020. Ya en 2015, esa meta se reprogramó para 2030. Con la cifra oficialmente dada por la FAO (siglas en inglés de la Organización de Alimentos y Agricultura de la ONU), de 821 millones de personas que pasaban hambre (antes de contabilizar los efectos de la pandemia), ese nuevo objetivo también parece completamente utópico.

Los continentes más afectados son África y Asia (514 y 256  millones respectivamente), seguidos por Latinoamérica y el Caribe (24,5 millones)[3]. En ese marco, se estima que unas 56 millones de personas mueren cada año como consecuencia de la desnutrición[4].  ¡Más de 150.000 personas por día!

Sobre un piso que nunca se ha perforado en las últimas décadas (más de 700 millones de hambrientos), periódicamente se producen aumentos de entre 100 y 200 millones que erosionan todo lo que se había avanzado.

La labor de organizaciones como el PAM y la FAO para aquellas personas que reciben su asistencia seguramente representa la diferencia entre la vida y la muerte. Pero se parece a la historia de Sísifo en la mitología griega. Este personaje fue condenado por toda la eternidad a rodar con sus manos una gran piedra de mármol hasta la cima de una montaña. Cada vez que se aproximaba a su objetivo, una fuerza irresistible hacía la piedra volver ladera abajo hasta el punto de partida tornando inútil el gran esfuerzo de Sísifo, que debía comenzar nuevamente su dura tarea.

Se producen suficientes alimentos

En este caso, la “fuerza irresistible” puede ser perfectamente identificada: es el capitalismo por sus propias leyes de funcionamiento y sus mecanismos, y por las consecuencias de su acción.

En 2008 se produjo una crisis alimentaria mundial que originó lo que se denominó “la rebelión de los hambrientos” en por lo menos 33 países. En esos momentos, se publicó un dossier sobre el tema en la revista Marxismo Vivo[5]. En uno de los artículos se señalaba:

“La humanidad siempre ha sido afectada por el hambre. Es decir, a lo largo de su historia una parte de ella no podía acceder a una alimentación mínima para su subsistencia. Periódicamente, esta situación se veía agravada por ‘hambrunas’ provocadas por catástrofes naturales, pestes o guerras que afectaban la producción de alimentos. Pero se trataba siempre de un hambre originada en la escasez: la comida no alcanzaba para todos y la lucha entre clases y sectores de clase definía cómo se distribuiría ese alimento insuficiente”.

“El capitalismo dio lugar a una nueva forma de generar hambre: creó la capacidad de producir alimentos para todos los habitantes del planeta (y mayores cantidades aún, pero su ´propia dinámica de funcionamiento’ (centrada en la ganancia de la burguesía) y las políticas y medidas que adoptan sus gobiernos para sostener y defender esa ganancia lo llevan a producir una multitud creciente de hambrientos y, al mismo tiempo, lucrar con esa realidad. Es la famosa ‘ley de la miseria creciente’ analizada por Marx en El Capital”.

Veamos este concepto en cifras. El SEA es un cálculo del consumo diario de energía alimentaria por persona durante un periodo determinado. Se estima que unas 2.000 kilocalorías diarias es el valor mínimo para evitar la desnutrición.

Lo cierto es que, según datos de la FAO, la producción mundial de alimentos (o de materias primas alimenticias) supera ampliamente esa necesidad promedio. En 1960, equivalía a 2.300 kilocalorías diarias por persona y en 2019 había crecido a 2.770[6].

La producción de alimentos crece a un ritmo más rápido que el de la población mundial. Veamos el caso de los granos, principal base alimentaria mundial: la FAO informa que, en 1970, la producción era de 1.225 millones de toneladas para una población mundial de poco más de 4.000 millones de personas (306 kilos per cápita) y en 2019 fue de más 2.850 millones de toneladas para 7.800 millones de habitantes (un promedio de 365 kilos)[7]. Es decir, la cosecha de granos creció 19% más que la población.

No es entonces la escasez de alimentos lo que provoca el hambre de cientos de millones de personas. Por eso, ya en la crisis alimentaria de 2008, Josette Sheeran (directora ejecutiva del PAM) expresó: “Nos encontramos frente a una nueva cara del hambre: a pesar de que hay alimentos en las tiendas cada vez más personas no se los pueden permitir”[8]. Un concepto que ahora reitera John Lupien, titular de la Dirección de Alimentación de la FAO:  “Si observamos el mundo en conjunto, se aprecia que se producen suficientes alimentos para alimentar a diario a todas las personas. Pero no ocurre así porque el verdadero problema es el acceso a los alimentos”[9].

Las causas del hambre en el mundo

¿Qué es lo que hace que cientos de millones de personas no puedan acceder a la alimentación necesaria? En el dossier ya referido de Marxismo Vivo, se analiza la combinación de diversos procesos propios del capitalismo. En este artículo no vamos a extendernos sobre ellos pero sí vamos a referirlos.

  1. El carácter oligopólico de los mercados de alimentos. El 90% de ellos es controlado por no más 50 empresas. En ellas, se incluyen las tradings (comercializadoras) de cereales, como Cargill, ADM, Dreyfuss y Bunge; las grandes productoras industriales de alimentos y bebidas como Nestlé, Pepsico, Coca Cola, Unilever y Danone, y las grandes cadenas de supermercados como Wal-Mart y Carrefour.
  2. El crecimiento del agronegocio. Esta tendencia creciente del capitalismo en la producción de alimentos se basa en el uso intensivo de capitales, tierras y tecnología para lograr una producción masiva y muy eficiente de cultivos y alimentos que se comercializan en los mercados mundiales. Algunas consecuencias muy graves: se concentra en pocos cultivos (los de mejores precios en los mercados) e impulsa una fuerte tendencia al latifundio. Esto va acompañado de la expulsión de millones de pequeños campesinos de sus tierras (en algunos casos con métodos violentos), que antes se autoabastecían y ahora demandan alimentos del mercado. La producción de materias primas alimenticias aumenta pero con profundas distorsiones en su composición y con cantidades crecientes que no están destinadas al consumo humano.
  3. Los subsidios agrícolas. Desde las décadas de 1980 y 1990, varios países desarrollados vienen gastando fortunas en los subsidios a sus agricultores. En 2008, se calculaba que 30 países en el mundo destinaban un total de 280.000 millones de dólares en este rubro, lo que representaba 30% de los ingresos de sus agricultores[11]. Estas políticas deforman profundamente los procesos de producción de alimentos. Por un lado, “premian” producciones menos eficientes. Por el otro, perjudican profundamente a los países que no subsidian su producción. Algunos han perdido su soberanía alimentaria, como es el caso de México que ahora importa de EEUU una parte del maíz que consume. En otros casos, como el de Haití y el de varios países del continente africano, las producciones quiebran y pasan a vivir situaciones de emergencia alimentaria.
  4. Otro factor que debemos considerar es el aumento de la superficie de tierras para cultivos destinados a los biocombustibles sin que esto forme parte de un plan serio de reemplazo de la matriz energética ni se considere el equilibrio con la producción de alimentos para consumo humano. Por ejemplo, en 2007, un trabajo realizado sobre datos de la ONU informaba que toda la expansión del cultivo de maíz del quinquenio anterior había sido absorbida por el programa de producción de etanol[12].
  5. Cabe, finalmente, mencionar los movimientos especulativos que periódicamente viven los mercados mundiales de alimentos, a través de las llamadas “compras a futuro”, que pueden elevar sus cotizaciones de modo totalmente artificial.

Consumo desigual

El consumo de alimentos es muy desigual entre los diferentes países en el mundo, medido a través de las calorías diarias promedio por persona de cada uno de ellos. La FAO ha elaborado un ranking de países con ese dato: lo encabeza Dinamarca con 3.780 kilocalorías, y en último lugar se ubica Somalia con 1.580[13].

En ese cuadro, puede verse que EEUU y Europa occidental superan con holgura las 3.200 kilocalorías, y algunos países productores de alimentos (como Argentina, Australia, Canadá y Ucrania) alcanzan las 3.000. En el otro extremo se encuentran los llamados LIFDC (siglas en inglés de Países de Bajos Ingresos y Dependencia Alimentaria), con consumos cercanos a 2.000 o menos.

Sin embargo, el problema del hambre, si bien se concentra en los LIFDC, no se limita solamente a ellos. Países como Argentina o Brasil, grandes productores de alimentos, también tienen segmentos de su población que pasan hambre. En Argentina, en 2018, se estimaba que más de un millón de personas pasaban situaciones de hambre. Una situación que se ha agravado con la profundización de la crisis económica y los efectos de la pandemia[14]. En Brasil, hace pocos días, la historiadora Adriana Salay declaró: “Hoy enfrentamos la vuelta de un estado de hambre epidémica en el país”[15].

Incluso en EEUU, el país más rico del mundo, una franja creciente de la población enfrenta problemas de alimentación. Poco tiempo atrás, un artículo periodístico informaba que “La afluencia en los bancos de comida se incrementa a medida que millones de estadounidenses pierden el empleo”[16].

El cambio climático

El capitalismo imperialista no solo genera hambre por sus propios mecanismos de funcionamiento sino que también lo hace por las consecuencias de su accionar sobre la naturaleza.

Una las más importantes es el cambio climático. Es decir, la elevación de la temperatura promedio de la Tierra como resultado del deterioro de la atmósfera y de su capa de ozono a partir de emisión excesiva de gases como el dióxido de carbono y el metano. Esto provoca el llamado “efecto invernadero”, ya que el calor que genera nuestro planeta solo puede disiparse parcialmente y se vuelve sobre él[17].

El efecto invernadero trae dos consecuencias. La principal es un aumento de las sequías y, con ello, la desertificación de territorios. Al mismo tiempo, al aumentar el nivel de las aguas marinas por el derretimiento de parte de los casquetes helados de los polos y aumentar también su temperatura por el calentamiento global, se producen periódicamente grandes lluvias e inundaciones.

Ambos procesos disminuyen la cantidad de tierras dedicadas a la producción de alimentos. La desertificación las torna improductivas; las inundaciones las “lavan” y eliminan gran parte de los nutrientes necesarios para la producción agraria[18].
Aquí entra otra consecuencia del accionar capitalista: el agronegocio, que busca una permanente expansión para apropiarse de nuevas tierras. Para ello no duda en incendiar bosques y selvas nativas como ocurre en Brasil con el Amazonas y el Pantanal. Es el caso más notorio pero no el único: en 2008, en Argentina, la tasa de deforestación era seis veces mayor que el promedio mundial (según datos de la Dirección de Bosques de la Secretaría de Ambiente) para expandir el área de plantación de soja. Ahora se están quemando regiones del Delta del Paraná, cercano a la ciudad de Buenos Aires.

Esta disminución de las áreas boscosas y selváticas va reduciendo los “pulmones” que la Tierra mantiene, ya que ellos absorben dióxido de carbono y producen oxígeno. Es decir, su reducción va a aumentar el efecto invernadero en un círculo vicioso de resultados muy negativos.

La pandemia

En ese marco preexistente, el panorama se ve agravado por la pandemia del Covid-19 y las medidas restrictivas que se adoptaron para combatirla, que potenciaron la crisis económica capitalista que ya existía.

El impacto de la pandemia también puede considerarse como un resultado del accionar capitalista. El brote inicial en China fue un hecho “natural”, pero la velocidad de su expansión, la imposibilidad de los gobiernos burgueses de derrotarlo y, ahora, la criminal política de la nueva normalidad, sí son consecuencia del sistema capitalista.

Lo concreto es que toda la situación provoca un salto en el panorama de hambre. La ONG Acción Contra el Hambre alerta que: “Hasta 1.000 millones de personas podrían verse en situación de inseguridad alimentaria, una cifra nunca vista”[19]. Por su parte, la organización Oxfam, sobre datos de la Universidad John Hopkins, estimó que este aumento podría a su vez aumentar la cifra de muertes por hambre en 12.000 diarias[20].

Esta previsión significa que en tres meses habría más de un millón de muertos adicionales por hambre, una cantidad equivalente a todos los fallecidos por el Covid desde el inicio de la pandemia.

Algunas conclusiones

El capitalismo imperialista no puede solucionar el hambre en el mundo porque es el mismo sistema –y sus leyes de funcionamiento– el que lo crea y se beneficia con él. Mientras la producción y la comercialización de alimentos estén controladas por los grandes grupos multinacionales, el agronegocio y los grandes especuladores, no será posible cambiar esta realidad.
Grandes ganancias para pocos y hambre para muchos son las dos caras de la misma moneda. La alternativa es clara: la voracidad de ganancias de estos grupos o las necesidades de cientos de millones de personas.

Por eso, para eliminar el hambre, es necesario destruir este sistema y reemplazarlo por otro de economía central planificada, que utilice racionalmente los recursos existentes, cuidando la naturaleza, y que esté organizado al servicio de satisfacer las necesidades esenciales de los trabajadores y los pueblos del mundo. La necesidad de la revolución socialista es más urgente que nunca.

Notas:

[1] https://es.wfp.org/

[2] Sobre este tema ver: https://litci.org/es/estados-unidos/premio-nobel-de-la-paz-para-trump/ y https://litci.org/es/menu/opinion-menu/premio-nobel-de-la-paz-para-putin/

[3] https://eacnur.org/es/actualidad/noticias/muertes-por-hambre-en-el-mundo

[4] https://cadenaser.com/ser/2020/05/19/ciencia/1589876579_231823.html

[5] “La crisis de los alimentos” en Marxismo Vivo n.° 18 (primera época), Instituto José Luis y Rosa Sundermann, San Pablo: Brasil, julio de 2008.

[6] http://www.fao.org/noticias/1998/981204-s.htm#:~:text=Si%20los%20alimentos%20disponibles%20se,720%20kilocalor%C3%ADas%20diarias%20por%20persona.

[7] https://www.atlasbig.com/es-es/paises-por-produccion-total-de-cereales

[8] Citado por Arnold Schotzel en su artículo “Revueltas de hambrientos” en www.jungevelt.de

[9] Ver nota [6].

[10] Ver: https://www.eleconomista.es/blogs/empresamientos/?p=1253;

https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0185084916300317 y

https://www.abc.es/economia/20140915/abci-supermercados-valor-marca-dominan-201409151238_1.html

[11] Datos extraídos de OCDE Background Note: Agricultural Policy and Trade Reform.

[12] BRAVO, Elizabeth/ALTIERI, Miguel A. “La tragedia social y ecológica de la producción de biocombustibles agrícolas en las Américas”. Bogotá, Colombia: Revista Semillas 34/35, 2007, en https://www.semillas.org.co/es/la-tragedia-social-y-ecolgica-de-la-produccin-de-biocombustibles-agrcolas-en-amrica

[13] http://www.fao.org/noticias/1998/img/nutrit/world-s.pdf

[14] Ver https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-45303359 y

https://es.euronews.com/2020/05/14/los-argentinos-toman-las-calles-a-medida-que-las-colas-de-hambre-se-multiplican

[15] https://www1.folha.uol.com.br/cotidiano/2020/10/enfrentamos-hoje-a-volta-de-um-estado-de-fome-epidemica-no-brasil-diz-historiadora.shtml

[16] https://www.elperiodico.com/es/internacional/20200424/colas-hambre-crisis-dispara-pobreza-eeuu-bancos-comida-7938983

[17] https://www.ejemplos.co/que-gases-provocan-el-sobrecalentamiento-de-la-atmosfera/

[18] https://www.nationalgeographic.es/medio-ambiente/cambio-climatico-sequias-e-inundaciones

[19] https://www.france24.com/es/20200710-pandemia-muertes-hambre-covid-oxfam

[20] Ídem.