Mié May 22, 2024
22 mayo, 2024

1968-1969: Fiat, un puesto de avanzada de las luchas obreras

En los días en que se habla de las huelgas de los obreros de las fábricas de automóviles estadounidenses, proponemos aquí un artículo –publicado hace unos años en nuestra revista teórica Trotskismo oggi– relativo a las luchas obreras del sector automotriz que tuvieron lugar en Italia a finales de los años 1960. 

Por: Fabiana Stefanoni

A inicios de 1968, la Fiat de Mirafiori en Turín era definida como el «cementerio de las luchas»[1]: después de los enfrentamientos en Piazza Statuto en 1962 –que tuvieron como protagonistas a numerosos obreros de Mirafiori– el clima en Fiat no era ciertamente combativo. Las huelgas de 1966 para la renovación del contrato de los trabajadores metalúrgicos también habían tenido una tendencia fluctuante: después del éxito de las primeras huelgas, la participación posterior fue bastante escasa. Mirafiori empleaba en esos años a más de 50.000 trabajadores con una producción de 5.000 automóviles por día: la clase obrera en la Fiat tenía un peso considerable en la disputa contractual. Después de 1966, todo estuvo en silencio en Mirafiori durante dos años: Agnelli reemplazó a Valleta al frente de la Fiat. Y, tras la crisis coyuntural de 1964, la producción fue en continuo aumento (y, también, las ganancias de los patrones).

1967-1968: las cosas empiezan a cambiar

En 1968, en Mirafiori había cuatro sindicatos representados en lo que entonces se llamaba «comisión interna» (organismo de representación sindical dentro de la empresa, elegido por los trabajadores): UILM, SIDA, FIOM y FIM. UILM y SIDA (este último, un sindicato proempresarial nacido de una escisión de la CISL y dirigido directamente por la patronal) obtuvieron la mayoría de votos. FIOM y FIM (esta última tenía entonces posiciones reivindicativas relativamente más radicales que hoy) representaban poco más de 2% de los trabajadores. Pero el resultado electoral no impide que se reanuden las luchas. En la Fiat, el ritmo de trabajo es muy intenso, sobre todo en los talleres de carrocería y en las líneas de montaje, y los patrones no dejan tregua a los obreros: comienzan a producirse episodios de sabotaje en el interior de la fábrica y algunos enfrentamientos con los capataces.
Mientras tanto, ya en 1967, habían estallado las luchas estudiantiles en Italia y en todo el mundo. En Turín, los estudiantes, sobre todo los cercanos a los grupos políticos de la llamada extrema izquierda, se encuentran a menudo ante las puertas de la Fiat. En Italia, a inicios de 1967, la Universidad la Sapienza de Roma, la Universidad de Pisa y la Universidad de Trento son ocupadas o están movilizadas. Durante el otoño, el año académico se abre con una movilización general en decenas de universidades: en noviembre también se ocupa la Universidad de Turín. Y es precisamente en Turín donde se producen los enfrentamientos más duros con la policía, con heridos, detenidos, y medidas disciplinarias académicas (que a partir de entonces serán la orden del día). Algunos dirigentes del movimiento estudiantil turinés –los más de familias de la pequeña y media burguesía– provienen del grupo político turinés a la izquierda del PC italiano, en particular los Grupos Comunistas Revolucionarios (la sección italiana del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional, que, como veremos, entrará en crisis en el mismo momento del estallido de las luchas estudiantiles y obreras) y el grupo de Quaderni Rossi [Cuadernos Rojos] de Raniero Panzieri (representante de un sector disidente y «obrerista» dentro del PSI [Partido Socialista Italiano]).

El despertar de las luchas obreras: la revuelta de Valdagno

En los primeros meses de 1968 también la Fiat de Turín empezó a despertar. En el primer semestre del año, debido a las huelgas, la empresa perdió 1.400.000 horas de trabajo: un salto notable respecto del año anterior, cuando, en el mismo período, debido a los disturbios, las horas de trabajo perdidas fueron allí sólo 10.000.
Pero el 1968 obrero no es sólo en Turín. Incluso en otras ciudades de Italia, la rabia obrera se siente con nueva fuerza. En Valdagno, en la zona de Vicenza, feudo industrial (industria lanera) de los condes Marzotto, estalló una revuelta obrera en abril de 1968. Más de cien obreros y obreras derribaron la estatua del fundador de la dinastía de la ciudad que domina la plaza principal. Hasta unos meses antes, Valdagno era definida por la prensa como una de las comunidades obreras más mansas, gobernada por un sólido patriarcado»[2]. En los meses anteriores la empresa ha aumentado el ritmo de las máquinas y esto supone doble trabajo para los obreros. Al mismo tiempo, debido a la eliminación del trabajo a destajo, los sueldos se aligeran, con reducciones de hasta 15.000 liras sobre un salario mensual de 55.000. Debido a esto, a partir de marzo se suceden las huelgas (proclamadas unitariamente por la CISL, la UIL y la CGIL).
Durante el conflicto, a inicios de abril los obreros devastaron la oficina de los cronotécnicos que miden y evalúan el ritmo de trabajo: una forma de protestar también simbólicamente contra el aumento de los ritmos. Finalmente, llegamos al 19 de abril: se proclama una huelga de 24 horas y desde las 5 de la mañana hay un enorme despliegue de carabineros. Los obreros del turno noche paran y pronto llegan los demás huelguistas para organizar piquetes frente a las puertas. Inmediatamente, los “carabinieri” [carabineros] intentaron abrir un corredor para permitir el paso de empleados y esquiroles: los trabajadores se oponen y se producen enfrentamientos. Mientras tanto, llega una columna de estudiantes secundarios (más algunos estudiantes universitarios de Trento) que se solidarizan con los obreros y se unen a ellos en la resistencia. Los obreros se imponen y los carabineros se ven obligados a retirarse, a pesar de los refuerzos de la policía. Por la tarde, la lucha se reanuda con fuerza renovada: se organiza una marcha por la ciudad con la presencia de miles de trabajadores y estudiantes. Es aquí donde los obreros ponen una soga alrededor del cuello de la estatua del antepasado de los Marzotto en la plaza del pueblo y la derriban. No sólo eso: la posada de los industriales queda devastada y las villas de los ricos burgueses son atacadas. En los días siguientes, los parientes del Conde que acabó boca abajo traen flores para reparar el mal sufrido: al cabo de unas horas esas flores quedan reducidas a un montón de cenizas. La represión será violenta, con 47 detenidos. Pero así es como desde una pequeña ciudad del interior del Véneto, feudo de la CISL, donde los miembros de la CGIL se podían contar con los dedos de una mano, comienza un nuevo ciclo de luchas obreras.

De la Pirelli a las luchas estudiantiles

Ciertamente, incluso en los años anteriores, no faltaron las luchas obreras radicales: basta recordar, a modo de ejemplo, los enfrentamientos entre los obreros y la policía en Alfa Romeo de Milán en 1966 y el nacimiento del combativo «comité de huelga» en Siemens, también en la zona de Milán. Pero fue en 1968 cuando las experiencias del conflicto obrero dan vida a una ola contagiosa, que culminará en el caliente otoño de 1969.
En la primavera de 1968, en Pirelli Bicocca de Milán, después de las grandes huelgas sobre las «jaulas salariales»[3] y las pensiones[4], se forman los primeros CUB (comités unitarios de base), que posteriormente se extenderán a otras fábricas y otras ciudades, alcanzando su máxima extensión en el verano-otoño de 1969: Milán, Pavía, Taranto, Bolonia, Porto Marghera. En Pirelli Bicocca nace el primer CUB después de 72 horas de huelga que concluye con la firma de un contrato de empresa a la baja, firmado conjuntamente por CGIL, CISL y UIL[5]. Un grupo de obreros (del PCI, de la CGIL, pero también de la CISL) se oponen a la firma y comienzan a reunirse fuera de la fábrica: estudiantes, algunos técnicos y algunos empleados también participan en las reuniones. Los CUB durarán poco, pero son un hecho importante como momento de coordinación de las luchas independientes de las burocracias sindicales, en la conciencia de la necesidad de la unidad de acción con los estudiantes[6]. Experiencias de lucha común entre obreros y estudiantes ya se habían producido en otras ocasiones, siempre en la zona de Milán. En Innocenti y Marelli, la presencia de estudiantes en los piquetes obreros durante las huelgas había contribuido a fortalecer la lucha, pero sólo con el CUB se forma una estructura de coordinación continua.
Mientras tanto, la ola de luchas estudiantiles en Italia y en el resto de Europa no cesa. El 1 de marzo de 1968 tiene lugar en Roma el día de la «batalla de Valle Giulia». Lettere es ocupada y el 28 de febrero el consejo de profesores accede a realizar exámenes en las aulas ocupadas, pero el rector llama a la policía ese mismo día y ahuyenta a los estudiantes. El 1 de marzo, los estudiantes deciden volver a ocupar: miles de ellos se reúnen en la Piazza di Spagna y luego frente a la facultad de arquitectura. Desde el principio se producen enfrentamientos violentos con la policía (que, con el debido respeto a Pasolini, en la historia de Italia hasta ahora se ha mantenido fiel a su papel de servidor del Estado burgués y de su aparato, a menudo en alianza con grupos neofascistas), enfrentamientos que duraron más de dos horas. Los estudiantes se arman (con ramas, piedras, palos) y responder golpe por golpe. Se incendian varios vehículos policiales y se arresta a manifestantes.
Después de Valle Giulia, comienza una nueva ola de ocupaciones en universidades y escuelas secundarias. En Milán, en el mismo mes de marzo, tras el violento desalojo de la universidad ocupada, los estudiantes se reúnen en la Cattolica: 5.000 de ellos son rodeados y golpeados por la policía en lo que se conoció como la «masacre de Largo Gemelli». También en Milán, en junio de 1968, una manifestación estudiantil asedia la sede del Corriere della Sera, acusado de dar noticias distorsionadas sobre las luchas en la universidad: también en este caso se producen numerosos enfrentamientos y detenciones. Los manifestantes no pueden impedir la salida del diario, pero retrasan su envío varias horas.
El Mayo francés dará nueva vida a las protestas estudiantiles, que en Italia se reanudarán con renovada fuerza en otoño. En las manifestaciones estudiantiles, sobre todo entre los estudiantes de secundarios, decenas de miles de jóvenes salen a las calles. En noviembre de 1968, en Milán, los estudiantes universitarios ocupan el antiguo Hotel Commercio, a pocos pasos del Duomo: la ocupación en el corazón del «buen Milán» resistirá hasta julio de 1969. 1968 terminó con los «enfrentamientos de la Bussola»: frente al club VIP en Versilia una protesta pacífica de estudiantes, trabajadores y activistas políticos es reprimida por la policía. Durante los enfrentamientos, el estudiante Soriano Ceccanti es herido en la garganta con un arma de fuego.

Un 1968 de luchas también en Fiat

Como decíamos, 1968 también marca un resurgimiento de las luchas en Fiat[7].
Después de la participación masiva en la huelga general de inicios de marzo, FIOM, FIM, UILM y SIDA deciden abrir un conflicto para la renovación de contratos. La plataforma de demanda gira en torno a algunos objetivos comunes: reducción de la jornada laboral con el mismo salario, aumentos salariales para todos, subsidios para algunos departamentos, flexibilización de los ritmos de producción. La primera huelga está prevista para el 30 de marzo, obteniendo el apoyo de 80% de los trabajadores de Mirafiori. Se organizan piquetes con la participación espontánea de representantes del movimiento estudiantil y representantes de grupos de izquierda. Desde el primer día se producen enfrentamientos con la policía frente a las puertas, tanto en Mirafiori como en Lingotto. El 6 de abril hay una nueva huelga en Fiat y de nuevo es un éxito. La policía ataca con aún mayor violencia, utilizando gases lacrimógenos.
La empresa se mantiene firme y se niega a abrir negociaciones, por lo que los sindicatos convocan una nueva huelga el 11 de abril. También esta vez la participación es muy alta. Desde las 6 de la mañana, la policía intenta impedir los piquetes, sin éxito. Las provocaciones de la policía contra los manifestantes se multiplican: comienza un enfrentamiento verbal. Cuando se arroja un huevo contra un soldado, comienza una carga violenta (¡por un huevo!). A lo largo del día se sucedieron violentos ataques. A última hora de la tarde se convoca una asamblea en el Palacio Campana, con presencia mayoritaria de estudiantes (alrededor de mil), pero también con la participación de cientos de obreros. La policía no se rinde: rodea el edificio y amenaza con violencia física si los ocupantes no abandonan el palacio. Después de una negociación, la policía se retira. Dos estudiantes fueron detenidos, entre ellos uno de los líderes del movimiento, Guido Viale (más tarde dirigente de Lotta Continua).
Aunque los obreros demuestran firmemente su voluntad de continuar las huelgas (haciéndolo explícito también en un referendo-cuestionario distribuido en la fábrica por las organizaciones sindicales), los sindicatos, ante la disponibilidad de la empresa de iniciar negociaciones, suspenden las huelgas ya programadas. Al final, firman un acuerdo que prevé la reducción de la jornada laboral de 48 a 44 horas semanales (mientras los trabajadores pedían 40 horas), un aumento insignificante en la nómina de pago, algunas bonificaciones, un compromiso vago por parte de la empresa de controlar los ritmos de producción.
El descontento de los obreros con el acuerdo es palpable: muchos protestan, pero el desacuerdo, por ahora, no se traduce en acciones. Los juegos se reabren a finales de año. En octubre, en la fábrica Lancia de Turín, durante una lucha por salario, se forma un comité de huelga que gestiona directamente las negociaciones con la empresa y decide las huelgas internas, con gran autonomía respecto de las burocracias sindicales (las cuales, sin embargo, con la complicidad del alcalde –que garantiza un pequeño aumento salarial– logran cerrar la negociación ignorando la voluntad de los obreros).
En noviembre, tras meses de aparente letargo, la Fiat también despierta. El 14 de noviembre, durante una huelga general llamada por las tres centrales sindicales sobre pensiones[8], se produjeron de nuevo en Mirafiori fuertes enfrentamientos entre obreros y policías. Dos semanas más tarde, el 2 de diciembre, durante una breve huelga proclamada tras los acontecimientos de Avola[9], la adhesión en la Fiat es total. Unos días más tarde, el 12 de diciembre, se celebran elecciones para la renovación de las comisiones internas de la Fiat. Después de más de 13 años, la FIOM obtiene la mayoría de votos, superando, aunque por poco, a la UILM. El año termina en Mirafiori con 1.890.000 horas de huelga.

1969: un comienzo lleno de tensiones

1969 se abre lleno de tensiones en el enfrentamiento de clases, y a Fiat no es una excepción. En las fábricas de la Fiat, la rotación es muy alta: los nuevos empleados, procedentes en su mayoría del sur del país, son jóvenes o muy jóvenes. Los ritmos de trabajo en la Fiat son muy pesados, en la fábrica se aplica una disciplina militar y los salarios no permiten vivir dignamente en una ciudad como Turín. En los dos años anteriores, la Fiat había comenzado a descentralizar sus fábricas (la de Rivalta, a 20 km de Turín, ha entrado en funcionamiento recientemente). Esto significa, para miles de obreros que viven en Turín, tardar dos horas en llegar a su lugar de trabajo.
No sólo eso: los alquileres altísimos, las familias de los obreros se ven obligadas a vivir en ambientes inhumanos. Como se verá obligado a admitir incluso un funcionario a sueldo de la empresa encargado de gestionar las relaciones con la comisión interna, «ni siquiera la contratación masiva de mano de obra que se ha producido en los últimos tiempos ha podido contrarrestar la aceleración de los ritmos de producción impuesta por la dirección de la empresa»[10]. Y en la fábrica ni siquiera hay comedor. De un cuestionario distribuido a los obreros por algunos senadores del PCI a inicios de 1969 se desprende cuál es el clima vivido en Fiat en aquellos meses. Los obreros denuncian un clima represivo, con intimidación constante: los patrones son definidos por los trabajadores como «guardias carcelarios» que se permiten registrar a los obreros. «Solo sabemos que la Fiat es una prisión», sintetiza eficazmente uno de los obreros[11].
Los días 5 y 12 de febrero, dos huelgas, proclamadas una tras otra, lograron un buen resultado también en la Fiat: la primera fue la huelga general por las pensiones, la segunda fue la huelga de los trabajadores industriales contra las “jaulas salariales”. Pero, en febrero, todo cae dentro de la lógica clásica de negociaciones entre burocracias, gobierno y patrones. Que algo en Fiat empieza a cambiar radicalmente es evidente a partir del 30 de marzo: una huelga, que comienza desde dentro de la fábrica y toma por sorpresa a los propios sindicatos, paraliza las fábricas. En todo el mundo, una nueva ola de protestas de masa (en particular contra la guerra de Vietnam) empieza a crear un clima diferente. Frente a la fábrica, los obreros leen con más atención los folletos estudiantiles y los panfletos de grupos de izquierda. Las demandas obreras comienzan a traducirse en huelgas internas repentinas, con un rápido efecto de contagio entre diferentes departamentos y fábricas: los obreros interrumpen el trabajo y salen desfilando frente a los puestos de control, los patrones, los guardias. Los sindicatos dan cobertura a la huelga para no dar la impresión de haber sido ignorados: pero el inicio no es dado por los representantes sindicales sino de grupos de obreros (algunos politizados) dentro de la fábrica.
El 11 de abril, los sindicatos proclaman una huelga de las organizaciones sindicales por la masacre de Battipaglia: en la ciudad cercana a Salerno, durante una manifestación de protesta por el cierre de una fábrica de tabaco, la policía mató a una mujer y a un joven[12].
Más allá del éxito de la huelga en la Fiat, se confirma que en Mirafiori reina un ambiente decididamente nuevo. Los trabajadores se abstienen de trabajar, pero al mismo tiempo hacen asambleas en la fábrica en las que participan miles. La escena se repite, casi idéntica, el 13 de mayo, durante una huelga interna de dos horas proclamada por las organizaciones sindicales: 8.000 huelguistas en los talleres auxiliares de Mirafiori y en el de prueba de motores. En realidad, el sindicato proclama una huelga de sólo una hora: pero los obreros, reunidos en asamblea, deciden prolongarla una hora más. Sobre todo, durante la huelga, se eligen delegados de «equipo» (a propuesta de algunos obreros politizados), a quienes se les confía la tarea de continuar el conflicto e informar a los trabajadores. El 19 de mayo es el turno de los conductores de carretillas elevadoras que convocan una huelga repentina por todo el día, bloqueando el suministro eléctrico a las líneas de montaje. Inmediatamente después se abre la disputa en las grandes imprentas. El sindicato no promueve, pero se ve obligado a dar cobertura a estas huelgas. Las reivindicaciones de todas estas huelgas son mínimas (pequeños aumentos salariales, revisión de turnos, cambios de categoría), pero las luchas en la Fiat han adquirido una nueva radicalidad.
Desde aquí hasta el 25 de junio las huelgas en la Fiat son cotidianas. La agitación se extiende día a día a nuevos departamentos. En algunos casos, las huelgas duran 8 horas con largas asambleas y marchas internas. En la mayoría de los casos se trata de huelgas que duran unas pocas horas y que están articuladas de manera que produzcan el máximo daño a la producción. A menudo los trabajadores deciden, en asamblea, prolongar las huelgas proclamadas por los sindicatos, otras veces deciden bloquear la producción sin acordar nada previamente con el sindicato: «el sindicato no tiene más remedio que seguir este movimiento asumiendo parcialmente las propuestas y los métodos de lucha»[13]. La Fiat se ve obligada a negociar. El 16 de junio, las organizaciones sindicales convocan asambleas para discutir las propuestas de la empresa. Las direcciones sindicales proponen suspender las huelgas durante la negociación: la propuesta es rechazada por las asambleas y las huelgan continúan.
La producción en Mirafiori es paralizada. La Fiat utiliza, como hoy, amenazas e intimidaciones: suspensiones, despidos, chantajes. Pero al final se ve obligada a hacer nuevas concesiones. El 30 de junio, los sindicatos firman un acuerdo que prevé aumentos salariales (en realidad bastante limitados), algunas concesiones en la articulación de los turnos, y poco más. El acuerdo es aprobado por un estrecho margen en la asamblea, y muchos están descontentos. Al evaluar la importancia de esta ruptura entre la base obrera y los dirigentes sindicales (que hasta hace poco mantenían un firme control en la Fiat), creemos que primero debería disiparse un mito: el de la «espontaneidad obrera». Si es cierto que en los últimos meses en Mirafiori un conjunto de condiciones contribuye a crear la base objetiva de la explosión obrera, es igualmente cierto que existe en la fábrica una «dirección» de la lucha. De hecho, desde hace meses, activistas de organizaciones y grupos políticos de izquierda (veremos cuáles) están presentes en Mirafiori, frente a las puertas, y han tenido estrecho contacto con los obreros del interior. Algunos trabajadores se convierten en militantes que, por muy desviadas que fueran sus posiciones políticas (no había un partido revolucionario en 1969), habían desarrollado una conciencia de clase. En una situación que, por elementos ajenos a la voluntad subjetiva, se hace ardiente, la presencia de activistas políticos favorece el desarrollo de la lucha de contraposición a las burocracias sindicales. 

La revuelta de Corso Traiano

Por lo tanto, a partir de la primavera de 1969, el papel tanto de la CGIL (y por tanto del PCI) como de las demás burocracias sindicales en la fábrica se redimensiona significativamente. Los obreros tienen ahora otras referencias, en particular los activistas políticos que se encuentran cotidianamente frente a las puertas de la fábrica y que presentan, en sus volantes, plataformas reivindicativas más acordes con el estado de ánimo de la masa obrera. A partir de las luchas en la universidad y en las escuelas de Turín en los meses anteriores, se forma la Asamblea Obreros-Estudiantes, que nace oficialmente en mayo de 1969, promovida por activistas de grupos políticos de extrema izquierda: se crea un vínculo permanente entre las vanguardias obreras internas de la fábrica y este nuevo organismo de coordinación. Es una estructura que presenta todas las limitaciones propias de las organizaciones políticas que la impulsan, es decir, los grupos políticos de los que surgirían, a finales de julio de 1969, dos organizaciones centristas (es decir, oscilantes entre posiciones revolucionarias y reformistas) de los años setenta: Potere operaio y Lotta Continua [Poder Obrero y Lucha Continua]. No es este el lugar para profundizar el análisis y la historia de estos partidos, pero es útil recordar brevemente que, en la primavera de 1968, es decir, al comienzo de un ascenso revolucionario en Italia y en el mundo, los grupos comunistas revolucionarios –es decir, la sección italiana del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional[14], que adoptaron una política entrista en el PCI[15]– se desintegran. Se trataba, entonces, de la sección más fuerte del Secretariado Unificado en Europa, que en el curso de los años sesenta se había reforzado numéricamente.
La línea política de la dirección internacional (y nacional) del GCR preveía un entrismo profundo en otras organizaciones políticas (en Italia, el PCI) para condicionar sectores internos a la espera de una supuesta evolución natural hacia posiciones revolucionarias. De hecho, era la renuncia a construir y fortalecer un partido trotskista (es decir, bolchevique) independiente tanto desde el punto de vista político como organizativo. Y es así que, a finales de los años 1960, cuando el viento de la lucha de clases comienza a soplar con fuerza, las frágiles velas del GCR, en lugar de hincharse, se rompen. La mayoría de los dirigentes lleva hasta las últimas consecuencias la línea política impresa por el grupo dirigente nacional –es decir, la de seguir otros rumbos– y propone disolver la organización en los nuevos movimientos que se formaron en esos años[16].
Este aparte es útil para comprender por qué en Turín, donde los «trotskistas» del GCR tenían uno de los núcleos más fuertes, en realidad no pueden desempeñar un papel de dirección de las luchas en la Fiat: la mayoría de ellos en 1968 se había disuelto en los nuevos «movimientos» y grupos políticos que surgieron en esos años[17].

Pero volvamos a julio de 1969 en Mirafiori. CGIL, CISL y UIL proclaman una huelga general para el 3 de julio contra los altos alquileres. La Asamblea Obreros-Estudiantiles decide sumarse a la huelga. Los trabajadores también aceptan la propuesta de organizar una marcha que por la tarde saldría de Mirafiori y llegaría al corazón de la ciudad: el punto de encuentro es, por lo tanto, la puerta 2 de la Fiat Mirafiori para una manifestación contrapuesta a la de las burocracias sindicales, de la mañana.
El apoyo a la huelga es masivo. Sobre todo, la manifestación de la tarde tuvo inmediatamente un buen resultado: alrededor de 4.000 obreros (muchos de ellos de la Fiat y de industrias afines) se reúnen frente a las puertas de Mirafiori. Se forma otra manifestación en la fábrica Lingotto. También hay activistas políticos de otras ciudades (Roma, Pisa, Livorno, Trento, Milán). En la marcha de la tarde también participa la ACLI, junto con algunos comités de vecinos. Desde la mañana hay un gran despliegue policial cerca de la planta.
Antes de que comience la marcha, la policía ordena a los manifestantes que se disuelvan y se vayan a casa, la policía comienza a apretar y empujar para dispersar a los manifestantes. Los obreros se unen, la policía los ofende e insulta y los obreros responden con empujones. En ese momento comienza la primera carga fuerte (serán más de veinte ese día). Algunos obreros y estudiantes resultan heridos. Los obreros se alejan pero luego se reagrupan, y llegan otros para apoyarlos. La policía impide que la marcha se dirija hacia el centro de la ciudad, por lo que esta gira hacia Corso Traiano. Hay muchos más manifestantes ahora que al inicio. La policía carga con furgonetas, los manifestantes se defienden lanzando piedras. En medio de los gases lacrimógenos, se caza a las personas: la policía detiene al azar y golpea violentamente. A las 17 horas, después de que muchos otros trabajadores y habitantes de los barrios vecinos acudieran a solidarizarse con los manifestantes, en Corso Traiano se dan nuevos enfrentamientos. Obreros, estudiantes y vecinos del barrio «vuelven al ataque con piedras, levantan barricadas, obligan al conductor de un bulldozer a dirigirse con la pala levantada hacia la fila policial para bloquear el acceso de esta a una calle»[18]. La policía se retira, Corso Traiano ahora pertenece a trabajadores y estudiantes. Grupos de obreros y estudiantes. Grupos de obreros y estudiantes se dirigen a la universidad y se reúnen en un aula para una asamblea (una bandera roja ondea en el techo): la policía rodea el edificio y lanza gases lacrimógenos en su interior. Mientras tanto, cerca de Mirafiori continúan los enfrentamientos, cada hora aparecen nuevas barricadas y la policía ha pedido refuerzos. Los policías derriban las puertas y entran en los apartamentos. Los enfrentamientos continúan hasta altas horas de la noche. El PCI, en las páginas del Unità, intentará al día siguiente reducir la magnitud de los enfrentamientos: habla de sólo 1.500 manifestantes, en su mayoría jóvenes estudiantes. En cambio, entre los aproximadamente 200 detenidos por la policía y los Carabinieri, muchos son obreros. De ellos, 29 son detenidos: casi todos obreros, sólo dos son estudiantes. La demostración de que el PCI mentía[19].

El otoño caliente, después de un verano ardiente

Agosto de 1969 no fue un mes de vacaciones tranquilas para los patrones. Las huelgas de primavera y los acontecimientos de Corso Traiano suscitan muchas preocupaciones. Sobre todo, los convenios colectivos de cinco millones de trabajadores que expiran en octubre. Entre ellos, un millón trescientos mil trabajadores metalúrgicos, de los cuales 300.000 son de Turín. Concretamente, los contratos expiran en diciembre, pero los sindicatos deciden iniciar la agitación tres meses antes. El 28 de agosto, FIOM, FIM y UILM, por primera vez desde la posguerra, adoptan una posición común sobre la renovación del contrato: bajo la presión de sus bases, pidien aumentos salariales para todos, un reglamento único para obreros y empleados, 40 horas semanales, límite de horas extraordinarias.
En la Fiat, las huelgas se reanudan ya el 1 de septiembre. Ahora los obreros organizan las huelgas sin esperar los plazos de los sindicatos. Los obreros del taller 32 paran por unas horas: piden aumentos salariales y la aplicación inmediata de los acuerdos de junio. Al día siguiente, la Fiat suspende a 7.400 obreros (más de un centenar son despedidos, los demás son trasladados o suspendidos), con el pretexto de que las huelgas en el taller 32 han provocado la falta de suministro de piezas a otros talleres. Los sindicatos, en respuesta, convocan una huelga de algunas horas que, sin embargo, tiene poca adhesión: los obreros parecen abandonar las reuniones rituales de los sindicatos, ya no confían más en las burocracias, han aprendido que hay otras formas de lucha que funcionan. En cambio, la huelga en el taller 32 continúa. El 3 de setiembre, la Fiat suspende a casi 40.000 obreros. Durante la huelga, una asamblea se reúne en el taller 32 para votar sobre la continuación de la huelga, que sigue adelante hasta el 5 de setiembre.
Esos mismos días, decenas de otras fábricas están en agitación. El 2 de setiembre se proclama una huelga de 24 horas en la Pirelli Bicocca: la empresa responde con un cierre patronal y la suspensión de 12.000 obreros. La rabia de los trabajadores estalla: se bloquea la producción y se revocan las medidas. En la Fiat, los sindicatos ponen como condición la anulación de los despidos para reanudar las negociaciones, que fueron retiradas. Los obreros suspendidos regresan al trabajo. El 11 de setiembre es el día de la primera huelga general por el contrato: la adhesión de la Fiat es muy elevada (98% entre los obreros de Mirafiori; 70% entre los empleados). También esta vez la lucha en la Fiat escapa al control de los sindicatos. Los obreros de los departamentos en asambleas durante las huelgas eligen a sus propios delegados (los progenitores de los futuros consejos de fábrica), quienes gestionan la disputa contractual: la empresa finalmente se verá obligada a reconocerlos. El 19 y el 25 de setiembre son dos nuevos días de huelga general en Turín (con un 98% de adhesión en la Fiat).
En los días siguientes a Mirafiori, se reanudan las llamadas “huelgas salvajes”: paros repentinos durante las horas de trabajo, organizados departamento por departamento para causar el máximo daño a la producción y limitar la reducción de salarios. Durante todo el mes de octubre se alternarán huelgas de este tipo y huelgas de jornadas completas en la Fiat (estas últimas proclamadas por las organizaciones sindicales en el marco del conflicto por los contratos): en Mirafiori no hay un día de otoño sin huelga. El 10 de octubre, la tensión es muy alta: durante la huelga los obreros organizan una marcha interna y asedian el edificio central (donde se encuentran los directivos y empleados acusados ​​de esquiroles): la policía entra en la fábrica, algunos obreros presionan para la ocupación de la fábrica. Muchos otros serán, en los días siguientes, los intentos de invasión y ocupación de las oficinas por parte de los obreros.
El 28 de octubre, la Fiat difundirá la noticia de que no se pagarán las horas «improductivas» debidas a huelgas en otros departamentos. Al día siguiente, durante la huelga, una gran manifestación interna dio rienda suelta a la legítima rabia de los obreros, provocando daños en las líneas de montaje y en las máquinas. El 30 de octubre, la Fiat denuncia a 70 trabajadores por «devastar las plantas», posteriormente denuncia a otros 52, mientras 85 obreros fueron suspendidos «indefinidamente».
En noviembre, las huelgas y protestas no retroceden ni un ápice, a pesar de la represión. Las huelgas se reanudan, esta vez articuladas por secciones enteras (y no por departamentos individuales). Hay varias manifestaciones de obreros en el salón del automóvil o bajo las oficinas de la dirección de Lingotto. Ahora los obreros deciden ellos mismos su horario de trabajo y se declaran en huelga cuando quieren: el 10 de noviembre no se proclama oficialmente ninguna huelga, pero los obreros en masa se van antes del final del turno para no quedar atrapados por la huelga del transporte público. El 12 de noviembre los trabajadores vuelven a sitiar el edificio central y la empresa llama nuevamente a la policía para liberar a «los rehenes». Las manifestaciones de los metalúrgicos de Turín son frecuentes y siempre muy concurridas. A mediados de noviembre la Fiat denuncia a la Fiscalía a otros 50 obreros, mientras suspende a otros 50 trabajadores.
El 18 de noviembre, los dirigentes sindicales organizaron un proceso simbólico de la Fiat en el Palazzetto dello Sport, en el que participan unas 7.000 personas: se producen enfrentamientos entre el servicio de seguridad de los sindicatos y los militantes de las organizaciones políticas a la izquierda del PCI. La Fiat retira los despidos, también bajo presión del Ministro de Trabajo. El 19 de noviembre es el día de la huelga general por la casa. En Turín, el problema de la vivienda afecta profundamente a los obreros de la Fiat, en su mayoría inmigrantes del sur, obligados a vivir en pequeños apartamentos en ruinas debido a los altísimos alquileres. Muchas ciudades italianas están literalmente paralizadas por la protesta. En Milán se producen violentos enfrentamientos entre manifestantes y la policía.
Mientras tanto, continúan las huelgas en Mirafiori. A partir del 25 de noviembre se proclama una huelga a ultranza: en los días siguientes, la producción en Mirafiori queda completamente bloqueada. Nuevamente, son huelgas con asambleas internas y marchas. La mayoría de los delegados elegidos en las semanas anteriores, por indicación de los sindicatos, se declaran en contra de la huelga por tiempo indeterminado: proponen reanudar las huelgas articuladas. Pero los obreros van más allá de las indicaciones de sus propios delegados: la huelga en muchos departamentos continúa con un bloqueo total como en los días anteriores.
El 28 de noviembre en Roma es el día de la manifestación nacional de los metalúrgicos, convocada conjuntamente por los sindicatos (es en estas semanas, a raíz de las luchas de los metalúrgicos, que los sindicatos del gremio se unifican en la FLM: Federación de los Trabajadores Metalúrgicos). En diciembre, la música en la Fiat no cambia. En muchos departamentos continúa el bloqueo total e indefinido, que paraliza la producción: ningún coche terminado sale de Mirafiori. El 4 de diciembre, en Mirafiori 1.300 trabajadores se reúnen en asamblea y votan a favor de continuar la lucha a tiempo pleno. La Fiat avanza por el camino de la represión: suspensiones y denuncias ante la fiscalía. El 9 de diciembre es el día de la huelga general de la industria, en solidaridad con los metalúrgicos. El 21 de diciembre se firma el acuerdo sobre la renovación del contrato de los metalúrgicos: todas las reivindicaciones de la plataforma de reclamos son aceptadas por la empresa. La dura lucha de los obreros de Fiat ha dado sus frutos.

Las lecciones de esta lucha

La lucha en la Fiat no termina en diciembre de 1969: continúa, radicalizada, incluso en los años siguientes. Hablaremos de ello en otros artículos[20], por ahora nos limitamos a algunas consideraciones generales sobre los hechos aquí relatados. Es una historia que también nos ofrece importantes elementos de reflexión para hoy.
En primer lugar, cabe señalar que, especialmente en un contexto internacional de luchas revolucionarias –como lo era a finales de los años 1960 pero también como lo es hoy–, la movilización obrera radical puede estallar en cualquier momento. Y las luchas más duras pueden, como ocurrió en la Fiat en 1968, revivir en ambientes obreros considerados más «atrasados»: Mirafiori, como recordamos al inicio de este artículo, se caracterizaba desde hacía años por un clima de paz social (de ahí viene precisamente el epíteto cementerio de las luchas), la FIOM estaba en su punto más bajo y la UILM tenía la mayoría en las elecciones internas. Las cosas cambiaron repentinamente en 1968, demostrando que no existe una ley objetiva que establezca cómo, dónde y cuándo puede comenzar la lucha. Es una prueba de que en algunas coyunturas históricas el cuadro social puede cambiar repentinamente. Y en la Fiat, la memoria histórica de las grandes luchas de las décadas anteriores sobrevivía bajo una apariencia de normalización (del Bienio Rojo a las luchas de 1943-1948).
En segundo lugar, las movilizaciones de aquellos años en Mirafiori confirman que no existe «espontaneidad» en las luchas. Sí, hay un contexto material e internacional que favorece y hace probable una explosión, pero también hace falta quien encienda la mecha. Y en Mirafiori las huelgas prolongadas y articuladas no fueron el resultado de una supuesta «espontaneidad» o «autonomía» de los obrera: fueron promovidas, dirigidas y organizadas por los obreros politizados dentro de la fábrica, obreros que participaban de las asambleas obrero-estudiantiles y colaboraban con los grupos políticos de extrema izquierda.
En tercer lugar –y esta es la lección más importante de las luchas de finales de los años 1960– el éxito de esta ola de huelgas en la Fiat nos muestra que, sin un partido revolucionario que dirija las luchas hacia la perspectiva política de la toma del poder, de la destrucción del capitalismo y de la construcción de una economía socialista, toda batalla, a mediano o largo plazo, inevitablemente se pierde. El fruto de las extraordinarias movilizaciones obreras de 1969 fue la aprobación del Estatuto de los Trabajadores: un estatuto muy avanzado desde el punto de vista de los derechos democráticos y sindicales (precisamente porque fue el resultado de dos años de durísimas luchas), pero que, al mismo tiempo, sirvió para «normalizar» el conflicto, reintroducirlo en las filas de la negociación sindical ordinaria, es decir, para evitar que se repitiese lo ocurrido en 1969 en Mirafiori. No sólo eso: como lo demuestra lo que está sucediendo hoy en la Fiat, si las luchas no tienen como salida el poder obrero, los patrones, tarde o temprano, recuperan todo lo que se vieron obligados a conceder. En resumen, lo que faltó a finales de los años sesenta fue un partido revolucionario que impulsara un programa de transición en las luchas obreras, que exigiese la expropiación bajo control obrero de la Fiat, que interviniese en las luchas no por la mera “estética del conflicto” (como solían hacer las organizaciones a la izquierda del PCI), sino para dirigirlas hacia una perspectiva revolucionaria y socialista internacional.

Artículo publicado en www.partitodialternativacomunista.org, 28/9/2023, del original de la revista Trotskismo oggi n.° 7.

Traducción: Natalia Estrada.


[1] V. Castronovo, Fiat 1899-1999: un secolo di storia italiana, Rizzoli, 1999, p. 1176.

[2] «Papà Gaetano non basta più», L’Espresso, 12 de mayo de 1968.

[3] Las jaulas salariales, establecidas en 1945 y abolidas en 1969 después de la temporada de luchas obreras sobre las que estamos escribiendo, eran diferencias salariales por áreas geográficas: implicaban salarios más bajos en algunas regiones que en otras (particularmente en el Sur). En 1968, la CGIL, la CISL y la UIL iniciaron un conflicto nacional por la eliminación de las jaulas.

[4] En febrero de 1968, el gobierno Moro presenta una reforma de las pensiones a la que se opusieron la CGIL y el PCI: la reforma preveía el pasaje del sistema retributivo al sistema “de reparto”, con una reducción sustancial del importe de las pensiones. El 7 de marzo, la CGIL convoca una huelga general contra la reforma de las pensiones, que no fue apoyada por la CISL y la UIL. Sin embargo, en muchas ciudades, la FIM y la UILM (y en algunos casos organizaciones territoriales enteras de la CISL y la UIL) adhieren a la huelga. La huelga es un éxito. La abstención laboral también es masiva en la Fiat de Turín (FIM, UILM y SIDA también se unen a la huelga).

[5] «[Los obreros] salen profundamente decepcionados de una dura lucha (72 horas de huelga) por la renovación del contrato de trabajo y sienten fuertemente la necesidad de un nuevo punto de referencia que pueda actuar como fuerza motriz dinámica dentro de la fábrica y posiblemente a escala nacional. El núcleo inicial, enriquecido con nuevas experiencias y nuevas fuerzas (obreros jóvenes, en su mayoría, pero ya politizados), puede así transformarse –gracias a la lucha y al debate que le sigue– en un Comité de Base, abierto a todos los trabajadores y con un notable influencia de masas: este último punto lo demuestra el hecho de que algunos dirigentes sindicales patronales (de la CISL, en particular) sienten la necesidad de participar en sus reuniones», en R. Massari, Gli scioperi operai dopo il ‘68

[Las huelgas obreras después del 68], Jaca Book, 1974, p. 99.

[6] Como escribieron los fundadores del Cub en un documento publicado por la revista Quindici en marzo de 1969: «En el Cub los estudiantes ya no tienen una posición subordinada, sino de participación en primera persona en el trabajo obrero, que es un trabajo político, y como tal no permite divisiones de categorías. Además, la presencia de los estudiantes es continua, como lo exige el objetivo anticapitalista de las luchas estudiantiles y el reconocimiento de que la fabbrica è il luogo di nascita del capitale [la fábrica es el lugar de nacimiento del capital]». Este documento es publicado en N. Balestrini, P. Moroni, L’orda d’oro, Feltrinelli, 1997, pp. 288-295.  

[7] Para una reconstrucción detallada de las luchas en la Fiat desde la primavera de 1968 hasta julio de 1969, véase D. Giachetti, Il giorno più lungo. La rivolta di corso Traiano, Bfs Edizioni, 1997.

[8] Después de dos huelgas generales unitarias con un número muy elevado de adhesión (14 de noviembre y 5 de febrero), debido a la avanzada situación de la lucha de clases en Italia, el gobierno de Rumor se verá obligado a aprobar, en febrero de 1969. una reforma de las pensiones que eleva la relación entre pensión y último salario.

[9] En Avola, Sicilia, el 2 de diciembre, dos trabajadores, Angelo Sigona (29 años) y Giuseppe Scibilia (47 años), son asesinados por la policía con ametralladoras. Otros cuatro trabajadores están al borde de la muerte. Estaban en huelga para exigir igualdad salarial entre trabajadores de diferentes zonas de una misma provincia (exigían igualdad salarial a la de los trabajadores de Lentini). El 25 de noviembre, 32.000 trabajadores habían cruzado los brazos. Los terratenientes se habían negado a negociar y por eso los trabajadores habían construido bloques con montones de piedras en las calles, interrumpiendo el tráfico. El lunes 2 de diciembre, alrededor de un centenar de trabajadores se encuentran alrededor de una barrera de piedra a lo largo de una carretera estatal. Desde Siracusa llegan noventa furgonetas con un centenar de policías y se instalan frente al bloqueo. Ordenan su inmediato desmantelamiento. Los trabajadores se niegan y la policía, con equipo de guerra, los amenaza con ametralladoras. Los trabajadores tiran piedras contra las camionetas. Comienza un enfrentamiento, con piedras lanzadas por un lado y bombas lacrimógenas por el otro. Cientos de trabajadores de ciudades vecinas acuden para apoyar a los trabajadores. La policía dispara con ametralladoras y mata a Angelo y Giuseppe.

[10] V. Castronovo, op. cit., p. 1182.

[11] Eugenio Scalfari recoge estos testimonios en un reportaje en L’ Espresso (Roma propone e Torino dispone, 6 de abril de 1969).

[12] En Battipaglia, el cierre progresivo de todas las industrias locales exaspera a la población local. Tras el reciente cierre de una fábrica de azúcar, se anunciaba el cierre de la fábrica de tabaco. Para el 9 de abril está prevista una manifestación de protesta con el objetivo de bloquear el tráfico ferroviario. Un enorme despliegue policial custodia la comisaría. Cuando la enorme manifestación avanza hacia la estación, inmediatamente comienza una primera carga: a pesar de las decenas de heridos, la manifestación continúa y los manifestantes bloquean las vías. La orden de limpieza de vías emitida por la policía cae en oídos sordos. Llegan otros 120 agentes de la unidad móvil de Nápoles e inmediatamente se enfrentan a los manifestantes que bloquean la autopista. La unidad está rodeada por una multitud que responde con fuertes lanzamientos de piedras a los chorros de agua y los gases lacrimógenos. La policía se ve obligada a retirarse. En los enfrentamientos mueren un profesor y un niño. Los obreros responden atacando la Comuna. Asedian la comisaría, arrojan dentro de ella botellas con benzina y gritan a los policías que se rindan: «¡Salgan con las manos en alto o los quemamos!». (fuente: l’Espresso, 20 de abril de 1969).

[13] D. Giachetti, op. cit., p. 48.

[14] El Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional representaba entonces la organización mayoritaria entre las provenientes de la Cuarta Internacional de Trotsky y había atravesado un proceso de deriva revisionista debido a su dirección. De manera más general, sobre la historia de la Cuarta Internacional remitimos a la introducción de Francesco Ricci: Lev Trotsky, Programma di transizione, Massari Editore, 2008.

[15] Para ser precisos, la mayoría de los militantes del GCR estaban dentro del PCI, pero algunos de los dirigentes se quedaron fuera, para realizar, como decían, un «trabajo independiente», es decir, en particular, un trabajo de propaganda con la publicación de Bandiera Rossa [Bandera Roja].

[16] Vale la pena recordar que los dirigentes de gran parte de los principales grupos de la llamada extrema izquierda (incluidos los grupos estalinistas) de los años setenta provienen precisamente del GCR, es decir, de la sección italiana del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional. Entre ellos citamos, a modo de ejemplo: Vinci y Gorla (fundadores de Avanguardia Operaia), Brandirali (fundador de Servire il Popolo), Mineo (Circolo Lenin y luego en el grupo dirigente del Manifesto), Russo, Illuminati, Savelli, etc.

[17] «En 1968 había tres grupos que hacían trabajo político en la Fiat: el Poder de los Trabajadores de Turín [il Potere operaio di Torino], del periódico del mismo nombre, que imprimían como suplemento del más conocido y difundido Potere operaio de Pisa, de Adriano Sofri, Luciano Della Mea y Gian Mario Cazzaniga, il Fronte della gioventù lavoratrice

[el Frente de la Juventud Trabajadora] y la Lega operai studenti

[la Liga Obreros-Estudiantes]. Sólo a partir de los primeros meses de 1969 se formó el informal grupo que hace referencia al «periódico de las luchas obreras y estudiantiles». La classe (…) constituye, junto con el movimiento estudiantil de Turín, las diversas almas y sensibilidades que operan dentro de la Asamblea Obreros-Estudiantes”, en D. Giachetti, op. cit., p. 27.

[18] D. Giachetti, op. cit., p. 71.

[19] Recordamos que, tras los acontecimientos de Corso Traiano, los días 26 y 27 de julio se celebró en Turín una reunión promovida por los activistas políticos que habían organizado la manifestación de la tarde del 3 de julio. Es en esta ocasión que se produce una ruptura que dará lugar a dos organizaciones políticas diferentes, Lotta continua (que originalmente reúne a los activistas de Potere operaio de Toscana, estudiantes de Turín, Trento y de la Cattolica de Milán) y Potere operaio (que reúne a los activistas del periódico de Turín La Classe, estudiantes de Roma y el Véneto, obreros de Porto Marghera).

[20] F. Stefanoni, «Facciamo come a Mirafiori! Dallo Statuto dei lavoratori all’occupazione della Fiat nel ‘73» [«¡Hagamos como en Mirafiori! Del Estatuto de los Trabajadores a la ocupación de Fiat en el 73»], en Trotskismo oggi n.° 7.

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