El chavismo, en lo que se refiere a tentativas de golpes, marcó un récord. Fueron cuatro importantes tentativas de inviabilizar el gobierno. Todas frustradas, pero que dejaron al desnudo el carácter de clase del chavismo.

Por: Cesar Neto y Fernando Damasceno

Chávez tampoco quiso enfrentar las tentativas de golpes, lo que pondría a las masas en movimiento. La semi-insurrección de 1989, el Caracazo, estaba bien vivo y era mejor no arriesgar llamando a las masas a reaccionar. La derrota de los golpistas en Venezuela fue resultado de la heroica acción de las masas.

La primera tentativa fue en diciembre de 2001, conocida como Paro Nacional. La oposición consiguió dar a este un carácter de lucha de la “sociedad civil” unida contra el Presidente. Ese fue uno de los elementos que llevó a la adhesión casi total de la población. Chávez, con su fanfarronería habitual, se limitó a descalificar a la oposición y no tomó medidas concretas para evitar futuras envestidas.

El golpe de abril de 2002

En abril, las fuerzas burguesas tradicionales estarían mucho más sólidas para derrocar a Chávez. Se juntaron a Fedecámaras (central sindical patronal, dirigida por Pedro Francisco Carmona Estanga), la CTV (la principal central sindical obrera del país, totalmente burocratizada), la CIA y la Embajada de los Estados Unidos en Venezuela, los principales medios de comunicación (como la Globovisión), los principales comandantes militares de Venezuela, y dieron el golpe cívico-militar el 11 de abril de 2002, sacando a Chávez del poder y manteniéndolo preso en la isla de Orchila.

Chávez, con toda aquella presión de los golpistas, concordó en ser sacado del palacio y ser hecho prisionero. Asume el gobierno del país Pedro Carmona, lanzando inmediatamente un decreto presidencial que retiraba todas las garantías civiles y cerraba la Cámara de Diputados.

Los golpistas no contaban con que la población pobre del país, principalmente la de Caracas, estuviese dispuesta a enfrentar el golpe: desde los primeros momentos y por las siguientes 48 horas, manifestaciones y tiroteos no pararon ni por un instante.

Las poblaciones de las “favelas” de Caracas, como Petare y Catia Mayor, bajaban de sus morros, bloqueaban las avenidas y se enfrentaban con los cuerpos policiales. Los movimientos populares, círculos bolivarianos, entre otros, partían en arremetidas contra la policía y las tropas golpistas, causando muchas muertes. Militares rasos y oficiales de bajo rango sacaban las armas de los cuarteles y se juntaban a la resistencia popular.

Mientras algunos del primer escalón del gobierno de Chávez partía en desbandada, como el propio Nicolás Maduro, que en la época era diputado y llamaba a no resistir para preservar el “movimiento”, muchos otros militares de ese primer escalón se pasaban para el lado golpista, como es el caso del gobernador del Estado Bolívar, que “cambió de camiseta”. Mientras tanto, las masas resistían heroicamente el golpe.

La situación fue tomando tal proporción que el día 13, en el momento en que se daría la asunción de los nuevos ministros por el nuevo gobierno de Pedro Carmona, en el Palacio Presidencial, los tiroteos en los alrededores de Miraflores eran tan intensos que muchos convidados no pudieron llegar. Las fuerzas golpistas no conseguían mantener el área del Palacio protegida, las masas populares, en duras escaramuzas, iban aproximándose cuadra a cuadra, predio a predio, hasta llegar a las puertas del Palacio Miraflores.

Una multitud gritaba y exigía el retorno de Chávez al poder. En el interior del país, la resistencia también iba creciendo: en Ciudad Guayana, polo siderúrgico del país, los trabajadores, al conocer la resistencia en la capital, se movilizaban, tomaban las armas de las guarniciones que existían allí y, en asambleas de cinco mil obreros, se preparaban para enviar un destacamento armado de obreros a la capital, para luchar armas en mano por el retorno del presidente Chávez.

Otras unidades militares se rebelaron; la más conocida fue la del comandante Baduel, en Valencia, donde una multitud de cerca de cincuenta mil personas cercaron el cuartel de la principal región militar del país, exigiendo que el comandante fuese a resistir el golpe o entregase inmediatamente las armas a la población que se dirigiría a Caracas a ajustar cuentas con los golpistas. El país estaba en fuego; el fuego que forja los cambios y derrota a los verdugos de la clase explotada, la propiamente dicha revolución bolivariana estaba corriendo el riesgo de quedarse atrás, y otra más dispuesta a implementar los cambios estaba germinándose en aquellas horas.

Ante este inesperado peso de la resistencia popular y obrera, no quedó a los golpistas otra opción que retroceder y aceptar el regreso de Chávez, frente al riesgo de perder el control de la situación y que no quedara espacio para las negociaciones. En este marco, Pedro Carmona literalmente huyó del Palacio Miraflores por una salida secundaria y el Palacio fue ocupado por los elementos más abnegados de la resistencia, y los convidados de Carmona –que estarían en aquel momento tomando posesión de sus cargos– fueron presos. El golpe cívico-militar, dada la abnegada y heroica resistencia, no duró 48 horas, y Chávez fue envestido nuevamente Presidente del país.

Octubre de 2002: una vez más los golpistas muestran su cara

El golpe de abril subió la temperatura entre la oposición y la base chavista. El ministro de Defensa, José Vicente Rangel, dentro de la línea conciliatoria del chavismo, trató de bajar la temperatura. Frente a las acusaciones contra el mayor empresario del país, Gustavo Cisneros, de haber usado sus medios de comunicación para incrementar el golpe, Rangel buscó declararlo inocente. Sobre las acusaciones que los diputados chavistas hacían respecto de la participación de la Embajada de Estados Unidos en la preparación del golpe de abril, fue enfático:

“Aconsejo a los diputados mantener la cautela sobre los rumores e informaciones que acusan a ciertos sectores de los Estados Unidos de haber participado en la supuesta conspiración golpista y pido que dejen ese delicado asunto en las manos del alto gobierno”.

Rangel se reunía con todos los golpistas intentando una conciliación. Una de esas reuniones fue con Charles Shapiro, embajador norteamericano.

La oposición se organizaba en la Convergencia Democrática (CD), compuesta por la Central de Trabajadores Venezolanos, Fedecámaras, más diez partidos políticos y treinta organizaciones no gubernamentales. La CD organizará el paro de octubre, el lockout patronal de diciembre y la ocupación militar de la Plaza España, en el elegante barrio de Altamira, por parte de seiscientos oficiales.

En octubre hubo un nuevo paro nacional. El objetivo era ir calentando nuevamente los motores para una nueva tentativa de golpe de estado. El nuevo paro surge con una amplia adhesión; su objetivo mayor era, luego de la derrota del golpe de abril, que la oposición tuviese una verdadera dimensión de sus fuerzas después de esos episodios. El paro de octubre fue pensado principalmente para evaluar la correlación de fuerzas.

Diciembre de 2002: el lockout petrolero y empresarial

Con la vuelta de Chávez al gobierno a partir del 13 de abril de 2002, la situación del país no se calma: por medio de manifestaciones, la población pide la cabeza de los golpistas. Así, exige un juzgamiento efectivo contra los militares y civiles que organizaron el golpe.

Sin embargo, en la deliberación por reconciliarse con los golpistas y el sector de la burguesía que apoyó el golpe, Chávez hizo de todo para no condenarlos: uno a uno, todos los militares involucrados fueron siendo absueltos por sus crímenes, incluso habiéndose comprobado una matanza por los ejecutores del golpe.

El propio Pedro Carmona, en un juzgamiento absurdo, es condenado a prisión domiciliar. Un día, haciendo su caminata, un mes después del golpe, consigue “despistar” a los agentes de seguridad y huye hacia la Embajada de Colombia, desde donde recibe el salvoconducto de Chávez y sale del país, encontrándose ausente de Venezuela hasta hoy.

Ante la falta de intención de juzgar a los golpistas, incluso con la población realizando enormes manifestaciones en reclamo de justicia –duramente reprimidas por los cuerpos de seguridad–, los golpistas recomponen las fuerzas y otra vez intentan derrocar a Chávez en diciembre de 2002, en aquello que fue conocido como Paro Petrolero y Lockout Patronal. El epicentro de la acción fue la PDVSA –Petróleos de Venezuela S.A. También paraban diversos sectores industriales, financieros, de servicios y comerciales. El nuevo lugar de confabulación dejó de ser directamente la fuerza armada y pasó a ser la PDVSA y los empresarios.

El plan fue elaborado con el objetivo de asfixiar la economía del país mediante la interrupción de la producción de petróleo, principal fuente económica. La vieja dirección de la PDVSA era de ingenieros y expertos del petróleo que poseían sus vínculos con los antiguos dirigentes del país, los partidos AD y COPEI. Para interrumpir la extracción, circulación, y refino del petróleo, la máxima gerencia puso la producción en alta durante los meses que antecedieron a diciembre, consiguiendo llenar todos los reservorios, ya sea de petróleo crudo o de productos industrializados. Así, de una hora para otra, abandonaron sus puestos de trabajo, no sin antes mandar a sus subordinados a volver a sus casas, desconectaron equipos y máquinas, además de desaparecer con los códigos necesarios para el funcionamiento electrónico de la empresa, que está automatizada.

Para que la industria del petróleo funcione hay que hacer circular el petróleo: el bombeo no puede parar. Así, para hacer la prospección del petróleo in natura, los tanques deben tener capacidad para recibirlo, pero en aquel momento estaban llenos, de modo que la prospección paró y no se podía bajar el nivel de los tanques porque los buques petroleros habían parado de cargar, y no se podía refinar gasolina si no había dónde ponerla. Y la gasolina que estaba en los tanques no podía ser retirada porque esto está automatizado, y sin los códigos y el control electrónico no había cómo cargar los camiones con la gasolina o el diésel. De este modo, todo paró.

Círculos Bolivarianos y la resistencia popular

El país estaba parado, no había cómo movilizar externamente la producción de petróleo; internamente, no se podía transportar mercadería, pues en los puestos de abastecimiento no había gasolina. La producción industrial también paró; supermercados, establecimientos comerciales en general; los bancos vía sus organizaciones paulatinamente iban decretando su adhesión al lockout, cuando no alegaban directamente “incapacidad técnica” para el funcionamiento. Faltaba de todo en el país, principalmente los productos de alimentación y, peor aún, el gas de cocina.

En este marco, la población pobre, organizada o no en los Círculos Bolivarianos (grupos de personas que se auto identificaban con Chávez y el chavismo) establecieron una resistencia, primero manteniendo la calma, evitando los saqueos o medidas individuales, haciendo sacrificios y andando a pie, organizando comida colectiva con el objetivo de paliar la falta de gas, asumiendo el control de algunos stocks, procurando, de un modo u otro, encontrar la solución, y fue la unificación con el sector obrero la principal acción que surtió el mayor efecto.

Las industrias Polar, propiedad del mega empresario Mendoza, productor de la “harina de pan”, indispensable para la alimentación básica del venezolano, fue ocupada y los productos ordenadamente distribuidos para la población. La propia embotelladora Pepsi Cola, de propiedad del mismo empresario, vio sus productos ser distribuidos a la población.

El control obrero

Al mismo tiempo, sectores obreros buscaban una solución para que el país volviese a funcionar. Fue en la ciudad de Puerto La Cruz, específicamente en la refinería de la ciudad, que un grupo de trabajadores petroleros, organizados en la corriente sindical La Jornada, dio inicio a uno de los mayores protagonismos de la clase obrera en este inicio de siglo XXI. Estos petroleros organizaban asambleas municipales –con la participación de trabajadores, estudiantes, sectores populares y los Círculos Bolivarianos– y en medio de una disputa muy grande con la gerencia de la empresa en aquella localidad, consiguieron desalojar a los golpistas de adentro de la empresa. Hubo también un sector militar que ofreció apoyo. De esa manera consiguieron resguardar los límites de la refinería y de la terminal de abastecimiento de Guaraguao, desde donde se abastecían los buques petroleros.

Con esa acción se garantizó que estos petroleros hicieran caminar la producción, se disputó la conciencia de otra parte de los trabajadores que preferían parar por el miedo de ser posteriormente despedidos cuando la jerarquía volviese, o por miedo a los enfrentamientos con los Círculos Bolivarianos, toda vez que la burguesía, a través de los medios, consiguió tasar a esos sectores populares como “vándalos y criminales”.

Convencido este sector de trabajadores, se acumularon fuerzas para intentar reiniciar la producción y distribuir el combustible. Estos petroleros, con ese apoyo, discuten en sus asambleas los problemas que existen para volver a la producción y cuáles medidas tomar, y quién será el trabajador mejor calificado para cada área, en sustitución de los ingenieros y otros jefes que se habían largado.

Entre los propios trabajadores se iba eligiendo a los mejores de cada área. En síntesis, los trabajadores, con el apoyo popular, pusieron la empresa a funcionar y sin los viejos jefes. Ellos eran los dueños de la situación en medio del lockout.

Comités guía

Se formaron diversos mecanismos de control obrero de la producción. Uno de ellos fue llamado ECOS –Equipos de Coordinación Operacional–. Este grupo tenía como tarea identificar los problemas y activar las operaciones de cada sector. En Operaciones, los responsables eran José Bodas y Héctor Rincón; en Mantenimiento, Ernesto Salazar y Jesús Jiménez; y para Embarque y Desembarque en el puerto de Guaraguao, Eudis Girot, Pablo Urbano y Emiliano Urbano. Para las demás áreas, se escogían otros responsables. El hecho es que la refinería bajo el control de los trabajadores consiguió embarcar petróleo in natura, refinar el producto produciendo gasolina y diésel, y principalmente, levantar el sistema de carga de los camiones y realizar la distribución en el país.

Se desarrollaron otros mecanismos (los Comités Guía) que eran parte de este engranaje de control obrero: una vez la refinería bajo control obrero, necesitaba relacionarse con los otros movimientos que le daban sustento, y hacer llegar su mercadería al acceso de la producción y a la población en el país. Así, de la refinería de Puerto La Cruz se abastecieron cinco Estados: Sucre, Guárico, Anzoátegui, Monagas, Bolívar y Nueva Esparta. Además de estos Estados, los petroleros hicieron llegar el combustible al Fuerte Tiuna en Caracas, pues en aquel momento estos militares estaban también contra el lockout. Esa producción abasteció también, con algunas limitaciones, a la capital, Caracas. Tal acción neutralizó a los golpistas, que aguardaban el caos y la revuelta popular para iniciar el golpe armado.

Se crearon, también, mecanismos de control obrero en Ciudad Guayana, principal región metalúrgica del país. Allí, los trabajadores de las siderúrgicas ocuparon las plantas de producción y mantuvieron un nivel de producción con una heroica lucha para garantizar el abastecimiento de gas a los altos hornos de fundición. El gas venía de otro Estado, de dos ciudades gobernadas por la oposición. Los trabajadores formaron una enorme comisión, viajaron más de 300 km (sabiendo que serían recibidos a balazos por los dos alcaldes), y con audacia impusieron que el gas seguiría siendo enviado para los altos hornos.

Por diversos sectores se desarrolló el control obrero, y también popular, pues sectores populares organizados en comités pasaron a ocupar empresas y controlar los stocks, distribuyendo las mercaderías entre la población.

En el mar, en los buques petroleros de bandera venezolana en los que sus comandantes se negaban a transportar el producto, los marineros de la tripulación tomaban el comando de la embarcación.

El chavismo desarmó a los trabajadores

El lockout fue derrotado. La burguesía fue amnistiada, hizo buenos negocios con el chavismo, recuperó el control de la renta petrolera, y se acomodó.

Mientras, los trabajadores, con su heroica acción, mantuvieron el hilo conductor que los unió del Caracazo a la resistencia contra el golpe. Ahora, la situación se había hecho más difícil para el chavismo, en particular, y para la burguesía venezolana, en general.

Ahora, los trabajadores, en especial los petroleros, habían actuado de forma ordenada y con sus asambleas gigantescas. Los trabajadores se habían tornado más peligrosos que los golpistas.

Aquí comenzó un largo camino para desmantelar la experiencia vivida. Había que cooptarlos (y así lo hicieron), había que dividirlos (y se crearon centrales sindicales de chavistas ‘puros’), había que reprimir (y así se hizo en diversas huelgas, como en Sidor) y había que matar si fuera necesario (y así fue hecho en Aragua, en la Mitsubishi, en Toyota, y en tantos otros lugares).

La disputa aún no terminó. Los próximos acontecimientos están, en este exacto momento, siendo construidos. La victoria de la clase trabajadora dependerá de si consigue o no construir una dirección revolucionaria.

Artículo publicado en Correo Internacional n.° 14, diciembre de 2015.-

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