El pasado mes de abril [de 2011], en un artículo titulado “Desde el apoyo al pueblo libio para que derroque a Gadafi, decimos No a la intervención de la OTAN”, señalábamos cómo en Libia sobre la base de un levantamiento popular que devino en guerra civil contra la dictadura de Gadafi, se había producido una segunda guerra, de agresión imperialista, cuyo objetivo político “es asegurar el control de la zona e imponer la ‘estabilidad’ en un área estratégica para los recursos energéticos, porque ante los crecientes levantamientos populares, los gobiernos y regímenes políticos de la zona se muestran incapaces de mantener la estabilidad política”.

Por Ángel Parras, julio de 2011

Los defensores inconfesos del régimen de Gadafi vieron una y sólo una guerra en este conflicto. En realidad, para este sector de la izquierda mundial, determinar la naturaleza de una guerra no tiene complicación alguna. Basta con tener claro que “el enemigo ataca” y saber si el gobierno atacado forma o no parte del “campo progresivo”, ubicación que otorga la dirección cubana o el presidente Chávez.

Por eso, como ahora en Siria, aunque no haya intervención militar de la OTAN hay que estar con Bashar el Assad, ese “gran humanista”, según Chávez, aunque el levantamiento popular esté siendo pasado por las armas, el país camine hacia una guerra civil, y la siniestra dictadura de los Assad lleve en los últimos cuatro meses más de 1.600 muertos a su espalda.

Para los marxistas, sin embargo, determinar la naturaleza de la guerra ha sido y es un problema crucial siempre, para no acabar avalando por activa o pasiva las intervenciones militares del imperialismo o sosteniendo políticas vergonzosas en nombre de un supuesto “antiimperialismo”, como la posición citada anteriormente.

En este extenso artículo nos referiremos a dos cuestiones acerca de la guerra. La primera, son las diferentes concepciones sobre las guerras previas a los marxistas, y de éstos a partir de Lenin. La segunda, está referida a las guerras en la ex Yugoslavia en la década del ’90 del pasado siglo, precisamente porque fue el escenario más complejo para definir la naturaleza de las diferentes guerras que se fueron superponiendo.

LA CONCEPCIÓN LIBERAL DE LA GUERRA, KANT

«En los últimos 5.000 años de historia, la humanidad sólo estuvo 900 años en paz, en los cuales los hombres se preparaban para el conflicto siguiente” (A. Cagliani).

Para los filósofos de finales del siglo XVI y comienzos del XVII, las guerras formaban parte del Estado de la Naturaleza. La condición originaria de los seres humanos (“egoístas y malos por naturaleza”) es la de un “estado de guerra de todos contra todos” (Thomas Hobbe).

Las guerras existían, pues, como expresión de la condición natural del ser humano. De entre todos estos pensadores que daban base ideológica al desarrollo del capitalismo, destacó el llamado filósofo de la Ilustración, el alemán Immanuel Kant. En su ensayo escrito en 1795 sobre la Paz Perpetua, Kant defiende que la guerra forma parte del orden natural, a diferencia de la Paz que no forma parte de ese orden natural y debe por tanto ser hecha, construida, en sus propias palabras, instituida.

Kant señala que el Estado se hace necesario para regular las pasiones naturales egoístas de los seres humanos. Un Estado que al ser portador de una moral que se afirma en la razón y el derecho, ha de reglar las relaciones entre estados tanto en la paz como en la guerra. Frente al decadente viejo régimen, frente a las arbitrariedades de los regímenes absolutistas, para los defensores del pujante capitalismo la clave era el derecho mediado por la razón moral (o la moral racional).  Su folleto, la Paz Perpetua, influido sin duda por autores como Rousseau, es la apuesta en esencia por un contrato social. Las revoluciones y las guerras en la vieja Europa, el choque entre una burguesía emergente y las estructuras del viejo régimen feudal, exigían, según los kantianos, lograr acuerdos en medio de esa multiplicidad de intereses. “Eran necesarias las palabras, los pactos y sobre todo los contratos con sus respectivas cláusulas y acápites” (Fernando Mires).

En medio del creciente desarrollo del comercio y con él del capitalismo, Kant sostiene que hay que substituir las guerras de posesión por el intercambio de bienes “introduciendo la racionalidad comercial en un espacio que antes era regulado por las armas”. Así pues, el comercio se convertía en una fuerza pacificadora a condición de establecer reglas contractuales que regulen esas relaciones de intercambio.

Esta máxima del liberalismo sería sostenida años más tarde por pensadores defensores del sistema capitalista, como David Ricardo, economista, hombre de negocios, especulador y diputado que amasó una fortuna, que defendía que el “espíritu del comercio” se adueñaría de todas las naciones, y que éste era de “naturaleza incompatible con la guerra”.

En el hilo de ese mismo razonamiento uno de los considerados “padres fundadores de los Estados Unidos”, el político norteamericano y defensor del liberalismo, Thomas Paine, consideraba que “si el comercio pudiera desarrollarse con la extensión universal de que es capaz, exterminaría el sistema de la guerra”.

Para Kant, las guerras retrotraen al ser humano a su condición natural o “no política de la era humana”. Guerra y política mantienen entre sí una contradicción irresoluble, una antinomia. Por eso afirmaba que el terror y la guerra “aparecen donde languidece la política”.

Dicho en palabras de un entusiasta defensor de Kant: “O rendirse a la despotía de lo no político o establecer el ´reino de la política´, que es el de la reflexión moral hecha ley. De ese reino y no de otro ha de venir la paz” (El fin de todas las guerras: un estudio de filosofía política, Fernando Mires).

Las ideas de Kant, su explicación de la naturaleza de las guerras, fueron la base ideológica de la vieja Sociedad de Naciones y, más tarde, de la ONU.

La historia, sin embargo, dictó también en esto su veredicto, y el capitalismo universalizó el comercio, instauró instituciones supranacionales que “regularon” las relaciones entre los Estados y el comercio, fue avanzando en su desarrollo hasta la actual época imperialista, de decadencia del sistema… pero no lo hizo en medio de la paz, sino en medio de guerras; guerras cada vez más destructivas del género humano y del planeta mismo. Ahí quedaron de muestra dos guerras mundiales con millones de muertos y, desde la Segunda Guerra Mundial hasta finales del siglo XX, 140 guerras con 13.000.000 de muertos (A. Cagliani).

Los actuales defensores de Kant, que son legión en la izquierda reformista, vieron en la caída del stalinismo en el Este de Europa y de las dictaduras en América Latina abrirse un nuevo “período ´pos-totalitario´ y/o ´pos-dictatorial´ que tiene muchas similitudes con el período ´pos-absolutista´ vivido por Kant”. De ahí su empeño en defender la “regulación”, la actualización del “contrato social”, la “acción política” y las instituciones como la ONU, como la vía para seguir buscando la Paz Perpetua.

Y, de nuevo, las intervenciones militares de las grandes potencias imperialistas al amparo de la OTAN o de la ONU, o en nombre de la Ayuda Humanitaria: las guerras en la ex Yugoslavia, Líbano, Iraq, Afganistán, Libia… echan por tierra su máxima de colocar como antinomias guerra y acción política.

KARL VON CLAUSEWITZ

Un general prusiano nacido en 1780, incorporado como soldado durante la primera fase de la guerra que Prusia libró durante 23 años contra los ejércitos franceses, Karl von Clausewitz, fue el autor de un extenso trabajo, De la guerra, que acabó convirtiéndose en la fuente teórica sobre la naturaleza de la guerra.

Clausewitz, que estuvo al mando de uno de los cuatro ejércitos prusianos que derrotaron finalmente a Napoleón en Waterloo, fue Jefe del Estado Mayor del Ejército del Rin y superintendente en la Academia Militar de Berlín.

Alrededor de 1825, Clausewitz comenzó a ordenar los materiales que acabarían conformando el manuscrito De la guerra. De su extenso trabajo sólo el primer libro, el más conocido, pudo ser repasado y corregido por él antes de su muerte.

Para los generales prusianos, los aspectos políticos de una confrontación armada no eran determinantes en los objetivos de la guerra. Las acciones militares estaban subordinadas a las capacidades militares propias o de sus oponentes sin interferencias o consideraciones políticas.

Clausewitz, frente a estas teorías que como las de Kant colocan la política y la guerra en esferas contrapuestas, va a sostener su célebre afirmación: “la guerra no es sino la continuación de la política por otros medios”.

Para Clausewitz, la guerra no es nunca “un acto aislado y repentino que no obedeciese a acontecimientos previos en la esfera de la política”. Muchos militares de su época sostenían ese criterio que años después inmortalizó en una frase el general MacArthur: “Nada puede sustituir a la victoria”. Clausewitz polemizó con esa afirmación calificándola de “totalmente equivocado”. Preparaba así el terreno para su célebre frase antes citada: “Si tenemos en cuenta que la guerra surge de un propósito de orden político, es natural que la causa primera de su existencia continúe siendo la condición suprema para dirigirla”. Por tanto, la finalidad política sigue siendo la consideración primera en toda guerra, y la política impregnará todas las acciones militares.

“La subordinación del criterio político bajo el militar es un absurdo, pues la política ha producido la guerra”. “Ella (la política) es la inteligencia, la guerra sólo su instrumento, y no al revés…”. Y, sentenciando, afirma Clausewitz: “La guerra tiene su propia gramática, pero no su propia lógica”.

Este razonamiento le llevo a insistir entre la estrecha relación entre fin y medios en toda guerra. “Como la guerra no es un acto de apasionamiento insensato, sino que está controlada por su objetivo político, el valor de este objetivo determina los sacrificios que deben hacerse tanto en magnitud como en duración. En cuanto el esfuerzo sobrepasa el valor del objetivo político es preciso renunciar a éste y firmar la paz”.

Muy influenciado, sin duda, por Hegel, Clausewitz afirma que: “en la guerra más que en ningún otro asunto hemos de empezar por examinar la naturaleza del conjunto; en esto es más necesario que en ninguna otra cosa reflexionar al mismo tiempo sobre la parte y el todo”.

De ahí que este general prusiano insistiera tanto en que el comandante de un ejército debe tener un completo conocimiento de la política nacional; “a este nivel la estrategia y la política se confunden y el comandante supremo es al mismo tiempo un estadista”.

Los actuales defensores de las teorías kantianas de la paz perpetua presentan a Clausewitz como “el teórico de la guerra”, en contraposición a Immanuel Kant, “el teórico de la paz”. Clausewitz, respondiendo sin duda a las teorías ilustradas del orden natural para explicar las guerras, señalaba en forma elocuente: “Los pueblos salvajes se rigen por el apasionamiento, los civilizados por el pensamiento. Pero la diferencia no está en las respectivas naturalezas del salvajismo y la civilización sino en sus circunstancias, instituciones y demás”.

LENIN Y LA BASE TEÓRICA MARXISTA FRENTE A LAS GUERRAS

En un folleto escrito en 1915, El socialismo y la guerra, Lenin señalaba lo siguiente: “La guerra es la continuación de la política por otros medios (precisamente por la violencia).

Esta famosa expresión pertenece a uno de los autores militares más profundos: a Clausewitz. Los marxistas han considerado siempre, y con razón, esta fórmula la base teórica de sus puntos de vista sobre la significación de toda guerra”.

Lenin toma pues a Clausewitz para poner las bases de la teoría marxista frente a las guerras. Dos años más tarde en un nuevo trabajo, La guerra y la revolución, Lenin vuelve a referirse a Clausewitz en los siguientes términos: “Este escritor, cuyos pensamientos fundamentales son en la actualidad patrimonio imprescindible de todo hombre que piense, luchaba, hace cerca ya de 80 años, contra el prejuicio filisteo, hijo de la ignorancia, de que es posible separar la guerra de la política de los gobiernos correspondientes, de las clases correspondientes; de que la guerra puede ser considerada, a veces, como una simple agresión que altera la paz y que termina con el restablecimiento de la paz violada”.

Cuando se trata de la guerra hay algo que se olvida con suma frecuencia, dice Lenin; algo a lo que no se le da la atención debida, “algo principal en torno a lo cual se sostienen tantas discusiones que yo calificaría de fútiles, sin perspectivas. Me refiero al olvido de la cuestión fundamental: cuál es el carácter de clase de la guerra, por qué se ha desencadenado, qué clases la sostienen, qué condiciones históricas e histórico-económicas la han originado”.

“Hay guerras y guerras. Se debe comprender de qué condiciones históricas ha surgido una guerra concreta, qué clases la sostienen y con qué fines. Sin comprender esto, todas nuestras disquisiciones            acerca de la guerra se verán condenadas a ser una vacuidad completa, a ser discusiones puramente verbales y estériles”.

Es precisamente porque “hay guerras y guerras”, por lo que el dirigente de los bolcheviques en su folleto sobre el socialismo y la guerra, decía: “Diferimos tanto de los pacifistas como de los anarquistas en que nosotros, los marxistas, reconocemos la necesidad de un estudio histórico (desde el punto de vista del materialismo dialéctico de Marx) de cada guerra por separado”. De ahí, Lenin repasaría la nueva época de la historia abierta tras la Revolución Francesa, explicando cómo desde 1789, la Revolución Francesa, hasta 1871, la Comuna de París, se habían dado guerras de carácter “progresivo burgués”, las guerras de liberación nacional. “En otros términos: el contenido principal y el sentido histórico de estas guerras era el derrocamiento del absolutismo y del feudalismo, su quebrantamiento, la demolición del yugo extranjero. Esas guerras eran por ello progresivas…”.

No podemos negar esto, con mayor motivo, porque en la historia de las revoluciones europeas del último siglo, de los 125 ó 135 años últimos, además de una mayoría de guerras reaccionarias, ha habido también guerras revolucionarias, como por ejemplo, la guerra de las masas revolucionarias del pueblo francés contra la Europa monárquica, atrasada, feudal…” (La guerra y la revolución, 1917).

Así pues, Lenin exigía, antes de definir una posición política, determinar la naturaleza de la guerra. Por eso polemizaba sobre la guerra con todos los que hacían “caricatura del marxismo”, y decía: “¿Cómo descubrir la “verdadera esencia” de la guerra, cómo determinarla? La guerra es la continuación de la política. Hay que estudiar la política que precede a la guerra, la política que lleva y ha llevado a la guerra”. “El filisteo no comprende que la guerra es la “continuación de la política“ y por eso se limita a decir que “el enemigo ataca”. Con más vehemencia, Lenin prosigue en esta polémica: “Si no lo hiciéramos así, olvidaríamos la exigencia principal del socialismo científico y de toda la ciencia social en general y, además, nos privaríamos de comprender nada de la guerra actual (…) ¿es que se puede explicar la guerra sin relacionarla con la política precedente de este o aquel Estado, de ese o aquel sistema de Estados, de estas o aquellas clases? Repito una vez más: esta es la cuestión cardinal, que siempre se olvida, y cuya incomprensión hace que de diez discusiones sobre la guerra, nueve resulten una disputa vana y mera palabrería. Nosotros decimos: si no habéis estudiado la política practicada (…), si no habéis demostrado la ligazón de esta guerra con la política precedente, no habéis entendido nada de esta guerra”.

EL STALINISMO Y LA TEORÍA DE LOS CAMPOS

Con el triunfo del stalinismo y la conformación del bloque soviético tras la Segunda Guerra Mundial, los Partidos Comunistas, y tras de ellos todos los “teóricos del marxismo”, comenzaron a construir las bases teóricas de la llamada coexistencia pacífica. El mundo quedaba así dividido en dos grandes campos: en uno, el campo progresista encabezado por la URSS, en el otro, el campo de la reacción, el del imperialismo, encabezado por los Estados Unidos. ¿Cómo definir la naturaleza de un Estado o de un Gobierno? Para el stalinismo y sus acólitos la respuesta se hacía evidente, dependía de la actitud de tal o cual Gobierno o Estado frente a la URSS. Para estos marxistas, el carácter de clase de tales Estados y/o Gobiernos desaparecía en aras de este nuevo criterio campista.

El stalinismo fijó su posición, tanto ante las guerras como en los conflictos internos de los países, con base en ese criterio. Fue sonado, por citar un ejemplo, el apoyo del Partido Comunista argentino a la dictadura de Videla tras el golpe de 1976. Las excelentes relaciones comerciales de Argentina con la URSS ubicaban al país y al general genocida en el campo de los amigos de la URSS.

Los conflictos entre “Estados obreros”, las guerras abiertas en algunos casos entre ellos, no modificó ese criterio, tan sólo varió el punto de vista del campo. Así, para las corrientes stalinistas que rompieron con la burocracia de Moscú, China o Albania representaban esa nueva referencia del campo progresivo frente a los dos imperialismos, el yanqui y el  “social imperialismo ruso”.

Tras la caída del stalinismo este criterio rector, lejos de desaparecer, se mantuvo para muchos llamados marxistas. En esta ocasión era Cuba y, con ella, todos los llamados países aliados, en especial Venezuela, los que pasaban a ocupar el liderazgo del campo progresivo.

A partir de aquí, definir la naturaleza de una guerra o de los conflictos internos de los países permitía prescindir de las preguntas de Lenin: ¿cuál es el carácter de clase de la guerra, por qué se ha desencadenado, qué clases la sostienen, qué condiciones históricas e histórico-económicas la han originado?”. Para los defensores, confesos o no, de la teoría de los campos, bastaba y  basta con saber cuál es la relación de esos Estados con los gobiernos de Cuba y el “bloque progresista” para definir la política ante tal o cual guerra, ante tal o cual levantamiento social.

RESTAURACION CAPITALISTA Y GUERRAS EN LOS BALCANES

Apenas iniciado el año 1991, la intervención de la coalición internacional encabezada por EEUU contra Iraq, la llamada Guerra del Golfo Pérsico, tiraba por tierra los optimistas augurios de un nuevo mundo “unipolar”, “pos-totalitario´ y/o ´pos-dictatorial”  tras la caída de la URSS, en donde las guerras tenderían “inevitablemente” a desaparecer.

Cuando se iniciaba la última década del siglo XX, las guerras se abrían paso desde Oriente Medio a Chechenia, desde América Latina (Perú y Ecuador) a África (Zaire), hasta desencadenarse en pleno corazón del viejo continente (Yugoslavia).

Quienes auguraron un paseo triunfal para los EEUU y la UE, para un imperialismo “vencedor histórico”, se encontraron con que en el corazón de Europa, en los Balcanes, se desencadenaba una oleada de guerras. La República Popular Federativa de Yugoslavia saltaba por los aires y las guerras de distinta naturaleza se instalaban en plena Europa.

El fin de la URSS y, con ello, la disolución del llamado bloque soviético representó, como hemos dicho numerosas veces, la caída del aparato mundial del stalinismo. La burocracia que había conducido a la restauración capitalista en el Este del Europa se venía abajo en medio de una debacle política, económica y social, de enormes penurias de las masas, y del odio social de éstas a esos regímenes.

En ese sombrío panorama, ¿cómo recomponer los destruidos regímenes políticos atenazados por una crisis económica sin precedentes?, ¿cómo podían reubicarse miles de burócratas en ese nuevo panorama social y político cuando su continuidad ya no dependía de su función social en el proceso de producción, sino de ser o no parte de los nuevos propietarios, de los nuevos burgueses?, ¿cómo acometer todas esas tareas en medio del repudio social de las masas a la burocracia, de las protestas, huelgas, y hasta insurrecciones, contra la miseria, y/o reclamando derechos democráticos básicos?

Para las grandes potencias imperialistas, en especial EEUU y Alemania, el objetivo político no ofrecía duda alguna: la restauración capitalista debía profundizarse por el único camino posible en la actual época imperialista, la recolonización de esos territorios, su conversión en semicolonias, cuando no directamente en enclaves. La vieja burocracia stalinista se dividía, sin embargo, en medio de tanta incertidumbre, buscando acomodo económico, social y político en la nueva situación. Las contradicciones acabaron dirimiéndose, en algunos casos, a tiro limpio.

Durante cerca de una década, los Balcanes se convirtieron en un escenario donde se sucedían, cuando no se solapaban, guerras de naturaleza distinta. En medio de una enorme guerra civil, aparecieron y reaparecieron guerras de ocupación, guerras de liberación nacional, y guerra imperialista.

Buena parte de la izquierda marxista se vio sorprendida por los acontecimientos y apenas atinaba a interpretarlos, oscilando entre la más completa capitulación a la ONU y a la OTAN, en nombre de las “intervenciones humanitarias” que pararan las masacres, y el vergonzoso silencio cuando se masacraba a las nacionalidades de la ex Yugoslavia, para terminar levantando la bandera “antiimperialista” y el apoyo a Milosevic cuando la OTAN comenzó el bombardeo a Serbia en la última de las guerras, la de Kosovo.

¿Era una o eran varias guerras? ¿Cómo determinar la naturaleza de cada una? Parafraseando a Lenin intentaron explicar la guerra sin relacionarla con la política precedente de este o aquel Estado, de ese o aquel sistema de Estados, de estas o aquellas clases.

Yugoslavia: del triunfo contra el nazismo a la muerte de Tito

La guerra de liberación contra el Tercer Reich, el enorme respaldo social que fueron ganando en todo el territorio, desde Eslovenia hasta Montenegro, los partisanos comunistas encabezados por Tito, fue creando las condiciones para el triunfo de una revolución de liberación nacional y pergeñando la  articulación de una estructura estatal federal de los pueblos eslavos. La victoria sobre los nazis abrió paso, a finales de 1946, a una Constitución que sellaba la unidad nacional al tiempo que confiscaba para el nuevo Estado los bienes de los alemanes y de todos los colaboradores, así como los transportes, el comercio al por mayor, el sistema bancario y las industrias esenciales. En abril de 1948 las nacionalizaciones se ampliaban al resto de los sectores industriales y comerciales. Un año después seguía el mismo camino la agricultura, dando paso a las colectivizaciones.

Estas medidas se acompañaban con la imposición de un régimen de partido único y la conformación de un sólido aparato represivo, a cuyo frente estaba la OZNA, la policía secreta.

Pero Yugoslavia, a diferencia de buena parte de las llamadas “Democracias populares”, no había sido liberada del nazismo por la intervención de las tropas soviéticas, sino por una revolución propia. El enorme aparato del Partido Comunista encabezado por Tito estaba dispuesto a imponer su propio “modelo”, el del “socialismo autogestionario”, lo que generó tensiones con la burocracia dirigida por Stalin y hasta la ruptura entre ambos países y la expulsión de Yugoslavia de la Internacional (Kominform), ruptura que se mantendría entre 1948 y 1955. No faltaron desde Moscú las acusaciones de “trotskismo” a Tito, pese a que los dirigentes comunistas yugoslavos se habían prodigado en aniquilar físicamente a los dirigentes de la Oposición de izquierdas.

Estos hechos marcaron una diferencia notable entre Yugoslavia y el resto del Este europeo, entre otras, sus relaciones económicas y políticas con los países imperialistas y con otros países capitalistas en torno al llamado movimiento de los “No Alineados”.

El llamado sistema de la “Autogestión” dejaba que las empresas tuvieran competencias para buscar clientes en el exterior, fijar sus propios objetivos, buscar la mayor rentabilidad y productividad, y hasta coordinarse con empresas de su sector para reducir costes, aumentar beneficios y fijar reparto de los salarios. Aparecían así verdaderos monopolios industriales y un estrecho vínculo entre estos sectores y la economía de los países imperialistas. Las ayudas económicas, en forma de inyecciones de capital anglo-norteamericano, fueron notables entre 1955 y 1965. En los años ’50 se calcula que éstas superaron los 2.000 millones de dólares, sin contar el equipamiento de una importante parte del ejército yugoslavo. En 1952 los intercambios con los países capitalistas equivalían prácticamente a los realizados en 1948 con el bloque soviético. El crecimiento industrial yugoslavo estuvo en esos años entre los más elevados del mundo.

Pero desde el inicio de los años ’60 el crecimiento comenzó a ralentizarse, el déficit comercial y las tensiones inflacionistas golpearon el entramado económico del país y afloraron así las tensiones entre los partidarios de estrechar lazos con los EEUU, liberalizar la economía y someterse más a los designios del FMI y el Banco Mundial y los partidarios de reforzar el control centralista. La rebaja de las tasas aduaneras y la devaluación del dinar, así como algunas modificaciones legales, mostraron que la mayor parte del aparto burocrático se inclinaba por la primera de las orientaciones.

Las distintas corrientes políticas comenzaron así a significarse nacionalmente. Mientras las autoridades de Eslovenia y Croacia, las nacionalidades industrialmente más desarrolladas, auspiciaban medidas más liberalizadoras y exigían más autonomía de sus respectivas repúblicas, las autoridades serbias encabezaban a los que alegaban por una mayor centralización de la República Federal.

La crisis económica obligó a aplicar el primer plan de choque en 1963. La reforma de la Constitución, ese mismo año, auspiciaba el proceso liberalizador al tiempo que ampliaba sus relaciones internacionales. Yugoslavia ingresaba como observador en el CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica) mientras continuaba sus tratos con la Comunidad Económica Europea y admitía capital extranjero en las empresas hasta un 49% de la propiedad de la misma. Esta política fue definida a mediados de los años ’60 en la fórmula de las “cuatro D” (descentralización, desestatalización, despolitización y democratización), fórmula que pretendía avanzar en la integración de la economía yugoslava, en el sistema mundial, liberalizando precios y otorgando más capacidad resolutiva a las empresas, para mejorar la competitividad. La descentralización de la dirección económica cobró un notable impulso aunque, en realidad, se había iniciado ya en los años ’50, cuando la gestión y control de las industrias textiles, la electricidad, las químicas y la mayor parte  las industrias de bienes de consumo habían pasado de manos federales a las repúblicas.

Toda esta política fue propiciando una cada vez mayor desigualdad entre las repúblicas. Bosnia- Herzegovina, Kosovo o Macedonia iban ocupando cada vez más el furgón de cola de la Federación, frente a las pujantes Eslovenia y Croacia.

Esas tensiones crecientes entre los sectores de la burocracia de las distintas Repúblicas adoptaron, ya desde finales de los años ’60, expresiones políticas como el llamado “Movimiento Nacional Croata” o la dimisión en pleno del gobierno esloveno en 1966.

La crisis económica mundial de los años ’70 aceleró todos los males endémicos de Yugoslavia. El año de 1974 fue desastroso. Con una inflación de 25% y la balanza de pagos en aumento continuo del déficit, la deuda exterior (que sobrepasaba ya los 2.300 millones dólares en 1970) alcanzaba  los 6.880 millones de dólares. El recurso del aumento del endeudamiento, vía, entre otros, un acuerdo comercial suscrito con la Comunidad Económica Europea, las divisas llegadas de la emigración de los trabajadores yugoslavos hacia Alemania, Suiza…, y la represión a los movimientos sociales de protesta fueron las recetas para intentar salvar la situación de un régimen en crisis.

De la muerte de Tito al final del régimen

Tito, apoyado en su enorme prestigio y el férreo apoyo del Ejército federal, sustentado esencialmente en militares serbios, fue un Bonaparte sujetando la unidad de la Federación, recurriendo a las concesiones “descentralizadoras”, al palo directamente, o combinando ambas medidas.

Su muerte, en mayo de 1980, aceleró sin duda la descomposición completa del régimen yugoslavo.

Atrapado en una deuda externa que superaba en 1980 los 20.000 millones de dólares, con la capacidad financiera del Estado agotada, el gobierno federal apeló a un plan de recortes y a la restricción de productos de primera necesidad, mientras el paro aumentaba vertiginosamente, el recurso a la emigración se había agotado y las condiciones de vida de la población se deterioraban a marchas forzadas. Las desigualdades entre las repúblicas siguieron creciendo. Por dar algunos datos, en 1984 el salario medio en Kosovo era 23% inferior a la media de la Federación, mientras que en Eslovenia era, en cambio, 35% superior a esa media. Años después, la renta per cápita en Eslovenia era dos veces superior a la media de la Federación y multiplicaba por cuatro la de Kosovo.

Las tensiones sociales fueron en aumento, y expresión de eso fueron las huelgas y manifestaciones en Kosovo, en marzo de 1981, que acabaron a finales de ese mes en una auténtica revuelta popular de obreros y estudiantes donde la exigencia de Kosovo como República se unía a las reivindicaciones sociales.

El gobierno federal presidido por Milka Planinc, para pagar la deuda externa puso en marcha, por dictado del FMI, un plan de medidas drásticas de austeridad. El control de la inflación, el pago de la deuda, la reducción de importaciones, la reconversión de sectores industriales, la estabilización de la moneda y acabar con las subvenciones a determinados productos básicos, fueron las líneas maestras de este plan que sólo hizo espolear la bronca social y las huelgas en todos los territorios, incluida la propia Serbia. Planinc, como Ceaucescu, los dictadores latinoamericanos de entonces o los gobiernos europeos de hoy, estaba dispuesto a pagar la deuda con el hambre del pueblo.

Lejos de mejorar, la situación económica siguió deteriorándose, la inflación aumentaba en 1986 en un 150%. En 1987 los créditos dejaron de llegar y la crisis espoleaba los ánimos de la población contra todo el régimen y el mal llamado “socialismo autogestionario”.

La crisis de la Liga de los Comunistas (LC), el partido del régimen, fue paralela a todo el proceso de deterioro político y social.  Entre 1980 y 1987 la LC perdió más de 800.000 miembros.

La burocracia, descompuesta, enfrentada, e incapaz de dar una salida unificada al proceso, comenzó a radicalizar en cada lugar su discurso nacionalista en busca de base social. A finales de los ’80 Yugoslavia era ya, de hecho, un Estado en completa crisis social y política, y fragmentado en varios Estados nacionales, aunque formalmente la Liga de los Comunistas subsistió hasta su XIV Congreso, en mayo de 1990, donde definitivamente estalló, y con ella el resto de las instituciones del Estado.

El nacionalismo serbio y Milosevic

El derrumbe de los regímenes stalinistas a finales de los años ’80, escenificados en la caída del muro de Berlín, fue el golpe de gracia para una Yugoslavia rota en los hechos. En medio de una descomunal crisis, donde el PNB se había reducido a más de la tercera parte respecto de finales de la década anterior, de un desempleo que alcanzaba a casi la mitad de la población activa, y de penurias sin límites que se multiplicaban por el racionamiento de los productos de primera necesidad, con un tercio de la población en el umbral de la pobreza, en medio de huelgas y protestas sociales, surge un sector de la burocracia encabezado por el serbio Slobodan Milosevic, apoyado en una alianza de la vieja burocracia serbia reconvertida en Partido Socialista de Serbia (PSS), el ejército federal de mayoría serbia, los monárquicos serbios, los chétnics, y la iglesia ortodoxa, que plantea como solución a una crisis de desintegración, la “defensa de la Federación”.

En el supuesto (aunque ése es otro debate que excede los propósitos de este artículo) de que Yugoslavia haya sido alguna vez otra cosa que un estado capitalista, conviene remarcar que toda la burocracia yugoslava fue siempre restauracionista del capitalismo. Con la crisis abierta en los años ’80, la diferencia estriba en que mientras unos se asentaron en una legítima demanda popular –el derecho de autodeterminación de las nacionalidades– para canjearse el apoyo social, la burocracia serbia buscó su base social entre los que querían preservar la Federación imponiendo, vía decretos primero y manu militari después, el proyecto anexionista de la Gran Serbia.

Ya en septiembre de 1986, con la llegada de Slobodan Milosevic al poder, un Memorándum elaborado por la Academia Serbia de Ciencias y Artes señalaba el “retorno a la dirección centralizada” como la única salida. Al tiempo que se defendían las tesis de Gorbachov, se señalaba la necesidad de defender los derechos de los serbios de toda la Federación, “claramente marginados”. Todos los serbios de la Federación “debían unir sus voluntades en favor de sus intereses como pueblo, para terminar con situaciones ignominiosas”. Se trataba de preservar la “unidad económica” para iniciar la “transición sobre la pautas del libre mercado”.  El ideal de la “Gran Serbia” tomaba nuevos bríos.

En 1987, ante una manifestación en Belgrado de más de un millón de personas, Milosevic aparecía como el gran defensor de la Federación en nombre del nacionalismo serbio.

En los primeros meses de 1989 la Asamblea de Serbia introdujo en la Constitución de la República una serie de enmiendas que ponían fin a la autonomía de Kosovo y Voivodina. En Kosovo, las huelgas y manifestaciones de estudiantes y trabajadores contra esa decisión fueron sofocadas en forma violenta y al tiempo que se encarcelaba a los dirigentes de las protestas.

La repuesta del resto de las nacionalidades no se hizo esperar. Entre 1990 y 1992 las Repúblicas de Eslovenia, Croacia y Bosnia-Herzegovina impulsan elecciones en las que triunfan las organizaciones nacionalistas; primero convocan referéndums en donde obtienen un amplísimo apoyo a la independencia, y proclaman su independencia después.

Las autoridades serbias, en octubre de 1991 excluyen de la presidencia de la Federación de la República  a los representantes de las cuatro Repúblicas independentistas y se hacen con el control de la misma  decretando el “Estado de guerra”.

En junio de 1991 estalla la primera guerra, la de Serbia, contra la proclamada República Independiente de Eslovenia. El fracaso de esta guerra de ocupación contra la recién independizada Eslovenia acabó apenas 15 días después con la firma de la llamada Paz de Brioni, auspiciada por EEUU y la CEE (Comunidad Económica Europea). Las tropas serbias se retiran no sin concentrar esas mismas tropas  contra la vecina Croacia, en donde se centró el escenario bélico de la segunda guerra de ocupación, entre julio de 1991 y (formalmente) enero de 1992. En marzo de 1992 el proyecto de la Gran Serbia  conducía a la tercera guerra, la más brutal de todas, la desarrollada contra Bosnia-Herzegovina.

En todas ellas fue el ejército serbio el que emprendió la agresión, al tiempo que organizaba grupos paramilitares y/o milicias serbias en el interior de Croacia y Bosnia.

Durante 40 meses el pueblo bosnio tuvo que soportar las arremetidas de las tropas serbias. Más de 250.000 muertos y cerca de 3 millones de desplazados son algunas cifras de esta sanguinaria actuación de las tropas de Milosevic que llevaron a cabo la “limpieza étnica” en el corazón de Europa.

Recordando a Clausewitz y su insistencia en la relación entre fin y medios, bastaba observar las acciones militares del ejército serbio para entender la naturaleza de esa guerra. Quienes tuvimos ocasión de participar de ella y recorrer el escenario bélico relatamos en varias ocasiones la perplejidad que provocaba ver el ensañamiento del ejército y las milicias serbias con la población, la destrucción de los pueblos que ofrecían resistencia, al tiempo que las fábricas quedaban intactas. La artillería serbia disparaba con criterio político –en una guerra de ocupación, las fábricas y los medios de producción debían preservarse, eran el mejor botín de guerra, parte esencial de esa “acumulación originaria de capital”–.

Las tres guerras citadas, que asolaban los Balcanes, comenzaban así a mezclar guerras de naturaleza distinta. En medio de una enorme guerra civil se desarrollaba una guerra de ocupación serbia o, dicho de otro modo, guerras de liberación nacional de los pueblos esloveno, croata, bosnio y kosovar.

La política del imperialismo  

¿Cuál fue la política de las grandes potencias imperialistas? Estados Unidos y la Comunidad Económica Europea apostaron desde el inicio por la “unidad de la Federación”. Como se demostraría en China, su proyecto era preservar la máxima unidad del viejo Estado y el régimen del partido único para garantizar, sin sobresaltos sociales y sin contagio de los mismos a otros países, el proceso de recolonización de Yugoslavia. EEUU y la CEE fueron conscientes de que la deriva que tomaba el conflicto amenazaba con espolear a toda Europa el problema de las nacionalidades y su derecho a la autodeterminación. Recordando aquella vieja afirmación, se trataba de “europeizar los Balcanes para evitar la balcanización de Europa” 

Hasta que estallara la guerra de Serbia contra Eslovenia el imperialismo puso todo su empeño en preservar esa unidad de la Federación. “Los gobiernos occidentales y demás centros de decisión de la política internacional creyeron que el futuro de los pueblos yugoslavos pasaba indefectiblemente por el mantenimiento de la Federación” (R.M. Martín de la Guardia).

Fue explícito el apoyo del FMI y el Banco Mundial a los planes citados del gobierno federal de Milka Planinc, como lo fue, hasta su estrepitoso fracaso electoral en 1990, el apoyo al “reformista” primer ministro, Ante Markovic. Durante todo ese período, EEUU y la CEE presionaron a los distintos sectores para la búsqueda de un acuerdo que preservara la Federación. La negativa de Milosevic a reconocer otro presidente de la Federación que no fuera serbio acabó haciendo estallar entre marzo y mayo de 1991 la presidencia federal que debía corresponder al croata S. Messic. Eran los prolegómenos de la guerra. La guerra, sin embargo, hizo volar por los aires los planes iniciales y abrió diferencias en las filas del imperialismo. Si bien, inicialmente, todos se negaron a reconocer a las nuevas Repúblicas, los lazos económicos y políticos de las repúblicas más desarrolladas de la ex Yugoslavia –Eslovenia y Croacia– con Alemania animaron a ésta y a Austria a reconocer la independencia de ambas.

Estados Unidos y parte de la CEE, mientras tanto, mantenían su proyecto de unidad de la Federación. La Conferencia de Paz sobre Yugoslavia, alentada desde la ONU, entre setiembre y noviembre de 1991, fue fiel ejemplo de ese empeño, aunque acabaría en fracaso.

Prueba de esta política fue que, mientras las tropas serbias proseguían sus agresiones y se centraban ya en Bosnia, Milosevic designa como primer ministro a un hombre directo del imperialismo, el empresario serbio afincado en los Estados Unidos, Milan Panic.

Sin embargo, los dirigentes serbios, con Milosevic al frente, y con el apoyo de los nacionalistas de extrema derecha, el Partido Radical Serbio (PRS) y la Iglesia Ortodoxa, prosiguieron su política expansionista, decididos a impedir que Bosnia y Kosovo siguieran los pasos de Eslovenia y Croacia. Fracasado el proyecto de la “Gran Serbia” se trataba de preservar una nueva Federación Yugoslava bajo la misma óptica expansionista serbia.

En medio de ese panorama, el imperialismo presiona a Milosevic mediante resoluciones de la ONU que excluyen a Yugoslavia de la ONU y, meses después, autoriza el bloqueo de armas.

Preparaban así el escenario para el siguiente paso: el envío de tropas de la ONU, de los cascos azules como “fuerzas de interposición”. ¿Representaban esas decisiones un cambio completo en la política imperialista? ¿Era una agresión a Serbia y los marxistas debían pues posicionarse contra el imperialismo, del lado de Serbia?

El embargo de armas y la actuación de los cascos azules dejó muestras palpables de que el imperialismo seguía apostando por el acuerdo para preservar la Federación Yugoslava. Ambas medidas eran, sin duda, una intervención militar del imperialismo, y daban el primer paso para la aparición, meses más tarde, con el estallido del conflicto kosovar, de una nueva guerra, ésta de naturaleza imperialista. Pero tanto el bloqueo de armas como el envío de los cascos azules atentaba, por encima de todo, contra la resistencia de las Repúblicas que no habían escapado al yugo de Belgrado.

El ejército serbio, el mejor armado y preparado, gracias al bloqueo preservaba su superioridad militar frente a la casi desarmada Armija bosnia o a la resistencia en Kosovo. Las tropas de “interposición” legitimaban la rapiña serbia, al igual que las tropas de “interposición” de la ONU han legitimado la rapiña sionista en Líbano, al mantener el estatuto de los territorios “conquistados”.

El Plan Vance-Owen, auspiciado por el imperialismo con Serbia y Croacia, legitimaba la cantonalización de Bosnia-Herzegovina, repartiendo 70% de su territorio entre Serbia y Croacia. Bastaba pues, recordando a Clausewitz, acompañar las acciones militares del imperialismo para ver cuál era el objetivo político de esa intervención.

La prueba más vergonzante de esa política imperialista tuvo lugar en Srebrenica. Las fuerzas holandesas de la ONU, encargadas de las “zonas de seguridad”, desarmaban a las tropas bosnias en esa ciudad. Ante sus propios ojos y en medio de la pasividad más completa, las milicias serbias, los chétniks, entraban el 11 de julio de 1995 en Srebrenica, dejando un reguero de miles de muertos (entre 9.000 y 11.000, según las fuentes) y más de 30.000 refugiados.

A finales de 1995, EEUU encargaba a su hombre para los Balcanes, Richard Holbrooke, la elaboración de un “nuevo plan de paz”. Con el apoyo de la Unión Europea y de la ONU, el hombre de la Casa Blanca reunía a los presidentes de Serbia, Croacia y Bosnia-Herzegovina. El 1 de noviembre de 1995 comenzaba en Dayton (en el Estado norteamericano de Ohio) la última ronda de esas conversaciones. Tres semanas después, S.Milosevic (Serbia), F. Tudjman (Croacia) y A. Izetbegovic (Bosnia-Herzegovina) rubricaban la “Paz de Dayton”, un acuerdo en virtud del cual las “Cuestiones de Seguridad militar” pasaban a ser responsabilidad de las Fuerzas de Implementación (IFOR) bajo control de la OTAN, cuyo cometido era hacer cumplir, “incluso por la fuerza”, el acuerdo de paz, y “establecer zonas de separación desmilitarizada entre los antiguos adversarios”. Bosnia-Herzegovina quedaba partida en dos “Entidades autónomas”, en las que 49% quedaba en la llamada Federación Serbio-Bosnia, dependiente, de hecho, de Belgrado.

Quedaba así legitimada la partición de Bosnia, la limpieza étnica; se preservaba todo lo que se podía la “Federación” bajo designio serbio, y se avalaba en forma unánime la instalación de un enclave militar de la OTAN en el corazón de Europa.

Puestos a no tener ni el menor rigor a la hora de definir la naturaleza de cada guerra, en medio de tan complejo panorama la “izquierda” naufragaba en el conflicto de la ex Yugoslavia. Para unos, la intervención imperialista, con sus cascos azules, debía ser apoyada por razones “humanitarias” y sería “progresivo” para el pueblo bosnio, pues lo defendería de las depredadoras fuerzas de Milosevic. La matanza de Srebrenica fue todo un ejemplo para estos amigos del imperialismo. Ni EEUU ni la CEE tuvieron jamás otro propósito político que garantizarse la recolonización de Yugoslavia e impedir que prosperara en un continente, donde el problema nacional está permanentemente presente, el ejercicio del derecho de autodeterminación de los pueblos. Y, para ello, estaban dispuestos a apostar por preservar todo lo que se pudieran de la Federación, a costa del eslabón más débil, el pueblo bosnio. Apoyar la intervención de la ONU sólo favorecía el proceso de recolonización, ahogando las legítimas demandas sociales y democráticas de liberación nacional de los pueblos. La presencia de las tropas del imperialismo, así fuera hasta ese momento como “fuerzas de interposición”, sólo facilitaba la conversión de estos nuevos países en semicolonias o directamente en enclaves militares de la ONU-OTAN. ¿Cómo apoyar si no al pueblo bosnio?, nos recriminaban tan humanitarios defensores de la intervención imperialista, y cuando les contestábamos diciendo: ¡enviando ayuda material y exigiendo a los gobiernos armas para el pueblo bosnio!, nos tildaban de “militaristas”.

En el otro polo de esa debacle estaban los amigos confesos e inconfesos de Milosevic. Para ellos, en especial para todas las corrientes vinculadas al stalinismo, parafraseando a Lenin, les bastaba con “el enemigo ataca”, y con eso sobraba para fijar como posición “antiimperialista” el apoyo a Milosevic contra “la agresión imperialista”. El papel de las burocracias restauracionistas, las agresiones de Serbia al resto de las repúblicas, el objetivo político de EEUU, y con él, el de la mayor parte de la CEE, la reivindicación de soberanía de las repúblicas… todo eso no merecía ser tenido en consideración; bastaba con recordar que Milosevic era parte del “campo progresivo”.

Así, desconocieron y silenciaron, cuando no justificaron, la limpieza étnica y las matanzas del ejército serbio y sus fuerzas paramilitares, apoyaron a la burocracia más criminal y convirtieron en cenizas sus palabras de defensa del derecho a la autodeterminación de los pueblos.

La prueba de fuego: la guerra en Kosovo y la intervención de la OTAN

Con la firma de la Paz de Dayton las potencias imperialistas apostaban por la solución final del conflicto de la ex Yugoslavia. Sin embargo, la realidad distó mucho de ese pronóstico.

Kosovo, con dimensiones similares a Asturias (11.000 km2) y dos millones de habitantes, 90% de origen albano-kosovar, no contó entre 1945 y 1974 con ningún reconocimiento en la Federación Yugoslava. El descontento no tardó en mostrarse, en especial en los años ’60. En 1974, con la reforma de la Constitución, Kosovo y Voivodina pasaron a tener la condición de regiones autónomas dentro de la República Serbia.

Para los serbios, Kosovo conservaba un valor histórico “nacional” por ser allí donde el reino serbio fue derrotado por el imperio otomano hace más de seis siglos atrás. Más allá de ese valor para el nacionalismo serbio, Kosovo contaba con yacimientos mineros y con una importante producción de energía eléctrica.

El 28 de junio de 1989 Milosevic convocó a acudir a Kosovo Polje, en el centro de Kosovo, a todos los serbios de Yugoslavia, para un multitudinario acto (se habló de más de un millón de personas) para conmemorar el 600 aniversario de la Batalla de Kosovo. En el llamado discurso de Gazimestan, Milosevic  exhortó a la defensa nacional de los serbios contra el resto de las nacionalidades, lo que fue considerado por muchos, en especial por el pueblo albano-kosovar, como una declaración de guerra.

Como ya hemos citado, en 1989, en virtud de una decisión anticonstitucional, el gobierno serbio abolió la condición autónoma de Kosovo y Voivodina. Esa decisión, además del enorme calado político, representó  la disolución del parlamento kosovar, la prohibición de la enseñanza en albanés –la lengua hablada por 90% de la población–, la expulsión de sus puestos de trabajo de todos los albaneses que trabajaban en la economía pública –250.000 personas–, la eliminación de periódicos, radio y televisión de habla albanesa, y la expulsión de 800 profesores y más de 20.000 estudiantes de la Universidad de Pristina. Se inauguraba así lo que se ha dado en llamar un procedimiento de apartheid, que era acompañado por la imposición de la ley marcial.

Durante siete años, 1989-1997, el descontento popular, las huelgas y las manifestaciones fueron canalizadas por la oposición albano-kosovar, quienes, alentados por un grupo de intelectuales, conformaron en 1989 la Liga Democrática de Kosovo, al frente de la cual se puso el Presidente de la Asociación de Escritores de Kosovo, Ibrahim Rugova. Alentado por Rugova y la LDK, se fue conformando un movimiento de “desobediencia civil, no-violenta”. Ese movimiento celebró elecciones, en la clandestinidad, encaminadas a elegir un parlamento, organizó un referéndum, y proclamó la independencia el 2 de julio de 1990. Se articuló, en la clandestinidad, un sistema educativo y un sistema  sanitario del que formaron parte los miles de maestros y trabajadores de la salud despedidos.

Rugova alentó la desobediencia “civil pacífica”, justo en los años en donde el ejército serbio atacaba al resto de las Repúblicas, convencido de que los acuerdos de paz finales que se alcanzaran incluirían el reconocimiento de Kosovo.

Pero la Paz de Dayton, que ponía fin al conflicto en Bosnia, ni mencionaba a Kosovo. Se mostraba así que la política del imperialismo, con el acuerdo de Milosevic, era zanjar el conflicto preservando todo lo posible la Federación bajo mando serbio.

Pero los trabajadores y, en especial, la juventud albano-kosovar no dieron por buenos ni los acuerdos de Dayton ni los resultados de una resistencia pacífica que veía burocratizarse las instituciones paralelas, que veía crecer la desigualdad y la miseria al tiempo que se desarrollaba un sector al amparo de las privatizaciones de la actividad económica.

El ejército y los paramilitares serbios jamás cesaron en la represión, pero ahora, tras los acuerdos de paz, tendrían más recursos para concentrarlos en Kosovo. Es en ese marco que un sector de la juventud se radicaliza y comienza a engrosar las filas del recién creado (abril 1996) UCK, el Ejército de Liberación de Kosovo. La respuesta armada a la agresión serbia abre así un escenario de guerra de liberación nacional.

En el otro lado, al interior de Serbia, en el otoño de 1997 se celebran elecciones y el resultado de ellas es la configuración de un gobierno de coalición en el que, junto al partido de Milosevic –el Partido Socialista–, está presente el Partido Radical, de Vojislav Seselj. Sumido en una profunda crisis económica y el deterioro de siete años de guerra contra el resto de las nacionalidades, y reprimida la oposición interna a esa política, el nacionalismo gran serbio, de tintes fascistas, campa a sus anchas.

En 1998 el conflicto de Kosovo entra en un estadio distinto. A finales de 1998 se cuentan ya por miles los muertos y por centenares de miles los refugiados. Con los refugiados desplazándose a la vecina República de Macedonia, la situación amenaza con reavivar el reciente conflicto y con ampliarse a Macedonia y Albania, e involucrar a Grecia y Bulgaria. El conflicto en Kosovo amenaza, entonces, con la desestabilización de toda la región.

Los acontecimientos en Albania, la caída estrepitosa del régimen, con la llamada crisis piramidal, echa leña al fuego de la crisis del área y libera, además, miles de armas de la descompuesta policía y del ejército albanés. Es con este panorama, cuando ni los serbios ni el ELK parecían capaces de una victoria militar que cerrara la situación, que EEUU, la OTAN y la Unión Europea resuelven intervenir de lleno para forzar la situación a un acuerdo político.

La conferencia de Rambouillet (febrero-marzo de 1999), impulsada por el imperialismo y con el apoyo de Rugova, resuelve proponer un acuerdo basado en el establecimiento de una autonomía de Kosovo, que incluiría elecciones libres, el cese del fuego y una futura conferencia donde se establecería la “presencia internacional en la región”.

Espoleado por el nacionalismo serbio, el régimen de Belgrado resuelve no firmar el acuerdo. El 24 de marzo de 1999 las tropas de la OTAN bombardean Belgrado. Comienza así una nueva guerra, ésta de agresión imperialista.

Milosevic comenzaba, de esta forma, el mismo camino que esos sátrapas como Sadam Hussein o, en el presente, Gadafi, que fueron apoyados por el imperialismo y fueron sus hombres durante toda una etapa, hasta que incapaces de resolver su tarea principal –preservar la estabilidad en el área–, y negándose a retirarse sin ruido, como Mubarak, Estados Unidos y la Unión Europea los atacan porque pasan de ser una solución a ser una traba absoluta para sus planes.

Durante las diez semanas que duraría esta guerra, la aviación de la OTAN y los misiles tomahawks centraron sus ataques en la infraestructura serbia: puentes sobre el río Danubio, fábricas, centrales eléctricas, instalaciones de telecomunicaciones, y hasta contra la sede de los “socialistas” yugoslavos (el partido político dirigido por la esposa de Milosevic).

Las bajas civiles producidas durante los ataques de la OTAN se estiman entre 1.200 y 5.700 civiles, según las autoridades serbias, y en 500 según Human Rights Watch. Con respecto a las fuerzas militares yugoslavas, la OTAN estima que un máximo de 5.000 bajas ocurrieron durante el conflicto, mientras que los serbios dieron la cifra de 576 efectivos muertos (462 soldados y 114 policías). Después de finalizada la guerra se desenterraron cerca de 4.500 cuerpos, en su mayoría de albaneses. Se estima que el total de bajas albanesas se acerca a los 10.000 muertos. Estas cifras, difíciles de constatar, siguen siendo polémicas en la actualidad.

Dado que no hubo combates terrestres en los que participaran las fuerzas de la OTAN, sus bajas fueron muy reducidas. La mayoría de ellas ligadas a operaciones aéreas y a accidentes ocurridos durante los combates. La destrucción producida en las fuerzas yugoslavas tampoco fue muy grande.

El 3 de junio, Milosevic cedía y aceptaba las principales exigencias de la OTAN: cese inmediato de la violencia y de la represión en Kosovo; retirada rápida y verificable de todas las fuerzas armadas de la región; despliegue en Kosovo de fuerzas internacionales civiles y de seguridad bajo la supervisión de la ONU –fuerzas que estarían formadas esencialmente por la OTAN bajo mando y control únicos–; establecimiento de una administración provisional para Kosovo, decidida por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, bajo la cual el pueblo de Kosovo podría disfrutar de una autonomía sustancial en el seno de la RFY; tras la retirada militar yugoslava, un número convenido de personal yugoslavo sería autorizado a regresar; retorno asegurado de todos los refugiados; desarrollo de un proceso político que llevara a una administración propia para Kosovo según los principios de soberanía e integridad territorial de la RFY y de otros Estados de la zona, así como el desarme del ELK.

Medidas todas ellas que iban acompañadas de un pomposo compromiso sobre de “un plan de estabilización y desarrollo económico de la región en crisis; las actividades militares de la OTAN finalizarían cuando se aceptasen los principios anteriores, especialmente cuando diese comienzo la retirada verificable de las tropas yugoslavas de Kosovo”.

El resto de la historia ya es más conocida. Kosovo se convirtió en un enclave militar de la OTAN que alcanzó su independencia formal en abril de 2008, independencia no reconocida aún hoy por muchos países, incluso España.

Quienes entendimos que en Kosovo y Yugoslavia se libraban a un tiempo dos guerras, una de liberación nacional del pueblo albano-kosovar y otra de agresión imperialista, repudiamos el ataque de la OTAN en nombre, precisamente, del derecho de los pueblos a su liberación nacional y social y alertamos que el desarme de la resistencia kosovar y el acuerdo de paz estaban al servicio de los planes de EEUU y la UE de estabilizar el área, recolonizar el territorio e imponer enclaves militares en el corazón de Europa. Ese apoyo al pueblo albano-kosovar, como antes lo había sido al bosnio y el repudio a la intervención imperialista y al nacionalismo gran serbio, se expresó en una consigna: NI OTAN NI MILOSEVIC. Por ello fuimos tildados, por los amigos de Milosevic, de NI-NIS. Un calificativo resucitado hoy cuando repudiamos el ataque de la OTAN a Libia y apoyamos la insurrección popular contra Gadafi.

A MODO DE CONCLUSIÓN

Hoy, cuando vivimos sumergidos en una crisis económica sin precedentes, cuando los pueblos se revelan y aparecen procesos revolucionarios como los del norte de África y Oriente Medio, es bien cierto que la política del imperialismo apuesta por la reacción democrática, por ahogar en las vías de la “negociación” y los “acuerdos” las justas demandas sociales y democráticas de los trabajadores y los pueblos del mundo. Pero en ese contexto, la tenacidad de esas luchas de los pueblos, unida a la hecatombe de los dictadores que preservaron durante décadas la estabilidad, y a las dificultades del imperialismo, hace que guerras y revoluciones estén a la orden del día. No puede sorprender que guerras civiles e intervenciones imperialistas se solapen. La complejidad de la situación política se verá acompañada por la complejidad en la naturaleza de los conflictos militares. Para orientarse en medio de ese panorama, los marxistas revolucionarios estaremos obligados a “estudiar la política que precede a la guerra, la política que lleva y ha llevado a la guerra” y recordar siempre a Lenin y Clausewitz, para no olvidar que “hay guerras y guerras” y que “la guerra no es sino la continuación de la política por otros medios”.