Trabajo doméstico: una combinación de explotación y opresión de género y raza. En este período de crisis sanitaria del nuevo coronavirus, la principal medida preventiva para garantizar la vida debe ser el aislamiento social. Esto significa la paralización de las actividades económicas con objetivo de disminuir el contagio y la muerte.

Por: Claudicea Durans y Vera Rosane, de la Secretaría Nacional de Negras y Negros del PSTU, Brasil

El gobierno Bolsonaro ha actuado de manera genocida con nuestro pueblo al no cumplir protocolos de seguridad sanitaria, tratando el tema como una “gripecita”, hablando abiertamente que está en contra de la cuarentena, y sin un plan que garantice el aislamiento social con renta.

Esta posición ha sido rechazada por el conjunto de la sociedad, pero en la práctica lo que se ha observado es que algunos prefectos y gobernadores considerados de oposición al presidente, en general han priorizado las grandes empresas, mientras los trabajadores, desempleados y subempleados están jugados a su propia suerte, como es el caso de las trabajadoras domésticas.

En períodos de pandemia, los gobiernos fueron obligados a establecer medidas de aislamiento social y esto significa garantizar solo actividades económicas consideradas prioritarias, como las de los sectores de farmacia, de alimentos, etc. El trabajo doméstico tuvo el mismo peso que los sectores citados, fue considerado como esencial y debiendo ser mantenido en el período de pandemia.

Esta posición está presente en las medidas sanitarias de algunos gobiernos como el de Pernambuco, de Paulo Câmara (PSB), de Helder Barbalho del MDB de Pará, y de Flávio Dino, del PCdoB de Maranhão. Para ellos, lo esencial significa no dar importancia a este trabajo ni tampoco a las trabajadoras, sino poner a disposición de los patrones la mano de obra de las domésticas, dejándolas a merced de la relación contractual privada, lo que ha generado acuerdos diferenciados que van desde la ampliación o la reducción de la jornada de trabajo, dormir en el empleo, reducción salarial, dispensa del trabajo durante la pandemia, etc.

Caracterizar el trabajo doméstico como una actividad esencial en la pandemia significa no dar a las domésticas el derecho al aislamiento social, mientras los patrones, preservados con seguridad sanitaria, siquiera se dan el lujo de cuidar de sus propias casas, hacer sus comidas, lavar sus ropas, cuidar de sus hijos y de sus animales. Al final, en sus comprensiones, las empleadas sirven para eso, el trabajo manual no cabe a ellos.

Muchas empleadas domésticas, durante este período de pandemia, además de tener que aceptar las reglas impuestas para no perder sus empleos, tuvieron que trabajar sin protección alguna, lo que las deja en situación de vulnerabilidad y negligencia.

Un relevamiento del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) ya había revelado, a inicios de junio, que los puestos en el trabajo doméstico, que llegaron a 6,3 millones en 2019, dado como récord, tuvieron una reducción de 11,8% en el primer trimestre de este año, con el avance de la crisis epidémica.

O sea, son 727.000 trabajadoras menos en el servicio doméstico, sector con la mayor caída desde el inicio de la serie de Pesquisa Nacional por Muestra de Domicilios (PNAD) en 2012. Las dispensas de las empleadas domésticas en este período están respaldadas en la Medida Provisoria 936/2020 publicada en abril de este año, que permite la suspensión del contrato de trabajo o la disminución de la jornada de trabajo y/o del salario.

Estos hechos también nos llevan a entender por qué en los días de hoy hay insistencia de los gobiernos en mantener a las domésticas para los quehaceres de la burguesía y de las clases medias en plena pandemia.

Como consecuencia, tenemos el alto nivel de contagio de esas trabajadoras que, así como lo enfermeros, son las categorías más infectadas en el país. El caso de Mirtes, madre de Miguel, niño que cayó del noveno piso mientras su madre en el trabajo llevaba a pasear el perro de la patrona, choca por la crueldad de la muerte, pero también por otros hechos que envuelven la falta de humanidad de la patrona que impuso a la doméstica trabajar en la pandemia cargando a su hijo menor, sometiéndolos a la infección por Covid-19.

En ese sentido, recordamos también el primer caso de muerte por Covid-19 en Rio de Janeiro, de una empleada doméstica de 63 años de edad que trabajaba desde hacía cerca de dos décadas en una casa en el barrio Leblon. Esa mujer, también del grupo de riesgo por ser mayor, fue infectada por la patrona que había estado en Italia en pleno epicentro de la enfermedad en aquel país. La empleada dormía en el lugar de trabajo y solo retornaba a su casa los fines de semana, además, un tercio de las empleadas duermen en el empleo o pasan gran parte de su tiempo en el trabajo, con cargas horarias que sobrepasan muchas veces las doce horas diarias.

En ese período de pandemia, otro hecho demostró también un tratamiento deshumano en relación con las empleadas domésticas. El titular dado por el diario de Bahia el 10 de junio destacaba el resultado de la condena por la Justicia de Trabajo en que una patrona tuvo que pagar indemnización por mantener por 35 años a una mujer en situación análoga a la esclavitud.

La mujer fue rescatada en 2017, luego de la denuncia al Ministerio del Trabajo. Y lo que nos causa tristeza e indignación es que en 2018 esa mujer volvió a vivir en casa de la patrona, alegando que no sabía más vivir sola. Esta situación es típica de quien perdió su humanidad, y sin ninguna asistencia del Estado, volvió a los brazos de sus verdugos.

En situación semejante fue encontrada también una señora de 61 años en Altos do Pinheiro, barrio de lujo de San Pablo, en junio de este año, sin recibir salario fijo, sin registro de trabajo, viviendo en condiciones insalubres en un cuarto en los fondos de la casa de la patrona. Esta señora fue mantenida en esa condición durante veinte años por una empresaria de la Avon que luego de pagar fianza fue liberada. En esos casos citados, la prensa no informó el color de esas mujeres; probablemente ellas son negras.

Las trabajadoras domésticas que pasaron por situaciones de falta de humanidad tienen en común, además de la vasta experiencia en el trabajo doméstico, edad avanzada, pertenecer al grupo de riesgo, el no poseer ninguna regularización de la situación funcional.

Dedicaron parte de sus vidas a los patrones, sin vida propia, sujetas a condiciones insalubres, y hasta se enfermaron. En el caso de las empleadas rescatadas en condiciones análogas a la esclavitud, sin embargo, la situación más triste y que nos lleva a reflexionar fue la de la empleada de Bahia que volvió a la casa de los patrones por no conseguir vivir sola, una situación de servidumbre voluntaria o condicionada por el hábito, que muestra la dependencia en las relaciones interpersonales, incluso después de la falta de interés de la patrona.

Estos hechos también sacan a la luz la relación patrón y empleado, que en este período de pandemia mostró las desigualdades de clase, género y raza, visto que los patrones, compuestos en su mayoría por mujeres y hombres blancos de la burguesía racista, han impuesto a las empleadas domésticas el lugar de la servidumbre, situaciones de humillación en las que en muchos casos no hay reglas de trabajo en el ambiente privado, llevando a las mujeres trabajadoras al rebajamiento como profesionales y como personas; de ahí algunas situaciones vejatorias como revisarlas a la salida de las casas, hacerlas entrar por el ascensor de servicio…

Realidad del trabajo doméstico en el país

El valor que el trabajo doméstico genera es un mísero salario a quien produce. Es una actividad considerada de menor prestigio social, que sujeta a las mujeres, sobre todo a las negras que son la mayoría en este sector. Es una de las principales formas de inserción de las negras en el mercado de trabajo. Con todo, la forma como este trabajo fue configurado en el país refuerza trazos y relaciones de la herencia servicial de los 380 años de esclavitud, instituido por el capitalismo que mantiene hasta hoy a nuestro pueblo en la condición de personas de segunda clase, a través de los gobiernos y por la burguesía.

Ese lugar, que condicionó a los negros a niveles inferiores de la sociedad, nos permite comprender la conexión entre el pasado y el presente, e indica el porqué del Brasil ser el país del mundo que tiene más empleadas domésticas, con cerca de siete millones de personas en el sector. Así, para cada cien mujeres ocupadas en el país, aproximadamente cuatro son empleadas domésticas. Es la mayor categoría profesional de nuestro país, con 80% de mujeres, entre las cuales 82% son negras y solo un tercio de ellas poseen registro de trabajo. La mayoría son “diaristas”, componiendo 44% de ese total. Esta categoría es una de las más antiguas del mundo, y también una actividad ejercida en su mayoría en las casas, y tiene como empleador a persona física. Las relaciones contractuales y de trabajo son definidas en el ámbito privado, aunque haya leyes especiales y constitucionales que rigen la categoría.

De acuerdo con el DIESSE (2010), en esta categoría hay diferenciación salarial por color. Veamos: el rendimiento medio por hora de las trabajadoras domésticas no negras y de las negras llegó a ser 4,7% mayor para las blancas. En San Pablo, las “mensalistas” [que reciben su pago por mes] no negras sin registro de trabajo reciben 9% más que las negras, y en el Distrito Federal [Brasilia], 8,3%. O sea, hay un proceso de jerarquización racial incluso en una misma categoría de trabajadoras.

Sobre la definición del trabajo y los trabajadores domésticos hay una serie de adjetivos peyorativos como criado, servicial, fámulo, servidor o sirviente, y aún es así para el trabajador que presta servicios de naturaleza continua, sin intermitencia, no eventual y con finalidad no lucrativa, en el ámbito de la residencia de una persona o de una familia. El concepto de trabajo sin intermitencia llama la atención porque su origen deviene de estar siempre disponible; luego, nos permite hacer una analogía, asociando la idea de la condición de esclavo, disponible para el trabajo tal cual un objeto y no un ser.

Recientemente, con la reforma de la previsión de 2017 el concepto de intermitencia pasó a adoptarse con la disculpa de crear nuevos puestos de trabajo, siendo una nueva modalidad de trabajo en la que el trabajador en convocado por medio de un llamado telefónico, un mensaje de Whatsapp, u otros medios, para un contrato de trabajo que podrá ser de días, semanas, meses, etc. O sea, un “contrato” por tiempo y tarea determinados, que será pagado al trabajador solamente por el período de actuación en la actividad.

Otro aspecto de este contrato es que no hay límite de horas que deban ser cumplidas, lo que debe ser respetado es solo el límite máximo de 44 horas semanales de la ley anterior. Nótese que las reglas contractuales en este régimen de trabajo ponen a los trabajadores en situación de inseguridad e inestabilidad, aceptando las reglas impuestas. En el texto de la reforma, el trabajador es llamado colaborador y, caso acepte el contrato y no lo cumpla por cualquier motivo, es obligado a pagar una multa de 50% con relación al valor de treinta días de trabajo. Todos esos elementos nos llevan a caracterizar que este tipo de contrato es una especie de esclavitud legalizada.

Esta ley puede ser aplicada al trabajo doméstico, principalmente en los casos en que las trabajadoras estén en situación de informalidad, situación común de gran número de trabajadores como ya señalamos anteriormente, y en el caso de los profesionales que tienen registro de trabajo estos no se pueden cambiar para el contrato intermitente, a menos que sea una nueva contratación. La ley también prevé que cuando hay acuerdo para despido sin justa causa, el trabajador tiene derecho a la mitad del aviso previo, indemnización sobre el saldo del Fondo de Garantía por Tiempo de Servicio (FGTS) con multa de 20%, a ser pagada por el patrón, de esta forma, el trabajador podrá sacar solo 80% de ese fondo y no podrá solicitar el seguro de desempleo.

El pasado y el presente: resquicio de la opresión mantenida en el capitalismo

Para muchos estudiosos, hay una estrecha relación entre trabajo doméstico y esclavitud, visto como herencia de ese período. También, pudiera ser: el país tuvo un prolongado régimen de explotación y cosificación del pueblo negro y una abolición de la esclavitud que, sin reparaciones históricas, condicionaron al pueblo negro a niveles inferiores en la sociedad.

En una entrevista a la BBC Brasil, en febrero de 2018, titulada “¿Qué hace que el Brasil tenga la mayor población de domésticas del mundo?”, Marina Wentzel, de Basilea [Suiza], apoyada en algunos elementos de la realidad y en algunos historiadores, muestra esa conexión con el pasado. Ella compara, apoyada en los datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la población de empleadas del Brasil con la población de Dinamarca, y analizando el origen de las domésticas en San Pablo y Rio de Janeiro observa que la mayoría migra de las regiones del Norte y Nordeste, siendo esta última región la que más recibió africanos en el período de la esclavitud.

Ella también hace referencia a la historiadora Marília Bueno de Araújo Ariza que en una publicación, también de la BBC, muestra que en el siglo XIX era común tener un siervo en la familia, incluso entre los no ricos y personas que vivían en regiones semiurbanas. La autora ejemplifica que en San Pablo muchas familias, entre estas las pobres comandadas por mujeres blancas “había siempre a su disposición una o dos esclavas domésticas para realizar quehaceres en la casa o en la calle”. La inferiorización de las mujeres negras permanece hasta hoy en los puestos de trabajo, por lo tanto, hay elementos en la formación de la sociedad brasileña que combinan racismo y capitalismo.

El trabajo doméstico como categoría profesional y las luchas

El trabajo doméstico fue formalizado en 1972 con la Ley 5.859 que garantizó algunos derechos como el registro de trabajo, aguinaldo, salario, veinte días de vacaciones, aviso previo en caso de despido, y reconocimiento de la previsión social. Cabe resaltar que esa pequeña conquista fue resultado de la asociación de las trabajadoras domésticas de San Pablo, que desde 1936 venían organizándose, teniendo al frente a Laudelina de Campos (1904-1991) y, posteriormente, en la década de 1960, con la organización nacional de esta categoría.

Esta categoría se organiza en congreso nacional, representaciones locales y nacionales, articulada en grupos, sindicatos, federaciones y consejos nacionales, estando presente en el movimiento negro, de mujeres, y populares. Actualmente, a través de la Federación Nacional de las Trabajadoras Domésticas –FENATRAD, creada en 1997, se articula nacionalmente, buscando ampliar el reconocimiento de esta categoría profesional, así como superar los desafíos que se materializan en la relación patrón y empleado, de no reconocimiento de derechos y flexibilización de las leyes impuestas por los gobiernos y por la crisis del capitalismo.

En 2013, con el proceso de organización de la categoría, algunas conquistas fueron reconocidas en la legislación laboral conocida como PEC de las Domésticas (PEC 66/2013), que posibilitó la jornada de trabajo de 8 horas por día, totalizando 44 horas semanales, derecho a la hora extra, y a los trabajadores con registro, salario nunca inferior al mínimo, pago del aguinaldo, garantizó salario por maternidad, auxilio por enfermedad, jubilación por invalidez, edad y tiempo de contribución, auxilio por accidente de trabajo, y pensión por muerte, y otros.

Aunque tales conquistas sean importantísimas, en la legislación laboral las empleadas domésticas, en tanto categoría, aún no poseen un plan de cargos y carrera que garantice la cualificación social y profesional; la elevación de la escolaridad; el derecho a guardería y escuela en tiempo integral para sus hijos, como condición para construir su autonomía económica y la de su familia.

Lucha y Unidad de la Mujer Negra

En este “Julio de las Pretas” [negras] queremos dar lugar a una de las mayores categorías del país que proporcionalmente paga uno de los mayores impuestos: las empleadas domésticas, que a través de su fuerza de trabajo son responsables por garantizar las condiciones para que el trabajo de otros se efectivice, promoviendo la limpieza y la salud de las casas, cuidando de los hijos y de los animales de las clases medias y burguesas. En este artículo optamos por enfocar las condiciones de opresión, explotación y humillación de las domésticas, estableciendo el nexo con la esclavitud y la actualidad en tiempos de pandemia de coronavirus.

Queremos destacar que, además de esas condiciones señaladas, la forma de combatir toda esa carga de opresión machista y racista se hace en unidad con los oprimidos y explotados de nuestra clase contra el sistema que genera todas las desigualdades. Es una lucha a favor del eslabón más fragilizado del sistema, de los gobiernos y de los patrones, una lucha para dar visibilidad y valorizar a las empleadas domésticas como sujetos con derechos y participación política.

En este sentido, comprendemos que este tema está directamente relacionado con un proyecto de sociedad que vise la emancipación del ser humano en todos los niveles y que dé condiciones para que el trabajo manual no sea separado del intelectual, y destinado a algunos como forma de subyugarlos. El acceso a la educación en todos los niveles, a la cultura y a los bienes materiales es condición primordial para elevar al ser humano y un medio para que pueda ejercer profesiones de acuerdo con sus potencialidades y aptitudes. Para eso, enfatizamos, este sistema putrefacto será incapaz de garantizar tales condiciones, siendo, por lo tanto, urgente y necesaria una revolución socialista que garantice plenamente tales condiciones.

Referencias:
WENTZEL, Marina (26 de febrero de 2018). «O que faz o Brasil ter a maior população de domésticas do mundo». BBC Brasil, consultado el 16 de julio de 2020.-
Artículo publicado en www.pstu.org.br, 21/7/2020.
Traducción: Natalia Estrada.