¿Cuál es la razón por la cual sectores acusan al PSTU de “extremista” al mismo tiempo que aplauden de pie la política económica de Bolsonaro y Guedes, que arroja la crisis en las espaldas de los trabajadores y del pueblo pobre en el momento en que el país se aproxima a las cien mil muertes por la pandemia?

Por: Diego Cruz, 4/8/2020.-

En un artículo publicado en el diario O Globo del 2 de julio, titulado “¿Quiénes son los enemigos?”, el columnista Ascânio Seleme traza una falsa simetría a fin de criticar los exabruptos autoritarios del gobierno Bolsonaro, pero también para atacar a partidos como el PSTU. Falsa simetría porque hace un paralelo absurdo intentando reforzar el estigma de “autoritario” al partido haciendo eco de algo que la burguesía, y su prensa específicamente, hacen desde hace años.

Hablando sobre la polarización política del país, el columnista dice: “De un lado de esos extremos están agremiaciones como el Partido de la Causa Operaria (PCO) y el Partido Socialista de los Trabajadores Unificado (PSTU). Del otro lado, están partidos donde negocia Bolsonaro, como los Patriotas y el Partido Social Liberal (PSL)”. Esos “extremos”, para el columnista, serían una amenaza a la “democracia”: “Los enemigos de verdad residen en los extremos. Son lo que atropellan leyes, faltan el respeto a otros poderes, amenazan la democracia, o los que pregonan la ruptura democrática”, dice.

El columnista expresa, en verdad, la posición mayoritaria de la burguesía, que pretende contener los instintos dictatoriales de Bolsonaro, continuar adelante con las pautas de Guedes en el Congreso Nacional, y palanquear, desde ya, una alternativa por fuera de los “extremos” para 2022. O sea, una alternativa burguesa por dentro del orden que, en esencia, mantenga la actual política económica, pero que se abstenga de las sucesivas amenazas bolsonaristas de dictadura para garantizar una cierta estabilidad política. Un Luciano Huck[1] o algo del tipo.

En esa perspectiva, el columnista llama a combatir a los “extremistas”: Bolsonaro y la extrema derecha, y lo que él llama de extrema izquierda; ambas, en su visión, igualmente enemigas de la “democracia”. Es un tipo de ataque que encuentra eco en las redes sociales tanto en sectores de la derecha como de la dicha izquierda, donde no es poco común tachar al PSTU de “Bolsonaro de la izquierda”, y expresiones por el estilo.

Este tipo de posición tiene dos ámbitos. Uno de ellos, más superficial, es la calumnia pura y simple. Una breve consulta en la internet, que no gastaría sino algunos pocos segundos del tiempo del articulista, mostraría la permanente denuncia del PSTU contra Bolsonaro y su ofensiva pro dictadura. Tanto la denuncia de la defensa explícita de la dictadura militar, su oda constante a torturadores, como también la persecución y la censura que el gobierno impone a investigadores que contrarían su política genocida y antiambiental, y la tentativa de esconder y maquillar los datos de los muertos de la pandemia.

Un conocimiento mínimo de la trayectoria del PSTU, por su parte, ya explicitaría el disparate de ese falso paralelo. La principal corriente política de la cual el partido se formó, se forjó en la lucha contra la dictadura militar, habiendo sentido en la piel los efectos de la persecución de ese régimen que unió la cúpula de las Fuerzas Armadas y las grandes empresas, incluso multinacionales. Militantes fueron presos, torturados, perseguidos y despedidos por la dictadura. Incluso después de años del fin del régimen militar, continuaron siendo monitoreados por los órganos de represión. Uno de los principales dirigentes y figura pública del PSTU, Zé Maria, fue preso y bárbaramente torturado. En ese mismo período, es bueno recordar, el grupo Globo se alineaba con la dictadura.

Establecer una comparación, por mínima que sea, entre Bolsonaro y el PSTU, ya sería un insulto.

De la misma forma que el PSTU tiene su tradición marcada por la lucha contra la dictadura, hoy defiende no solo las actuales libertades democráticas contra los ataques de Bolsonaro, sino la ampliación de esas libertades. Medidas como la incondicional libertad de prensa, revocabilidad de los mandatos en cualquier momento, reducción de los salarios de los parlamentarios al de un obrero o un profesor, fin de los privilegios de políticos, jueces y cúpulas de las Fuerzas Armadas, elecciones más democráticas con condiciones iguales para todos, etc.

Por tras de este ataque, sin embargo, se esconde mucho más que una supuesta ignorancia. Y ahí entramos en la otra dimensión de esta posición y de este tipo de argumentos.

Una extraña noción de extremismo

Es sintomático que los que atacan la ofensiva dictatorial de Bolsonaro bajo una perspectiva de la burguesía, como la red Globo, omita en esa denuncia al ministro Paulo Guedes. Al contrario, Guedes, que asesoró a la dictadura de Pinochet en Chile, es defendido como una isla de racionalidad en medio del mar de locuras y oscurantismo. Así, medidas económicas defendidas por el gobierno, como la recién aprobada Medida Provisoria 936, que permite la reducción de los salarios en hasta 70% y la suspensión de los contratos de trabajo en medio de la pandemia, son vistas como de sentido común y hasta incluso necesarias.

Aún en esa perspectiva, el presidente de la Cámara, Rodrigo Maia (DEM), y partidos como el PSDB, son considerados “moderados” al defender medidas que permiten el despido en masa, en un momento en que la crisis económica y la pandemia, profundizada por esa misma política económica, alcanza a millones de trabajadores, haciendo que por primera vez en la historia más de la mitad de la fuerza de trabajo del país esté desempleada. Y el PSTU, que defiende desde el inicio de la pandemia la estabilidad en el empleo sin reducción de los salarios (adoptado incluso por otros países) y una renta social que pueda garantizar un aislamiento de hecho (lo que habría evitado la mortandad que testimoniamos hoy y es defendida por la propia Organización Mundial de la Salud (OMS)), es “extremista”.

Hacer una huelga contra la reducción en los salarios, como los metroviarios de San Pablo es “radicalismo”, pero el hecho de que 42 multimillonarios en el país se hayan enriquecido 34.000 millones de dólares en plena pandemia, como muy bien respondió el dirigente del gremio y militante del PSTU Altino Prezeres al presentador de la red Globo, Rodrigo Bocardi, es algo que esos sectores consideran normal. Como normal consideran el hecho que tener casi 100.000 muertos por el Covid-19, mientras gobernadores reabren shoppings, bares y hasta gimnasios de forma indiscriminada.

La pandemia expone de forma aguda las contradicciones del capitalismo, esas sí cada vez más extremas. Si antes ya era absurdo que todavía exista hambre en el mundo, en un momento en que solo en el Brasil se produce lo que ya sería suficiente para alimentar al planeta entero, con la pandemia esa desigualdad social se expresa directamente en pilas de muertos. Es la barbarie normalizada por la burguesía y los grandes vehículos mediáticos. Bolsonaro es criticado cuando embiste contra la “democracia” y sus instituciones, como el Supremo Tribunal Federal (STF), pero aplaudido cuando refuerza ataques a la clase trabajadora a favor de los ricos y los banqueros.

El PSTU denuncia tanto la ofensiva bolsonarista a las libertades democráticas como la política económica ultraliberal de Guedes, apoyada por el Congreso Nacional y gran parte de la prensa.

¿Cuál es la razón por la cual los mismos sectores que hoy confrontan el autoritarismo de Bolsonaro y salen en defensa de la “democracia” y del “Estado democrático de derecho”, aplauden a Guedes y las medidas que dejan a gran parte de la población en el desempleo y la miseria?

Manaus, 15 de abril de 2020. El Amazonas contabiliza más de 1.400 casos confirmados de Covid-19 y 90 muertes en el período de un mes. La pandemia fue registrada por primera vez en el Estado, el 13 de marzo. Entierro de doña Esther Melo da Silva en el cementerio Parque Tarumã, en Manaus (Foto: Amazônia Real).

Democracia, ¿pero para qué clase?

Esa es la pregunta que todo marxista, según Lenin, debe hacer cuando oye la palabra. ¿Vivimos de verdad en un sistema donde prevalece la voluntad de la mayoría? ¿La mayoría de la población y de la clase trabajadora elegirían trabajar la vida entera para enriquecer a un puñado de ricos, vivir en la pobreza y, en la pandemia, ser expuesta a la muerte y la miseria? ¿Donde ni el propio derecho a tener un empleo, o sea, a ser explotado para tener lo mínimo para sobrevivir, está asegurado?

Lo que genéricamente llaman “democracia” es, en verdad, una democracia para la burguesía, para los ricos. Así como en la Antigua Grecia la democracia era restricta a los propietarios de esclavos y en la Edad Media a la nobleza, en el capitalismo es una democracia circunscripta solo a los grandes capitalistas. Siempre en la historia, una minoría sometió a la mayoría a la explotación y la opresión a través del Estado.

En el capitalismo usted tiene la libertad, en teoría, de entrar en una concesionaria y comprar una Ferrari. O para viajar hacia cualquier lugar del mundo. En la práctica, si usted tiene un empleo para sobrevivir ya puede considerarse un privilegiado. Si usted fuera un joven negro, o una mujer de la periferia, mal puede andar por la calle sin miedo. Eso porque lo que llaman “democracia” es, en realidad, una dictadura de clase, garantizada y sostenida por el Estado capitalista a fin de mantener este sistema. La “libertad” en la democracia burguesa se resume a votar y elegir los representantes que nos explotarán durante los cuatro años siguientes. Quien decide es quien tiene el poder económico. La igualdad jurídica, así, es una farsa que se revela frente a la desigualdad social que, en tiempos de pandemia, se aproxima a la barbarie.

Lenin, en El Estado y la Revolución, obra escrita en el calor de la Revolución Rusa, entre la revolución de febrero que derrocó el zarismo e instauró una democracia burguesa, y la Revolución de Octubre, polemizó sobre el carácter de clase del Estado y sobre la “democracia” y la “dictadura”. Retomando el estudio de Marx y Engels a partir de la Comuna de París ocurrida en 1871, Lenin atesta que “el Estado es un órgano de dominación de clase, un órgano de sumisión de una clase por otra”. Fruto de la imposibilidad de conciliación de clases, el Estado asegura la dominación de una clase y, a través de un aparato burocrático y, principalmente, militar, garantiza cierta estabilidad y la perpetuación de ese equilibrio. Esa es la definición del marxismo de “dictadura”. No es una forma de gobierno, más o menos autoritaria, sino “una forma o tipo de Estado”, que somete a una clase sobre la otra.

En la breve experiencia de la Comuna de París, los trabajadores tomaron el poder e instauraron el primer Estado obrero que existió. Los representantes de los trabajadores eran electos por barrios, los privilegios de la casta burocrática del Estado fueron abolidos, y el antiguo Ejército disuelto, siendo sustituido por el propio pueblo en armas. Luego de la Comuna, y de su derrota, Marx y Engels estudiaron esa experiencia, sacaron conclusiones, y avanzaron en la definición de que todo Estado tiene un carácter intrínseco de clase, y que es imposible, a través de reformas o elecciones, cambiarlo. Era necesario, por lo tanto, destruirlo para construir otro.

En el prefacio de La Guerra Civil en Francia (1871), Engels afirma que “el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra y de ningún modo menor en la república democrática que en la monarquía”. O sea, tanto en un régimen absolutista como en una “democracia”, el Estado siempre será una dictadura en la medida en que asegura la dominación de una clase, independientemente del nivel de libertades democráticas que permita o no.

Lo que no significa que debamos ser indiferentes a las libertades democráticas bajo el capitalismo, por el contrario. Luchamos por el derecho de organización, expresión, además de las demás libertades fundamentales para que la clase pueda luchar. La cuestión es que no podemos parar por ahí. Como explica una vez más Lenin: “Somos partidarios de la república democrática como siendo la mejor forma de gobierno para el proletariado bajo el régimen capitalista, pero andaríamos mal si olvidásemos que la esclavitud asalariada es el destino del pueblo incluso en la república burguesa más democrática”.

Dictadura del Proletariado es la democracia para la mayoría

En la tesis de que los marxistas son “autoritarios”, es muy común sacar de la cartera el argumento de que defendemos la “dictadura del proletariado”, expresión acuñada por Marx para definir la toma del poder por la clase obrera en la transición al socialismo. Usan la palabra “dictadura” como sinónimo de un gobierno autoritario y llegan al cúmulo de compararlo con Bolsonaro. La realidad es que toda forma de Estado es una dictadura. Y es imposible “reformar” el Estado capitalista para que sirva a las necesidades de la mayoría.

La tarea planteada a los revolucionarios es, de ese modo, luchar para tomar el poder y destruir ese Estado y sustituirlo por otro, con otro carácter de clase. Un Estado obrero donde quien gobierne no sea una ínfima minoría de la población como siempre ocurrió en la historia, sino la clase obrera, la población pobre y la gran mayoría del pueblo, a través de sus propios organismos de clase. Y que las libertades democráticas no sean una mera abstracción que aparezca como concesión a la clase trabajadora sino expresión directa del hecho de que esa clase tendrá en sus manos los medios de producción, o sea, el control de la producción de su propia riqueza, hoy robada por la burguesía.

Un Estado obrero que sirva a la clase trabajadora, contraria a los intereses de la burguesía. Por eso, sería aún la expresión de la dominación de una clase sobre otra y, así, una dictadura en la definición de Marx. Pero, por primera vez en la historia, un Estado que representa a la mayoría del pueblo contra una minoría. Sería posible, así, asegurar libertades democráticas superiores a cualquier democracia burguesa. En verdad, como nunca antes existió en la historia.

Socialismo no es capitalismo de rostro humano o dictadura estalinista

El estalinismo y la degeneración burocrática que promovió en los Estados obreros, así como su método de persecuciones a opositores políticos en todo el mundo durante el siglo pasado, confirió un poderosa arma para que la burguesía y el imperialismo ataquen cualquier perspectiva revolucionaria. Y continúa así hasta hoy, al poner la caricatura de los regímenes estalinistas como modelo de socialismo.

El PSTU reivindica los primeros años de la Revolución Rusa, y comparte la misma tradición de Lenin y Trotsky, un nuevo modelo de sociedad donde las libertades democráticas serán muy superiores a la más democrática de las democracias burguesas; nada que ver, por lo tanto, con la dictaduras estalinistas. Los trotskistas, por eso mismo, fueron duramente perseguidos por casi un siglo por el estalinismo, y muchos perdieron sus vidas en ese proceso.

Asociar el PSTU al estalinismo y a los regímenes castro-chavistas no deja de ser otro absurdo, lo mismo que asociar revolución y contrarrevolución.

Tanto el estalinismo no tiene nada que ver con socialismo, que condujo los países que dirigía a la restauración del capitalismo, y la propia casta burocrática se convirtió en burguesía.

Otra parte de la izquierda, por otro lado, abandonó cualquier estrategia revolucionaria para adherir a la “democracia”, en realidad, la democracia burguesa. Traduciendo: la dictadura de la burguesía.

Cuando sectores reformistas claman por “una democracia de verdad”, defienden, en realidad, más libertades democráticas dentro del régimen capitalista. Además de perpetuar la “esclavitud asalariada”, el régimen de explotación, miseria y hambre, ni siquiera esas restrictas libertades pueden ser aseguradas bajo el régimen capitalista. En el capitalismo, lo que determina el grado de libertad es la lucha de clases. Una vez amenazada, la burguesía no duda en echar mano de la represión, medidas autoritarias, o incluso hasta de cierre del régimen. Bajo los gobiernos del PT, por ejemplo, fueron aprobadas las leyes antiterrorismo, y movilizaciones como las de indígenas fueron reprimidas por la Fuerza Nacional.

Incluso con una fraseología aparentemente más a la izquierda, no escapan de los límites del capitalismo, aunque no lo llamen así. El caso, por ejemplo, de Guilherme Boulos y su definición de “socialismo”. En su programa “Café con Boulos”, el actual precandidato del PSOL a la prefectura de San Pablo afirmó que “ser socialista es defender un nuevo modelo de sociedad con otros valores”. ¿Qué valores? “La vida por encima del lucro, igualdad, democracia y solidaridad”. Si usted pregunta a los mayores burgueses, difícilmente alguno discordaría de esos “valores”. Además, grandes burgueses como Bill Gates se empeñan dedicar sus vidas a la filantropía.

Defender “nuevos valores” o, como máximo, la ampliación de la “participación popular” a través de plebiscitos y referendos, consejos y asociaciones en los moldes de lo que en el pasado hizo el PT, no es sino defender un capitalismo de rostro humano. Identificar los males del capitalismo y limitarse a medidas por dentro del orden, sin atacar la causa de este sistema de explotación, es como tratar una neumonía con dipirona: proponerse aliviar los efectos, pero no la enfermedad. Y la única solución es exactamente lo que esos sectores tienen tanto miedo de decir: la revolución socialista.

¿Cuál es, entonces, el verdadero antagonismo?

Bolsonaro quiere una dictadura abierta para continuar, y profundizar, su política genocida y de guerra social contra la clase trabajadora. El Congreso Nacional, el PSDB, y el PT, quieren mantener las actuales libertades del régimen democrático burgués, y punto. Diferentes en su modo, todos ellos defienden, al fin y al cabo, la dictadura capitalista burguesa. Esa es la razón por la cual ciertos sectores pueden, confortablemente, criticar a Bolsonaro por sus exabruptos autoritarios al mismo tiempo que aplauden efusivamente la política económica impuesta por el propio gobierno, a través de Paulo Guedes, junto con el Congreso Nacional y los gobernadores.

Si políticamente existe hoy una polarización entre Bolsonaro y sectores de la cúpula militar, aliados a grupos ínfimos, a favor del cierre del régimen; y otros sectores contra el ataque a las libertades democráticas (en el que nos localizamos también nosotros), en el fondo, la verdadera disyuntiva planteada por la realidad, y que la pandemia torna cada vez más candente, es entre la barbarie capitalista y una revolución socialista, la única forma de garantizar amplia libertad económica y social a la mayoría de la población.

Si existe una “libertad” con la que el PSTU quiere realmente acabar, es la de la burguesía que explota y oprime a la mayoría del pueblo, y manda a la muerte a millones para mantener sus ganancias y privilegios.

[1] Luciano Huck es presentador de un popular programa de la televisión brasileña y, entre otras ocupaciones, ex director de redacción de la revista Playboy. Ya en 2018 intentó candidatearse para la Presidencia de la República, y dice que probablemente concurra a ella en 2022, ndt.

Artículo publicado en www.pstu.org.br
Traducción: Natalia Estrada.