CRISIS DEL RÉGIMEN HEREDADO DE LA DICTADURA

La caída del gabinete Cateriano, que duró 20 días, y que fue rechazado por el Congreso, y la juramentación de otro que encabeza el general (r) Martos y que sí recibió el voto de investidura, más de una crisis política es la manifestación de un agravamiento de la crisis del régimen democrático burgués reestablecido el año 2000, que nos plantea levantar una alternativa desde el campo de los trabajadores.

Por PST-Perú

Para empezar, todos reconocen que el balotaje al gabinete Cateriano es un hecho que no ha ocurrido nunca en este siglo, pues entienden que lo normal en el juego de esta democracia es que la mayoría parlamentaria le dé siempre el voto de investidura al gabinete que asume, con independencia de sus posiciones, como sucedió incluso con la obtusa mayoría fujimorista del Congreso disuelto que votó a favor de todos los gabinetes que estrenaban PPK y Vizcarra. Por eso nada menos se esperaba del Congreso actual, elegido bajo la sombra de Palacio, para que le dé el voto de investidura al gabinete Cateriano. Pero no sucedió así.

Tratando de explicar lo ocurrido, muchos hallan como responsables al lobby de las universidades privadas y otros descubren una predominante postura de izquierda en la mayoría parlamentaria. Pero el hecho cierto es que todas esas fuerzas, incluidas del lobby, desde que se instalaron se empeñaron en apoyar al Gobierno y a todas sus medidas, como ahora se confirma en el voto casi unánime que dieron en apoyo al nuevo gabinete del general Martos.

Para conseguir la investidura, en condiciones normales, las diversas fuerzas negocian y buscan acuerdos. Pero esas condiciones están venidas a menos porque Vizcarra, que forjó su capital político disolviendo con visos de ilegalidad el Congreso anterior y cristalizó tendencias bonapartistas aprovechando el descrédito de las instituciones y los principales partidos de la burguesía, desde entonces, trató al Congreso como su sucursal. Con este talante también pretendió liderar la guerra contra la pandemia, pero fracasó, y al fracasar y al mismo tiempo hundir la economía, produjo un descontento general y el deterioro de su gobierno. Por eso se vio apremiado a acelerar la reactivación económica, para la cual colocó a Cateriano en la PCM, es decir a la Confiep, como quien coloca al gato en la despensa.

Y Cateriano, que no tiene pelos en la lengua, se encargó de llenar de contenido este torpe giro. Expuso esa postura desde el primer momento y lo explicó en más de cuatro horas en su presentación ante el Congreso, sin dejar duda alguna sobre su plan. Así, la mayoría parlamentaria, sumando entre verse embarrado apoyando un plan que abiertamente declaraba que apoyaría a la gran minería, y las recurrentes pechadas del gobierno que desdibujan a partidos con ambiciones electorales, decidió en el minuto final no darle la confianza a Cateriano. Con el mismo interés, pero ya ante un nuevo gabinete más conciliador y con un discurso más aceptable, una semana después le dio el voto a Martos, pese a que en esencia dijo que hará lo mismo.

Todos estos actos dignos de un circo de temporada, han puesto en evidencia el agotamiento del equilibrio político logrado por Vizcarra y su coalición, y la vuelta a un escenario peor al anterior, porque ahora más que enfrentamientos entre fuerzas políticas organizadas lo que vemos es un pronunciado desgaste y fraccionamiento de lo que queda, tanto que son obligados a negociar y pactar, y hasta hablan de un Pacto Perú, en medio de una aguda crisis que amenaza con arrastrarlos a todos.

El fracaso de un modelo

Esta realidad muestra los estertores de un modelo político y económico que luce agotado hace rato pero que sobrevive a la espera de ser barrido por la acción de los trabajadores.

El actual régimen político “democrático” se estableció tras la caída de la dictadura preservando la continuidad de su modelo económico. La vieja democracia burguesa de libertades plenas, participación ciudadana, instituciones representativas, partidos institucionalizados, al menos idealizaba una forma de convivencia basado en garantizar los derechos sociales básicos de la población. Pero en el 2000 se estableció un régimen con formas “democráticas” pero vaciadas de todo contenido, un régimen diseñado para que votemos cada cierto tiempo por gobernantes, que una vez elegidos, aplicaban el mismo recetario neoliberal enfocado en hacer más ricos a los ricos, que debilita el rol del Estado en sus responsabilidades sociales, que profundiza el atraso de país tanto como las desigualdades sociales, y que reprime toda forma de lucha y resistencia. Basta ver el clamoroso estado en que la pandemia encontró a la salud pública para reconocer el verdadero contenido de este modelo de verdadero saqueo capitalista.

Para hacer funcionar a este “modelo” le bastó convertir a los viejos y nuevos partidos en verdaderas maquinarias electorales para hacer campañas y ganar elecciones, para después desde el poder aplicar esas políticas en beneficio directo de ciertos grupos capitalistas, a cambio de robar y enriquecerse para después desaparecer despreciado por sus electores. Así, el sueño del partido propio como pasaporte para acceder al poder y hacerse rico pasó a convertirse en el nuevo negocio de esta forma de “democracia”, en el presente siglo.

La corrupción es tan vieja como la misma república y tiene que ver con el carácter de clase del Estado que también es usado como medio para realizar la acumulación capitalista. Si la burguesía o sus representantes administran el Estado para gestionar sus negocios y explotar a la clase obrera, es también inevitable que lo usen para enriquecerse.

Todos entendíamos los hechos así hasta que el destape de Lava Jato, a inicios de 2014, puso luz sobre la forma como operaba todo este sistema. Los presidentes y autoridades de diversos niveles, incluida de la izquierda reformista, representada entonces por Susana Villarán, aparecieron recibiendo decenas de millones de dólares de Odebrecht y sus consorciadas, para financiar sus campañas, cuando no para llenarse los bolsillos mediante cuentas cifradas en el exterior, favores que luego devolvían entregándoles obras, además sobrevaluadas, que al final pagábamos nosotros a través del erario público. Era también el mecanismo de la “puerta giratoria”: abogados y tecnócratas de las grandes empresas accedían a un cargo ministerial solo para firmar documentos y dictar medidas en beneficio de esas mismas empresas.

El destape de esta crisis llevó al procesamiento de cuatro ex presidentes y al suicidio de uno de ellos que buscó rehuir a la justicia, provocó la caída de PPK y dio lugar al gobierno de Vizcarra. Éste, para evitar el naufragio, se apropió de las banderas anticorrupción, disolvió el Congreso, hizo elegir otro que resultó peor y vendió el cuento de una gran reforma política y judicial que ha terminado en un fiasco. No resolvió nada y tras un breve ensueño vemos que se ha extendido y profundizado la crisis, llegando a estallar ante el desafío de la crisis sanitaria. Y para peor, en esas condiciones se alista un nuevo proceso electoral que muchos ven como un salto al vacío.

Estamos ante una crisis terminal de un modelo y un régimen político. Pero esta crisis se puede recrear hasta lo indecible mientras los trabajadores no lo echemos y produzcamos una salida. Es más, la burguesía seguirá buscando una salida de fondo que pueda infligir una nueva derrota a los trabajadores, con el tono que ya adelantó el señor Cateriano.

Ante esta realidad, desde diversos espacios se pregona la necesidad de una Nueva Constitución o Constituyente para una reforma del actual sistema. Reformar lo que está mal hecho de raíz es más de lo mismo. Lo que necesitamos es una verdadera revolución. La propuesta de Constituyente, más que una receta para salvar al capitalismo, debe convertirse en instrumento de movilización de los trabajadores y de su transformación en clase dirigente capaz de derrotar a la burguesía y de tomar las riendas del país para construir una sociedad verdaderamente democrática y fundada en la supresión de toda forma de explotación y opresión. Esta es la propuesta, opuesta al reformismo, que levanta nuestro partido, el PST.