No sabemos todo acerca de la epidemia de Covid-19, o Coronavirus, que está causando estragos en todo el mundo (tanto que la OMS lo ha llamado oficialmente «pandemia»). Sabemos que es algo más que una influenza estacional un poco más virulenta, pero no si será una edición moderna de la epidemia española que conmocionó al mundo entre 1918 y 1920.

Por: Alberto Madoglio

Coronavirus, de natural tiene bien poco

Sin embargo, algunas cosas sabemos. Sabemos que la aparición de este virus y su propagación no tienen nada de natural. Virus de distintos tipos han estado presentes en nuestro planeta y han convivido con los seres humanos durante milenios. Es la intervención devastadora del hombre sobre la naturaleza, o mejor, las acciones de una sociedad basada en el lucro, que tiene sed de ganancias de manera incontrolada, lo que destruye el medio ambiente, altera de manera loca y descontrolada el equilibrio natural, y provoca explosiones epidémicas de esta magnitud.

Una imagen de los tiempos de la epidemia española, a inicios del siglo pasado.

Es la destrucción de las selvas en el África central, hecha para obtener materias primas con destino al mercado mundial, lo que ha permitido al virus ébola diezmar de manera catastrófica las poblaciones de aquella área. Es la creación de enormes campos de ganado vacuno y porcino por parte de las multinacionales del agronegocio lo que ha implicado la utilización masiva de antibióticos para favorecer la producción de carne para el consumo humano e incluso como alimento para otros animales. Esto, como es bien sabido, tuvo como efecto colateral el crecimiento de bacterias resistentes a los antibióticos y, por lo tanto, la posibilidad de infectar más fácilmente a los humanos con esas bacterias, futura causa de muerte y enfermedades.

Así también, sabemos que las dificultades que se enfrentan para controlar y limitar la propagación del Covid-19, para tratar a las personas infectadas, no solo están relacionadas con las características de la enfermedad, sino que son el resultado de años, de décadas de destrucción de la salud pública en los países que la habían creado gracias a las luchas de los trabajadores por la defensa y la protección de su salud. Y con la imposibilidad de extender tal sistema de salud pública a la gran mayoría de los Estados del planeta. Incluso estas acciones no se llevaron a cabo para responder a algún interés médico-científico abstracto, sino para satisfacer las exigencias del capital.

En estos días, en estas semanas, esta conciencia se está convirtiendo en patrimonio común de decenas, cientos de millones de proletarios. Lo que solía ser un tema de discusión para la acción política de pequeños movimientos de vanguardia es ahora un tema de debate en los periódicos, en programas de entrevistas, en el lugar de trabajo, entre los jóvenes.

Mientras la epidemia afectaba principalmente a China, los medios de comunicación y los gobiernos de los países imperialistas la trataron superficialmente. Leíamos comentarios que explicaban la explosión de este brote virulento como fruto de un país que aún no está completamente desarrollado. Nos acurrucábamos en la esperanza, tal vez en la ilusión de que, como otras veces en el pasado (Sars, peste porcina), la enfermedad permanecería confinada al antiguo «imperio medio» o en todo caso involucraría a algún otro país del sudeste asiático.

Pero cuando el Covid-19 comenzó a extenderse a países considerados más “avanzados” que China, incluso imperialistas, primero Japón y después Italia, el pánico ha ido en aumento.

En los últimos días, la situación escapó completamente del control de las autoridades políticas y sanitarias de cada Estado. Al inicio renuentes, los gobiernos de cada nación han tomado y están tomando ahora medidas para intentar contener la difusión del contagio, que ahora ha sido elevado a pandemia por la Organización Mundial de la Salud.

Científicos del campo médico, sean los sostenedores de la tesis por la cual el Covid-19 sería solo un virus un poco más agresivo que otros, sean aquellos que por el contrario indican los potenciales efectos devastadores del contagio (que según vemos se hacen más numerosos cada día también porque los datos numéricos y la experiencia empírica están demostrándose correctos), no descartan que la epidemia pueda ser controlada, sea por factores por así decir “casuales”, “aleatorios”, sea por el trabajo de contención que las distintas autoridades sanitarias, de acuerdo con los gobiernos están haciendo ahora(1).

Campaña muerta por la globalización capitalista

Sin embargo, desde el punto de vista médico-sanitario, algunas conclusiones más generales, de carácter político y económico, ya pueden sacarse hoy.

El Covid-19 fue la sentencia de muerte con respecto al juicio sobre la globalización capitalista. Agregamos el adjetivo capitalista para aclarar que no nos oponemos al hecho de que diferentes pueblos y economías están cada vez más interconectados entre sí. Incluso en la era putrefacta del imperialismo podemos vislumbrar el potencial de una unión pacífica y armoniosa entre naciones y pueblos. Sin embargo, creemos que esta armonía no se puede lograr mientras la política y la economía dominen un sistema basado en la búsqueda continua, espasmódica, de ganancias. Al mismo tiempo, rechazamos el repliegue hacia las fronteras nacionales, hacia el ilusorio puerto seguro de la patria, donde la diferencia de clase sería reemplazada por la solidaridad de quienes comparten el idioma, la cultura y las tradiciones. Precisamente, los eventos vinculados con la epidemia nos muestran, si aún fuera necesario, que para los patrones antes de la «solidaridad nacional» vienen sus intereses de clase, y cómo cien años después, con mayor razón en un país imperialista, el enemigo principal es el propio Estado.

Durante décadas nos han dicho que la globalización (capitalista) sería la solución a los dramas del mundo. Cuanto más interdependientes fueran los Estados, mejor sería para todo. Los intercambios comerciales, financieros e industriales, si no se eliminaban, tendrían conflictos fuertemente limitados entre Estados, militares y no militares. El aumento en el comercio, que traería consigo el aumento en las ganancias, llevaría a una mejora general en las condiciones de vida de los habitantes del planeta.

En un artículo reciente en nuestro sitio, nos comprometimos a demostrar, datos en mano, cómo esta representación de la realidad era absolutamente fantasiosa, cómo los datos y la vida concreta indicaban una historia completamente diferente. Los datos (más allá de su claridad) que conocemos pueden interpretarse de distinta manera, tanto que diferentes personas en Italia y en el mundo están convencidas de que la Tierra es plana: pero tarde o temprano la realidad se encarga de limpiar cualquier «falsa ideología».

La salud pública ha estado entre los sectores más golpeados en estos años de crisis, a partir de 2007. Las decisiones de austeridad impuestas por los gobiernos para tratar de garantizar las ganancias de los patrones han provocado desastres. Para Italia se habla de una reducción, entre cortes directos e inversiones perdidas, de aproximadamente 30 mil millones en una década. Esto dio lugar a cortes en los salarios de los enfermeros, del personal técnico y administrativo, y, en parte, de los médicos. Reducción de personal, cierre de hospitales y falta de camas, especialmente en las regiones del sur. Hoy, ante la emergencia, descubrimos lo que esto significa: no hay suficientes enfermeros y médicos para asistir a todas las personas afectadas por el virus (lo que obliga a posponer otras intervenciones de cura y prevención).

Descubrimos que un virólogo famoso, que ha realizado importantes estudios sobre el SIDA en el pasado, se inscribió en el grupo de trabajo estadounidense para luchar contra Covid-19. Anthony Fauci, admitió lacónicamente que «el sistema estadounidense para evaluar los casos de positividad está fallando». En los Estados Unidos, los hisopos cuestan varios miles de dólares. Un sistema de salud basado en aseguradoras privadas y dominado por multinacionales en el sector farmacéutico no puede garantizar controles exhaustivos e intervención efectiva para limitar la propagación de la epidemia.

No es de extrañarse si leemos un estudio del banco Goldman Sachs en el que se admite que «existen terapias para vencer los males, que no son sostenibles para el negocio de las compañías farmacéuticas», ya que, cuando se encuentra la cura definitiva, el número de pacientes, y por lo tanto de ganancias, baja(3).

Con los años, las compañías farmacéuticas multinacionales han preferido invertir en productos para combatir la impotencia masculina en lugar de crear medicamentos para combatir epidemias como el ébola.

El caso límite del daño de buscar ganancias a toda costa es el de las máscaras quirúrgicas. En una transmisión televisiva reciente, el doctor Ricciardi, gerente de la OMS, explicó la dificultad de encontrarlas en el hecho de que los países europeos han abandonado la producción de este equipamiento básico de salud, que ahora se concentra entre China, la India y Tailandia.

No lo dice, pero dado que es una producción con un bajo índice tecnológico, por lo tanto, no muy rentable, se ha optado por dejarlo en países donde el costo de la fuerza de trabajo es menor y, por lo tanto, garantiza ganancias. Ahora, sin embargo, ningún país en el Viejo Continente puede garantizar la distribución masiva en poco tiempo.

También observamos que la llamada cooperación internacional ahora ha izado la bandera blanca. Cada nación actúa por sí misma, excepto para protestar cuando otros imponen medidas restrictivas sobre el movimiento de cosas y personas. Los miembros de la Unión Europea han cancelado las normas del Tratado de Schenghen (Dinamarca, entre otros). Quienes poseen equipos médicos se cuidan bien para no ponerlos a disposición de quienes más los necesitan.

Nada de qué sorprenderse. En un mundo basado en la competencia, esto afecta no solo a las empresas sino también a los Estados. Cuando la tendencia económica se vuelve más crítica, las tensiones entre las naciones y entre las empresas explotan de manera descontrolada.

¿Es culpa del virus? No, es el capitalismo, estúpido

Ahora está claro que la economía mundial se precipitará en una nueva recesión, incluso si los pronósticos sobre su duración y profundidad son diferentes.

Sin embargo, una cosa necesita ser aclarada. La pandemia no es la causa. Ciertamente puede exacerbar y amplificar sus efectos, también por las implicaciones que tiene sobre el comportamiento de cientos de millones de personas y por el pánico que provoca entre las personas una enfermedad, desconocida y difícil de controlar.

En un artículo publicado el 4 de noviembre de 2019 en el blog del economista marxista Michael Roberts, titulado «US rate of profit measures for 2018», se plantean estas conclusiones: «el período de 2014 a 2019 es hoy el más largo en lo que respecta a la reducción de ganancias (en porcentajes y en valores absolutos, ndt.) desde 1946. La recesión generalmente se verifica después de dos o tres años (a partir de dicha reducción de ganancias, ndt.). La recesión no se hará esperar por mucho tiempo».

Esto porque, como explicaba Marx, son las ganancias el verdadero y único motor del sistema capitalista. Cuando caen, porcentualmente y en valores absolutos, se interrumpe el proceso de acumulación de capitales, y entonces la crisis es inevitable.

Por lo tanto, por el momento, el deseo de Carlo Cottarelli, ex gerente del Fondo Monetario, parece fuera de lugar cuando, al comparar la situación actual con la de 1918-1920, en el momento de la influenza española, recuerda que tuvo un efecto limitado sobre el sistema económico. Olvida, o tal vez no sabe, que la tasa de ganancia era casi el doble que la actual, por lo que el capitalismo tuvo margen para recuperarse en poco tiempo de una pandemia que causó decenas de millones de muertes.

También en IlSole24Ore del 6 de marzo, en una entrevista con Morya Longo, un gerente de un banco de inversión afirmaba que «la recesión es inevitable incluso sin coronavirus, la epidemia, creando un shock único, solo puede acelerar un fenómeno que estaba en el aire».

La misma conmoción que golpeó las bolsas de valores, con caídas de 15 a 23% en la semana del 9 al 13 de marzo, no son más que el reflejo de una economía que en nivel mundial aún no ha superado la crisis de 2007. Así, las ganancias obtenidas por la especulación bursátil tarde o temprano, inevitablemente, deberán ajustar cuentas con esta realidad.

La crisis surge de las contradicciones intrínsecas al capitalismo. Quienes no comprendan este proceso, y se enfocan solo en las causas que pueden desencadenar este fenómeno, están destinados a proponer soluciones que no resuelven el problema. Por lo tanto, el verdadero problema no es la aparición del cisne negro o la aparición de un fenómeno inesperado cuya existencia se desconocía. La verdadera cuestión es entender qué tenemos cotidianamente ante nuestros ojos y por qué ocasionalmente provoca agitaciones económicas y financieras siempre más violentas.

En estas horas, todos parecen aliviados de que, a nivel europeo, las estrictas normas del Pacto de Estabilidad finalmente se dejen de lado. Así, se nos dice que cada gobierno tendrá la oportunidad de intervenir gastando lo necesario para superar la crisis. El gobierno de coalición CDU-SPD en Alemania ha abierto una línea de crédito público de € 500 mil millones. A Italia se le ha permitido usar fondos de 25 mil millones, pero ya se habla de luz verde para otras intervenciones, lo que llevará el déficit público a 4% o incluso más. El BCE ha lanzado una nueva flexibilización cuantitativa (creación de moneda) de más de 700 mil millones. La restricción de 3% sobre los déficits soberanos ahora se ha archivado. Trump lanzó un primer tramo de ayuda de 50 mil millones de dólares y anunció intervenciones por miles de millones de dólares. La Reserva Federal redujo a cero la tasa de descuento y anunció una flexibilización cuantitativa sin límites de tiempo y montos.

Todo parece listo para salvar el capitalismo a nivel global.

De nuestra parte, decimos: mira a Japón. Una vez más, Michael Roberts, en otra publicación titulada «Japan: abenomics revisited», explica que el Sol Naciente, a pesar de haber creado una gran cantidad de dinero a lo largo de los años e implementado inversiones públicas, sin preocuparse por su presupuesto estatal durante más de veinte años, que en algunos años alcanzó un déficit de 10%, tuvo tasas de crecimiento del PIB muy bajas, obteniendo paradójicamente mejores resultados en los años en que se iniciaron las políticas de austeridad contra los trabajadores.

¿La vacuna? Es la revolución socialista

Es utópico creer que se podrían tomar medidas de estilo keynesiano en beneficio de los trabajadores.

Por supuesto, también se otorgará algo a las masas populares, sobre todo ahora que estamos en la fase inicial, más aguda de la crisis y la epidemia, y que los diversos gobiernos, más allá de las encuestas más o menos tranquilizadoras para ellos, están demostrando toda su incapacidad para proteger la salud pública. Pero, como de costumbre, la mayor parte de esa «torta» estará reservada a las empresas. Estamos seguros de que una vez que haya pasado la fase inicial, los patrones y sus ministros nos impondrán la restitución, con interés, de lo poco que nos han otorgado. No solo eso, nos harán pagar la ayuda prestada a las empresas de la gran burguesía. Precariedad, recortes en el estado de bienestar, incluida la salud, mayor limitación de los derechos sindicales, esto es lo que nos espera tan pronto como las aguas se hayan calmado.

Pero este destino no es inevitable, el final de la historia puede ser diferente.

El hecho de que, por una vez, no se trate de una epidemia que afecta a algún país asiático o, como el ébola, a naciones del continente africano devastadas desde el punto de vista económico y de salud, sino que esté afectando el corazón del imperialismo internacional, es una sentencia sin posibilidad de apelación ante los ojos de millones de trabajadores. ¿Qué pasa con las garantías sobre complementariedad entre la salud pública y la privada, si hoy vemos enfermeras, agotadas después de los turnos masacrantes y pagados miserablemente, teniendo que correr por los pasillos de los hospitales para montar camas de cuidados intensivos?

¿Qué pasa con el bienestar en las empresas, el seguro de salud introducido en los diversos contratos de trabajo, si en el momento de necesidad no sirven de nada, ni siquiera para proporcionar los medios más elementales de protección de la salud?

¿Qué sucede con el «papel social de la empresa» si en nombre de las ganancias millones de proletarios corren el riesgo de infectarse y enfermarse gravemente, a pesar de que grupos de virólogos declaran que con un bloqueo total de la producción y con un aislamiento verdadero y real, la epidemia podría ser rápidamente derrotada?

En su aberrante cinismo, la respuesta nos la da un periodista cercano al Partido Conservador en Gran Bretaña, cuando dice que el coronavirus, que causa un alto número de muertes entre la población de edad avanzada, puede tener efectos beneficiosos a largo plazo sobre la economía.(4) ¡Más claro que eso!

¿Y qué hay de las enormes conquistas hechas en los campos tecnológico, médico y de inteligencia artificial si estos no están al servicio de la población sino de las ganancias de algunas multinacionales?

Quizás, como nunca en la historia, el capitalismo esté mostrando todo su dramático peligro. Si aún no se ha declarado en bancarrota económica, ciertamente lo ha hecho desde un punto de vista moral y de legitimidad de su existencia. Estamos seguros de que cada día, cada hora que pasa, este es el sentimiento de muchos proletarios y proletarias.

Nadie puede hoy afirmar con absoluta honestidad que en el socialismo las epidemias serán absolutamente evitables. Lo que con seguridad podemos decir es que en ese sistema social, la humanidad no habría sido atrapada sin preparación. Los descubrimientos e inventos estarían todos al servicio de la sociedad. Nadie se quedaría solo. No habría lugar para el egoísmo nacional, y los niveles más altos de salud estarían disponibles para un habitante de París o Roma, así como para el de Dakar o Puerto Príncipe. La humanidad habría acumulado un nivel tan alto de existencias de bienes esenciales que, incluso en el caso de tener que recurrir al aislamiento total, la comida, el alojamiento, la atención y la ropa estarían disponibles para todos.

El drama que estamos viviendo debe ser una oportunidad para dejar de lado todas las formas de pesimismo y fatalismo. El destino del género humano no es el ser diezmado por una epidemia ni es el ser explotado por un mísero salario, siempre que seamos conscientes de que solo la lucha por otro sistema, por otra sociedad, podrá evitar este destino. El capitalismo no puede ser reformado ni controlado, sino solo destruido. Él es el verdadero y único semillero de cada desastre que afecta a la humanidad.

La lucha revolucionaria de los trabajadores y los jóvenes es la única cura posible.

Notas

(1) ““Coronavirus, il WWF: la distruzione di ecosistemi è una minaccia per la nostra salute”

[Coronavirus, de la Socieddad Protectora de Animales (WWF): la destrucción de los ecosistemas es una amenaza para nuestra salud”], en: www.repubblica.it, 14/03/2020

(2) R. Wallece, “Notes on a novel coronavirus” [Notas sobre el nuevo coronavirus], en: www.mronline.org, 29/01/2020
(3) “La cecità di stato: il virus spiegato da Goldman Sachs” [La ceguera del Estado: el virus explicado por la Goldman Sachs], en: www.ilfattoquotidiano.it, 15/03/2020
(4) M. Roberts, “It was the virus that did it” [Fue el virus que lo hizo?], en: www.thenextworldrecession.wordpress.com

Artículo publicado en el sitio de Alternativa Comunista, Italia. Original disponible en: https://www.alternativacomunista.it/politica/nazionale/la-pandemia-e-la-prova-del-fallimento-del-capitalismo
Traducción: Natalia Estrada.